«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

8 dic. 2009

De las Bellas Durmientes del bosque


«…Pero cuando los comensales estaban sentándose a la mesa, vieron entrar a un hada vieja, a quien nadie se había acordado de invitar porque hacía más de cincuenta años que vivía recluida en su torreón y la creían muerta o encantada… Cuando le llegó su turno, el hada vieja, con la cabeza sacudida por un temblor que más se debía al despecho que a la vejez, dijo que la princesa había de atravesarse la mano con un huso y que, de resultas de ello, moriría» (Charles Perrault: La Bella Durmiente del bosque)

Estos párrafos iniciales, pertenecientes a un cuento sobradamente conocido, gracias a Walt Disney y a Katzenberg, Warner y Williams, productores de Shrek, mayormente, narran el inicio de una aventura que Disney distorsiona y desnaturaliza según sus inclinaciones tontorronamente gazmoñas de costumbre (buenistas, se dice ahora), y a cuyo espíritu original están más próximos Andrew Adamson y Vicky Jenson, los directores de Shrek, pues como según Perrault comenta dentro de este cuento, «el príncipe le tenía mucho miedo a su propia madre, aunque la quería, porque era de una raza de ogros y el rey sólo se había casado con ella por su gran fortuna». Nada que ver con nuestra sociedad de diseño disneylandés.


Y es que el cuento original no se detiene en la boda principesca flotando entre nubes, sino que continúa relatando su vida conyugal, realizada a escondidas de los padres de la pareja, y con que ésta tiene dos hijos, Aurora y Día (que aquí es nombre de chico, como el del supermercado), o mejor dicho Aurorita y Diíto, pues los niños de antes se llamaban como sus padres pero en diminutivo, cosa que a los muy ignorantes de ellos les resultaba tan normal que hasta les gustaba; el problema del niño del cuento era que en éste, curiosamente, no se cita nunca el nombre de su papá, y no era cosa de bautizar como Principeauzulito al chavalín (en la versión española de la cosa de Disney, el azuloso príncipe se llama… Felipe, ¿qué les parece!).
El caso es que cuando la madre de él, y suegra de ella, se entera de todo el lío quiere comerse literalmente  a sus nietos (en salsa verde, especifica el cuento sin adulterar) por haber venido de extranjis. En fin. Para qué seguir. Es por esto que decimos preferir Shrek, aunque tampoco se crean, también se queda un poco mucho lela en comparación.

«Ignoramos en qué época fueron concebidos estos cuentos de hadas. Su origen se pierde en la oscuridad que rodea a todos los grandes descubrimientos de los primeros tiempos de la humanidad. Transmitidos por tradición oral, los cuentos de hadas son tan antiguos como cualquier otro tipo de invención literaria…

Gracias a Perrault (y a Madame d'Aulnoye y Madame Leprince de Beaumont) los cuentos de hadas se incorporaron a la literatura impresa a partir de 1697 y, bajo esta forma, se hicieron ―y todavía son― familiares para todo el mundo…
Perrault, con muy buen criterio, tituló su colección Historias o cuentos del tiempo pasado. Es Madame d'Aulnoye, con sus Cuentos de hadas la responsable del título bajo el cual los conocemos, aunque en la mayor parte de estos relatos las hadas no aparezcan». (Bruno Bettelheim)

Toda esta extraña introducción viene a cuento de que las hadas (es decir la mujer) y los husos y las ruecas y los hilados y los tejidos están estrechamente unidos desde nuestros inicios como cultura humana; y su conjunto forma parte, a su vez, de la urdimbre y la trama (dos conceptos que explicaremos) de nuestra sociedad.

Hoy nos resulta chocante el que todo el mundo en el cuento se aterrorice ante la perspectiva de que una mocita tempranera en edad de abortar por su cuenta (Disney dice que tal cosa ocurriría cuando la niña cumpliese dieciséis años) se accidentase con un trasto tan estrambótico como la rueca, un cacharro con el que no te tropiezas ni por casualidad, casi casi, ni en un museo etnográfico.

Pero es que al menos hasta 1950, sobre todo en los pueblos, trebejos para hilar de una u otra forma eran normales y corrientes en todos los hogares, y era fácil encontrarse, percibidas demasiado tarde a veces, con agujas de hacer calceta en cualquier sillón, era ''la labor''.





