«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

13 oct. 2009

De Bodas y Enlaces


Dedicado a mi hija Vivi,
cuyo enlace matrimonial me sirvió de alegría,
de aliciente y de inspiración

En la mitología griega Himeneo (en griego antiguo ‘hyménaios’, canto nupcial) era un dios de la ceremonia de matrimonio, inspirador de sus fiestas y sus canciones. Realmente más que un dios propiamente dicho era la personificación de la fiesta nupcial. Himno e himen son dos líricos productos derivados de las actividades de este diosecillo burlón. Himeneo era también un género de poesía lírica, adaptada a la procesión que en todos los tiempos ha escoltado a la novia hasta la casa del novio, cortejo en el que se apelaba al dios jaranero, en contraste con el sensual epitalamio que se cantaba ya al final en el umbral de la casa matrimonial (‘thálamos’, lecho nupcial). Se suponía que Himeneo asistía a todas las bodas. Si no lo hacía, entonces seguro que el matrimonio resultaría desastroso, por lo cual los griegos alborotaban de lo lindo gritando su nombre por las calles. El colega itálico y sucesor de Himeneo era el dios menor Talaso.


En el esquemático mundo que hemos construido, la eficaz y rápida oficina del Juzgado tendría que haber barrido de uno de sus plumazos las costosas y engorrosas bodas eclesiásticas, pero no ha sido así, y la gente joven continúa acudiendo a la iglesia engalanada de estreno para la ocasión, escudándose, éso sí, de buena gana en la amable condescendencia para con sus mayores ("Es que le hace mucha ilu a mi madre", dice ella, y dice también él. "Es que si no me caso por la Iglesia la doy un disgusto de muerte", aseguran ambos dos).
Debería ser hondo motivo de reflexión el que para celebrar el acontecimiento más serio e importante en la vida de una persona, el enlace matrimonial, decidamos someternos ilusionadamente a un teatro ceremonial bastante cercano a la Edad de Piedra. Y ello a pesar de su aparente intrascendencia y de la incomprensión de su significado por parte de todos sus participantes y protagonistas.
Como sin duda ha de existir un motivo serio, profundo y consistente, las líneas escritas a continuación intentan contribuir a la aproximación al misterio que nos tiene enganchados ―ya seamos fervorosos creyentes, agnósticos reticentes o redomadamente ateos―, a un ritual absolutamente fuera de época y de lugar. ¿O quizá no?

La Iglesia ha conservado prácticamente intacto un ritual que ya era inconcebiblemente antiguo hace más de dos milenios, cuando el Imperio Romano hacía uso y ley de él. Y esta más bien descreida sociedad lo ha respetado con entusiasmo y sin críticas, al menos sin críticas audibles.
«¿No es cierto que este ceremonial ha sobrevivido al Imperio y, salvo algunos cambios, sigue regulando la mayoría de los matrimonios contemporáneos? … Básicamente conservadora, la Iglesia no suele modificar nada que no sea incompatible con sus creencias. En su esencia, el matrimonio cristiano consiste en la mutua entrega de dos almas… El sacramento resulta de la afirmación de íntima unión que pronuncian los cónyuges en presencia del sacerdote, quien no cumple otra función que la de testigo de Dios. Pues bien, esta definición es semejante a la del matrimonio romano de la época clásica, incluso pronunciando prácticamente las mismas palabras que hoy… El resto no eran más que florituras y añadiduras superfluas» (J. Carcopino: La vida cotidiana en Roma)
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Cosas de matrimonios
Si esta entrada lleva la etiqueta de "Mujer" es porque alrededor de la mujer, y no de la pareja, ha girado todo el entramado nupcial "desde la noche de los tiempos". Según vayamos avanzando en la lectura se comprendera mejor semejante afirmación. No en vano, como ya he dicho en alguna ocasión y como repetiré a menudo, Matrimonio deriva de madre.
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«Quirinal no se cree en la obligación de casarse, y aunque desea tener hijos, ha sabido resolver la dificultad. Hace trabajar a sus siervas y llena así su casa y sus campos con pequeños esclavos-caballeros. Es un verdadero paterfamilia» (Marcial: Epigrama 85, Libro I)


No trataremos aquí del matrimonio como institución, un tema que merece espacio propio, sino únicamente del desarrollo de la ostentosa y pública ceremonia nupcial. No obstante, y para una mayor comprensión de lo que ocurre en el templo, sería conveniente un rápido repaso a la evolución del matrimonio desde sus orígenes:
«El matrimonio ha progresado a través de tres etapas bien definidas. El matrimonio por la fuerza o rapto fue la primera etapa. Literalmente consistía en el robo de la mujer deseada que, por lo general pertenecía a otra tribu, y que al ser raptada quedaba convertida automáticamente en la esposa de su raptor.

A esta clase de matrimonio siguió de un modo gradual el matrimonio mediante compra o contrato. Es posible que a medida que el poder y la solidaridad de las tribus fuesen en aumento, se protegiera y castigara cada vez más el rapto de mujeres. La tribu, ante el rapto de una de sus mujeres, hacía una incursión sobre el poblado donde se hallase ésta, y los componentes de la tribu raptora, para evitar desastrosas venganzas, acostumbraban ofrecer alguna compensación. A partir de aquí la idea de las compensaciones fue cobrando importancia hasta el punto de ser acordadas de antemano, o sea, que se fijaba un precio de venta de la novia» (Fielding, J.F.: Curiosas costumbres de noviazgo y matrimonio).

«Cuando hagas la guerra a los pueblos enemigos, y Yahvé, tu Dios, los ponga en tus manos y hagas cautivos, si entre ellos vieres una mujer hermosa y la deseas, la tomarás por mujer, la entrarás en tu casa, y ella se raerá la cabeza y se cortará las uñas, y quitándose los vestidos de su cautividad, quedará en tu casa; llorará a su padre y a su madre por tiempo de un mes; después entrarás a ella y serás su marido y ella será tu mujer. Si después te desagradare, le darás la libertad y no la venderás por dinero ni la maltratarás, pues tu la humillaste» (Deuteronomio, 21/ 10)

La otra gran etapa es la del matrimonio por amor, la gran invención del romanticismo rampante y empalagoso. Fue y es una ideología (ideología significa “excusa disfrazada de creencia”) muy conveniente para facilitar tratos y contratos matrimoniales en una época en la que la burguesía venida económicamente a más, a lomos de la industrialización del s.XIX, comenzó a ascender socialmente de la mano de una aristocracia venida a menos a causa del fin del colonialismo de antiguo cuño (uno de los efectos colaterales de esa industrialización). Tampoco en esta última etapa de más de doscientos años (que sigue viva, como podemos comprobar en cuanto encendamos la tele) se han producido demasiadas modificaciones sustanciales aparte del triunfo de la marcha de Mendelsohn como himno nupcial.


Las ceremonias nupciales
Aunque todos los pueblos europeos ha practicado el matrimonio por captura, entre los griegos, especialmente entre los espartanos, se organizaba un circo con mucho morbo. Un párrafo de la Vida de Licurgo, de Plutarco, nos ilustra con detalle:

«En su matrimonio, los novios se llevan por la fuerza a las novias, y además ellas no son escogidas de tierna edad, sino en su madurez plena. La mujer a cargo de la boda, iba a casa de la novia, le rapaba el cabello y la vestía con ropas de hombre, obligándola a acostarse en compañía de una matrona, luego la abandonaba en la oscuridad. El novio acudía allí, y desatando el cinturón de la novia se la llevaba a otra cama. Poco después se retiraría sigilosamente a su propia casa para dormir junto a los demás jóvenes. Tendría que observar las mismas costumbres de siempre, pasando el día con sus jóvenes amigos, y durante la noche dormir junto a ellos. Para poder visitar a la novia tendría que valerse de toda su habilidad para no ser descubierto por el resto de la familia. Por otra parte, la novia tendría que desplegar toda su habilidad para facilitar cuantos encuentros le fuera posible»


Exclusivamente un par de ritos importantes de entre las remotas ceremonias precristianas han quedado atrás. Uno es el ofrecimiento del fuego y el agua a la novia por parte de su prometido. Otro es el del sacrificio de una oveja, cuya piel cubría el banco donde se sentaban los novios o, más a menudo, sobre la cual pisaban durante la ceremonia recién citada; suponer que ése sea el origen del rollo de alfombra extendida desde la entrada hasta el altar del templo es mucho suponer, dado el uso generalizado de tal pieza en cualquier acto con asistentes de postín. Sus entrañas (las de la oveja, claro) eran examinadas allí mismo por el augur, sacerdote graduado en futurología, a fin de vaticinar el porvenir de la inminente convivencia.
Sólo ha quedado de ello, que no es poco, la palabra inaugurar o inauguración: “in-augurar”, con augurios, es decir, con buenos augurios, lleva implícito hoy el deseo de los mejores votos para todo comienzo. Al fin y al cabo, oráculo viene de 'orare', rezar, orar; y rezar viene de 'recitare', pues recitar frases rituales es lo que hace el suplicante, así que tampoco ha habido que avanzar mucho para que todo sea tan diferente... en apariencia.


Los términos boda ―del latín 'vota', plural de 'votum', voto, promesa que el padre de la “comprometida” hace al “pretendiente”― y matrimonio son términos acuñados hacia el 1300, mientras que el verbo casar, “poner casa aparte” ―sin más ceremonias― y el término ajuar, son anteriores a aquellos en casi trescientos años.

