«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

25 oct. 2014

Sobre el Gran Incendio de Nerón

 

Cayo Cornelio Tácito, prudente historiador romano que vivió entre los s.I y II, comienza la narración del que podemos llamar con justicia Gran Incendio de Nerón, en el Libro Decimoquinto de sus Anales del Imperio romano, de esta manera:
«Ocurrió [la noche del 18 de julio del año 64] en la ciudad un estrago, no se sabe hasta ahora si por desgracia o por maldad del príncipe, porque los autores lo cuentan de entrambas maneras, el más grave y más atroz de cuantos han sucedido en Roma por violencia del fuego. Salió de aquella parte del circo que está pegada a los montes Palatino y Celi, donde comenzó a prender en las tiendas en que se venden aquellas cosas capaces de alimentarle… Ayudóle al fuego el ser la ciudad en aquel tiempo de calles muy angostas y torcidas a una parte y a otra, todo sin orden ni medida, cual fue el antiguo edificio de la vieja Roma… Ninguno se atrevía a remediar el fuego, habiendo por todas partes muchos que no sólo prohibían con amenazas el apagarle, sino que arrojaban públicamente tizones y otras cosas encendidas sobre las casas, diciendo a voces que no hacían aquello sin orden, fuese ello así o hiciésenlo para poder robar con mayor libertad…»

Cabeza de un imperio de sesenta millones de habitantes, y de acuerdo con Chris Wickham (El legado de Roma): «Roma era una ciudad enorme, con una población de un millón de habitantes en su momento álgido, a principios del imperio; aún eran medio millón en el año 400, cuando la ciudad ya no era la capital administrativa del imperio occidental (lo fueron, en el siglo IV, Tréveris, en el norte de la Galia; y a partir de 402, Rávena, en el norte de Italia). Constantinopla empezó siendo una urbe mucho más pequeña, pero creció rápidamente y quizá alcanzara el medio millón de habitantes -más que la Roma de la época- a finales del siglo V. En el mundo antiguo o el medieval, las ciudades de ese tamaño se mantenían así de pobladas por obra de los gobernantes, a quienes, por motivos ideológicos, les interesaba contar con grandes ciudades en el núcleo político o simbólico... Estas ciudades eran tan importantes, por este concepto, que cuando los visigodos saquearon Roma en 410 la conmoción se extendió por todo el imperio».

(Encabezando la entrada, El guerrero, de Salvador Dalí, obra de 1982; a la izquierda, Ángel surrealista, de 1969; bajo él, El triunfo de Tourbillon, dalí de 1943)



CONTENIDO:

1 Roma una bomba de relojería
2 El Gran Incendio del Templo de la Paz
3 Nerón, los romanos y los cristianos
4 Aguas de Roma
El control del fuego, así en el Cielo...
...Como en la Tierra
Bomberos de Roma




1. Roma, una bomba de relojería
Dalí: El triunfo de Tourbillon, 1943
«Al que viva en el edificio desde el que se arroje o se vierta algo al lugar por el que pasa caminando la gente o en el que acostumbre a detenerse, le pondré una multa equivalente al doble del daño que cause o que provoque» (Justiniano: Digesto, 9-3-1)

De todas formas, los incendios de todos los tamaños eran un asunto mucho más habitual en la Ciudad de lo que la manipulada travesura achacada a Nerón nos hace suponer. Al fin y al cabo, en la edificación la madera ha sido utilizada masivamente hasta el s.XX, con el grave inconveniente de la imprescindible disposición del fuego en bruto en el interior de las viviendas.

Según el profesor Olesti Vila (El crac del 33), «la ciudad de Roma era una urbe de más de un millón de habitantes en la época de Augusto. Ninguna ciudad del mundo occidental volvería a crecer tanto hasta el Londres del s.XVIII, y estaba ocupada mayoritariamente no por mansiones señoriales, los ‘domus’ de una o dos plantas, sino por verdaderos bloques de apartamentos de cuatro o cinco pisos de altura, las ‘insulae’, de trescientos o cuatrocientos metros cuadrados de planta, en cuyo interior se amontonaban los pequeños apartamentos familiares o ‘cenacula’… Y el elevado precio de los alquileres llevaba a los propios inquilinos a subarrendar habitaciones.

A mayor altura, menor era el alquiler. Pero este ahorro era muy peligroso. Si creemos al jurista Ulpiano, no existía en la ciudad de Roma ni un solo día sin incendios».


Y si escuchamos a Juvenal podemos imaginar la situación sin ningún esfuerzo en sus líneas magistrales:
«¿Qué lugar hemos visto tan deplorable, tan desolado, que no consideremos peor el horror a los incendios, a los constantes derrumbamientos de techos y a los mil peligros de una ciudad inhumana, y a los poetas que no paran de recitar ni en el mes de agosto?» (Sátira III-5)


«Habitamos una ciudad sostenida en su mayor parte por endebles puntales; pues así es como el casero sale al paso de los derrumbes y, cuando ha tapado la abertura de una vieja grieta, nos invita a dormir tranquilos mientras la ruina amenaza nuestras cabezas. Hay que vivir donde no haya incendios ni miedos nocturnos. Ya pide agua, ya traslada sus trastos Ucalegón, ya está echando humo el tercer piso debajo de ti: tú no lo sabes; pues si la alarma empieza por los pisos bajos el último en arder será aquel al que sólo las tejas protegen de la lluvia, donde las blandas palomas ponen sus huevos…
Cordo no tenía nada, ¿quién lo niega? Sin embargo, incluso aquella nada la ha perdido entera el pobrecito. Y el colmo de la miseria es que, cuando ruegue desnudo unos mendrugos, nadie le ayudará con comida, nadie con un techo hospitalario. Pero si se ha venido abajo la gran mansión de Astúrico, la matrona acude desaliñada, los próceres vestidos de luto y el pretor aplaza las audiencias. Entonces deploramos los accidentes de la ciudad, entonces odiamos el fuego…» (Sátira III-190)


Albañiles en un fresco pompeyano
Además del peligro que supone para la Roma popular y plebeya su elevada altura y su masiva ocupación, ocurría que estaba edificada a base de ladrillo, a diferencia de la Roma senatorial y aristocrática y de elegantes villas pétreas o de recubrimiento pétreo (Plinio el Viejo cuenta que el primero que en Roma chapó de mármol su residencia, en el monte Celio, fue un tal "Mamurra, caballero romano que nació en Formio y fue prefecto de los oficiales de Julio César en la Galia"):
"Mil setecientas noventa y siete casas de ciudadanos esplendidísimamente aderezadas hubo en Roma", nos contabiliza Palladio, quien recoge el dato de un catálogo del s.IV de los barrios de la ciudad. Al lado de estas 1.797 'domus' o mansiones figuran 46.602 manzanas o 'insulae' (islas).

Y es historia tecnológica que, al menos hasta el siglo -I, pocos ladrillos fueron cocidos en hornos; en cualquier caso, estos ladrillos tenían una cochura muy ligera y superficial: su forma era inadecuada, su espesor era excesivo y la heterogénea composición de su masa era incompatible con el proceso de cocción mismo. 
Por ende, si tenemos en cuenta que hasta después de esta fecha, y por los mismos motivos, no comenzaron a cocerse las tejas, comprenderemos que la colocación de capas de fibras vegetales (altamente combustibles) bajo el techado se hacía imprescindible si se quería evitar en lo posible la aparición de goteras y demás filtraciones.

Los mismos hornos tejeros cocerían los ladrillos triangulares que componían las caras exteriores de aquellos muros que, espectacular innovación técnica, comenzaron a ser construidos con núcleo de hormigón... los cuales, por cierto, no fueron obligatorios hasta la promulgación de los edictos de Nerón posteriores al Gran Incendio y como consecuencia del mismo, es decir, en todo caso posteriores al mes de julio del año 64.
El hecho es que Vitruvio (el término Vitrubio es el más difundido pero es incorrecto), que trabajó al servicio de Julio César y de Augusto y escribió su tratado casi un siglo antes, ni siquiera menciona el uso de hornos ladrilleros, y apenas de pasada habla de usar ladrillos cocidos para testeros de muro, y sólo en tres o cuatro hiladas como apoyo de la techumbre:
«Los mejores adobes serán los fabricados dos años antes de su utilización, no pudiendo secarse bien en menos tiempo; pues si se emplean recientes y antes de estar perfectamente secos, sucede que... contrayéndose cuando con el tiempo se secan, se van reasentando; y como el revoco de la pared no les acompaña en su movimiento, éste se agrieta y cae. Hasta las mismas paredes padecen con el intempestivo asiento. Por esto los uticenses [Útica, hoy sólo en ruinas, fue una importante ciudad púnica vecina a Cartago] ponen en obra los adobes cuando están ya secos de cinco años, y con la aprobación del magistrado» (De Arquitectura, II, 3-11).

Así pues, todos los ladrillos que hoy contemplamos en las ruinas romanas, o bien son ladrillos cocidos posteriores a Nerón o bien fueron vitrificados por los continuos incendios que padeció la Ciudad, pues los escombros humeantes eran objeto de especulación por motivos técnicos: valían más que los nuevos:
«La buena o mala calidad del ladrillo cocido nadie puede conocerla a primera vista hasta que puesto en el techo y castigado del rigor de los tiempos se experimenta su firmeza... por lo cual será más seguro... el ladrillo usado en otras fábricas» (De Arquitectura, II, 8-35).


(En Roma se comprobó exhaustivamente que la edificación en altura con estructura de madera (la única posible entonces) no es segura cuando se sobrepasan las 5 plantas... una norma que se adoptó en los cascos antiguos de todas las ciudades, cuyas estructuras no difieren significativamente de las ínsulas romanas. Derecha, ínsula actual --incendio incluido-- en Bruselas, Boulevard du Midi, cerca de la Estación homónima. Debajo, izquierda, grafiti, en el mismo emplazamiento, en la acera opuesta del bulevar)


En este asunto se llegó tan lejos como para tener que legislar ex-profeso, dictándose senadoconsultos con la prohibición de demoler edificios para comerciar con sus materiales:

«El senadoconsulto Hosidiano, dictado bajo Claudio, y aplicable tanto a las construcciones urbanas como al mundo agrario, castigaba la compra de un edificio con la intención de derribarlo para poder vender los materiales de demolición por separado. En definitiva, penalizaba una forma de especulación inmobiliaria nada infrecuente desde antiguo, según testimonio del propio Estrabón:

«Esta afluencia de todo tipo de cosas es la que permite a Roma hoy, aun tan agrandada como está, bastarse a sí misma para la alimentación de sus moradores, así como para su habitación: la madera y la piedra que reclaman incesantemente tantas y tantas construcciones nuevas que dan lugar a derrumbamientos, incendios y comercio: sí, el comercio, pues se puede decir de las ventas de inmuebles, que también se producen incesantemente, que equivalen a destrucciones voluntarias: todo nuevo propietario se apresura a demoler para reconstruir enseguida a su aire» (Geografía, V, 3, 7)

El senadoconsulto Volusiano, dictado por Nerón en el año 54, reproduce las normas del Hosidiano sólo unos años más tarde, y supone la prueba de que la responsabilidad por este tipo de acciones se dividía entre el comprador y el vendedor. Y el senadoconsulto Aciliano, de 122 bajo Adriano, prohibía legar materiales elementos o piezas más o menos ornamentales unidas a edificios» (María Encarnación Gómez Rojo, U de Málaga: Líneas históricas del Derecho Urbanístico)


Por si fuera poco, los suelos se forjaban con viguetas de madera que recibían una tablazón de carrasca o de encina sobre la cual se tendía una capa de helechos o paja para preservar la madera del ataque de la cal del mortero. Un verdadero polvorín:

«Los forjados se constituían con viguetas de madera de 34 cm de escuadría distanciadas no más de 50 cm que recibían la tablazón. Sobre estas tablas, de carrasca o de encina, se tendía una capa de helechos o paja para preservar a la madera de la cal del mortero. Sobre la paja se tendía el estatumen, capa de cascotes en seco. Encima, la ruderación, capa de 20 cm de cascote menudo y mortero de cal. Sobre ésta iba el núcleo, una capa de mortero de cal y polvo grueso de ladrillo. Por último se colocaba el pavimento de ladrillo» (Francisco Ortega Andrade, U. de Las Palmas: Hist. de la construcción).
Ni que decir tiene que esta descripción corresponde a un forjado de primera clase que, como mucho, se tendía en el suelo de la planta superior de domus y de la primera planta de ínsulas de cierta categoría (no muy diferentes, por cierto, a las manzanas del casco antiguo de cualquier ciudad europea). De ahí para arriba los suelos podían ir adelgazando hasta llegar a la simple tablazón sobre viguetas.