Vergonzantemente, Disney confiere al hada Maléfica atributos de la Palas Atenea, se nota que le gustaba; su largo bastón es propiamente un estilizado huso cuyo pomo hace girar y girar para destilar sus poderes; y una de las denominaciones de esta diosa era la de "Corónide", cuervo. Igualmente, cuando Maléfica se esfuma adopta los aires de diosa lunar y una clara semejanza iconográfica estilizada con la Isis egipcia, precursora de Atenea.



La hilatura, que hasta hace un par de generaciones era inseparable de la condición femenina, ha quedado confinada en la planta primera del Corte Inglés y en las mercerías de barrio; y las únicas mocitas que verdaderamente tienen grandes probabilidades de accidentarse con sus utensilios de tejer son las que siguen encerradas en los talleres clandestinos del tercer mundo, esclavizadas para vestir al primero. Pero seguro que entre ellas no encontraremos ninguna princesa. Así que no importa.

«Sippe. Era una asociación familiar de los antiguos germanos que actuaba en todas las facetas de la vida económica, religiosa, armada o jurídica, y que presenta una doble dimensión, la primera como conjunto de círculos parentales, que distribuye a los parientes a modo de dos semicírculos, siendo uno de ellos los que conforman la parentela masculina, o parientes de la espada o de la lanza (padre, abuelo, bisabuelos varones...) y otro la parentela femenina o parientes del huso o de la rueca (madre, abuela y bisabuela maternas y abuela y bisabuela paternas), y la segunda como estirpe o genealogía que reúne a todos los hombres y mujeres descendientes de un tronco masculino común, aplicando el vínculo masculino. Por lo tanto, se trata de lazos de pertenencia familiar y de consanguinidad, no de vida en comunidad doméstica». (Enciclopedia Universal Micronet)



«Esperar algún tiempo para tener un marido / rico, con buen tipo, galante y cariñoso / es algo bastante natural / Pero esperar cien años, y siempre dormida… / es imposible ya encontrarse una mujer con tal tranquilidad» (Charles Perrault: Moraleja final de La Bella Durmiente del bosque)

1 El Hilo de la Vida


«Se dice que las flores del cidro que tienen forma de huso de rueca en el centro son fértiles, pero las que no, son estériles» (Teofrasto: Historia de las plantas)

El mundo de los tejidos, su procedencia vegetal y su paralelismo con las tres resbaladizas fases del hilo de la vida ―pasado, presente y futuro― está extensamente simbolizado en la mitología occidental... Después del arco, el telar fue la siguiente máquina en hacer su aparición en la Historia: Y la rueca el huso y el telar fueron los instrumentos progresivos ―ese es el significado básico del progreso― de la primera esclavización histórica, la femenina.

Según Tácito, los germanos ponían a la cabeza de la creación al gigante Ymir, el cual era andrógino, hombre y mujer, y así engendró a Odín (Wotán) y a sus dos hermanos. Del cuerpo de Ymir, también llamado Twisto, se construyó el mundo, que gira incansablemente (¡twist, twist!) mientras va rulando la rueca donde se hila el destino.

Aunque también un pasaje del Rig Veda indio narra que el dios creador Varuna tejió el mundo a partir de la materia primordial (cómo han cambiado las cosas en la India), en general, el tejido es una labor fundamentalmente femenina. La rueca indicaba las puertas de los gineceos antiguos, y el huso era el emblema de las grandes diosas-madre del panteón germánico: Freyja, Hida, Perchta...


Es por ello normal que muchas mitologías hayan atribuido la confección del hilo del destino a hilanderas divinas. Tres, cifra de realización completa del tiempo triple: pasado, presente y futuro. El mundo de los tejidos, su procedencia vegetal y su paralelismo con las tres resbaladizas fases del hilo de la vida está extensamente simbolizado en la mitología occidental.
Las Parcas ―adaptación de las Moiras griegas, Átropos, Clotho y Laquesis―, algo así como las Escuetas o las Sobrias o las Bordes, son tres neuróticas y desavenidas hermanas que urdían, enredaban y cortaban, respectivamente, el hilo de las vidas mortales. Su versión escandinava está encarnada (es un decir) en las tres Nornas, las simpáticas gemelas, Urd, Verdandi y Skuld, que en el brumoso norte (los romanos llamaban hiperbóreosdel más allá del norte― a sus habitantes, pobrecitos míos) dispensaban justicia y provocaban la lluvia bajo un fresno, el árbol de Odín o de la magia universal.
Después, tras el triunfo del cristianismo que supondría su derrota, para sobrevivir coláronse con la rueca a cuestas en los cuentos infantiles, en nuestros olvidados y tergiversados cuentos de hadas.