También en francés 'fiancer', desposarse, y 'fiancée', novia, son, como nuestra fianza, un derivado del latín 'fidere', “dar en prenda”; de la misma manera ocurre en inglés, donde la palabra casamiento, 'wedding', procede del mercantil vocablo 'wed', "fianza”, y procede de los tiempos en que la esposa era comprada. 'Wed', "fianza", era el importe de la compra, ya fuera en dinero, caballos, casas o cualquier propiedad que el pretendiente ofreciera al padre de la novia para sellar definitivamente el pacto, hallándose rastros de este sistema en las disposiciones legales inglesas hasta finales del s.XVI.
En la Francia de Luis XVI se acostumbraba a efectuar el pago de treinta deniers tras la firma del contrato matrimonial, acto simbólico heredado de los tiempos en que el matrimonio era una pura y simple transacción.
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(Uno de tantos pequeños templos cristianos obstinados en no esconder su continuismo precristiano. La catedral londinense de san Pablo, la iglesia parisiense de La Magdalena o el mismo Vaticano tampoco serían malas muestras. Pero esta iglesiuca conserva el entorno silvestre y el porte íntimo de morada particular del dios --y no de urbanizado lugar de reunión de fieles-- tan propia del paganismo)
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«Y dieron a los de Benjamín esta orden: “Id y poneos de emboscada en las viñas. Estad atentos, y cuando veáis salir a las hijas de Silo para danzar en coro, salís vosotros de las viñas y os lleváis cada uno a una de ellas para mujer, y os volvéis a la tierra de Benjamín. Si los padres o los hermanos vienen a reclamárnoslas, les diremos: Dejadlos en paz, pues con las de Jabes Galad tomadas en guerra no ha habido una para cada uno, y no habéis sido vosotros los que se las habéis dado, que sólo entonces seríais culpables”. Hicieron así los hijos de Benjamín, y cogieron de entre las que danzaban una cada uno, llevándoselas y volviéndose a su heredad…» (Libro de los Jueces, 20/21)

Y una vez puestos, por fin, en guardia sobre los antecedentes de nuestras arcaicas ceremonias nupciales, demos comienzo al despiece anatómico forense de sus sucesivas etapas por orden de aparición en escena.
Como creo dicen los italianos, ¡auguri!
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Los aspectos rituales antiquísimos que soterradamente siguen insuflando espíritu a nuestras bodas son los siguientes:
--La Petición de Mano
--La Dote
--Los Regalos
--La Despedida de Soltero
--El Vestido de la Novia
--El Peinado de la Novia
--El Velo de la Novia
--Las Flores
--Los Padrinos
--Los Testigos
--La Demora de la Novia
--La Marcha Nupcial
--La Unión de las Manos
--La Pregunta del Millón
--Las Arras
--El Anillo, los Anillos
--El Beso
--El Convite
--La Tarta
--La Comitiva Nupcial
--El Paso del umbral
--La Luna de Miel
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«NOVIA. La que al presente se casa, latín, nova nupta, de donde tomó el nombre. Novio, el recién casado. Este nombre les dura hasta que se acaba de comer el pan de la boda» (Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la Lengua Castellana o Española. 1611)

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La Petición de Mano
Lo que los vulgares mortales conocemos como "petición de mano" es la culminación de los preámbulos que constituyen el desposorio o los esponsales (de 'sponsalia'), que era la manera como los romanos llamaban al noviazgo una palabra que hoy evita pronunciarse numantinamente. Y servía para solemnizar socialmente la expresión del consentimiento de la pareja y de sus padres respecto a la unión (es decir, en pisano, servía para que todo el mundo se enterase de que los niños se casaban, por fin).

Ceremonia en franca retirada, su denominación es una traducción chusca de la expresión recogida en la antigua ley romana que dividía los matrimonios en dos tipos, 'cum' y 'sine manu', con mano y sin mano. Lo que ocurre es que con el tiempo, y sobre todo con la democracia rampante, la traducción de 'manu' ha cambiado radicalmente. Su auténtico significado en este contexto es el legal de potestad, "autoridad sobre algo o alguien", y se refiere al padre de la novia, o mejor dicho al 'pater-familia', el varón de más edad de su familia, y no a la manita, dulce extremidad superior de la niña casadera.

Naturalmente y no por casualidad, 'manu' también significa "mano anatómica", circunstancia muy bien aprovechada para dar el cambiazo semántico y social a la ceremonia. Cuando alguno de nuestros progenitores, zapatilla en ristre, nos advertía "ya verás cuando te ponga la mano encima", estaba aunando sabiamente ambos significados de 'manu'. Algo parecido ocurre en diversos juegos cuando alguien es "mano" o tiene la "mano". Y todos sabemos lo que supone el que alguien tenga mucha mano en algún sitio.
Y es que disponemos de un derivado de 'manus' y de mano que aclara radicalmente su significado: es la palabra mando: mandar es, literalmente, ejercer la 'manus'.
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Sintetizando la situación de nuestros abuelos romanos: «A través del matrimonio 'cum manum', la mujer pasaba de la autoridad de su padre a la del marido. Se trataba de una forma patriarcal de matrimonio, dado que la mujer no tenía ningún tipo de derechos sobre sus bienes e incluso sobre su propia vida. La situación era semejante a la de los hijos sujetos a la ‘patria potestas’ o a la de los esclavos, sujetos a la ‘domenica potestas’.El matrimonio 'cum manum' cayó en desuso, incluso antes del final de la República, lo que dio lugar a una nueva forma, el 'sine manu', en el cual la mujer permanecía bajo la tutela de su padre (sería un tutor en caso de que su padre muriera), disponía de sus bienes y recibía sus herencias; en caso de producirse el divorcio, la dote no sería sólo para el marido» (http://es.wikipedia.org/wiki/Matrimonio_en_la_Antigua_Roma)

Desde Roma, como mínimo, hasta hace muy poco tiempo, el que llevamos desde la transición, las niñas pasaban directamente de estar bajo mano del padre a permanecer el resto de sus días bajo mano marital. Lo que se concedía era la mano (del padre) sobre la novia, y no la mano (física) de la novia.
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Hasta la pasada generación las peticiones de mano se celebraban en una reunión bastante tensa y angustiosa en la que ambas familias se intercambiaban remilgos, arrumacos y ojeadas furtivas, y los padres del novio hacían un regalo caro a la novia, normalmente un reloj de oro. Y si hasta ahora eran los padres del novio los que se solían desplazar a la casa de la novia, hoy día son los padres de ambos novios los que acuden a la casa en que éstos ya conviven hace algunos años, sin otros presentes que el refrigerio a disfrutar durante el evento...

O al menos esa era mi información hasta que aportaciones de última hora me ponen al corriente de que, no es que esta ceremonia esté en desuso, sino que he descrito más o menos lo que correspondería a un antiguo enlace 'sine manun' o de 'usus' en las actuales clases medias españolas. Sin embargo, parece que la petición de manu como dios manda goza de buena salud, y se sigue manteniendo en las clases más altas, justamente las únicas que en Roma "disfrutarían" del matrimonio 'cum manu'. Aquellas que pueden gastarse más pasta en estas cosas, y necesitan de protocolos y tradiciones y bodas sonadas por las razones que vamos desparramando a lo largo de este artículo. Así pues, también aquí se mantiene la tradición:
Suele oficiarse en “territorio” de la novia (casa de los padres de la novia o de los abuelos de la novia o simplemente lo organiza la novia), y consiste en una cena o catering. Puede reducirse al núcleo familiar (padres y hermanos de los novios) o ampliarse hasta los abuelos, tíos y primos. Normalmente suelen estar implicados los abuelos, que son los que manejan la pasta y pagan la cena (¡ah, el paterfamilia! sigue vivito y coleando. Bien por él).

Se regalan un peasso de reloj (ella a él) y un anillo con piedras preciosas (él a ella) y en ocasiones algo más, para ser un poco originales. Y después de la cena, el evento se convierte en una fiesta a la que van los amigos de los novios.
Además, ese día, las amigas de la novia mandan flores a la novia. Es de suponer que para que la casa esté más bonita esa noche. La tradición sigue viva. ¡Viva la tradición!


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La Dote de la Novia
Dependiendo de las zonas, hasta hace entre tres y cuatro mil años era el pretendiente el que ofrecía regalos a su futuro suegro, como corresponde a lo mencionado al principio acerca de los truculentos orígenes del matrimonio. Pero después de esa época la costumbre se invirtió en todas partes, pasando a ser el padre de la novia el que entregaba una dote al futuro marido. Era excepcional que una joven se casase sin dote, aunque por otra parte aceptase regalos a cambio que en muchos casos sobrepasaban el valor de ésta. De hecho era un sello de honorabilidad del matrimonio con vistas a diferenciarlo del concubinato. (Fielding, J.F.: Curiosas costumbres de noviazgo y matrimonio).


Esta costumbre también se practicó durante la época de la Grecia clásica, del -600 al -300, principalmente entre las familias distinguidas. De hecho, era una concesión de honorabilidad al matrimonio, con vistas a diferenciarlo del concubinato, ya que gentes libres de todas las posiciones acostumbraban a comprar mujer secundaria en el mercado de esclavos. Isaías decía que un hombre decente no podía hacer entrega de su hija sin dar una décima parte de sus bienes.
En Roma, incluso más que en Grecia, la dote constituía la distinción que evidenciaba la legitimidad de la esposa; el hombre tenía derecho legal a reclamar el 'dos' (lat. 'dos/ dotis' del griego 'didomi', "yo doy") o dote a su suegro, si bien en un principio ésta se había destinado como ayuda al nuevo hogar.

Durante la Edad Media ―y ya hasta casi el s. XIX―, el padre cuidadoso esperaba arreglar el matrimonio de su hija y casarla, a menudo, antes de que cumpliese los catorce años. Si se daba el caso de que muriese cuando ella estaba aún soltera, se encontraba con grandes dificultades para dejarle una dote aceptable, con la consiguiente rebaja en la calidad del futuro matrimonio. Así pues, el tema de la dote constituía una pesadilla para muchas familias y una amenaza para la integridad de la herencia familiar, por lo que en la Europa preindustrial, especialmente entre las clases acomodadas, existía la costumbre de recluir a las hijas en un convento.
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La mayoría de los textos que hablan de estas cosas mencionan de pasada el hecho de que en todo el mundo y en el transcurso de unos pocos siglos, casi de la noche a la mañana, las mocitas casaderas, que durante milenios habían valido un buen rescate, pasaron a necesitar una “dotación” adicional para poder casarse. ¿Qué demonios había ocurrido en el mundo que diera lugar a tan radical viraje?
Pues que a falta de caza (deporte desde entonces exclusivo de reyes y señores), la Humanidad había ido pasando de la vida errante al cultivo intensivo de los labrantíos ribereños.
Ocurría que la Revolución Agrícola ha venido y nadie sabe cómo ha sido.

Moza, mozo, son palabras acuñadas a finales del primer milenio y que derivan, al igual que muchacha y muchacho, de mocho, despuntado (por la práctica hortícola de podar y despuntar ramas), debido a la costumbre, vigente hasta hace un par de generaciones, de llevar pelados o rapados (como también el gallego “rapaz”) a los niños; es una costumbre bastante relacionada con la imprescindible higiene para librarse de esos piojos que, a pesar del cemento y el asfalto, aún se ceban en la alborotada pelambrera de los críos, trastos y revoltosos como los diosecillos hormonales mandan.