Procesión del gremio de carpinteros; los costaleros pasean
a su patrono (la imagen que va delante); detrás de él,
escenas de su trabajo.
Fresco pompeyano
Con las paredes ocurría otro tanto. Los muros superiores perimetrales podían ser de tipo craticio: entramados de vigas de madera cuyos huecos se rellenaban de adobe, como los seguimos contemplando en tantos lugares "históricos" (imagen izquierda, en Terracina, Italia), que no contribuían demasiado ni a la estabilidad del conjunto ni a la resistencia al incendio. Las paredes interiores más ligeras y más "populares" eran unos tabiques de consistencia similar al actual contrachapado, pero apañadas con placas de cañizo unidas a base de capas de arcilla. Un tipo de elemento al que Vitruvio se refiere expresamente:
«Las paredes de telar, o tabicones, quisiera yo que no se hubiesen inventado, porque tanto su construcción es rápida, y ahorra sitio, cuanto son expuestas a la mayor y común calamidad, ardiendo en los incendios como teas».
Parece evidente que la calidad de la madera utilizada en la inmensa Roma plebeya tampoco era de primera, contribuyendo así a la inestabilidad y ruina propiciadas por el fuego. Para empezar, raro sería que los carpinteros siguiesen las instrucciones de Vitruvio:
«La madera debe cortarse desde principios de otoño hasta antes de que empiece a correr el favonio [viento suave del oeste que solía soplar a mediados de febrero, el céfiro de los griegos, anunciando la primavera]: porque en la primavera todos los árboles abundan en savia y echan su natural vigor en hojas y anuales frutos...viniendo a ser leves y de poca fuerza, de igual modo que el cuerpo de las mujeres preñadas, que no se reputa por sano; ni por sanas se venden las esclavas preñadas...» (De Arquitectura, II, 9-38).


 
Con Roma el mundo se encuentra por primera vez  en la necesidad de un criterio técnico oficial que sustente el control de calidad de la edificación. Es a esta situación a la que se enfrenta Vitruvio, según él mismo expone a Augusto al tiempo que le agradecía la pensión vitalicia concedida a través de su hermana Octavia:

«... Ya en otro tiempo fui conocido por tu padre [Julio César] como arquitecto, y muy afecto a su valor: y habiéndole los dioses celestiales trasladado al trono de la inmortalidad... aquel afecto me granjeó también tu benevolencia, Así estuve pronto dedicado a la preparación de ballestas y escorpiones, y para la composición de las otras máquinas de guerra, recibiendo el sueldo señalado, que después mandaste se me continuase como pensión a ruego de tu hermana.
Como que así ya no temo pobreza mientras viva, empecé a escribir para ti estos comentarios por haber advertido que has hecho y haces muchos edificios...: puse en orden estos ajustados preceptos a fin de que teniéndolos presentes, puedas saber por ti mismo la calidad de las obras hechas y hacederas; pues en ellos explico todas las reglas de este arte» (De Arquitectura, I, Proemio, 4)

Su obra tiene un carácter casi enciclopédico donde gran parte de las materias no pertenecen propiamente al campo de la arquitectura tal y como la concebimos hoy. Y que incluye materias como la música, la astronomía o las máquinas de guerra: El famosísimo Hombre de Vitruvio (aquí a la izquierda) es un estudio anatómico dibujado por Leonardo da Vinci a partir de las proporciones especificadas por Vitruvio en el Libro III, Capítulo 1, 1 de su obra.
El hecho es que en todo tiempo y en todas partes se ha considerado a Vitruvio como "el legislador de la Arquitectura". A partir del año mil todas las bibliotecas monacales poseen ejemplares, y sus preceptos y cánones adquieren el valor de normas inmutables... (Agustín Blázquez: del prólogo a los Diez Libros de Arquitectura).

De su vigencia en insospechados campos da idea el hecho de que los templos occidentales siguen sus normas de orientación:
«A fin de que los templos de los dioses inmortales tengan la orientación que les corresponda, se han de construir de manera que el edificio y la imagen del dios miren hacia Poniente, para que así los que llegan a sus aras a ofrendar o sacrificar miren al mismo tiempo a Oriente y a la imagen... como si pareciera que ella surgiera con el Sol» (Libro IV, 5, 1).

Pues bien, a pesar de todo lo dicho, ni Augusto, ni César ni la inmensa mayoría de los romanos de su tiempo supieron nunca de la existencia y la obra de Marco Vitruvio Polion: no fue hombre de fortuna, ni intrigante, ni ambicioso; esperó la nombradía de sus propios escritos, y si pudo tener un vejez más tranquila fue, como hemos dicho, gracias a una pensión con cargo al Tesoro; y ello sólo por la intercesión de Octavia (imagen derecha).



Desde la óptica urbanística, hay que partir de la consideración de que lo que en nuestros días se entiende por normas urbanísticas fue englobado en Derecho Romano bajo el concepto más amplio de limitaciones al derecho de propiedad... Así, se dictaron algunas normas reguladoras de la distancia entre edificios. En concreto, una antigua prescripción de las Doce Tablas ordenaba dejar entre edificios un espacio libre o franja de terreno, llamada ambitus, de cinco pies, es decir, dos pies y medio en cada edificio. El ambitus pronto cayó en desuso y las casas fueron construidas con muros medianeros por necesidad de espacio...
Nerón, tras "su" incendio, y entre otras cosas, ordenó construir las casas alineada y separadamente, sin muros medianeros aunque se desconoce la cuantía de esta separación. También Trajano promulgó normas en ese mismo sentido, sucediéndose las normas a lo largo del s.IV, sobre todo en relación a los edificios públicos. Constantino en 329 estableció un ámbito de cien pies en torno a los almacenes públicos, pero Arcadio, Honorio y Teodosio II prescribieron en 406 un espacio de 15 pies, sin distinción de público o privado, y así se incorporó al Código de Justiniano (Mª Encarnación Gómez Rojo: Historia jurídica del incendio en la Edad Antigua y en el ordenamiento medieval castellano).




Por otro lado, es y era evidente que los daños producidos por los elementos atmosféricos y la actividad humana aumenta con la altura de las construcciones. Así que, dado el tipo de edificación romana, muros de ladrillo sin prácticamente arriostramiento horizontal, lo raro es que los daños no fuesen mayores. Veamos el panorama que nos describe Carcopino:
«La insula  nacida en el siglo IV a.n.e. de la necesidad de alojar a una población en continuo aumento, se desarrolla en sentido vertical (imagen superior derecha) a diferencia de la domus, concebida en horizontal, por influencia helenística. Esta es una característica que ya maravilló a la población de entonces. En el siglo -III las ínsulas de tres pisos se habían hecho tan numerosas que habían dejado de llamar la atención... A finales de la República no suponen más que una anécdota, una rareza.
La Roma de Cicerón vive prácticamente "suspendida en el aire"; la de Augusto aún alcanza mayor altura... hasta que la inquietud del emperador ante la frecuencia de los derrumbamientos, redactó un reglamento que prohibió a los particulares la edificación de ínsulas que superasen los 70 pies de altura (20 metros). Esta circunstancia hizo que propietarios y contratistas, a cual más avaro y temerario, llegaran hasta el límite de lo establecido por la ley...

Insula Feliclea: maqueta
En vano intentó Trajano poner de nuevo en vigor las prohibiciones de Augusto, o incluso limitarlas, ya que estableció en 60 pies (18 metros) la altura máxima de los edificios construidos por particulares... En el s.IV, entre las curiosidades de la ciudad, junto al Panteón y la columna Aureliana, aparecía una casa gigante: la ínsula de Felicles, o insula feliclea... Construida a comienzos del principado de Septimio Severo (193-211), era un edificio que alzaba tantos pisos hacia el cielo que se podía decir (según el pensador cristiano Tertuliano) que "el dios de los romanos vivía en la ínsula de Felicles» (Jérôme Carcopino: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio).



Fotograma de la magnífica serie ROMA, coproducción
BBC-HBO-RAI creada para TV por Bruno Heller
«Es preciso que cada residente mantenga en buen estado la vía pública delante de su domicilio, que limpie de porquería los canales de desagüe, y que se encargue de que los vehículos puedan transitar. Los que vivan de alquiler, si el dueño de la casa no se ocupa, se encargarán de hacer todo esto, y los costes los deducirán de la renta.

Encárguense también de que no se tire nada desde los talleres, excepto los lavanderos que pongan a secar la ropa, o los artesanos que pongan ruedas a la puerta, pero pónganlas de modo que puedan transitar los vehículos.
No permitan tampoco ni peleas en la calle ni que se tiren o arrojen excrementos, ni que se tiren cadáveres o pieles de animales»
(Justiniano: Digesto, 43-10)




Hay que recordar que a los romanos se les atribuye el descubrimiento del hormigón, datándose este hallazgo como de mitad del siglo –I. Al menos Vitruvio lo describe como algo nuevo y sorprendente, aunque es bastante probable que este material les venga a los romanos de los propios etruscos. O más bien puede haber sido inventado sucesivamente por todos aquellos que habitasen aquellas mismas zonas o similares, aunque, eso sí, tras la plena extensión en su cultura del uso de materiales cerámicos (tejas, envases, ladrillos) en cantidades suficientes como para su desecho intensivo y su utilización, más o menos pulverizados, como material de construcción: recuérdense los ostraca, los trozos de cacharros que los griegos utilizaban a modo de "post-it". Tales condiciones es posible que sólo las cumplieran los etruscos y, más esporádicamente, las colonias griegas tardías del sud-oeste de Italia, o en la zona del archipiélago volcánico de Thera:

«Otra de las grandes innovaciones llevadas a cabo en los morteros de cal helénicos fue la utilización de adiciones para aumentar su resistencia y estabilidad. En Thera se introdujo a la mezcla de cal-arena el polvo volcánico o "tierra de Santorini"... A falta de la roca volcánica se utilizaba teja o ladrillo triturado, como testimonia a simple vista la coloración rosa de ciertos enlucidos exteriores» (Javier Alejandre: Los Morteros en la Antigüedad).

Imaginemos el avance del progreso técnico racionalmente: El hormigón es un bizcocho relleno de frutas cocinado a partir del mortero de cal (cal viva y arena) utilizado tradicionalmente para revocos de paredes. Quizá el aumento de la actividad constructiva característico de la efervescente civilización romana diera lugar a un déficit de arena utilizable, pues la de mar no sirve, como avisó Vitruvio: «las paredes de esta arena escupen el salobre, que hace caer cuanto revoque se les ponga"; y así, es bastante probable que ante esta carencia se echara mano de todos aquellos sólidos pétreos, o lo más "pétreos" posible, que pudieran sustituirla, es decir, ladrillos, tejas, rocas frágiles...