La teoría clásica del hilo de lino consistía en que la diosa ataba al ser humano al extremo de un hilo cuidadosamente medido que iba largando anualmente, hasta que llegaba el momento de cortarlo y abandonar su alma a la muerte. Pero originalmente envolvía al infante lloroso en un pañal de lino en el que estaban bordadas las marcas de su clan y familia y así le asignaba el lugar que le estaba destinado en la sociedad. (Robert Graves: Los mitos griegos)

Estas tremendas trillizas no estaban solas en su mundo. Hermanas de las Moiras son las Horas, el lado positivo de la existencia, las guapas de la familia. Estas diosas tienen una doble naturaleza: por un lado, responden a la personificación del ciclo vegetal, del que son sus custodias, y por otro, como hijas de Temis (la Ley), aseguran el equilibrio social.
Las tres hermanas se llamaban Eunomia, Dice y Eirene ("Disciplina", "Justicia" y "Paz", respectivamente), nombres que responderían al segundo aspecto. Sin embargo, los atenienses las denominaban Talo, Auxo y Carpo (evocaciones de la idea de brotar, crecer y fructificar), marcando más su papel como divinidades de la naturaleza.
A pesar del nombre castellanizado ―traducción literal del Horæ latino―, sólo se las asoció tardíamente con las Horas del día. Se las suele representar como tres muchachas jóvenes y bellas, con una flor o una planta en la mano. Su papel más habitual es como acompañantes en los cortejos de diversos dioses.


Y por guapas y por listas, aparecen formando parte del séquito de Afrodita junto a sus hermanas por parte de padre, las Cárites, divinidades que encarnan la belleza, llamadas Gracias por los latinos. Son las tres hijas de Eurínome y Zeus (y, por tanto hermanas por parte de padre de las Moiras y las Horas): Áglae, Eufrósine y Talía.
Se las representa como jóvenes bellezas desnudas cogidas por los hombros, dos mirando hacia un lado y la tercera al lado opuesto. Siembran la alegría de la Naturaleza en el corazón humano y divino. Viven junto a las nueve Musas, con las que suelen formar coros y cuchipandas, y tienen en común la atribución de los trabajos del espíritu y las obras de arte.

Estas tríadas de buenas mozas, que en el futuro medieval, renacentista y barroco caerían en las hogueras inquisitoriales, emigrarían a los cuentos del s.XVII, para acabar trabajando finalmente de brujas buenas y malas en diferentes cosas televisivas con mucha risa y audiencia.
Sin embargo, ellas fueron en sus remotos y olvidados orígenes la personificación de las fases de la luna, las gloriosas diosas lunares cazadoras recolectoras, dispensadoras y nutricias de toda vida, suplantadas de mala manera por los futuros dioses solares ganaderos y metalúrgicos. Una verdadera faena olímpica de violencia de género; la primera de todas.

Urdir y tramar son dos términos que empleamos indistintamente cuando queremos describir actos o actitudes que preparan o rodean una conspiración. Ambas son palabras extraídas de la hilatura; concretamente, según el diccionario, urdimbre es el "conjunto de hilos que se colocan paralelos y longitudinales en el telar para entrecruzarlos con los de la trama y formar un tejido". Los sinónimos que te arrea el mismo diccionario son: ardid, conjura, enredo, intriga, maquinación, trama y trampa. Pero trama deriva de 'transmeo', palabro compuesto por 'trans', a través de, al otro lado de, y 'meo', que no, que significa pasar, circular. Con todo, esta inocente palabra sin significado autónomo ha compartido la suerte etimológica de su compañera de telar.

Sin embargo, urdir deriva de 'ordiri', que está estrechamente emparentada con 'ordo', disposición ordenada, hilera (realmente, serie de hilos), orden en general, y que lo mismo se refiere a los árboles de una plantación, que a los soldados de una formación, que a los individuos de una clase social (civil, religiosa o militar), que a un sistema de valores políticos, que al manoseo de las ubres de las vacas, que para el caso y a fin de cuentas, al ordenar y al ordeñar se busca el mismo fin… Todo eso y mucho más inspiró el telar a los panzudos zánganos mientras observaban filosófica y repantingadamente a las pulcras y hacendosas abejas. Qué tíos.