Pero ¿qué implica tal cambio de actividades, y cómo es que afectaron tan radicalmente a las mujeres y a su situación matrimonial...?
Sucede que la proporción de mujeres en una población nómada es escasa por dos razones fundamentalmente: una es el control de la natalidad que supone el amamantamiento; otra, el discreto pero efectivo infanticidio selectivo, no se mata a los niños (niñas) no deseados, sólo se les alimenta menos. Por un lado, al no poder criar un niño mientras el anterior no pueda andar, pocas mujeres tienen más de tres hijos en su vida. Por otro lado, el ganado y la caza necesitan varones duros y cualificados.


Sin embargo y por contraste, la agricultura pura y dura, al igual que la posterior industrialización, no es tan exigente en mano de obra sino todo lo contrario. Se dan tareas faenas y labores susceptibles de ser realizadas por todas las edades y para el nene y la nena. Y cuantos más nenes y nenas mejor. Aquél fue el instante cero del big-ban poblacional que hoy disfrutamos.
La ley de la oferta y la demanda, tan inexorable como la de la gravedad, originó el viraje del cobro por rapto a la compensación suplementaria de la dote. En Roma ésta se vinculó al matrimonio ‘cum manu’, ya que al dejar de pertenecer a su familia de origen y pasar a heredar en la de su esposo, se entregaban como compensación ciertos bienes por parte de la familia de la esposa. Luego se extendió al matrimonio ‘sine manu’. Al principio fue una cuestión honorífica, no obligatoria, hasta que el emperador Justiniano lo transformó en una obligación legal.
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La formación del "ajuar", o arcón de novia (la dote de los humildes), se originó al extenderse a los pobres villanos el rito de la boda, que hasta entonces sólo celebraban los nobles, debido a la paulatina intervención del cristianismo en su proceso de sustitución del paganismo en el control y organización de la sociedad. En este "progreso" tuvo mucho que ver el contacto y convivencia con el Islam ―ajuar deriva del árabe 'as-suwar', los muebles del menaje― a raíz de su expansión a lo largo del s.VIII, y era más bien simbólico ―como no podía ser de otra manera―, dado que el ajuar era heredado intacto por generaciones en su mayor parte.
Aun en los estratos más bajos de la sociedad se esperaba que, cuando entrara en casa de su marido, la novia trajese algo más que su persona. Una de las formas reconocidas de la caridad medieval era la dotación ―en su mayor parte en forma de ajuar confeccionado por las monjas de los conventos― de chicas pobres.

Las parejas de hoy no se consolidan mientras no se ven suficientemente dotadas. Pero esto también era factible entre los romanos que recurrían a la modalidad de casamiento por ‘usus’, es decir por uso o por costumbre. Era tal como hoy pero bien reglamentado: cuando una pareja llevaba un año de convivencia ininterrumpida pasaba a ser “normal”, es decir, se convertía en matrimonio ‘cum manu’ como dios manda, con lo que la desposada pasaba a pertenecer a la familia del marido. Ahora bien, si la pareja prefería continuar legalmente unida pero no casada, ella pernoctaba con consentimiento de él en casa de sus propios familiares durante tres noches consecutivas, con lo cual la chica seguía perteneciendo a su familia originaria. Y así cada año, que pasaba la itv, hasta el siguiente, si dios quiere.
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Estaban bastante más al día en este aspecto de lo que podríamos sospechar:
«El barbudo Calístrato se casó ayer con el musculoso Afer siguiendo los mismos ritos que una virgen cuando toma marido. Le precedían las antorchas encendidas, el velo de las casadas encendía su rostro y, Talaso, no faltaron tus palabras. También fue estipulada una dote. ¿No es eso demasiado, Roma? ¿Es que esperas a ver si pare?» (Marcial: Epigrama 42, Libro XII)
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Unos renglones en clave anecdótico-cultural merece en este contexto el epigrama de Marcial. En términos generales, al pronunciar "guei" cuando aludimos al homosexual, suponiéndolo un "moderno anglicismo", nos equivocamos de plano: gay no es inglés, sino francés, y significa, simplemente, alegre. Tampoco es moderno: los antiguos galos ya utilizaron este eufemismo para referirse al "hombre que rendía culto al amor cortés u homosexual". El amante o compañero era conocido como 'giol'.
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En los siglos posteriores gay señaló primeramente a las prostitutas, después a cualquier indeseable social. Finalmente la cultura británica, tan flemática ella, del Barroco denominó así a los personajes femeninos de naturaleza promiscua o picante. Como sabemos, en aquél teatro también los papeles femeninos eran representados por hombres. Así quedó fijada la tipología de "loca" que el "orgullo gay" rescató del armario social hasta transformarlo en "Gay Power".
De todas formas en español existe la correcta palabra gayo / gaya, alegre, vistoso, con la misma procedencia del 'gay' francés, derivando ambos del latín 'gaudium', gozo.
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«¿Ves, Deciano, este hombre de cabellos descuidados y de aire severo que te impone tanto respeto; que sólo habla de los Curios y de los Camilos, campeones de la libertad? No te fíes de las apariencias; ayer fue mujer» (Marcial: Epigrama 16, Libro I)
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«No quiero una mujer rica. ¿Queréis saber por qué? Porque no quiero ser esposado por mi mujer. Prisco, procura que la mujer sea inferior al marido; sin eso no es posible que haya igualdad entre los dos» (Marcial: Epigrama 13, Libro VIII)
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Los Regalos
No parece que el obsequio de cafeteras, juegos de té o vajillas por parte de los invitados como contribución al menaje hogareño necesite de mucha justificación antropológica, sin embargo, incluso en la época del matrimonio por rapto existía la necesidad de aplacar o halagar la vanidad de la novia en un esfuerzo por convertir la futura convivencia en una relación más o menos amistosa.
Existía también la posibilidad de hacer un regalo post-marital al padre con objeto de calmar sus iras (en al Antigüedad era mejor llevarse bien con el suegro que con la suegra), un esfuerzo al que contribuiría también toda la tribu del raptor por razones obvias. Esta costumbre de hacer regalos con la esperanza de recibir a la novia a cambio pudo facilitar el paso al matrimonio por compra, el cual no alcanzó su verdadero significado hasta el establecimiento de la propiedad privada.

Ésta fue otra de las consecuencias de la Revolución Agrícola; antes de ella no existían más posesiones individuales que las ropas y las armas, todo lo demás, ganado, aperos, alimentos y niños, era comunal. Paralelamente a la propiedad privada se desarrolló la esclavitud, y la mujer, poco a poco, fue bajando en el escalafón social, oscilando entre una y otra situación.

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La Despedida de soltero
Aunque actualmente las “despes” sean dadas a ambos contrayentes por separado y por sus respectivos grupos de amigos y compañeros, la despedida de soltero siempre ha sido cosa de hombres. Tal ritual obedecía a la supersticiosa creencia de que era de mal augurio que el chico viera a su chica en las horas cercanas al evento, y también para evitar que la pareja se precipitase a la consumación del mismo; así que un par de noches antes, o la misma noche antes se procuraba tenerle entretenido hasta el mareo para que no pensase en tonterías. Eran otros tiempos y otras carencias. Sin embargo también en los enlaces de hoy día la novia se ve rodeada de una corte impresionante cuya inconsciente misión parece ser la de evitar que el novio pueda verla hasta que esté ya ante el altar.
Dentro de esta costumbre entra la manida prohibición al contrayente de visualizar a su novia ataviada con esos tentadores ropajes hasta la misma ceremonia, así como la despe. Parece ser una costumbre originaria de Esparta, donde el novio acostumbraba a celebrar una cena-fiesta con sus amigos, llamada «cena de hombres», la víspera de la boda.
Noches previas de jarana promiscua se realizaban en varios Estados griegos y durante las fiestas Albanas en Roma; era una concesión a las costumbres sexuales arcaicas que precedieron a la monogamia (Robert Graves: Los mitos griegos).
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El Vestido de la Novia
Las mujeres romanas, al igual que las griegas, una noche antes de la boda colocaban en el altar familiar las muñecas, juguetes y objetos de la infancia para dejar atrás su antigua vida. Las romanas esa noche dormían con la túnica recta, o nupcial, hecha de una sola pieza de lana amarilla muy clara, que posteriormente varió a blanco virginal (virgen es traducción de 'virgo, virginis', originariamente y sin más, muchacha, púber; discretamente, con el tiempo virgo ha devenido en sinónimo de himen, "repliegue membranoso que cubre la vagina virginal", del griego 'hymen', membrana). Al otro día su madre le ayudaba a vestirse, le ataba un cinturón de lana, el ‘cingulum’ al que le hacía un 'nodus Herculeus', nudo de Hércules (quien había tenido más de setenta niños), que sólo el esposo podía desatar.El atuendo era completado por velo y sandalias de tonos anaranjados intensos que representaban al fuego, símbolo del hogar, y en ocasiones, la túnica y calzado de la novia eran adornados con perlas y lazos.

Las jóvenes griegas lo habían tenido más crudo. A ellas el cinturón de Herakles les era impuesto al alcanzar la pubertad y tenía que ser el marido quien lo desatara por sí mismo en la noche de bodas. En algún momento del s.XII, no antes, el ingenio del hombre produjo la invención mecánica conocida como cinturón de castidad, inspirado en el chisme de Herakles y como continuación de él.