Los avispados albañiles se darían cuenta de que estos aditivos (que seguro serían rechazados por los artesanos honrados) daban a la masa una consistencia impropia del mortero de cal de toda la vida... A partir de ahí  solo quedaría trastear hasta dar con la proporción adecuada de "impurezas". Dice el maestro Vitruvio:
«Después de apagada la cal, se hará el mortero en esta forma: si la arena fuese de mina, a tres partes de ella se pondrá una de cal, incorporándolo todo bien: y si fuese de río o mar (a pesar de sus prevenciones al respecto), a dos partes de arena, una de cal...» (Capítulo 5 de su Arquitectura)

Y atención, porque a continuación el maestro da con la verdadera clave de la composición del hormigón, tal y como lo conocemos hoy, es decir, la mezcla íntima de caliza y arcilla (cierto que es necesario cocer esta mezcla y triturarla para obtener lo que hoy llamamos cemento, dicho a grosso modo, pero la receta del cemento crudo estaba ahí):
«...Y si a la arena se añadiese una tercera parte de polvos cernidos de ladrillo cocido, hará una mezcla de mucho mayor calidad»
No obstante, esta observación no deja de ser para él una mera curiosidad, que evidencia su ignorancia acerca de las prácticas helénicas antes esbozadas, y sobre la cual no continúa investigando, perdiéndose a continuación en una digresión acerca de los motivos de la resistencia del mortero de cal, dándole vueltas y vueltas a los "cuatro elementos universales presocráticos", para terminar el capítulo con una de cal y otra de arena y nada de polvo de ladrillo (y su fundamental arcilla ferrosa):
«Así pues, cuando la cal tiene abiertos sus poros y sus intersticios, se adhiere rápidamente a la arena y al secarse después se unen ambas firmemente hasta formar un cuerpo, y dan como resultado la solidez de los edificios»

Y así, a pie de obra y a pesar de las filosóficas teorizaciones vitruvianas se llegaría a lo que se llama "mortero romano", mortero de cemento crudo, una masa bastante moldeable de consistencia pétrea con los mismos componentes químicos básicos del cemento actual.
En otro paso posterior se añadirían al mortero romano piedras, cascotes varios y demás (quizá para ahorrarse material; estas cosas surgen así), y, listo: señoras y señores, el famoso hormigón romano.
Otro buen día, un magnífico día para el progreso portuario, la roca frágil que andaba cerca resultó que procedía de la erupción de un volcán (nada raro pues la obra estaba en la zona de Nápoles)... Se pulverizó como siempre, y, sorpresa, aquello fraguaba incluso bajo el mar... et voilá: el famoso hormigón puzolánico (Puzzuoli, pueblo natalicio de Sofía Loren). Nápoles, naturalmente. Y añade Vitruvio:
«Hay también una especie de polvo de virtud maravillosa, que se cría en los contornos de Bayas y territorios de los municipios sitos en la falda del Vesubio. Este polvo, mezclado con la cal y la piedra, no sólo concilia la mayor firmeza a los edificios, sino que aun las obras de mar construidas con él se consolidan debajo del agua misma» (Capítulo 6).

Es decir, aquello ya no era una chapuza habitual, un reciclaje de desperdicios, sino una técnica nueva, aceptable para los señores arquitectos, basada en un aditamento natural.

Anecdóticamente añadiremos que el hormigón a veces tenía un componente a base de arena de tufa, una piedra porosa, resistente y ligera que era extraída de galerías, y se utilizaba para aligerar el hormigón de algunas obras (la parte superior de la "cúpula" del Panteón, sin ir más lejos). Estas galerías, una vez abandonadas, sirvieron de catacumbas o enterramientos de los cristianos.

Con la caída del Imperio de Occidente, el hormigón y su tecnología desapareció casi por completo y sólo la aparición del manuscrito de Vitruvio en un convento suizo, en el año 1414, volvió a impulsar el interés por este material básico en la construcción actual. Pero de lo que hay que maravillarse, y que también da idea de las ingentes cantidades de piedra empleadas en Roma, es que aún queden tantos restos como quedan de aquellos tiempos:
Sin restar importancia a todos sus incendios, ni al desmantelamiento que iniciaron los bárbaros, los cuales desmontaban las piedras de templos y monumentos para extraer el hierro de las grapas que unían sus sillares, la lamentable situación de desmantelamiento de Coliseo, y de la mayoría de las construcciones de la antigua Roma, sólo es imputable a sus propios ciudadanos, que siempre las vieron como una fuente inagotable del preciado mármol. Menos mal que al papa Urbano VIII no le dio por reciclar el anillo de bronce que cierra el óculo del Panteón, porque hubiera ocasionado su ruina total!:

«Casi nada del mármol empleado en la construcción de la basílica de San Pedro fue extraído de las canteras con ese fin; procedía del expolio de otros edificios existentes. Un sólo contratista sacó en 1452 dos mil quinientas veintidós carretas del mármol del Coliseo...
El papa Urbano VIII, nacido Maffeo Barberini, uno de los grandes patronos del arte tardo-renacentista, debilitó la techumbre del Panteón retirando las vigas de bronce del edificio con el fin de fabricar ochenta cañones destinados al castillo Sant'Angelo [«es más importante defender al papa que proteger el Panteón», dijo], y de suministrar materiales para el baldaquino de la basílica de San Pedro proyectado por Bernini. De ahí la célebre pasquinada: "Lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini"» (J. C. McKeown: Gabinete de curiosidades romanas).





2. El Gran Incendio del Templo de la Paz
«De hecho en este templo se han reunido y dispuesto todas las obras motivo por las cuales los hombres viajaban por el mundo para verlas, por su deseo de contemplarlas incluso aunque estuvieran diseminadas por otros lugares. Depositó allí incluso los vasos de oro del Templo de los judíos, vanagloriándose de ellos» (Flavio Josefo: La guerra de los judíos)

El desastroso incendio del año 6 fue sólo uno de los muchos que mantenían en vilo a los romanos. Por citar un ejemplo, el posteriormente conocido como Panteón (que en 1951 inspiró a Salvador Dalí la Cabeza rafaelesca estallada que vemos a la izquierda), edificio levantado por Agripa, general del emperador Augusto, el año -25, como ninfeo (templo dedicado a las ninfas, personificaciones de las actividades creativas y alentadoras de la naturaleza), fue dos veces destruido por completo, primero por el incendio del año 80 y más tarde en el del 110. El que conocemos fue levantado totalmente nuevo en tiempo de Adriano en otro lugar de la plaza actual, por un arquitecto del cual no se conoce su nombre. Su construcción se inició en el año 118 y se concluyó el 128 (Ortega Andrade: Hist. de la construcción romana y paleocristiana, 114-115).


Pero a pesar de que el incendio del año 6 fue uno de tantos desastres romanos, tuvo la virtud de que el Estado tomase cartas en el asunto del fuego y lo considerase como una responsabilidad oficial, con presupuesto, personal y administración de alto rango. ¿Por qué motivo? Pues porque ese incendio afectó a la residencia de Augusto (a nadie le extraña, ¿verdad?). A ese incidente, precisamente, se refiere Suetonio en su narración: 
«Cuando un incendio destruyó la casa de Augusto del monte Palatino, los veteranos, las decurias, las tribus y multitud de particulares contribuyeron voluntariamente, y cada uno según sus posibilidades, para reconstruirla; pero apenas se atrevió a tocar aquellos montones de riqueza, y de nadie aceptó más de un dinero» (Suetonio: Vida de Octavio Augusto, 57)


Pero merece un punto aparte un importantísimo incendio que, a pesar de que supuso una tragedia cultural posiblemente comparable a la de la Biblioteca de Alejandría, ha pasado totalmente desapercibida, al menos por parte de eso que llamamos el Gran Público y que nadie sabe muy bien qué es (y mejor no averiguarlo). Nos referimos al incendio cuyo foco se localizó en las cercanías del Templo de la Paz (imagen derecha: obsérvese el estricto cercado de su recinto). Y su efecto fue la destrucción de toda la zona de bibliotecas del Palatino. Un incendio que (a pesar de todos los edictos de higiene urbanística y de las cohortes de vigiles bomberos) se produjo en el año 192, poco antes de la muerte del emperador Cómodo.

Pero no sólo se trató de libros: Atención a los datos suministrados por el historiador Herodiano acerca del papel del templo en un mundo sin bancos ni cajas de caudales:
«... Sin que se amontonaran negras nubes, ni que le precedieran truenos, para desesperación de hacedores de augurios y pronósticos, sólo un leve terremoto se produjo en el momento o como resultado de un relámpago que cae en la noche o un fuego que se desata después de un terremoto, el templo de la Paz, el más espléndido y bello edificio de la ciudad, fue totalmente destruido por el fuego. Era el más rico de todos y, como era un lugar seguro, estaba adornado con ofrendas en oro y plata; toda persona depositaba allí sus posesiones. Pero este fuego en una sola noche hizo pobres a muchos hombres ricos. De donde todos se unieron para llorar la pública pérdida y cada uno lamentaba su propia pérdida personal» (Herodiano: Historia Romana, I, 14,2).

Otro historiador, Dion Casio, resumirá el alcance de la tragedia en su ámbito administrativo:
«Antes de la muerte de Cómodo... un incendio que comenzó por la noche en una casa alcanzó el templo de la Paz y se extendió a los almacenes de mercancías de egipcios y árabes, donde las llamas, al crecer, alcanzaron el Palatino y consumieron gran parte de él, por lo que casi todos los documentos oficiales desaparecieron. Esto en particular puso en claro que el desastre no quedaría limitado a la Ciudad, sino que se extendería más allá del mundo civilizado bajo su poder.
El incendio no pudo extinguirse con el poder humano aunque una enorme cantidad de ciudadanos y soldados acarrearon agua, incluso con la ayuda personal del propio Cómodo. Sólo cuando estuvo destruido todo aquello de lo que se había apoderado, el fuego perdió fuerza y cesó» (Dion Casio Coceyano: Historia de Roma, 72, 24, 1).


Y una historiadora actual, la profesora García Sola, de la U. de Granada (a cuya labor debemos todos los datos que sobre este asunto se relatan) nos expone el desastre en el ámbito cultural:
«La Biblioteca del Templo de la Paz es la sexta que se edificó con fines públicos en Roma. Un siglo antes hubo bibliotecas privadas que surgieron como resultado de la expansión del poder hacia Oriente, hecho que dará lugar al desarrollo del comercio del libro...
   La primera de la que tenemos noticia es la de César, y fue entregada a Varrón para que separase los volúmenes griegos de los romanos...
   Augusto creará la segunda, en el pórtico dedicado a Apolo en el año -28, en el Palatino.
   De Augusto es también la tercera, dedicada a su hermana Octavia, con el botín de guerra de los dalmacios; se quemó antes, en el año 80, es decir, 16 años después del incendio de Nerón, y no se restauró hasta el 203, por Severo y Caracalla.
   Livia y Tiberio levantan la cuarta en la misma pendiente del Palatino.
   Y la quinta, activa en tiempos de Probo, llamada Domus Tiberiana, en la misma zona».

Como explica la profesora García Sola, en Galeno, como médico de emperadores que fue (sirvió a Marco Aurelio y a Lucio Vero), se cebó la tragedia en todos estos aspectos y sin matices. "Galeno, que nace en 129 y muere hacia 216, ya era por tanto de edad avanzada cuando se produce este incendio que destruirá toda la zona de bibliotecas del Palatino". Según una carta de interlocutor desconocido:
«Galeno había perdido a todos sus sirvientes en la peste que asoló Roma unos años antes, y que había tenido tres o cuatro veces desgracias deplorables, pero nada comparado con esta última, pues el incendio había destruido parte del oro y la plata, sus ajuares de plata, reconocimientos de deudas que estaban allí depositados, gran cantidad de tratados que tenía ya redactados, un número muy importante de documentos de todo tipo, instrumental quirúrgico que él mismo diseñaba vaciando los modelos en cera para entregarlo luego a los orfebres, libros ya corregidos, escritos de los Antiguos que había copiado y antídotos que poseía en gran número y en particular el llamado teriaca en una cantidad de ochenta libras y el cinamomo en una cantidad mayor que la de todos los vendedores juntos...».