«"Nuestros actos se encadenan, se siguen y nos siguen", dice el sabio budista. El hilo de la urdimbre, el primero que se coloca en el telar y que condiciona toda la labor, vincula nuestro mundo y todas sus criaturas al mundo de Arriba y al de Abajo. Es el sutra, que también significa “texto sagrado”. En el tantrismo (del sánscrito ‘tantra’, trama, tela y posteriormente libro), variante del hinduismo que inspiró el budismo, la trama concierne personalmente al individuo...» (M. Toussaint-Samat: Historia técnica y moral del vestido)



«Cuanto dista del pecho el huso que una mujer de hermosa cintura revuelve en su mano, mientras devana el hilo de la trama, y tiene constantemente junto al seno, tan inmediato a Ajax corría el divino Ulises» (Homero: Ilíada)


2 Las Bellas Durmientes


«"Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos cuantos varones nacimos en Ilión, y yo el primero". Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo adornado con crines de caballo, y la esposa amada regresó a su casa, volviendo la cabeza de cuando en cuando y vertiendo copiosas lágrimas» (Homero: Ilíada)

El huso, es sus diversas formas, es una herramienta que data del Neolítico y que se utiliza hasta la actualidad. Varían principalmente en sus dimensiones y materiales, pero también por el lugar en que se sitúa la nuez (arriba o abajo) y por la presencia o no de ganchos para sostener la hebra que se está hilando. Una forma más sofisticada de huso, aunque también muy antigua, es la rueca que incorpora una rueda, un pedal o manivela y una pequeña devanadera.

Son muchos los cuentos en los cuales, como en La bella durmiente, un pinchazo distraído con el huso y o la rueca interrumpe el curso del destino (meigas y accidentes laborales háylos en todas partes); es el arma preferida de las brujas o hadas viejas que la edad ha vuelto menos femeninas, y que suelen adoptar la forma de gansa, ya que la oca, ave migratoria, era muy utilizada para formular presagios: la tía Arie o Frau Harre, la reina Berthe o Berchta (derivado de Perchta, la diosa-madre del huso) y la Beuffenie borgoñona.


Y es que el rombo, del griego ‘rhómbos'’, designaba a todo objeto de forma ovoide y puntiaguda ―aunque no necesariamente, como indica un antiguo derivado de rombo: romo―, y que simbolizaba al huso o rueca de bronce empleado en las prácticas mágicas, útil femenino por excelencia e instrumento clásico de las brujas. Huso, latín 'fusus', puede derivar de 'fustis', palo, vara, adquiriendo entidad geométrica propia asociada al rombo a causa de las vueltas de hilado que le recubren, propias de su uso (del uso del huso), y que persiste en un derivado muy al uso de huso, fuselaje.

Y como nos encanta, y además viene a cuento, repetiremos el epigrama de Marcial con que finalizábamos nuestra entrega quinta, dedicada al rombo en su último (y recién ampliado en lucha a brazo partido con el editor del blogger) apartado:
«Después de haber sobrepasado las edades del viejo Néstor, Filenis, ¿cómo puede ser que de manera tan rápida te hayas dirigido a las riberas infernales de Plutón? No tenías todavía la cifra de los años de la Sibila de Cumas; te llevaba tres meses. ¡Oh, qué lengua ha enmudecido! Era más sonora que mil mercados de esclavos, que la muchedumbre de los adoradores de Serapis, que el grupo de chiquillos rubios que por la mañana corre con algarabía hacia la escuela... ¿Qué bruja sabrá ahora hacer bajar la luna ayudada con un rombo mágico, qué alcahueta sabrá vender ésa o aquélla cama nupcial? Que la tierra te sea ligera y que la arena que te cubre sea blanda y los perros no puedan desenterrar tus huesos».


En la Red hemos pescado este párrafo, el cual se repite idéntico en varios sitios:
«Hubo una diosa o demonio femenino mesopotámico llamada Lamastu, que atacaba y seducía a los hombres y trataba de arrebatar los niños a sus madres. Era probablemente una representación más de la muerte y la enfermedad. Esta diosa en sus representaciones y conjuros llevaba siempre consigo un peine, un espejo y un huso, atributos los tres muy antiguos de feminidad, magia y transcurso del tiempo».