El nudo de Hércules, o ceñidor de Venus en las interpretaciones más líricas, todavía es insinuado de diversas maneras más o menos claras en algunos vestidos de la más rabiosa actualidad.
En la Europa preindustrial comprarse un vestido o la tela para hacerlo era un lujo que la gente común podía permitirse pocas veces en su vida. Una de las principales preocupaciones de los administradores de hospitales era asegurarse de que las ropas de los fallecidos no serían usurpadas, sino entregadas a sus herederos legales. Durante las epidemias de peste, las autoridades municipales se las veían y se las deseaban para confiscar las ropas de los muertos y quemarlas. Entre la gente común era afortunado el que tenía un vestido decente para los días de fiesta. Todo esto conllevaba una moral en que la vestimenta era un símbolo de status.
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El Peinado de la Novia

Uno de los rituales más importantes fue el peinado de la desposada. El cabello se dividía con la punta de una lanza (que hubiera atravesado a un gladiador, a poder ser) en seis secciones para ser luego trenzado. Esto se hacía en conmemoración del día en que los antiguos romanos utilizaron lanzas para capturar a sus novias sabinas. Normalmente, era un tocado alto atravesado con una aguja, significando el sometimiento a la autoridad del esposo, y acabado con una diadema de hierro.
El arreglo excesivo de la novia era un asunto fuera de discusión. Casi todo el rostro se maquillaba profusamente, y algunas mujeres se decoloraban el cabello al sol. Aunque no fue una regla, muchas novias se casaban en su pelo, es decir, con el cabello suelto adornado sólo por una guirnalda de flores, la única ocasión en que una mujer honesta podía mostrarlo de esa forma en público.
El Velo de la Novia
Como vemos, antes de intentar salir siquiera de casa para ir a la iglesia hay mucha tela que cortar en este tema de una simple boda. Es conmovedor comprobar cómo el espectacular e incomodísimo velo que luce la novia, esa cascada de encaje con la extensión y limitaciones de Groenlandia, ha desafiado triunfalmente los enganchones, pisotones y traspiés de todas las muchedumbres, y los embates del feminismo contra todo tipo de envoltorio o envase corporal, desde el corsé al burka. Y más aún si tenemos presente que el velo nupcial es el único velo que hoy se puede contemplar en las iglesias católicas. ¿No resulta sorprendente? Pues no terminemos de sorprendernos: ...El simbolismo de colocarle el velo, de “velar”, a la novia era el más significativo de la ceremonia romana, que es la nuestra, y se le denominaba 'nubere', literalmente, «colocar el velo».

Encima del velo se colocaba una corona de mejorana y de verbena, que en la época imperial pasó a ser una corona de hojas de naranjo a causa de la merecida mala fama que fue adquiriendo todo lo relacionado con el culto de Baco.
La verbena (que ha conservado íntegra su denominación latina) está relacionada con las tradiciones báquicas, al menos por su nocturnidad y diversión. Y es que los ramos de verbena ―una especie de plantas, las verbenáceas, a la cual pertenecen, por ejemplo, la hierba-luisa o la lantana―, de laurel, olivo o mirto, eran llevados ritualmente por los sacerdotes paganos en sus sacrificios. Y la frase del s.XVIII, "coger la verbena", que era traducida como "madrugar mucho", hace referencia al empleo de la verbena en la medicina popular, recogida durante estas intempestivas horas, pues parece que arrancadas con la fresca es como surten efecto: «De ahí verbena, "velada de san Juan y san Pedro", s.XIX, que alude a la prolongación de las mismas hasta la madrugada» (J. Corominas)
La novia era asesorada por la 'pronuba', una matrona casada una única vez y que aún seguía viviendo con su marido, con lo que se simbolizaba a «la esposa ideal». El adjetivo núbil, (‘nubilis’) que quiere decir “en edad de casarse”, toma su sentido del acto de “cubrirse con velo”, que es lo que literalmente significa, al derivar del verbo ‘nubo, -ere’; también se dedicaba malignamente a aquellos romanos dominados por sus mujercitas. Deriva de ahí, ‘nubilus’, nublado, adjetivo aplicado al cielo cubierto de nubes. Aunque también es latina la palabra velo, ‘velum’, ésta solía reservarse a telones, cortinas, máscaras, y a todo aquello que velara, en fin, una imagen o un escenario.
Pero es que la mismísima palabra que da título a la ceremonia nupcial, “las nupcias”, es simplemente un derivado del velo, del verbo velarse, de ‘nubere’, casarse. Igualmente, el matrimonio sólo puede celebrarse entre personas que tengan, uno en relación con el otro, el derecho de ’connubium’, otro derivado de velo. Este es un derecho que sólo tienen los ciudadanos romanos y algunos extranjeros importantes a quienes se les concede; el matrimonio entre personas libres, pero no ciudadanas, o entre un ciudadano y una no ciudadana libre, tenía el triste nombre de concubinato, “compañeros de cubil”, de ‘cubile’, lecho de bestias.

En Grecia el hecho de quitarle el velo a la novia era toda una ceremonia en sí, llamada ‘anakaliptéria’, la más significativa del trance, y tenía lugar después de la comida, yendo acompañada de los regalos del novio, llamados a su vez ‘anakalitéria’.

El velo se impuso en la antigüedad para ocultar a la novia de los malos espíritus envidiosos y celosos que quisieran ocasionar daño a la joven pareja. Posteriormente, simbolizaría la pureza. En otras culturas el velo se llevaba para ocultar totalmente el rostro de la novia a un novio que jamás la había visto, y que sólo vería, demasiado tarde, después del fin de la ceremonia.
De todas formas, y pese a lo dicho hasta aquí, no perdamos de vista que todo este rito matrimonial, denominado 'confarreatio' por razones que luego comentaremos, era sólo accesible a los patricios. Con un ceremonial largo y complejo, uno de los detalles que lo diferenciaba del ceremonial griego era que el velo de la novia no era blanco, sino azafrán, el llamado 'flammeum', llameante, de donde viene flamante, aunque también inflamar o soflamar.
‘Flamma’, llama, lengua de fuego, un fuego que no era el de la pasión, sino el del hogar. Pues hay que hacer hincapié en el hecho de que aunque la boda se denomine nupcias no es un homenaje rendido a la mujer, por más que se refiera a su tocado. Por el contrario, significa que la “velatio nuptialis” de hecho constituye una consagración de la novia sola al estado matrimonial. No debemos olvidar que el matrimonio romano, que es el nuestro, es (¿era?) la velación de la mujer para beneficio de su marido: matrimonio deriva de madre.


«BODA y bodas. Es un término español antiguo y muy usado por lo que en latín llamamos nupcias, vel tedas, por el velo que llevava la novia ante el rostro que la cubría a modo de nube, o por las hachas que yvan con ella delante ardiendo, que antiguamente se hazían de tea, que es el coraçón del pino lleno de resina, sustenta mucho el fuego con llama. Muchos tienen por cierto que este nombre boda es arábigo, dicho cerca de los árabes buda, otros que es hebreo, de un verbo que es alegrarse, cuyo participio es bodahs» (Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la Lengua Castellana o Española. 1611)
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Las Flores de la Novia

En el matrimonio romano tras el banquete, al anochecer, todos los invitados acompañaban en procesión a los recién casados a su nueva casa. Abriendo la comitiva iba uno de los cinco muchachos que portaban antorchas encendidas en el fuego de la casa del novio; esa antorcha era lanzaba al aire ante la puerta de los desposados. El recogerla era augurio de vida larga y próspera. Hoy el ramo de flores que inexorablemente porta la novia sigue la misma trayectoria aunque hayan cambiado los destinatarios y las promesas augurales. (Debo indicar que el número de portadores de antorchas y el tipo de éstas varía algo según las fuentes consultadas).

El ramo de la novia concentra en un buen racimo las coronas de flores con que la pareja de novios romana, también él, adornaba su cabeza, así como la abundante vegetación que aromatizaba a los invitados a modo de personal botafumeiro –aún quedaban unos cuantos siglos para que los barberos de la ciudad de Colonia vendiesen sus aguas. Del mismo modo y con igual propósito ambientador, guirnaldas de flores decoraban profusamente la estancia del convite y la casa de los desposados, como hoy sucede con el templo y con el limusíneo coche que traslada a la pareja.

«BODA y bodas (continuación). También podría traer su origen del verbo hebreo que es mentiri; y concuerda con los que dizen que casamiento vale tanto como caso y miento, porque se hazen los casamientos a caso, y aun a carga cerrada, porque ninguno sabe lo que lleva consigo, ni él ni ella por no averse tratado, y de miento, en razón de que los terceros siempre se alargan en abonar las partes, siendo cierto que en hazienda y bondad se quita la mitad» (Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la Lengua Castellana o Española. 1611)
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''La mayoría de las bodas medievales se celebraban a principios del verano, ya que el primer baño del año se tomaba en mayo, así que para entonces el olor corporal aún era tolerable. A pesar de todo, las novias llevaban ramos de flores para tapar el mal olor''. Hemos pescado esta perla medieval en un flash cultural estampado en la cabecera de la web de programación del Canal Odisea. Nos parece interesante como reseña acerca de la higiene corporal previa a la expansión de los perfumes líquidos. Por lo demás, comentaremos que las bodas se seguían celebrando en junio porque en Roma había sido su mes, en honor de Juno, esposa de Júpiter. De otro modo se celebrarían al día, o a los pocos días, después del baño, o sea en mayo. En cualquier caso y se mire como se mire, no vemos el motivo de que sea la novia la única en portar el ramo... según los motivos que esgrime la reseña del Odisea.
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Los Padrinos
Creámoslo o no, existe también una relación del padrino y la madrina con los tiempos del matrimonio por rapto. Padrino, (‘patrinus’, según el latín colonial y coloquial de las legiones) apareció en el s.XII, mientras madrina es una consecuencia de éste que tardó un siglo en popularizarse.

Existe una evidencia en las costumbres matrimoniales de todos los pueblos de la simulación de lucha o resistencia por parte de la novia a ser conquistada por su pretendiente. De acuerdo con esta recóndita vivencia, las madrinas pueden ser consideradas como una alegoría de los antiguos guardianes de la novia, por más que tal figura en femenino (consecuencia del sempiterno y anticuado aforismo “los niños con los niños y las niñas con las niñas”) no se diese más que a partir de la tímida resurrección social de la mujer, propiciada por el Renacimiento... aunque tan milagroso fenómeno sólo se diera en las familias nobles, principescas y reales, las únicas que podían darse el lujo de amadrinar algo.

(Siete novias para siete hermanos es la aproximación al rapto de las sabinas más reciente que nos queda en la cultura occidental. Una y otra leyenda nos son ya extrañas)

No ocurre así con el padrino, que es la contrapartida del guerrero amigo que le ayudaba en el rapto, y que en la nada feminista Grecia recibía el revelador nombre de 'paránymphos', "padrino de boda", para-ninfo o paraninfo, o acompañante de la jovencita, del griego 'nymphe, "divinidad de las fuentes", y propiamente. "mujer joven" (de ahí el castellano ninfa, además de linfa, "agua" como voz poética, y también como galénico "humor que corre por los vasos linfáticos", a través esta vez del latín 'limpha', agua, pero originalmente "divinidad de ríos y fuentes").