Acabaremos este punto por donde la autora empezó su artículo:
«El emperador Vespasiano inicia la dinastía Flavia con el apoyo de su hijo mayor, Tito, que en el año 70 apagó la sublevación judía con la toma de Jerusalén. Vespasiano restablecerá las finanzas del Estado, quebradas por Nerón. También llevará a cabo construcciones como el Coliseo o el Templo de la Paz, erigido con el botín conseguido en Jerusalén, en honor a la Paz, de igual manera que Augusto dedicó el Ara Pacis a Marte, y con el mismo espíritu...
... Allí estaban expuestas las obras de arte traídas sobre todo de Grecia y Asia Menor, además de los trofeos conseguidos en Jerusalén, como la Menorah o candelabro de los siete brazos, esculpida en el Arco de Tito, o los vasos de oro. Las Tablas de la Ley y las cortinas púrpura del Templo, como nos relata Flavio Josefo,  fueron guardadas en el Palatino para su seguridad... porque allí estaban depositados  los archivos de la Ciudad, que disponían de guardias para su protección, y con tal tipo de construcción que eran resistentes al fuego...».

(El artículo aquí reseñado y resumido está incluido en el volumen titulado La paz y la guerra. En Grecia y Roma, IV con el título de El incendio del Templo de la Paz. El libro es transcripción del seminario organizado por la Sociedad Española de Estudios Clásicos, SEEC, en el año 2012).
 


 

3. Nerón, los romanos y los cristianos
«...Añadíase a esto las voces confusas de las mujeres medrosas, de los viejos y niños, de los que temerosos de su peligro o del ajeno, se apresuran para librar del incendio a los débiles, mientras estos se detienen para ser librados, impidiéndolo entre todos; muchas veces, volviéndose unos a otros a mirar si les seguía el fuego por las espaldas, eran acometidos de él por los lados o por el frente, y cuando pensaban ya estar en salvo con retirarse a los barrios vecinos, a los que antes habían juzgado por seguros, los hallaban sujetos al mismo peligro. Al fin, ignorando igualmente lo que habían de huir y lo que habían de buscar, henchían las calles y se echaban por aquellos campos. Otros, perdidos todos sus bienes y hasta el triste sustento de cada día, o por el dolor que les causaba el no haber podido librar a sus caras prendas, se dejaban alcanzar de las hambrientas llamas voluntariamente...» (Tácito: Anales, 15,39)

Dalí: La Madona explosiva, 1951
En nueve días, tres de los catorce distritos quedaron totalmente destruidos y otros siete seriamente dañados, continúa informando Tácito, contemporáneo del incendio y quizá espectador en su infancia del mismo. Sin embargo, en cuanto a Nerón, y si hacemos caso al académico de la Historia José María Blázquez (Nerón, el mecenas asesino), «en estas circunstancias hizo todo lo que estuvo en su mano para aliviar la catástrofe, permitiendo que las víctimas se hospedaran en edificios públicos, vendiendo el grano de la ‘annona’ a 3 sestercios el modio y proporcionando el material necesario para construir barracones. Pero ante los rumores que le acusaban de haber provocado el incendio aceptó la idea de culpar del hecho a los cristianos, gente mayoritariamente humilde del proletariado urbano, odiada por la plebe por formar círculos cerrados y cuyas intenciones últimas no se comprendían. Nerón actuó muy hábilmente en este asunto, y sus argumentos calaron entre el populacho». En palabras de Tácito:

«Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos… Fueron, pues, castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicio de aquéllos, una multitud infinita, no tanto por el incendio como por su general aborrecimiento al género humano… No se contentó con matarlos, sino que a la justicia añadió la burla y el escarnio; se les vistió con pieles de animales para que fueran destrozados por los perros; otros fueron crucificados y cubiertos de elementos inflamables. Al atardecer brillaban como antorchas… De este modo, aunque culpables y dignos de un castigo ejemplar, provocaban la compasión ante la idea de que morían no por el bien público sino por satisfacer la crueldad de uno solo».



No obstante, Tácito parece ignorar que quizá esta forma terrible de muerte les fuera en parte aplicada a los incendiarios cristianos, no por cristianos, sino por incendiarios. La llamada 'tunica molesta' ―qué avieso humor―, castigo aplicado a los incendiarios, consistía en un saco embreado donde se metía al reo para prenderle fuego a continuación. Por eso amonesta Juvenal a Catilina:
«¿Qué linaje encontrará nadie más elevado que el tuyo, Catilina, y que el de Cetego? Sin embargo, vosotros preparáis las armas para un ataque nocturno y teas contra las casas y los templos como si fuerais hijos de galos bragados y descendientes de los senones, atreviéndoos con hechos que podrían castigarse con la penosa túnica de azufre» (Sátira VIII-230)

Y advierte al aire:
«Nombra a Tigelino ―el famoso jefe pretoriano de Nerón―: brillarás en la antorcha aquella en la que echando humo arden de pie atados por el cuello al poste…» (Sátira I-150)

Ciertamente era un terrible castigo, ¿peor que el de los parricidas: encerrados en un saco de cuero con una mona, un perro y una serpiente, y arrojados al mar? Nuestros queridos romanos, y los humanos en general de aquella época y de casi hasta hoy, eran muy suyos para estas cosas.


Dalí: El incendio de Borgo, 1980
Suetonio (autor de Los Doce Césares), contemporáneo por otra parte de Tácito, sí se decanta decididamente por culpabilizarle del Incendio:
«Pues como si estuviera descontento por la fealdad de los antiguos edificios y la estrechez y recovecos de las calles, incendió tan a las claras la Ciudad, que muchos ex cónsules no tocaron a unos cubicularios suyos sorprendidos con estopa y teas en sus fincas; y algunos graneros contiguos a la "Domus Aurea", cuyo suelo deseaba muchísimo adquirir, fueron derribados con máquinas de guerra e incendiados, porque habían sido construidos con muros de piedra».

En cambio, no relaciona la persecución a los cristianos con el desastre. Afirma, dando detalles concretos, que Nerón «no buscó en absoluto a los autores, y hasta se opuso a que se castigase con severidad a los que fuesen denunciados al Senado»... Aunque los motivos ocultos de tanta ecuanimidad se adivinan tras las medidas tomadas posteriormente: «Recibió y hasta exigió contribuciones por las reparaciones de Roma, hasta el punto de haber casi arruinado por este medio a los particulares y a las provincias». Está claro que Nerón sabía que de los cristianos no iba a poder obtener nada comparable al montante de estas "contribuciones", habida cuenta de que no dejó escapar ni los despojos de la catástrofe: «Se comprometió a hacer retirar gratuitamente los cadáveres y escombros, y a nadie permitió que se acercase a aquellos restos que había hecho suyos» (Los Doce Césares: Nerón Claudio, XXXVIII).

Así pues, los suplicios y persecuciones sólo figuran entre medidas sanitarias diversas tales como «prohibir que se vendiese nada cocido en las tabernas, exceptuando las legumbres», o como «poner coto a los desmanes de los aurigas ―los conductores de cuadrigas, los futbolistas de entonces―, quienes creían que todo les estaba permitido».
Así pues, del mismo modo y con igual fervor higiénico, «los cristianos, clase de hombres llenos de supersticiones nuevas y peligrosas, fueron entregados al suplicio».


(Derecha, El mártir, Dalí, 1982)


Tertuliano, uno de los Padres de la Iglesia y flor del frondoso jardín de los catones cristianos, hace referencia a un Edictum Neronianum según el cual, el simple hecho de ser cristiano era un crimen merecedor de castigo. No existe ni rastro de tal ''decretum''. Sin embargo, sí que está documentado el Plan Regulador de Nerón, que se redacta después del Gran Incendio y en el cual se reduce la altura máxima de los edificios de apartamentos 'insulae' (islas, como llamaban a los bloques de viviendas populares) que Augusto había fijado en 70 pies, unos 21 metros, si bien se desconoce la cuantía de tal reducción (nada extraño habida cuenta del marasmo administrativo del momento y, sobre todo, los intereses en contra de tal medida), aunque no queda más remedio que suponerle la intención de obligar a la rebaja de una planta de las cinco admitidas hasta entonces.

De ser cierto lo anterior, Nerón parecería buscar la utopía que supone retroceder a los tiempos de la ínsula clásica, a la Roma de las domus señoriales, aunque recrecidas, como dijimos antes, al estilo de las que seguían configurando la elegante fisonomía de Ostia o Pompeya, de tres o cuatro alturas. Sin embargo, y dadas las características de nuestro personaje, debemos sospechar del carácter demagógico de tal medida, puesto que si por un lado proclamaba querer reducir una planta a lo dictado por Augusto (medida de la que no se ha hallado edicto), por otra parte obligaba como preventivo el uso del hormigón y del ladrillo cocido (medidas que sí quedaron documentadas).

También con Nerón se debían situar las escaleras próximas a la fachada y presentar grandes huecos abiertos en la misma. Y se favoreció la construcción con porches, debiéndose separar los edificios dejando pasillos entre ellos a modo de cortafuegos.


«Nerón, que en el momento del incendio se hallaba en Ancio [a 50 km de Roma] no volvió a la Ciudad hasta que el fuego se acercó al Monte Palatino... Ordenó improvisar construcciones en las que acoger a aquella multitud sin recursos y, aunque estas medidas buscaban la popularidad, no alcanzaron su fin, porque se había extendido el rumor de que, en el mismo momento en que ardía la Ciudad, Nerón se había subido al escenario que tenía en su casa y se había puesto a cantar la destrucción de Troya, comparando las desgracias presentes y los viejos desastres...
De las catorce regiones en que estaba dividida la Ciudad, quedaron indemnes cuatro, arrasadas tres, y unos pocos restos de casas, agrietados y semicalcinados en las siete restantes» (Tácito: Anales, 15.39)



Y después del vendaval destructor la fiebre constructora: Según Suetonio, Nerón «hizo elevar a su costa pórticos delante de todas las casas, con objeto de que se pudiese atajar los incendios desde lo alto de las plataformas».

También dice bastante, aunque sólo a primera vista, en favor de Nerón que, aunque ya en tiempo de Augusto uso era obligado en todas las Obras Públicas, fue después del gran incendio de Roma, y ''gracias'' al incendio, cuando se entendió al hormigón como el nuevo material resistente al fuego. En palabras de Tácito:
«Ordenó también que en ciertas partes se hiciesen los edificios sin trabazón de vigas y otros enmaderamientos, rematándolos con bóvedas hechas de piedras de Gabi y de Alba, las cuales resisten fácilmente el fuego».

Ahora bien, el carácter demagógico que acabamos de atribuir a tales medidas estriba en que el hormigón y el ladrillo cocido posibilitaban, o sea, propiciaban, un notable aumento de la altura edificable con respecto al adobe... que es lo que realmente ocurrió a partir de entonces hasta culminar en el record de la ínsula Feliclea, que mencionamos arriba.