Pero en la Red, como en cualquier otro sitio, conviene examinar cuidadosamente lo que se pilla, a pesar de las buenas intenciones de los autores (y me incluyo, naturalmente). No sólo la clonación tal cual y a secas hace sospechosa esta información, sino que la generalidad de las webs concuerda en que Lamastu era el antecedente mesopotámico de nuestra vieja conocida Lilith (la de la quinta entrega ―referencias a ella ampliadas también ayer mismo), y tenía como representación una mujer con cabeza de león que sostiene una serpiente en cada mano. Por lo demás, nada que objetar, (se agradecerían rectificaciones o puntualizaciones a mis palabras, en este o en cualquier otro asunto).



Velázquez, dentro del cuadro de Las hilanderas, al fondo del lienzo, plasma un tapiz en el que parece adivinarse representado (o mejor, en el que los entendidos dicen que se ve perfectamente) el mito de Aracne; según éste, Atenea, justísimamente irritada, le jura venganza eterna a una individua que no sólo presumía de tejer y bordar mejor que la propia diosa, sino que además ―y esto era lo más imperdonable― era verdad, tejía y bordaba mejor que la propia diosa.
Ante la perspectiva de lo que le esperaba bajo las iras permanentes de la rencorosa Atenea, Aracne decide suicidarse colgándose de una rama; Atenea, vengativa pero no asesina, la transforma a ella en una araña —el insecto que más odia— y a la cuerda en una telaraña, circunstancia que aprovecha la arrepentida Aracne (un pronto de susto lo tiene cualquiera) para trepar y ponerse a salvo. La tal Aracne parece corresponderse con Ariadna, la del hilo y el Minotauro y Teseo (también se ahorcaría, dicen que con ese mismo hilo con el que ayudó a Teseo a escapar del laberinto del Minotauro… aunque mejor lo dejamos para otro día).

Pero veamos el envés histórico de esta trama mitológica respecto a Atenea: «Su venganza de Aracne puede ser algo más que una bonita fábula si constata una primitiva rivalidad comercial entre los atenienses y los talasócratas, o gobernantes del mar, lidio-carios de origen cretense. Numerosos sellos con una araña como emblema que se han encontrado en la cretense Mileto —la ciudad madre de la Mileto caria y la mayor exportadora de ropas de lana teñida en el mundo antiguo— indican que allí existía una industria textil pública a comienzos del segundo milenio a. de C. Durante un tiempo los milesios dominaron el provechoso comercio del Mar Negro y tuvieron un centro de distribución en Naucratis, Egipto. Atenea tenía buenos motivos para sentirse celosa de la araña». (Robert Graves: Los mitos griegos)

De todas formas, ocurre que Atenea era absolutamente intransigente en lo que a su mercería se refiere. Un buen día Afrodita se aburría tantísimo que llegó a ponerse a juguetear con el huso y la lana de Atenea, a ver que salía, ya ves tú; en estas fue sorprendida por Atenea, la cual cogió tal globo que consiguió que Afrodita, conociéndola como la conocía, se asustase de tal forma que, sin llegar al suicidio, juró y perjuró que en su eterna vida volvería a dar puntada a un hilo. Desde entonces, amor y trabajo andan totalmente reñidos y donde tengas la hoya no metas el huso. Y viceversa.




«Porque Huesca tiene magia. Cuentan que tras los Mallos de Riglos vive escondida una bruxa hilandera, también conocida como la Giganta de Riglos, que baja a inclinarse sobre las aguas del Gállego para remojar sus dedos e hilvanar el cáñamo que hila en el huso gigante del Pisón. Un mágico enclave en la Hoya de Huesca. Porque Huesca tiene magia» (www.hoyadehuesca.es)





«… al ser llevadas las novias a casa del marido, a la primera entrada della y como en el umbral, les tenían como por ceremonia necesaria, puesta una rueca, para que lo primero que viesen al entrar en su casa, les fuese aviso de aquello a que se avían de emplear en ella siempre» (Fray Luís de León: La perfecta casada)


3 Los feos despertares

«Mujer fuerte, ¿quién la hallará? Porque su estima
sobrepuja largamente á la de piedras preciosas. El corazón
de su marido está en ella confiado, y no tendrá necesidad de
despojo. Darále ella bien y no mal, todos los días de su vida.
Buscó lana y lino, y con voluntad labró de sus manos. Fue
como navío de mercader…
Gustó que era buena su granjería: Su candela no se apagó de
noche. Aplicó sus manos al huso, y sus manos tomaron la
rueca…
No tendrá temor de la nieve por su familia, porque
toda su familia está vestida de ropas dobles. Ella se hizo
tapices. De lino fino y púrpura es su vestido...
Hizo telas, y vendió. Y dió cintas al mercader.
Fortaleza y honor son su vestidura...»
(Proverbios, XXXI)