Ni griegos ni romanos se permitían bromas con su inmaculada novia, así que el buen paraninfo se transformó con el progreso en maestro de ceremonias nupciales, luego maestro de la ceremonia universitaria de apertura de curso, y por último, en edificio donde se celebra tal ceremonia.

En nuestras actuales bodas, el cada vez más frecuente desdoblamiento padre-padrino acentúa su arcaico simbolismo ritual.
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«BODA y bodas (continuación). No falta quien diga venir del verbo hebreo que vale comer y también elegir, porque assí el hombre como el bruto hazen de elección de lo que han de comer, y todo lo tiene la boda, porque comen y se huelgan, y los casados se eligen el uno al otro, y son tal para qual.
«Lo que no viene a la boda, no viene a toda hora», porque lo que antes prometen los suegros, sino se cumple antes de que se junten los novios, se cobra después mal»
(Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la Lengua Castellana o Española. 1611)
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Los Testigos
«Los acompañantes o testigos eran aquellos hombres que, en el caso de ser necesaria una partida para llevar a cabo la aventura, se encargaban de cubrir la retirada, no confiando el éxito de toda la operación a la fuerza de un solo hombre.

Se dice que en la Edad Media los testigos eran los «caballeros de la novia». Si bien el propósito original para el que habían sido instituidos aquellos hombres había desaparecido, continuó su existencia pero cumpliendo otra misión. Ahora servían a la novia, la acompañaban hasta el altar y, terminada la ceremonia, la entregaban al novio.
De hecho, tal costumbre parece estar relacionada con el matrimonio por compra. Un grupo de familiares de la novia acompañaba a esta a la iglesia, se aseguraba de que el contrato matrimonial se desarrollara de acuerdo con lo convenido, y una vez cumplimentado entregaban la novia a su esposo. La expresión «desprenderse de la novia» [“entregar a la novia”, fue lo que le dijeron que hiciera con su hija al que suscribe un día del pasado mes de julio], es realmente originaria de los tiempos en que la novia era vendida» (Fielding, J.F.: Curiosas costumbres de noviazgo y matrimonio).
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«BODA y bodas (continuación). Ay algunos proverbios deste nombre boda: «no se haze la boda de hongos»; una boda sumptuosa no se puede hazer con poco gasto. «Boda buena, o boda mala, martes en tu casa; ordinariamente se hazen las bodas el domingo, y el lunes es la tornaboda, y el martes cada uno se despide y dexan los novios en su casa, y se van a las suyas.
«Aun se come el pan de la boda»; los primeros días del casamiento todas las cosas están abundantes y cumplidas, pero en despidiendo los huéspedes se recogen a su ordinario y regla, y se empieçan a descubrir las condiciones de los novios, y el trato de la casa»
(Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la Lengua Castellana o Española. 1611)


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La Demora de la Novia
«Por la Iglesia, de blanco y haciendo esperar al novio casi una hora. Como las bodas de toda la vida, dirán algunos. Ella, la novia, con algo regalado, algo azul, algo viejo y algo nuevo, tal y como manda la tradición. El novio, con el clásico chaqué y del brazo de su madre, más nerviosa que los propios novios. Nada nuevo tampoco. Un esquema parecido al que se repite en las casi 200.000 bodas que anualmente se celebran en España…» (Romualdo Izquierdo: Bodas con «glamour», Diario El Mundo, 6-jul-1997).


La copiosa investigación científica desarrollada durante la última década no sólo sobre el ser humano y otros primates, sino entre múltiples y diversas especies, pone de manifiesto lo arriesgada que resulta para la hembra su entrega sexual, así como la gran energía con que demuestra su reticencia al enlace sentimental. Y la reserva femenina a la demostración pública de su rendición, por mucho que desee ésta, es un resorte que se dispara especial y espectacularmente en el momento de acudir al templo.
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Entre los romanos la teatralidad de la ceremonia en este aspecto estaba marcada especialmente por la pretendida resistencia que la madre y demás parientes de la novia oponían a que el novio se la llevase; era un ruidoso teatro practicado en los matrimonios entre plebeyos que rememoraba pasadas épocas de los “enlaces”, en el sentido más cuatrero del término, por captura.
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Tampoco en el aspecto social este ceremonial de remilgos puede considerarse superfluo, puesto que pretende hacer patente la calidad del producto, la novia, destacando su pudor y recato, y sugiriendo un matrimonio al que se va casi a rastras. Cualquier escenificación de entrega ataca de forma visceral a los nervios de la novia, sea cual sea su personalidad.

Incluso la ejecutiva más agresiva, modelo última generación, por más inexorablemente puntual que resulte en el despacho, se presentará ante el altar con una hora, tonta, de retraso sin poder evitarlo, para desesperación del sufrido novio y sobre todo de la madre del sufrido novio, que en esta dorada fecha ha olvidado absolutamente todo lo ocurrido en su propia boda. Los tirones de la especie, el género, el sexo, la cultura y la civilización se aúnan irresistiblemente para impedir salir a tiempo a la desposanda.

«BODA y bodas (continuación). «Perrillo de muchas bodas», el que en todas las fiestas y combites y juntas de damas se halla y se inxiere. «Andarse de boda en boda», irse de fiesta en fiesta, de un combite a otro. «No hay boda sin doña Toda», de algunas señoras que apetecen hallarse en todas las fiestas, aunque sean particulares. «En la boda, quien menos come es la novia», porque está mesurada y no se osa descomponer, y también está turbada, medrosa, confusa con el nuevo estado.
«Tornaboda», la fiesta primera es en casa de la novia, y luego otro día en casa del novio quando ha llevado a su muger, y con ella sus padrinos y padres y los demás»
(Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la Lengua Castellana o Española. 1611)

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La Marcha Nupcial
«…Dijo Ulises, rico en ingenios: “Pues diré lo que a mí se me muestra como mejor. Ante todo os iréis a bañar y a ceñiros túnicas nuevas y a las siervas haréis igualmente cambiar de vestidos; venga luego el divino cantor con la lira sonora y preludie los tonos alegres del baile: así, quienes desde fuera lo escuchen, vecinos o gente de paso, pensarán que aquí dentro se está celebrando una boda…» (Homero: Odisea, XXIII, 133)


Aparte de que este fragmento homérico demuestra, incidiendo en nuestro comentario acerca de las flores, que la higiene diaria no era algo que podía darse por descontado, la danza y la cítara son inseparables del ritual de bodas greco-latino y, en sus diversas variantes culturales, la música y el ritmo parecen inherentes a tales celebraciones. Todos los séquitos nupciales humanos han avanzado inmemorialmente divirtiéndose al ritmo del baile y el canto, inundando la comunidad en fiestas, coros y regocijo.

La universalmente interpretada Marcha nupcial, de Mendelsohn, es pieza de una partitura escrita para servir de acompañamiento a El sueño de una noche de verano. Esta comedia de Shakespeare tiene un argumento netamente pagano y "liberal", lleno de ninfas, faunos y espíritus burlones, y no deja de resultar curioso que la Iglesia la haya aceptado sin refunfuñar, al menos que se sepa.

Sobre todo llama la atención la personalidad de quienes han lanzado esta moda musical. Fue una novedad absoluta de la boda de la princesa Victoria Adelaida de Inglaterra, hija de la muy victoriana reina Victoria, celebrada en 1858 con el príncipe Federico Guillermo de Prusia, nada menos.

¿La tradicional rebeldía filial? ¿Es posible que siendo de la misma quinta que nuestra Isabel II, la Chata, y que Isabel de Baviera, la Sissi, también le fuera la marcha, ustedes me entienden? (A quienes conozcan a la emperatriz Sissi únicamente a través de Romy Schneider les aconsejamos un paseo por, al menos, Internet en busca de la ceñuda realidad).
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(Fotograma del Sueño de una Noche de Verano, de Max Reinhart)

Resulta cuando menos curioso que siendo Victoria Adelaida hija de quien era, y teniendo a mano el rigurosamente serio, circunspecto e inmenso tesoro musical de un Bach, un Haendel o un Purcell, por citar a los más sonados, la real pareja consorte fuera a recurrir a este tipo de música. Y no lo digo en detrimento de Mendelsohn, pues lo único que tiene que envidiar a sus colegas, exceptuando al pobre Mozart, es el tiempo de vida concedido por el aleatorio y ciego, o más bien, sordo, destino.
Lo más seguro es que Victoria Adelaida, como la atormentada emperatriz Sissi, fuera una aristócrata ilustrada y de espíritu libre. Y, plenamente consciente del añejo espíritu clásico que da vida al ritual nupcial, quisiera redondear su ambiente, colando un artístico gol, de paso, a las sotanas del mundo.

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La Unión de las Manos
«Una costumbre que aún persiste, incluso en el conciso ritual romano, es la de que los contrayentes se tomen de la mano. La misma costumbre se encuentra en los ritos matrimoniales no cristianos en Roma, y es difícil decir si es de origen romano o teutón. Lo que sí es cierto es que el tomarse las manos constituía una clase de juramento entre la mayoría de los pueblos germánicos (véase Friedberg, Eheschliessung, pp. 39-42). En muchos rituales, especialmente germánicos, se ordenaba que el sacerdote rodeara con su estola las manos unidas de los contrayentes al tiempo que pronunciaba algunas palabras de ratificación. Esta ceremonia puede ser vista gráficamente en pinturas medievales acerca del matrimonio, por ejemplo, los Esponsales de san José y Nuestra Señora.
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Probablemente, esa costumbre es de origen no cristiano, pues encontramos referencias a costumbres semejantes en la Vida de san Emmeram, escrita mucho antes del año 800. Ese texto contiene la narración de una mujer no cristiana que es entregada en matrimonio a un cristiano con sus manos cubiertas por una tela “como se acostumbra en los esponsales”. El Rituale compilado por los cristianos de Japón en 1605 ordena una ceremonia de ese tipo, pero mucho más sofisticada. Líneas arriba se hizo mención del “gifta” o entrega formal de la novia, que con ello pasaba del “mund” de su padre o tutor al de su esposo, y que ello constituía la parte más esencial del ritual nupcial anglo sajón. Esto dejó una huella en el rito de Sarum, y quedan huellas de ello en las ceremonias anglicana y católica. En aquella, el ministro pregunta: “¿Quién entrega esta mujer a este hombre”; en la última no se pregunta nada pero se conserva la rúbrica: “Que el padre o los amigos entreguen a la mujer”» (http://ec.aciprensa.com/r/ritualmatri.htm)

La adopción por parte de la iglesia católica de la tradición romana volvió con el tiempo más importantes los rituales públicos de la boda que los de los esponsales, ya que la primera no podía ser disuelta. En la ceremonia nupcial del cristianismo primitivo se unían las manos derechas de los cónyuges, sobre ellos se colocaba un velo, luego se desataba el cabello de la novia, ambos eran coronados con guirnaldas de flores, después de la bendición el novio llevaba cargando a la novia a su nuevo hogar.