Derecha, una ínsula de principios del s.XIX, de cuatro alturas en Madrid


De hecho, y muy posiblemente para evitar este crecimiento vertical en la Roma-ciudad, hasta Augusto «las leyes públicas no permiten que el grueso de las paredes externas sea de más de pie y medio [unos 45 cm]; por consiguiente las demás paredes, para no estrechar las habitaciones, tampoco han de ser de más espesor. Ahora bien, las paredes de adobes, a menos de ser de dos o tres adobes [dos o tres pies, 60 ó 90 cm], no pueden sostener la carga de más de un piso». Esto nos transmite Vitruvio (Libro II, 8, 17). Y que también estaban prohibidos tanto el ladrillo como el hormigón en la edificación privada se deduce de lo que comenta acto seguido, por cierto, con un alto grado de optimismo (o de contemporización con los evidentes abusos):
«[Pero] La magnificencia de la ciudad y el inmenso número de sus habitantes... obliga a echar mano del recurso de la altura, levantando sobre pilastras de piedra y muros de mampostería pisos altos, con enmaderamientos continuos y espesos que aumentarán con gran utilidad los aposentos».

Por otra parte, Nerón, según Tácito:
«Mandó también que cada casa se fabricase con paredes distintas y propias, y no en común con las del vecino… Sin embargo creyeron muchos que la forma antigua era más sana porque ahora, al ser las calles tan anchas y descubiertas, y por esta causa privadas de sombra, ocasiona más ardientes calores».




Dalí: El Laberinto
  
 
4. Aguas de Roma
«Yo he visto esta "villa" de Escipión el Africano, edificada con sillares..., la cisterna excavada bajo edificios y campos, que podría abastecer a un ejército entero, la cámara de baño estrecha y oscura, ya que nuestros padres no tenían por caliente una pieza que no fuese oscura. Grande fue mi placer al comparar las costumbres de Escipión y las nuestras; en aquél rincón bañaba su cuerpo, fatigado por rústicos trabajos... ¿Quién resistiría hoy bañarse de aquella manera? Nos creemos pobres y rústicos si las paredes no relucen de grandes y preciosos espejos, si los mármoles de Alejandría no resaltan entre incrustaciones de Numidia..., si el agua no mana de grifos de plata. Y aún hablo de baños plebeyos. ¿Qué diríamos de los baños de los libertos?...» (Séneca: Carta 86 a Lucilio: La "villa" de Escipión
En cambio, en materia de agua, Roma estaba magníficamente dotada: «En el listado de Frontino para la ciudad de Roma hay registradas 591 fuentes, de modo que se debe suponer una situación similar a la constatada en Pompeya o en Ostia, ciudad portuaria de Roma, en las cuales el camino hasta la fuente no superaba los 100 metros en ninguna parte de la ciudad. Y, como en Pompeya, hay que suponer que las fuentes estuvieran agrupadas según depósitos elevados en  lo alto de pequeñas torres que nivelaran la presión del agua suministrada por los siete acueductos construidos a lo largo de la historia, desde Apio Claudio, en -312, hasta Trajano» (Helmuth Schneider: La técnica en el mundo antiguo).

Y si en la época de Frontino (siglo I) existían en Roma 591 fuentes públicas, a principios del s.IV su número se elevaba a 1.352, es decir, cerca del centenar por cada uno de los  catorce distritos. Según Vitruvio, las casa privadas, los baños y las fuentes públicas deberían tener conductos separados a fin de garantizar el abastecimiento de estas últimas. Como se sabe, el criterio público es ignorado olímpicamente siempre y en todo lugar. En nuestro caso, de cara a la galería, Nerón...:

«...y para que el agua de las fuentes, que hasta allí se empleaban en gran parte en utilidad de particulares, pudiese abundar más en beneficio público, puso guardias para que pudiesen todos tener más a la mano la ocasión de reprimir el fuego en semejantes desgracias».


«Para la mayoría de los habitantes de Roma no había por tanto más agua potable que la de las fuentes públicas. En los pilones llamados lacus o labrum (Agripa mandó construir 700 de ellos, además de 300 salientes, piletas con caño adosadas a los edificios) se lavaba la ropa y se limpiaba la verdura, y los mercaderes se instalaban en torno; en verano chapoteaban los niños, y caballos y mulos bebían del cubo que les tendían sus amos. Allí se congregaban las mujeres del vecindario en busca de agua y chismorreo, como también los aquarii, los aguadores que comerciaban con ella...: constantemente en la calle, hablando con unos y con otros, entrando con facilidad en las casas, no tardarían en granjearse una sólida y equívoca reputación de intermediarios para cualquier asunto. Como decía Juvenal, "¿Faltan amantes? Hay esclavos. ¿Faltan esclavos? Se fija un precio con un aguador, que vendrá enseguida"» (Alain Malissard: Los romanos y el agua).


Aguadores esclavos en un mosaico del Museo del Bardo, Túnez


«Pues según dicen aquellos que nos han transmitido la relación de las costumbres antiguas, los romanos se lavaban cada día los brazos y las piernas, que se ensuciaban con el trabajo; lo demás del cuerpo sólo lo hacían los días de mercado. Aquí alguien dirá: "Queda bien patente que los antiguos eran muy sucios". ¿Qué olor crees que despedían? El de la guerra, del trabajo, del hombre. Desde que se han inventado los baños limpios, la gente es más sucia. ¿Qué es lo que dice Horacio para describir un infame conocido por su refinamiento sensual?: "Bucile hace olor de perfumes". Pero si Bucile viviera hoy nos parecería que echaba olor a macho cabrío...» (Séneca: Carta 86 a Lucilio, 12)

Quién diría que el autor de la carta que antecede fue preceptor del mismísimo Nerón y, naturalmente, una de sus víctimas...! Y es que en los antiguos tiempos que añoraba Séneca (ver la cita que abre este punto), no ya en las ínsulas, por supuesto (donde sus vecinos se bastaban  con una palangana y un cubo), sino hasta en las residencias unifamiliares o domus, «las primeras que pudieron tener a la vez una cisterna y un desagüe se equiparon al principio con un mediocre sistema de calentamiento que obligaba a construir unas instalaciones estrechas  (unos 4 metros cuadrados) y sin muchas aberturas. Aquellos cuartos de baño servían a veces de letrina; y la palabra que los designaba, lavatrina, acabaría por contraerse hasta formar latrina.
Aquellos cuartos de baño fueron desapareciendo a medida que las residencias fueron ganando en lujo y amplitud. Muy pronto, sin embargo, concretamente desde la aparición de los  primeros baños públicos, a principios del siglo -II, dejarían de funcionar salvo casos de urgencia» (Alain Malissard: Los romanos y el agua).

Reseñando fragmentariamente este estupendo libro de Malissard: Las que llegarían a ser impresionantes termas no fueron en sus comienzos más que pequeños establecimientos de empresarios particulares, sin lujo alguno, que recibían el nombre de balneum (trasposición del griego balinea en el plural balnea), evidente origen de los balnearios actuales. Tenían parecidas dimensiones y similares inconvenientes que las instalaciones de las domus en razón de los problemas planteados hasta el siglo -I por el escaso suministro de agua y su trabajoso calentamiento.


Sobre estas líneas y bajo ellas (pulsar para ampliar) plano general de servicios y plano del balneum de la Casa de Menandro


La primera mejora de esta situación cuando un emprendedor empresario, Cayo Sergio Orata, importó de Asia Menor, la actual Turquía, el sistema de suelos radiantes, popularmente conocido justificadamente como "glorias". Tal invento se utilizó primero en las residencias más ricas, donde los antiguos cuchitriles fueron sustituidos por conjuntos de cuatro salas del estilo del balneum de las pompeyanas Casa de Menandro, o la Villa de los Misterios.
Administrados por empresarios en competencia entre sí, los baños fueron progresando en amplitud, confort, servicios y ornamentación al tiempo que se abrían a las mujeres, de suerte que ni los más ricos les hacían ascos. Los balnearios se diferenciaban de las termas imperiales en que estas estaban dotadas de unos complejos que rodeaban al balneum propiamente dicho: instalaciones deportivas, salas de relax, piscinas descubiertas, tabernas (en el sentido actual del término), bibliotecas, teatros, jardines y paseos, y... el acceso gratuito de que carecían los balnearios. A pesar de todo, la construcción de éstos continuó sin cesar, al punto de que en la Roma del s.IV superaban el millar.


Red de acueductos de Roma
El éxito de balnearios y termas propició la construcción de acueductos, tanto en Roma como en el resto de imperio, una necesidad en la que coincidían tanto la clase de los caballeros, principales explotadores del negocio de los balnearios, como la clase senatorial y la familia imperial, beneficiarios políticos del fervor popular por las termas. 

Y el problema de los acueductos es que sólo debían conducir agua potable desde lugares donde esta fuera siempre pura abundante y regular. De la abundancia y regularidad se encargaban los embalses, muros de contención que acumulaban los diferentes manantiales de un valle. Para la calidad del agua, en un mundo que ignoraba la existencia de las bacterias, había que guiarse por su olor, color y sabor, y por inspecciones oculares de sus efectos sobre el aspecto de los lugareños, como aconsejaba Vitruvio:
«Si los manantiales estuvieren ya descubiertos y corrientes, antes de emprender su conducción obsérvese cuidadosamente qué constitución y hábito de cuerpo tienen las gentes que habitan al contorno; y si fueran robustas de miembros, de buen color, sanas de piernas, y sin legañas en los ojos serán aguas excelentes...
Dicen que en las islas Baleares... hállanse fuentes de tal calidad que hacían buena voz para cantar a los que se criaban allí: por lo cual solían comprar esclavos hermosos ultramarinos, y mozas casaderas, uniéndolos en matrimonio para que los hijos fuesen de buena voz y presencia» (Libro VIII de Arquitectura, cap. 4)

Señalaremos que de los siete acueductos arriba mencionados, tres fueron construidos por iniciativa de Agripa, yerno y mano derecha de Augusto; y la finalización de otros dos inacabados anteriormente se deben al ridiculizado Claudio. 
También, según sigue Schneider para que nos hagamos una idea de la envergadura de estas infraestructuras, que el coste de una sola de ellas, concretamente del acueducto de aqua Marcia, (en la imagen inferior), en el -144, ascendió a 180 millones de sestercios (con una longitud total de 80 km, 10 de ellos sobre arquería y el resto canalizados): En esa época, un soldado recibía 480 sestercios anuales, con lo que la paga de una legión, 6.000 efectivos, suponía casi 3 millones de sestercios; así que el aqua Marcia se llevó la paga de 60 legiones.






Pero volviendo a nuestro personaje central, al revisar la historia de Roma desde la muerte de Augusto hasta llegar a él y su Gran Incendio, es inevitable preguntarse cómo este hecho no fue la gota que colmó el vaso de atroces despropósitos acumulados por Tiberio, por Calígula y por Nerón. Estos tres monstruos se cebaron sobre la Ciudad sin respetar clase social alguna y sólo se libró el ejército (y no siempre). Al final este no reaccionará hasta la tardía sublevación de Galba... un levantamiento ocurrido cuatro años después del incendio y sin relación directa con él.