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La Pregunta del millón
--“¿Quieres a Fulanito por legítimo esposo para etc.?”
--“¿Quieres a Menganita por legítima esposa para etc.?”


UBI TU CAIUS, IBI EGO CAIA
Esta última es la frase lapidaria que sin pregunta ni consulta previa expresaba la conformidad femenina cuando la fértil Roma. La fórmula pertenecía a una oración ritual de los esponsales romanos: Allí donde tú [seas llamado] Cayo, allí yo [sea llamada] Caya. El hecho de que el nombre real de la novia no figurase en tal enunciado dejaba claro como la leche que “seas quien seas serás quien él sea”…y eso por no mencionar que, para más inri, las mujeres romanas carecían de nombre propio (Julio César, de la familia de los Julios, y que casualmente tenía por nombre Cayo, tuvo dos hermanas, Julia Maior y Julia Minor, que se diferenciaban de sus tías especificando a su vez el nombre de su correspondiente marido).
Y eso era lo que, en señal de sumisión, le decía la novia al novio, que no a la recíproca como hoy, cuando llegaba la comitiva nupcial a la casa de los recién casados.

Originado por el Ubi tu Caius nos ha quedado tocayo en el idioma corriente y moliente. Pero leamos a Joan Corominas, que para eso ha escrito una obra monumental en el más amplio sentido de la palabra: «…Empleada esta alusión [tocayo] a mediados del s.XVIII por estudiantes que trataban de iniciar un galanteo [de ligar, para entendernos] con chicas de su mismo nombre, el pueblo, sin entender la [aviesa] alusión, se apropiaría el vocablo, con aplicación generalizada» (Breve diccionario etimológico de la lengua castellana; aunque también existe un Diccionario etimológico lleno de tomos, y tomos gordos, que no pudimos darnos el lujo de adquirir en su momento).
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Las Arras
Las arras y los anillos (los anillos hoy, el anillo ayer) son dos elementos presentados de una forma un tanto confusa, o poco explicada, como se dice ahora, dentro del conjunto ceremonial. Tal confusión es producida por la resistencia a dejar por el camino símbolos que dan al matrimonio un carácter de transacción cuando, con la descomposición del Imperio, se juntaron las tradiciones bárbara y romana: para los romanos la señal de trato era el anillo, y para los antiguos colonizados lo eran las arras; así que, para evitar malentendidos, las dos coexistieron, hasta hoy.
En román paladino: lo ignoremos o no, este ritual intenta sugerirnos teatralmente que estamos siendo testigos y protagonistas de un contrato con base económica en toda regla, por duplicado, y que el amor es el amor y la pela es la pela.

Por si no queríamos enterarnos de ello, las arras son la representación de una institución propia de las operaciones económicas griegas, ‘arrhabón’, «arras, fianza, garantía, prenda (que se asegura el cumplimiento de un compromiso o pacto) donación dotal rehén», dice el diccionario; era una institución que fue acogida en la práctica de los contratos romanos, especialmente en compraventas y arrendamientos. En derecho clásico se utiliza para confirmar la perfección de un contrato (arras confirmatorias).

«Pero quizás la costumbre más notable consiste en la entrega de oro y plata a la novia por parte del novio. Este uso ha sido bastante modificado en el Libro de la Oración Común de los anglicanos, el cual únicamente habla de “poner el anillo sobre un libro junto con el estipendio acostumbrado para el sacerdote y su ayudante”. El rito católico, que sigue el de Sarum más de cerca, indica que el oro y la plata deben ser colocados junto con el anillo y entregados a la novia al tiempo que el novio dice: “Con este anillo yo te tomo por esposa; te doy este oro y esta plata, te adoro con todo mi cuerpo y te hago dueña de todos mis bienes”. Esta acción nos lleva a la descripción que hace Tácito de la costumbre matrimonial germánica. Dice él: “La esposa no es quien presenta una dote al esposo, sino el esposo a la esposa” (Germania, XVIII).

Indudablemente que esto es una huella de la venta primitiva por la que el novio pagaba una suma de dinero para que le fuera transferido el 'mund' o derecho de custodia de la novia. Originalmente ese dinero se le pagaba al padre o tutor de la novia, pero en sucesivas etapas llegó a convertirse en un tipo de dote destinado a la novia y que se simboliza con la entrega de las arras, nombre con el que se conoce el dinero que se entrega en la ceremonia de matrimonio. En varias ramas de la familia teutona, principalmente los salianos, esta forma de comprar a la novia era conocida como un matrimonio “per solidum et denarium”. El 'solidus' era una moneda de oro; el 'denarius' una de plata»
(http://ec.aciprensa.com/r/ritualmatri.htm)

En el párrafo siguiente, del mismo solvente autor, se puntualiza ―a nuestro modesto entender, demasiado―, incidiendo en detalles cambiarios lo suficientemente enrevesados como para resultar sospechosos de apaño: «En tiempos de Carlomagno y después, el solidus equivalía a doce denarii. Cuando la costumbre de acuñar monedas de oro se abandonó, en el siglo IX, se comenzó a sustituir el solidus y el denarius por su equivalente monetario, o sea, unas trece monedas de plata. En algunas partes de España y Francia se bendicen trece monedas conocidas como 'treizain' y dadas a la novia junto con el anillo. Esta ceremonia fue observada estrictamente durante la boda del Rey Alfonso de España en 1906».

Pero resulta que “las trece monedas de plata u oro que el novio pone en manos de la esposa durante la celebración del matrimonio religioso, antiguamente significaban el regalo que el novio le hacía a la novia en agradecimiento a su virginidad. En la actualidad simbolizan los bienes materiales, las propiedades y bienes que el futuro matrimonio compartirá”. (http://www.entrenovias.com/tradiciones2.html)
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Para poder interpretar la inclusión del trece, un número tenido popularmente como de mal agüero (otro derivado del augur) en el meollo de un ceremonial que intenta acumular los mejores presagios del mercado, hay que recordar que (http://perso.wanadoo.es/cespejo/mujer.htm):

«Durante la época antigua el eje luna-menstruación-virginidad era totalmente indisoluble... El mundo griego, al referirse a la mujer, tuvo presente siempre la Luna, dependiendo de ésta última no sólo los flujos menstruales sino todo acto femenino que se englobase en la comunidad. Por ejemplo, el ritual de bodas, cuyo fin es señalar la transición de la mujer de un mundo a otro, se hacía de noche y no de día.
Las causas sería dos (que se enlazan entre sí): como rito de transición le corresponde la oscuridad para simbolizar el fin de su etapa infantil y el comienzo de su edad madura; y como rito destinado a centrar la ceremonia en ella, su ámbito geográfico era la noche»… puesto que [decimos nosotros] “al amparo de la noche” y con alevosía es cuando lógicamente se producía el rapto de las temerosas pero ansiosas doncellas.

Algunos sacerdotes, al oficiar la misa nupcial tienen el detalle de confesar que las trece monedas que forman las arras, transacciones aparte, representan los meses del año, que corresponden a doce lunaciones. Pero con la arra número trece se pierden en consideraciones diversas y adversas.
La realidad es que trece corresponde al número de lunaciones que tenía el año solar, previamente a los diversos ajustes de calendario llevados a cabo por césares y papas: 13 meses de 28 días cada uno, en sintonía con el menstruo femenino (mes deriva de menstruo en latín, son la misma palabra biológica y sideral, como se recoge en el habla corriente).
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Inclusive cuando, tras una cuidadosa observación astronómica, se demostró que el año solar tenía 364 días y algunas horas, se tuvo la precaución de dividirlo en meses, es decir en ciclos lunares, antes que en fracciones del ciclo solar. La Luna, como la mujer y con su misma regularidad, también menstruaba.
«La capa exterior o superficie de las aguas que forman los mares de la Luna y de los mares de nuestro planeta siempre está más o menos encrespada, mucho o poco» (Leonardo da Vinci: Cuaderno de Notas)

Como tradición religiosa, los años de trece meses sobrevivieron entre los campesinos europeos durante más de un milenio después de la adopción del Calendario Juliano. Este es el origen de la mala fama del 13: es el mes en que el sol agonizaba hasta hace mil años. Como con las personas, el motivo se olvida y la mala fama queda.





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El Anillo, los Anillos

Acabamos de mencionar que en la misa de celebración, el anillo, los anillos, y las arras no están claramente delimitados, posiblemente porque ambos tienen el mismo o parecido significado de contrato, pero que se superponen con el transcurrir de los tiempos, reforzando así su sentido: «la 'subarrhatio', consistente en la entrega de las arras o prendas, y que originalmente se representaba por el intercambio de anillos, a los que Nicolás I llama “annulus fidei” (anillo de fidelidad), y por la entrega de la dote, garantizada por algún documento legal entregado en presencia de algún testigo… EL anillo, de acuerdo con la vieja tradición romana parece haber constituido originalmente una arra o prenda dada por el novio durante los esponsales, como garantía del futuro cumplimiento de lo que él prometía en el contrato. En fecha posterior, sin embargo, llegó a confundirse con algunas costumbres germánicas referentes a los “regalos matutinos” que se intercambiaban después de la boda…»

Probablemente el anillo es originario de la antiquísima costumbre de dar tal prenda personal y de valor como señal de conformidad en todos los pactos sagrados o en los profanos importantes. En el Génesis, XLI, 41-42, consta: «y el faraón le dijo a José: Mira te hago virrey de toda la tierra de Egipto, y luego se quitó el anillo del dedo y se lo puso a José»

El anillo de boda en las sociedades civilizadas es exclusivo del paganismo. No se puede encontrar en el Antiguo o Nuevo Testamento. Y no había práctica entre los primeros cristianos de usar anillos en el dedo como señal de matrimonio o un compromiso, hasta que el Papa Gregorio I, en el año 860, decretó que como declaración demandada de propósito nupcial, el novio debía dar a su prometida un anillo de compromiso. Además decretó que el anillo fuese de oro, para que significara sacrificio financiero. Se rumorea que el primer anillo de compromiso de diamantes es el dado por el Rey Maximiliano en 1477 a María de Burgundia.


En cuanto al rito correspondiente, podemos rastrear su origen en la costumbre que aún pervivía en muchas tribus africanas hasta que los buenos misioneros fueron tomando el relevo de los hechiceros. Todavía se contaban así las jóvenes casaderas y los jóvenes aptos para llevar armas: en cuanto cumplían la edad requerida las jóvenes daban un anillo a la «casamentera» del pueblo y ella lo ensartaba en un collar que, con los otros semejantes, adornaba su pecho. Luego, un poco antes de la ceremonia, cada futura esposa recuperaba su anillo. Este mismo anillo era depositado por los guerreros de la tribu cuando salían de expedición: cada guerrero lo introducía en una vara situada en la puerta del poblado, siendo retirado a la vuelta por cada superviviente. De este sencillo, práctico y decorativo modo se llevaba la estadística social al día.
De hecho, y a diferencia de nuestras banales costumbres, no hay adorno en estas sociedades que no tengan un significado eminentemente práctico. Así, en Kenia, llevar anillos alrededor del cuello y de los brazos es, entre las mujeres massai, un signo de distinción y de riqueza, porque cada anillo simboliza la posesión de un buey o de una vaca; y en cierto sentido, ese era el significado del collar de la casamentera, en cuanto representaba la riqueza humana de la tribu.

De todas formas, aunque no estemos muy de acuerdo, por todos los detalles aquí expuestos, no podemos por menos de recoger la muy extendida la idea de que «con independencia de sus significados de unidad y eternidad, parece que su origen puede derivarse de las pulseras y brazaletes circulares que en tiempos primitivos se utilizaban para encadenar a las mujeres capturadas, y que posteriormente se conservó en las esclavas y sirvientas como símbolo de sumisión y fidelidad al amo.
El intercambio de anillos significa, en cierto modo, la pérdida de la libertad, sumisión en la mujer, bondad y comprensión en el hombre. Las alusiones a la servidumbre e inferioridad femeninas son frecuentes en el ritual católico. El uso de la palabra “obediencia”, referida a la novia, ha figurado desde el primer momento en el sacramento cristiano…» (Fielding, J.F.: Curiosas costumbres de noviazgo y matrimonio).

Insistimos en que no estamos conformes con esta teoría por cuanto en Roma, por ejemplo, sólo podían lucir anillo de oro los pertenecientes a la Clase Ecuestre, los Caballeros (‘equus’, caballo). De ahí para arriba. Además de resultar bastante cuestionable el que cualquier familia, y mucho menos una familia noble, permitiera que tan infamante rastro o recuerdo de esclavitud (que mancharía al resto de la parentela) mancillara a su vástaga (disculpen la aidotez) por muy bajo que estuviera el estatus femenino de cualquier época.
Felizmente, a la hora de abordar el origen etimológico de este señorial distintivo, llega uno de esos escasos momentos en que la etimología, además de sonreír, hace reflexionar acerca de los míseros cimientos de tantos y tan altos castillos. Porque anillo es adaptación del latín 'anulus', que significaba más o menos lo mismo, pero que resulta ser un diminutivo de 'anus', ano. Así ocurre que, también en español, anillo es el ano pequeñito. Parece un chiste de EGB (no sé cómo demonios se llamará ahora el bachillerato, si es que no lo han suprimido para evitar el fracaso escolar y facilitar el acceso a la universidad), pero no señor: es tal cual. (En francés, no se han atrevido a variar el original latino en su normal denominación, ni en inglés). El motivo de tal sinonimia es fácilmente imaginable, pero deja en el lugar que corresponde a la mentalidad romana.

Y si de anillos hablamos, repárese en otro épico sinónimo: alianza. No se conoce con ese nombre el pacto entre dos personas, sino el de dos comunidades de mayor envergadura, familias o tribus, por ejemplo. Pero si nos obstinamos en ceñirnos al plano individual, nos encontramos con que alianza deriva de ‘alligare’, atar a algo.
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Y anular es como se denomina al dedo que porta tan preciado distintivo. Como casi todo lo duradero, las alianzas tradicionales tienen su origen en el Egipto antiguo en donde creían que estas creaban un círculo interminable de confianza y amor, que traspasaba la vida para acompañar a la pareja en la muerte. Pero quienes comenzaron a utilizar las alianzas de bodas en el cuarto dedo de la mano izquierda fueron los griegos, los cuales tenían la creencia de que una de las venas del dedo estaba conectada directamente al corazón.

Es una creencia que provoca la sonrisa entre los modernos anatomistas… O más bien la provocaba hasta hace poco, cuando una serie de artículos aparecidos en las más respetadas revistas científicas ha trocado la burla en admiración:
«Según la revista New Scientist, tanto los hombres como las mujeres pueden medir, según un estudio dirigido por el doctor John Manning, de la Universidad de Liverpool, su fertilidad por la longitud del dedo anular respecto al índice.
Un dedo anular más largo que el índice indica un alto nivel de testosterona, la hormona masculina. En la mujer, la relación es la inversa, ya que un índice mayor que el anular implica una mayor fertilidad de la fémina por una concentración más alta de estrógenos» (Diario El Mundo: 22-agosto-1998). Hasta no hace mucho relativamente también nos mofábamos de aquellos locos griegos de hace dos milenios y medio que decían que la materia estaba formada por átomos; deberíamos tener más cuidado con reírnos de nuestros abuelos.
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El Beso


Aunque ya dediqué una entrada completa (la inaugural del blog) a divagar sobre tan húmedo asunto, no quiero tener la descortesía de remitirle al lector a él. Y repetiremos, encantados, los párrafos relativos al tema actual:
Sin embargo, lo que les ocurría a los romanos, como les había ocurrido antes a todos los pueblos de la Antigüedad y seguiría ocurriendo hasta casi nuestros días, es que existía un tipo especial de beso; era una forma de besar, más que de besarse, empleada como código insustituible en una sociedad que desconocía el papel y la burocracia civil aunque no la estatal: era el “beso de honor”, que ―como la española cuando besa― no se le daba a cualquiera: El ósculo (‘osculum’), beso ritual, reconocimiento público o ante testigos, documento oral, gesto contractual, ceremonial con efectos jurídicos, rúbrica de alianzas y contratos. El ósculo era una “firma” que sólo el superior imprimía en la mejilla del inferior beneficiado por él, y era también el “sello” que mutuamente se estampaban en la mejilla los compañeros como demostración ostensible de compromiso social ―ése era su sentido original en las bodas―, más que de afecto.

En el caso particular del matrimonio, el emperador Constantino (Cth. 3.5.6) establece que en caso de esponsales celebrados ‘osculo interviniente’, si muere uno de los prometidos el superviviente tiene derecho a la mitad de las donaciones que le hizo el otro desposado. Aquí Constantino se limita a consagrar una ley inmemorial: ‘osculo interviniente’, es decir, después de haberse besado (los prometidos ante testigos), con lo que el solo beso ante testigos sería suficiente garantía ante la ley. Pero desde luego el beso en la mejilla y no en los labios, y únicamente el novio besa a la novia, como superior que otorga estatus al inferior.
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El Convite
Los alimentos y el matrimonio han estado siempre en estrecha relación, y en algunos casos el simple acto de ingerir alguna clase de alimento o bebida ha constituido de por sí el matrimonio, así como entre diversas tribus primitivas el comer juntos otorga una cierta clase de parentesco: todos recordamos la temida frase “¿en qué mesa hemos comido juntos?” con que se lapida la excesiva familiaridad.


Cumplidos los ritos, se celebraba la ‘cena nuptialis’ en la casa de la novia. En el banquete participaban los familiares y las amistades, prolongándose el evento hasta el atardecer. Luego se producía la 'deductio', una simulación del secuestro de la novia por parte del novio, en alusión al rapto de las sabinas, en el que Rómulo y sus compañeros se emplearon a fondo: la chica se refugiaba en los brazos de su madre, mientras el novio fingía que se la quitaba, acompañando el acto con lamentos y lágrimas fingidas.

Al día siguiente, la esposa, se vestía con una estola de las matronas (una especie de vestido-capa), se realizaba una ofrenda a Lares y a Penates. Ese mismo día se celebraba un nuevo banquete ('spotia') reservado para los familiares de los recién casados. (http://es.wikipedia.org/wiki/Matrimonio_en_la_Antigua_Roma)

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La Tarta

El pastel de bodas tiene su origen en una costumbre griega, de los argivos, como ofrenda de la esposa al esposo, y conservada por los romanos: el ‘confarreatio’, ofrenda común de ambos esposos, era un pastel de escanda que se quemaba solemnemente ante el Júpiter Capitolino en presencia del Gran Pontífice y del sacerdote que servía al dios. El sacrificio consagraba la situación de la mujer bajo la ‘manus’ del marido y atestiguaba el matrimonio sagrado y legal en la misma medida que las declaraciones de voluntad de convivencia hechas por “Caia y Caius”. En época de Tiberio no se quemaban los pasteles y las formalidades y ritos cambiaron. Pero, en fin, el pastel de boda, sobre todo desde el s.XVIII, un siglo muy pastelero, ha vuelto a entrar en las costumbres. Ya no se quema, pero se reparte en el convite.

El intercambio de pasteles, conjuntamente con la fundamental libación de vino, formó parte del primer ritual del matrimonio griego, y en el romano había una ofrenda conjunta de pasteles acompañando a la de la tarta nupcial. Era un caso particular de rito de transición (bautizos, bodas comuniones, cumpleaños, funerales...) que sigue plenamente vigente.