Tiene razón Thomas De Quincey cuando reflexiona que el motivo del comportamiento del ejército estriba en que, al fin y al cabo, una vez aniquilado el Senado «el ejército fue el verdadero sucesor de las facultades del emperador, siendo el último depositario del poder. Sin embargo, como el ejército se había dividido por necesidad, dado que las circunstancias en cada frontera cambiaban continuamente la fuerza de las distintas divisiones tanto por su número como por su disciplina, un Imperator (que es un título exclusivamente castrense) que permaneciera en el centro del todo podría equilibrar una parte contra otra...
... Por otro lado, vejaciones o ultrajes a la población no eran tales para el ejército. Raramente participaba el soldado de las emociones de los ciudadanos. Y así, careciendo de control alguno, el más vicioso de los Césares siguió sin miedo, apoyándose en la debilidad de una parte de sus súbditos y en la indiferencia de la otra...» (Los Césares)

Y en cuanto a los más de 300.000 cabezas de familia que componían el censo, De Quincey, tras especular acerca de las desmoralizaciones de tipo religioso, y sobre la contaminación asiática de las costumbres, se adentra en el terreno cultural:
«¿Por qué la tragedia brilla por su ausencia en la literatura romana? Porque había demasiada tragedia en forma de una burda realidad, casi a diario y ante ellos. El anfiteatro extinguió el teatro. ¿Cómo era posible que las sutiles e intelectuales aflicciones del drama pudieran ganar su camino hacia unos corazones encallecidos por la continua exhibición de escenas de lo más vil, en que se derramaba la sangre humana como si fuera agua y se sacrificaba una vida humana en cualquier momento, ya fuera por capricho del populacho o por una rivalidad entre partidarios del sí y del no, o como castigo por un insignificante descuido en el mismo actor?...
Era imposible esperar un resultado diferente del que en realidad se produjo: Una general dureza de corazón, una obstinada depravación, y una doble degradación de la naturaleza humana que actuaba simultáneamente sobre los dos pilares de la moralidad, en primer lugar  el de la sensibilidad natural y, en segundo, el del principio de conciencia».


Dalí: Nacimiento de una Divinidad
Quien esté de acuerdo con los anteriores párrafos no podrá extrañarse de los acontecimientos y reacciones que, narrados por Suetonio, siguieron a la muerte de Nerón:


«Los funerales de Nerón costaron 200.000 sestercios; emplearon en ellos tapices blancos bordados de oro, de que se había servido el día de las calendas de enero [primero de año, antecedente  navideño]. Sus nodrizas Egloge y Alejandra, con su concubina Acte, depositaron sus restos en la tumba de los Domicios, que se ve en el Campo de Marte, sobre la colina de los Jardines. El monumento es de pórfido, y está coronado por un altar de mármol de Luna, fue circundado por una balaustrada de piedra de Tasos.

Murió a los treinta y dos años de edad, en el mismo día en que años atrás había matado a Octavia, y el regocijo público fue tal, que la plebe corría por la Ciudad cubierta con el gorro frigio de los esclavos liberados. Y sin embargo, hubo ciudadanos que mucho tiempo después de su muerte adornaron su tumba con flores de primavera y verano, que llevaron a la tribuna del Foro retratos de Nerón  representado con la toga praetexta y leyeron en ella edictos como si viviese aún y hubiera de llegar sin tardanza para vengarse de sus enemigos» (Los Doce Césares: Nerón, 50 y 56).
 





 

5. El control del fuego, así en el Cielo...
«Pasa desapercibido a la mayoría algo que se ha sabido en la detenida observación del cielo gracias a las principales personalidades de esa ciencia: que los fuegos de los tres astros superiores [Marte, Júpiter y Saturno, los más lejanos conocidos en la Antigüedad] son los que al caer a las tierras reciben el nombre de rayos, especialmente los de Júpiter, que está situado en el centro, quizás porque expulsa de ese modo el exceso de humedad que había absorbido en el círculo superior [el "círculo" de Saturno] así como el de calor del inferior [el de Marte]; y por eso se dice que Júpiter lanza los rayos.
Así pues, igual que de la madera ardiendo se desprende carbón con un crujido, así también sale despedido del astro el fuego celestial, que lleva consigo los presagios sin que ni siquiera el propio fragmento que él ha expedido cese en sus trabajos divinos» (Plinio el Viejo: Historia natural, II, 20)

En cuanto medidas "preventivas" sobrenaturales, los romanos celebraban dos fiestas propiciatorias en honor de las divinidades focales potencialmente irascibles ―de 'focus', fuego, fogata, hoguera, hogar― a fin de protegerse del peligro de incendio. La más importante en la Ciudad eran las Vulcanalia, o Vulcanales, dedicadas a Vulcano, el 23 de agosto.
Su templo, como no podía ser de otra forma, recibía un especial tratamiento profiláctico: estaba situado fuera de las murallas de Roma. El mismo Vitruvio, como buen arquitecto, se ocupa de estos detalles dentro de las especificaciones técnicas urbanísticas propias de su campo profesional:
«Hallamos también establecido en los preceptos y ritos de los augures etruscos la siguiente norma: A Venus, Vulcano y Marte se les edifican  los templos extra-muros, para que no se haga común a las jóvenes, o a las matronas, la lujuria dentro de la Ciudad: para que removiendo de ella el rigor de Vulcano con sacrificios y actos religiosos parezcan estar seguros los edificios del temor de los incendios; y a Marte, dándole su templo fuera de la Ciudad, no habrá guerras ni discordias civiles, sino que será defendida de los enemigos. También a Ceres [divinidad ctónica, como mencionaremos enseguida] se le dará templo fuera de la Ciudad, adonde las gentes no necesiten ir sino para ofrecer sacrificios» (Libro I, 7, 52)

También se ofrecían sacrificios a otras divinidades, sobre todo acuáticas, como Juturna ―una ninfa que se arrojó al río Numico y fue metamorfoseada en fuente cuyas aguas eran usadas en los sacrificios a Vesta, diosa romana del hogar―, para ganarse su ayuda contra los incendios. En este día la gente colgaba, sin que se sepa por qué, los vestidos al sol. El cristianismo convirtió a Vulcano en el Diablo, tras dotarle de los atributos “físicos” del dios Pan, cuernos, rabo, pezuñas y demás parafernalia lúbrica.

En el caso que nos ocupa se amplió el elenco celestial, y tras consultar los libros sibilinos, Tácito nos cuenta que:
«...se hicieron procesiones a Vulcano, a Ceres y a Proserpina; también las matronas aplacaron con sacrificios a Juno, primero en el Capitolio y después en el mar cercano a la ciudad, y sacando agua de él rociaron el templo y el simulacro de la diosa; las mujeres casadas, tendidas por devoción en el suelo del templo, velaron toda la noche...».

Y es que Ceres (sustituta de la caducada Madre Tierra o Gea) y Proserpina son las principales divinidades denominadas ctónicas, es decir, relacionadas tanto con la regeneración de la vida y la agricultura como con el Más Allá subterráneo.

Pollock: La llama
Existía además una norma piadosa que tampoco debía contribuir demasiado a la seguridad ciudadana. Al griego Plutarco le sorprendió lo suficiente como para incluirla entre sus cavilaciones:
«Por qué tienen los romanos la costumbre de no apagar las velas, sino que esperan a que se extingan por sí mismas?
¿Acaso porque las veneran como si se tratara de un pariente fraterno del fuego perenne e inextinguible?
¿O también es símbolo de que es preciso no destruir ni matar nada que sea animado, si no resulta dañino?
¿O esta costumbre nos enseña que no debemos echar a perder ni el fuego ni el agua, ni ninguna otra cosa necesaria que tengamos en abundancia, sino que las entreguemos a quienes las precisan y se las demos a otros cuando ya no las necesitemos?» (Plutarco: Cuestiones romanas, 75)


El Prometeo dorado del Rockefeller Center
En todas estas celebraciones propiciatorias llama la atención la dedicación absoluta a Vulcano/Hefesto en detrimento de un dios fundacional en la mitología de la domesticación del fuego: Nos referimos a Prometeo, aquel titán que lo robó a Zeus/Júpiter (el fuego era su monopolio absoluto, y el rayo su arma emblemática) para entregarlo a los desvalidos hombres que tiritaban de frío y de miedo allá abajo. Y no es que los romanos ignorasen a Prometeo, pues aunque a sea a partir del s.III cuando abunda la intercesión del héroe en sus sarcófagos, su presencia en las tumbas romanas viene de lejos (Gregorio Luri Medrano: Prometeos, biografía de un mito).

Pero desde los tiempos de Esquilo, y no digamos desde los de Hesíodo (los tratadistas griegos que estudiaron a Prometeo más a fondo) había corrido ya mucho agua por el Tiber. El genio romano empleó mucho esfuerzo en estudiar el fuego, sus causas, tipos y consecuencias aprovechables intentando desvincularse en lo posible de la filosofía especulativa griega. Pero el distanciamiento no era tan fácil, habida cuenta de su primitiva cultura tecnológica y de las implicaciones religiosas del tema (algo parecido les sucedería a aventureros como Galileo o Darwin, cada uno en su materia).






Cuando Plinio el Viejo dice en el Libro II de su Historia natural que «existe además la apertura del propio cielo, lo que llaman chasma», se está refiriendo con ese término, chasma, a las auroras boreales. Rasgaduras en el casco de acero de un Universo que, hasta hace bien poco, se reducía al modesto Sistema solar; una esfera hueca en la cual «... las estrellas señalamos que están clavadas... Su forma es redondeada a modo de un globo perfecto; su nombre, principalmente, y el común acuerdo de los mortales en llamarle globo lo demuestran... Al ser así resulta totalmente adecuada para el movimiento, por el que gira sin cesar; y la comprobación visual muestra que desde cualquier punto se divisan su bóveda y su centro, y esto no podría darse en ninguna otra figura.
Y al cielo le hemos puesto tal nombre por razón de que ha sido cincelado [discutida relación entre 'caelum', cielo, y 'caelare', cincelar]. Lo corrobora el círculo que se denomina zodiacal con los signos de doce seres vivos, y, por añadidura, la correspondencia del curso del sol a través de ellos a lo largo de tantos siglos».





Así vemos que Plinio el Viejo, suprema autoridad técnica romana, creía firmemente que los rayos caían directamente del planeta Júpiter, como justifica "técnicamente" en la cita que encabeza este punto, y de la cual titula Plinio el capítulo piadosa y temerariamente, como "Por qué motivo se le asignan a Júpiter los rayos"; y por qué los relámpagos que vemos son rayos (incluso, arriesgando, también "fuegos de otros astros") interceptados por las nubes:

«Por consiguiente, tampoco me atrevería a negar que sobre las nubes pueden incidir los fuegos de los astros, como los que vemos a menudo en el cielo despejado. Es verdad que con su impacto golpean las capas de aire, puesto que también silban las jabalinas al vibrar [la guerra siempre musa de la técnica, ¡Ay!]; pero cuando llegan a una nube originan un vapor que produce un ruido estridente, como el hierro candente metido en el agua, y exhalan un vórtice de humo. A partir de ahí se desencadenan las tormentas y se originan los truenos» (Plinio el Viejo: Historia natural, II, 43).

Plinio se cubre bien las espaldas dando detalles acerca del "trabajo divino" del rayo jupiterino, según el par de párrafos que añadimos a continuación..., por más que algo más adelante aclare que «como quiera que estos hechos son, como quiso la naturaleza, unas veces ciertos y otros dudosos, para unos loables y para otros vituperables, yo, por mi parte, no omitiré sus aspectos más dignos de mención» (HN,  final de 53).


La verdad es que imaginarse a todo un almirante de una flota romana, además de eminencia científica de su tiempo, escribiendo con toda seriedad los párrafos que siguen, debería hacernos reflexionar a quienes no comprenden la existencias de creyentes en el diáfano mundo actual (léase además al respecto, la ternura que rezuma su referencia al planeta Venus que cierra este punto):

«Los escritos de los etruscos estiman que hay nueve dioses que envían rayos y, además, que estos son de once clases, ya que Júpiter los lanza de tres clases [el primero, benigno, de simple advertencia; el segundo, con algunos daños; y el tercero, devastador]. Los romanos mantuvieron sólo dos, atribuyendo los diurnos a Júpiter y los nocturnos a Samano [dios etrusco introducido en Roma con los cultos sabinos y asimilado a Júpiter hasta que obtuvo un templo propio]...