Las tortas de sésamo, símbolo de fecundidad, eran obligadas en los convites griegos. Pero la tarta nupcial es tan sumamente importante en las nupcias romanas que su nombre, ‘confarreatio’, sirvió como denominación de las bodas de alta alcurnia. En el ceremonial nupcial exclusivo de las familias patricias, era indispensable una clase especial de tarta llamada así, ‘confarreatio’, la cual era rota sobre la cabeza de la pobre novia como símbolo de fecundidad y abundancia [y sadismo], y cada comensal tomaba un trozo, pues daba buena suerte. (Hago constar que no he encontrado más que una única alusión a este hecho --aunque eso si, muy repetida en diversas páginas, pero de forma sospechosamente literal--, más propio del gordo y el flaco que de unos estirados patricios, pero ahí queda).


El nombre de ‘confarreatio’ viene de ‘farreum', que significa “torta de harina” (‘far’, harina). Pero la especialidad más familiar, la típica tarta piramidal escalonada, proviene de una costumbre anglosajona que primitivamente consistía en formar una gran pila de buñuelos picantes que se amontonaban encima de la mesa del banquete. La tradición mandaba que los novios intentasen besarse por encima de los buñuelos, y si lo lograban obtenían un buen augurio. Pasando el tiempo, cuenta la leyenda, que un pastelero francés de viaje por Inglaterra acudió a una boda y, al observar que el formar una pila bien alta de buñuelos era bastante difícil, se le ocurrió la idea de recubrirlos con una pasta de azúcar, dando así consistencia a la pila.
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El Cortejo, el Arroz, los Vivas…


Luego de agotado el convite, se daba inicio al cortejo, durante el cual se encendían unas antorchas que trazaban el recorrido que conducía a la esposa a la residencia de su marido. La joven era acompañada por tres niños, que tenían a sus padres aún con vida ('patrimi e matrimi'). Dos niños iban tomados de la mano al lado de la novia, mientras que el tercero iba delante con una antorcha de espino, que había sido encendida anteriormente en la casa del novio. Se consideraba que los restos de esta antorcha tenían la capacidad de otorgar longevidad, por eso eran distribuidos entre los participantes. Los niños o la novia cargaban una rueca y un huso, símbolos de la vida doméstica, pues la principal actividad esperada de una mujer casada era encargarse de la ropa de su familia.

Las personas que iban acompañando el séquito se desgañitaban, “¡Himeneeeeo! ¡Himeneoooo!", a pleno pulmón… igual que hoy nos desgañitamos con su sustituto augural “¡Vivan los noviooos!”. También arrojaban nueces que, además del ruido conveniente, (“más ruido que nueces”, viene de estos líos) alborotaban a los críos, que las recogían entre gritos y empujones, y se las comían. Pero novios no significaba "pre-casados", como hoy, sino nuevos casados, recién casados novio, del lat. 'novus', que significa '"nuevo casado", no se empezaría a usar hasta cerca del año 1300―; ese debe ser el motivo por el cual la memoria colectiva de los invitados profiere el grito de "vivan los novios"... justo en el momento en que, según la práctica actual, los "novios" han dejado de serlo.
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La costumbre del arroz sustituye hoy a las nueces de ayer… aunque no te creas:
Parece ser que la costumbre de lanzar arroz en el momento de marchar la pareja se remonta a muy antiguos tiempos. El arroz es tradicionalmente símbolo de fertilidad y significa el deseo de que los novios tengan una unión fructífera. Aquellos pueblos que no disponían de arroz utilizaban maíz, trigo u otro grano con el mismo simbolismo. En la Antigua Grecia se lanzaba harina y dulces sobre los novios. Los frutos y las nueces se han empleado especialmente entre los pueblos mediterráneos.



Los pueblos primitivos (y muchos afirman que es este el verdadero origen de esta costumbre… que tanto irrita a los clérigos por motivos de limpieza parroquial) creían que los espíritus malignos estaban siempre presentes en las ceremonias nupciales (transportados por amigas o amigos celosas o envidiosos, y viceversa), y que si se les ofrecía alimentos (sin facilitar su consecución para una mayor demora) se precipitarían sobre éstos, olvidándose de sus malignas funciones.

Ahora, vamos a puntualizar un poco:
Las escrupulosas leyes romanas daban una importancia inusitada a aspectos del himeneo que hoy consideramos intrascendentes. Y eso es debido a que, en una era que desconocía el papel (¡Ay, la influencia de la tecnología, por nimia que nos parezca, en las costumbres sociales!), los juristas necesitan basarse en evidencias verificables por testigos, en hechos o circunstancias que prueben claramente la existencia de una relación matrimonial. Así, para la iniciación del matrimonio se fijan especialmente en el acompañamiento de la mujer a la casa del marido (‘deductio in domum’) [o en el beso ritual citado atrás, o en el ostentoso velo, o en la escandalera de un cortejo audible en toda la comarca]. El matrimonio puede incluso celebrarse en ausencia del marido, con tal de que sea llevada públicamente la mujer a casa de éste, pero nunca en ausencia de la mujer… (García Garrido: Derecho Romano Privado, p.478)



También en Grecia, y por los mismos motivos legales, la madre de la novia y otras mujeres seguían al cortejo portando antorchas, al igual que los esclavos, siendo aquélla la encargada de la escolta de antorchas de su hija porque éstas son un signo que legitima la boda.

Digamos de paso que cortejo, como corte, deriva de ‘cohors, -ortis’, “séquito de los magistrados provinciales”, pero apropiadamente, “división de un campamento, o de la legión que allí acampaba”.

«El barbudo Calístrato se casó ayer con el musculoso Afer siguiendo los mismos ritos que una virgen cuando toma marido. Le precedían las antorchas encendidas, el velo de las casadas encendía su rostro y, Talaso, no faltaron tus palabras. También fue estipulada una dote. ¿No es eso demasiado, Roma? ¿Es que esperas a ver si pare?» (Marcial: Epigrama 42, L.XII).

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El Paso del umbral
Bien. Pues ya estamos delante del hogar de la nueva pareja romana. Entonces la novia es conducida hasta el interior por su marido, teniendo que entrar en ella sin tocar el suelo del umbral. Así que, como hoy, era llevada en brazos a través de él, con lo cual quedaba completado el ceremonial de captura, que así remachaba la resistencia de la novia a tan deseado momento.


Estos rastros permanecen en la persistente costumbre de hacer entrar a la novia en brazos en el domicilio conyugal, si es capaz hasta el mismo dormitorio, con el riesgo inherente de batacazo, o con el temple varonil puesto en evidencia. Además de presagio de futuras controversias, es verdad lo que decían los romanos, al no tener en cuenta que el peso que puede llevar airosamente un hombre normalmente dotado no supera los treinta kilos (son más bien unos veinticinco kilos, y esa medida en Roma era llamada... 'talentum', talento).
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Y, por fin, la Luna de miel

La luna de miel simboliza aquel período durante el cual, el galán-cuatrero y sus secuaces se mantenían escondidos junto con su cautiva, hasta que comprobaban que los allegados de ésta habrían cejado en la búsqueda.

Una Luna, es decir una lunación, era un período bastante ajustado. El astro de la noche era el único calendario portátil, y la lunación un período medible a ojo aceptablemente, de fase a fase.
No es verosímil que la partida se alimentase de hidromiel, el néctar de los dioses, como se lee en algún sitio. Más bien la miel debía ser, junto con los frutos secos que habían escapado a los ratones, un alimento vitamina-golosina de lo más apropiado para resistir sustentándose a golpe de mata durante un movido mes.



Y fueron felices y comieron perdices”… La perdiz es un animal consagrado a Venus y considerada en la Antigüedad un ave sumamente lasciva, con lo que… Pero ya basta por esta semana. Adiós.
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«Claudia Peregrina se casa con mi amigo Pudencio: ¡que la bendición del cielo descienda sobre tus teas, oh cortejo de himeneo!... Concordia bienhechora, preside siempre el lecho y que una unión feliz encuentre siempre a Venus favorable. Que ella le quiera más tarde, cuando habrá perdido la juventud; cuando ella también se haya convertido en una anciana, que su marido no se dé cuenta.» (Marcial: Epigrama 13, Libro IV)
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Sed buenos, si podéis.
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................................................Por tus traviesos ojillos lindos
................................................................................pequeña mía
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................................................llevo en el alma
................................................una laguna negra donde suspiran
.........................................................................................peces de plata
................................................y un nubarrón de risas
..................................................................y golondrinas de heridas granas
..................................................................................y una lucha encarnecida
.......................................................................que me mata entre campanas
..................
................................................y la duda
...................................................................---...el sí........y el no
...........................................................entre el.......ya es tarde
......................................................................y ....quizá mañana...---
.................................................y un por siempre y un jamás
.................................................arañándose con saña
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.................................................en una noche tan tibia
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.......................................................................tan presente y tan lejana
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.......................................................................................y tan tierna como tú
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.............................................................................................mi dulce y pequeña
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...............................................................................................................Clara
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2 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Una documentacion muy completa la que nos has ofrecido hoy. El matrimonio de tu hija te ha inspirado, como dices... Este fin de semana pasado yo tambien he estado de boda: se casaba una amiga y he tenido muchos huespedes en casa. Las bodas son siempre motivo de alegria y aunque haya en ellas tantos aspectos banales - como bien señalas - no dejan de llegarnos directamente al corazon cuando sabemos lo importantes que son para los contrayentes.
Respecto al ramo de flores, creo recordar que en las bodas romanas llevaban un manojo de cardos (o similar) que, al termino de la ceremonia se lanzaba al aire y tenia un destino distintos segun lo cogieran los amigos o familiares del novio o los de la novia.
Saludos cordiales y enhorabuena por la boda de tu hija.

Angel Molledo dijo...

Conociendo la preocupación que tiene que envolverte por la preparación de tu libro es mayor si cabe mi reconocimiento a tus comentarios. Insertaré tu aportación sobre el ramo en cuanto me recupere del lanzamiento de ésta. Efectivamente creo haber leído algo sobre el espino blanco, me parece, y su relación con alguna diosa que no recuerdo.
Y sin duda tendré que corregir no sé qué párrafos, pues lo que he querido recalcar en cada punto de esta kilométrica entrada, precisamente, es que muchos aspectos de las bodas que hoy pueden parecer banales encierran un poso de vivencias milenarias que impide su olvido. Es este poso el que he querido poner a flote señalando sus orígenes y motivos hoy enmascarados.
Revisaré el texto en cuanto pueda distanciarme un poco.

Un cordial saludo y gracias nuevamente por la atención que me prestas.

Mis amables compañías:

Presentación

Mi foto
Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).