Los que se han ocupado del tema con mayor detalle llaman, además, rayos "familiares" a los primeros que aparecen cuando una persona ha fundado su familia, y son vaticinios para toda la vida. Fuera de esto, consideran que los "privados" [sólo afectan a la persona] no pronostican más allá de diez años, salvo si se producen en la adquisición del primer patrimonio o en el día del nacimiento; y los "públicos" tampoco más allá de treinta años, salvo caso de fundación de una colonia"» (Plinio el Viejo: Historia natural, II, 52).


Dar por científicamente seguro el que los rayos caen directamente de Júpiter, es suponer un globo universal bastante reducido ¿Cómo de reducido?:



Dalí: La hora de la monarquía, 1969
«Muchos intentaron averiguar la distancia desde la tierra a los astros y revelaron que el sol distaba de la luna diecinueve veces lo que la propia luna de la tierra. Pero Pitágoras, que era hombre de mente sagaz, dedujo que desde la tierra a la luna había 126.000 estadios, desde ésta al sol el doble,  desde él a los doce signos del zodíaco el triple. De este mismo parecer fue también nuestro Sulpicio Galo».
A nuestro admirado Plinio le bastó con el parecer de Sulpicio Galo, «el primer hombre de estirpe romana que expuso en público la causa precisa de los eclipses, cónsul con Marco Marcelo y, a la sazón, tribuno militar... Pero entre los griegos fue Tales de Mileto...».
A nosotros nos bastará, pues, con unas sencillas operaciones para saber el tamaño de ese Universo romano que tenía por centro a la Tierra: Teniendo en cuenta que el estadio romano medía 184 metros, y aceptando la palabra del sagaz Pitágoras (que medía las proporciones según la misma relación que los tonos musicales, según veremos dentro de dos o tres párrafos), hallamos que la Luna dista de la Tierra 23.184 kilómetros; desde la Luna al Sol no hay más que 46.368 km; y, por fin, desde el Sol a los confines del globo del Cielo, 69.552 km. Sumando estas tres cantidades tenemos el radio del Universo, es decir, 139.104 km.


Dalí: El enigma sin fin, 1938
No sabemos a qué distancia estaría Júpiter en este conjunto (a no ser que sigamos las instrucciones tonales de Pitágoras, claro está), pero desde luego a una distancia muy inferior dado que entre Júpiter y la cincelada esfera celeste todavía mediaba Saturno, último planeta conocido.
Por otra parte, Plinio calculó, desestimando otros datos, que «la altura que alcanzaban las tempestades, los vientos y las nubes... era aproximadamente una sexta parte de la órbita del sol alrededor de la tierra...», es decir, unos 11.592 km.
Teniendo en cuenta que el círculo ecuatorial terrestre mide unos 40.000 km (y la distancia media de la Tierra a la Luna, unos 384.000, y a Júpiter unos 680 millones de km), no nos extrañarán la suposiciones de Plinio, dado que la longitud total del mundo conocido por él no llegaba a los 8.000 km ni con mucho.


«Ahora bien, Pitágoras a veces también llama tono, según la teoría musical, a lo que dista la luna de la tierra: desde ella hasta Mercurio, un semitono, igual que de él hasta Venus. Desde éste hasta el sol un tono y medio; desde el sol hasta Marte un tono (o sea, lo mismo que de la tierra a la luna); desde éste a Júpiter un semitono, igual que desde él a Saturno; y desde Saturno al Zodíaco un tono y medio. De este modo se cumple con siete tonos la que denominan 'diapason harmonia', o sea, la armonía universal [la llamada música de las esferas]. En ella Saturno se mueve según el son dorio, Júpiter según el frigio, y los demás de forma por el estilo, de acuerdo con una sutileza  más entretenida que necesaria» (Plinio el Viejo: Historia natural, II, 22)





El monocordio celestial, ilustración del libro Anatomiae Amphitheatrum, 1623, Robert Fludd, filósofo hermético seguidor de Paracelso: imagen obtenida de la aconsejable página Monocordio de Pitágoras. Fludd nos muestra «la mano de Dios afinando un monocordio cósmico; tensa la cuerda en una tabla alrededor de la cual las órbitas planetarias se superponen a los intervalos de la escala musical. La idea de la "música de las esferas" inspiró a científicos incluso de la talla de Kepler, quien pasó treinta años de su vida intentando descubrir las leyes del movimiento planetario en la armonía musical» (Claudi Alsina: La secta de los números)





Parece que el estadio utilizado por Pitágoras no coincidía con el considerado por Plinio, porque nuestra comprobación arroja una cifra algo diferente a la suya, aunque tampoco mucho, según vemos en la "maqueta" que hemos pergeñado y que ofrecemos inmediatamente a continuación:


Como científicamente enseña Plinio (s.I) en la cita que abre este punto, los rayos benéficos, los que entrañan presagios y avisos a los hombres, proceden directamente del planeta Júpiter
 

Pero la técnica mitológica romana (o la mitología técnica romana) ya se había cuidado de diseccionar la naturaleza del fuego: dejando a un lado el Fuego del Hogar, confiado a la protección de Vesta, hay dos clases de fuego, igual que hay dos tipos de rayos, según su procedencia: «...en Etruria se piensa además que hay unos rayos denominados "infernales", que surgen de la tierra y que en el período invernal se vuelven más encarnizados y execrables», aclara también Plinio. «La prueba evidente está en que todos los rayos que vienen del cielo caen oblicuamente, mientras que los terrenales lo hacen en vertical».




Y así, por fin, tenemos que «...en algunas versiones del mito posteriores a Lucio Accio (nacido hacia el año -170), Prometeo ya no sustrae el fuego directamente a Júpiter, ni tampoco aprovechando la brasa de uno de los radios del carro solar de Apolo. Prometeo roba el fuego directamente de la fragua del dios herrero Hefestos/Vulcano [... que es con quien tan acertada y previsoramente se congracian los romanos].
Se trata, por lo tanto, fundamentalmente de un fuego técnico, capaz de ablandar, modelar y gestionar (y destruir) la propia naturaleza..., muy diferente de aquél que se guardaba en el recinto más sagrado de Atenas, en el Pritaneo [y en el templo de Vesta en Roma]; un fuego que simboliza la continuidad histórica de la ciudad al mismo tiempo que la identidad de los ciudadanos frente a la erosión del tiempo» (Gregorio Luri Medrano: Iconografía del mito de Prometeo).




Volvamos a las celebraciones propiciatorias ignífugas romanas: Más bien rurales eran los festejos de las Fornacalia, o Fornacales. A lo largo de varias jornadas del mes de febrero se ofrecían las primicias de las cosechas a la diosa Fornax, que preside los hornos, evita incendios y tuesta al punto el trigo. Esta fiesta no tenía fecha fija de celebración, ya que cada curia la celebraba en el día en que se le hubiera anunciado que debía hacerlo.
Los que por negligencia o ignorancia no lo hubieran hecho cuando les correspondía, podían celebrarla durante el último día, en las Quirinalia, día dedicado a Quirino ―nombre que recibió Rómulo tras su apoteosis― y al que se denominó con el burlesco apelativo de "Stultorum Festa" o Fiesta de los Tontos. Unas celebraciones que se conservarán desprovistas de sentido en el Carnaval cristiano.




El Greco: La Visión de San Juan

«Gira por debajo del sol un astro inmenso llamado Venus... Tiene tanta luminosidad que es la única que produce sombra. También por eso figura con una amplia serie de nombres, pues unos la llamaron Juno, otros Isis y otros Madre de los Dioses.
Por acción de su naturaleza se originan todas las criaturas en  tierras, ya que al impregnarse del rocío genital de sus dos nacimientos (matutino y vespertino) no sólo da fecundidad a la tierra sino que además estimula la de todos los seres vivos» (Plinio el Viejo: Historia natural, II, 36)



6. ...Como en la Tierra
«El prefecto de los guardias debe vigilar toda la noche y patrullar debidamente calzado y provisto de ganchos y de hachas, y advertir a los moradores de todas las casas que tengan cuidado de que no se desaten incendios por algún descuido. Deberá ocuparse asimismo de que cada domicilio disponga de un depósito de agua en el piso de arriba» (Justiniano: Digesto, 1.15.3.3)

En el plano terrenal, el tipo de aglomeración que se da en Roma es algo insólito a todo lo largo de los cuatro o cinco milenios anteriores de la civilización humana. Las contadas grandes aglomeraciones previas se dan en imperios fluviales (Mesopotamia, Egipto, India y China); en ellas, por definición, excepto en China, hay una gran abundancia de agua y una enorme carencia de madera. Como consecuencia, los incendios son escasos, fortuitos y localizados. De hecho, no es hasta el primer tercio del II milenio, concretamente en torno a -1750, que nos encontramos con la primera referencia a una ley que castiga un delito relacionado con un incendio. Está contemplada dentro del Código de Hammurabi y dice lo siguiente:

"Si en la casa de un hombre se declara un incendio y a algún hombre que había venido a apagarlo le apetece algún objeto y se queda con el objeto del dueño de la casa, ese hombre será quemado en ese mismo fuego" (Ley 25).

Pocas referencias más hace Hammurabi sobre el fuego, y siempre como instrumento de castigo, por ejemplo:
"Si una nadîtum o una ugbabtum [dos congregaciones diferentes de sacerdotisas de alta alcurnia] que no reside en un convento gagû [un convento integrado en un templo] abre una taberna o entra por cerveza, a esa señora, que la quemen" (Ley 110).
"Si un hombre, después de muerto su padre, se acuesta con su madre, que los quemen a ambos" (Ley 157). Acerca de la relación entre las sacerdotisas y las tabernas babilónicas algo hemos dicho en el Punto 1 de los Orígenes del Dinero IV, si bien con una traducción algo diferente de esta misma ley.
En cualquier caso, un incendio en un mundo de adobe y cañizo, como el que describimos en el Punto 2 de la misma entrada, debía ser un acontecimiento bastante extraño. Y no digamos ya un incendio provocado: tan extraño como para no rondar siquiera por la mente del legislador, quien inscribe su mandato dentro del ámbito del delito contra la propiedad; lo mismo que, ya dentro del siglo -IX o -VIII, pero en un territorio no muy lejano, hace la Biblia:

"Si propagándose un fuego por los espinos quema mieses recogidas o en pie, o un campo, el que incendió el fuego pagará el daño" (Éxodo, 22,5). También aquí se da el carácter fortuito por descontado.

Hay que llegar a mediados del s.-V, en una Roma que empieza a apelotonarse entre las siete colinas a base de desecar las tierras pantanosas de entre ellas, para que se recojan dentro de la Ley de las Doce Tablas las primeras referencias al delito de incendio propiamente dicho:
"Quien hubiera incendiado un construcción o un depósito de trigo situado junto a una casa, se dispone que, atado y azotado muera en el fuego si lo hubiera hecho consciente y premeditadamente; si por casualidad, es decir, por negligencia, se ordena reparar el daño, o si no fuera solvente se le castigue más levemente, encerrado en prisión y azotado" (Tabla VIII, 10).

Y aquí abandonamos el campo jurídico, en unos inicios que irán desarrollándose sin cesar a la zaga del "progreso" urbanístico y medioambiental de Roma, que es el nuestro (para un amplio desarrollo de aquél, véase.- Gómez Rojo, María Encarnación:  Historia jurídica del incendio en la Edad Antigua y en el ordenamiento medieval castellano: Implicaciones urbanísticas y medioambientales, cuya línea secuencial hemos utilizado en la parte que a este punto incumbe).

Paige Bradley: Expansión


Desde el principio de la República Romana y hasta Augusto, los incendios eran combatidos por partidas de esclavos pertenecientes a la Familia Publica, es decir, propiedad de la Ciudad; este servicio oficial dependía de los tribunos y ediles, y era confiado a los tresviri capitales llamados también nocturni (ver aclaraciones edilicias algo más abajo).
Estacionadas estas partidas en las puertas y en la murallas de la ciudad, su equipo consistía en poco más que cubos llenos de agua y a los que por tanto no podría llamárseles propiamente bomberos, nombre que procede de las bombas ―del latín 'bombus' y el griego 'bómbos', palabras onomatopéyicas similares derivadas del infame ruido, bom-bom-bom, de los útiles cacharros― utilizadas para sacar agua de pozos, ríos o cualquier otro depósito o almacén de agua cercano al lugar del incendio.

El hecho es que no fue hasta Augusto cuando se organizó un servicio de bomberos como los dioses mandan. Primeramente, en el año -22,  organizó un cuerpo de 600 esclavos públicos que ya dependían de los ediles curules. Y a partir del año 6 (y debido a que el incendio de ese año afectó a la residencia del mismísimo Augusto, como dijimos arriba -- en el Punto 2) pasó a estar constituido fundamentalmente como una cohorte, es decir, un cuerpo militarizado, una milicia urbana de vigiles subordinados a un prefecto especial, el praefectum vigilum, al que Trajano, un siglo más tarde, daría un subprefecto como adjunto. Así nacieron los bomberos de Roma, militarizados y subordinados a un prefecto especial (Alain Malissard: Los romanos y el agua).

Este praefectus vigilum, de rango inferior al praefectus urbis, era ya un relevante cargo imperial encomendado a los equites o caballeros. Sus competencias no se limitaban a la vigilancia nocturna en prevención de la comisión de delitos y evitar (y apagar) incendios. Aunque básicamente era competente en la represión de hurtos y saqueos, en cierta manera confluían sus poderes con los del paefectus urbi (prefectura de rango senatorial creada por Augusto, elegida entre los ex-cónsules, y configurada como representación del Senado en el gobierno de la Ciudad), reservándose éste el conocimiento de los delitos más graves o cuando los delincuentes eran de cierta alcurnia.

Pero también parece que podía el prefecto de los vigiles autorizar la entrada en casa de inquilinos morosos, además de competencias en materia de arrendamientos, así como para intervenir en los litigios entre quienes utilizaban el suelo público para ejercer su profesión (Armando Torrent Ruiz: Diccionario del Derecho Romano).

... Naturalmente la picaresca nunca ha sido una virtud exclusiva de nadie, público ni privado: «Has pagado por tu casa, Tongiliano, doscientos mil sextercios; un accidente, demasiado frecuente en Roma te la ha quitado. Una suscripción te ha valido un millón de sextercios. Dime, ¿no va a creer la gente que has sido tú el que pegó fuego a tu casa?» (Marcial: Epigramas, Libro III)


Este sistema militarizado de esclavos-bomberos (con divisiones y subdivisiones similares a aquellas del ejército romano, estando cada división a cargo de una demarcación o zona especifica) funcionó durante casi treinta años, hasta ser reorganizado por Claudio, quien crea un grupo de diez mil bomberos profesionales, libertos en su mayoría, mejor entrenado, y equipado según la coyuntura económica de Roma. Siguió funcionando muy aceptablemente hasta la descomposición del Imperio.
De su prestigio es testigo y muestra el uniforme universal del bombero, el único que conserva los rasgos inconfundibles de las legiones romanas y por el que seguimos suspirando los niños del mundo.


Los antes mencionados tresviri capitales, que eran elegidos en comicios populares, formaban un colegio de tres magistrados inferiores que tenían encomendadas funciones de policía y su misión era la de combatir la muy frecuente delincuencia común en Roma, con cierta competencia jurisdiccional en delitos menores, pudiendo imponer penas de cárcel preventiva y de azotes; también la vigilancia de las prisiones, la supervisión de los esclavos encargados de ejecutar la pena de muerte y la vigilancia nocturna de las calles, colaborando con los magistrados maiores en la represión penal desarrollada por éstos.
Los ediles curules conformaban una magistratura patricia menor cuyas principales atribuciones eran la cura urbis, policía de la ciudad y del territorio incluido dentro de los mil pasos alrededor de Roma, con la vigilancia de los edificios públicos; la cura ludorum, organización y vigilancia de los juegos y espectáculos públicos; la cura annonnae, abastecimiento alimentario de Roma (a excepción de los cereales, cuyo aprovisionamiento llevaban los ediles cereales, creados por César en el año -44; así como los ludi Ceriales, espectáculos de circo celebrados en abril en honor de la diosa Ceres); supervisar la disciplina de los precios; y velar por el orden en los mercados.
(Armando Torrent Ruiz: Diccionario del Derecho Romano)



Es importante señalar que esta permanencia militarizada de los vigiles no fue posible hasta que Roma no se dotó de un ejército estable y permanentemente operativo. Y si hemos de confiar en Jacques Harmand, aunque con Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, el mundo helénico descubrió los ejércitos permanentes...:
"...mientras se produjo el licenciamiento automático tras una campaña anual, la legión romana siguió siendo una milicia. A partir de ese nivel básico la evolución lenta, muy lenta, estuvo vinculada a la historia coyuntural de las conquistas, cada vez más lejanas; incluso en las primeras décadas que siguieron a la reforma de Mario aún no se dio la permanencia. Ni por derecho ni de hecho existió un auténtico ejército del Estado romano antes de la dictadura de César, hacia el año 45-44" (Jacques Harmand: La guerra antigua, de Sumer a Roma).


Homeless de New York, foto AFP
Había también grupos de bomberos "privados", es decir, sostenidos por particulares deseosos de obtener ganancias pecuniarias. La inmensa fortuna de Craso, gobernante de Roma durante una legislatura junto a César y Pompeyo, se levantó mediante un hábil negocio inmobiliario basado en su brigada contraincendios. Con ella acudía al lugar del accidente y pactaba el precio de sus servicios con el propietario del inmueble. Si éste accedía a sus leoninas pretensiones procedía a apagar el fuego. Y si no, se sentaba tranquilamente a esperar a que las llamas terminasen su trabajo, mientras sus bien armados muchachos acordonaban el lugar impidiendo el acceso al mismo. Después, adquiría el chamuscado inmueble a su valor "actualizado".

Con el nombre de 'fabri' eran conocidos en el mundo romano los obreros de la construcción, que, al igual que otros menestrales, estaban asociados en colegios que andando el tiempo darían lugar a las hermandades medievales y a los sindicatos actuales. Esta asociación se producía voluntariamente, al menos en teoría, con la finalidad de velar y defender sus intereses profesionales, rendir culto a las diversas divinidades relacionadas con su actividad, así como procurar ritos funerarios y una sepultura digna a sus miembros. Los asociados de los ‘collegia fabrum’ también solían estar encargados del servicio de extinción de incendios de las ciudades, y la de Craso era una de estas empresas constructoras, aunque no una más, como puede deducirse del puesto político ocupado por su patrón.


«Íbamos subiendo el monte Cispio [al norte del Esquilino], cuando vimos un gran edificio de pisos ardiendo; el incendio se había propagado ya a las construcciones vecinas y todo estaba a punto de venirse abajo. Entonces uno de los que formábamos parte de la comitiva dijo: "Las rentas de las fincas urbanas son grandes, pero los peligros son de lejos aún mayores. Si se pudiera encontrar un medio para que las casas de Roma no ardieran tan a menudo, ¡por Hércules!, vendería mis fincas rústicas y compraría inmuebles en la ciudad"» (Aulo Gelio: Noches áticas, 15.1)



Dalí: Galacigalacidesoxiribonucleidacida, 1963

Y es que todos los niños hemos soñado con ser bomberos de mayores ―taxista era la segunda opción. Quizá era la única forma que el mundo nos ofrecía de llevar el uniforme de las legiones romanas. O al menos el casco y las hombreras, y la imperiosidad apabullante de las legiones romanas, ya que no su ''imperialidad'', valga el palabro. Pero nadie sabe de dónde nos viene a los niños esa hipnosis atávica, pues si algo sobra en el mundo anterior y posterior a Roma son los uniformes deslumbrantes.



«Mi hija de cuatro años quiere ser bombera. ¿Por qué, si nada ni nadie le ha influido para que diga eso? Pues no lo sé, pero algún atractivo verán los niños en esa profesión para que les encante tanto.
Cuando ve pasar por la calle un camión de bomberos, aunque no haga sonar las sirenas, se queda como hipnotizada. Seguramente con los años se le irá la idea, pero a mí esto me parece curiosísimo...» (Diario El Mundo, Jueves, 11 de enero de 2007/ MADRID: Los bomberos, un orgullo para todos. Comentario firmado por L.B.)







 7. Epílogo pescado en la Red

«Tras la caída del imperio Romano, en la edad media, desaparece prácticamente cualquier tipo de asociación o cuerpo especializado en la extinción de incendios.

Por eso, el documento que muestro a continuación es realmente curioso. Se trata de una ordenanza, redactada en Zamora el cuatro de Junio de 1515, por la que el gremio de carpinteros se encargará de luchar contra los incendios que se produzcan en la ciudad.

En el documento (siete hojas que se conservan en el archivo histórico de la ciudad de Zamora) se especifica la herramienta que han de disponer tanto por su cuenta como por cuenta de la ciudad. Sus utensilios principales, además de herradas (cubos) de cuero o madera, eran hachas, martillos, mazas grandes y azadones y es que en la ciudades medievales, con gran aglomeración de viviendas hechas de madera y paja, la principal misión de estos carpinteros reconvertidos a bomberos, sería la de hacer cortafuegos a base de derruir las casas cercanas.

Además se detalla el modo de localizar el fuego y esto lo harán gracias al repique de campana de la parroquia donde se esté produciendo.
En la misma ordenanza, que consta de 11 capítulos, también se indica que se serán los carpinteros los encargados de… “…hacer las talanqueras, los tablados y cadalsos para las fiestas de los toros, justas y hechos públicos”.
A cambio, se detalla que los carpinteros… “… sean libres de pechos (impuestos) concejiles y reales por atajar los fuegos”. Imagino que las negociaciones de este “convenio” tuvieron que ser durillas. » (Bomberos del Imperio Romano).



«Las Bombas de hoy, son copias mejoradas de las “Siphona”, creadas el siglo IV A.C. por Ctesibius, ingenioso griego nacido en Alejandría y por el griego, Heron, nacido el año 200 A.C. eran operadas manualmente y consistían en dos pistones de bronce conectados a una salida y ajustados a una base de madera, la que se sumergía en el agua. Estas son las primeras bombas utilizadas luego del cubo de cuero.
En el 440 A.C., y por corto tiempo, se uso un estanque confeccionado del estomago de los animales. El intestino era usado en forma de manguera, mientras el estomago, servia de tanque. Para operar tan rústico sistema, se llenaba de agua el tanque y se llevaba al lugar del siniestro; los intestinos se estiraban hasta alcanzar el edificio en llamas, y varios hombres hacían presión sobre el estanque, lanzando el agua a través de las mangueras hasta el fuego.

El año 300 a.C. en Roma, apareció la “jeringa”; era un cilindro con un pistón para darle presión. Se llenaba de agua y haciendo presión con el pistón, salía el agua con relativa fuerza. Estuvo en uso en Inglaterra hasta fines del siglo XII. Al principio estas “máquinas” de extinguir incendios, eran manejadas por voluntarios, que cooperaban generosamente en los incendios incendio.
Trajano se opuso tenazmente a crear un Cuerpo de Bomberos Voluntarios, pues los consideraba ineptos y conflictivos. En su lugar sugirió que el Gobierno proveyese máquinas de extinguir incendios y que los dueños de las casas ardiendo y todo aquel cuya casa estuviese en peligro, fuesen obligados a operar dichas maquinas» (Bomberos de la Roma imperial)


Vale.

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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).