Todo este asunto mitológico que ha abierto página resulta francamente tierno y bonito de veras. La realidad terrena, como suele ocurrir es bastante más cruda. Desde el despertar de las sociedades, la labor textil fue generalizadamente un ''sector'' femenino; la mujer se hallaba predestinada a desempeñar esta actividad en el interior de los antiguos talleres familiares, como los gineceos griegos ―y el ‘gynacium’ romano, derivados ambos del griego 'gyne, gynaikós', mujer―, y el laborioso enclaustramiento permitía un control permanente de los úteros, además del uso lucrativo de la habilidad y la paciencia que se atribuían al llamado sexo débil... aunque nuestras refinadas costumbres mediterráneas occidentales sí que permitían trabajar "para fuera de casa" a las esclavas.

Entre los bárbaros la mujer no estaba considerada como la mitad débil del género humano, lo cual era una flagrante muestra de la inferioridad de esas gentes a ojos de los exquisitos romanos; en la vida cotidiana de los bárbaros no se ponían en duda la dignidad y libertad femeninas... hasta que se civilizaron y, con la romanización primero y la cristianización después ―portadora ésta de conceptos del Próximo Oriente―, la mujer nativa perdió su independencia.
Dice Estrabón de la mujer gala, por ejemplo, «En cuanto a la división de labores entre hombres y mujeres bárbaros, sucede lo contrario que entre nosotros». Aunque tampoco hay que exagerar; es cierto que la mujeres hacían la guerra junto a sus hombres, pero lo que confundía a Estrabón era que al lado de los talleres artesanales de los pueblos existían fábricas comunales donde las mujeres libres podían emplearse al lado de los esclavos alquilados por sus amos o pertenecientes al establecimiento, simplemente.

Tras la desmembración del Imperio, y debido a que las comunidades-villa reconstruidas por los bárbaros al modo romano requerían una importante mano de obra, el antiguo esclavismo organizado fue sustituido por su forma rural, la servidumbre; estos únicos centros de actividad ―junto con las abadías, verdaderas células económicas, y regidas por la misma clase social―, con la excepción de una mediocre vida urbana, organizaban la agricultura de cara a una economía de subsistencia; y todo, desde el hilado hasta la confección de ropa, procedía de talleres femeninos, gineceos puestos al día.
Aún en el siglo pasado, las pastoras de las comunidades rurales recogían, cuando llevaban sus rebaños de vuelta, los mechones de lana prendidos en los arbustos que bordeaban los caminos; iban poniendo estos mechones en un canastillo para, al final del año, poder tejer las prendas de su ajuar.


Y en cuanto a lo "apropiado" de la hilatura para la debilidad femenina, resulta éste un mito de lo más canalla: el método tradicional para la obtención del lino, por ejemplo, consistía en mantener las plantas en la tierra para que fermentaran con la humedad ambiente, o bien sumergiendo los tallos segados en agua para que, mediante un sistema natural de putrefacción, quedara la fibra libre de celulosa y otras impurezas. A continuación se lavaba, se secaba, se hilaba y se tejía.
No debemos engañarnos, por lo tanto, acerca de la liviandad del trabajo textil respecto del realizado en las minas o las canteras; en los siglos de la Revolución industrial los trabajadores textiles proclamaron sus reivindicaciones mucho antes que otros proletarios de oficios tan penosos como el minero o el metalúrgico, y no por capricho.

El enriamiento ―meter "en-río"―, proceso que consiste en la pudrición de los tallos de la planta ―lino, cáñamo o esparto― al provocar la descomposición parcial de la goma o cemento que une las fibras entre sí y a la corteza leñosa, es un sistema que provoca un hedor insoportable en un amplio entorno... en el centro del cual hacían su vida "normal" los artesanos; si a esto añadimos que, hasta el siglo pasado, el tejido y la hilatura del lino se efectuaban en lugares húmedos, oscuros e insalubres, es decir, en cuevas, para que los hilos se mantuvieran muy flexibles, podemos hacernos una idea ―sin contar con la añadida pestilencia propia del teñido― del sufrimiento inherente al trabajo textil, normalmente realizado por esclavos y mujeres.


En el caso del esparto, además, es un sufrimiento incrementado por el nauseabundo polvo que este material desprende en seco, causante de alergia y vértigo.
«Las abuelas hilan en exclusiva lo más noble del cáñamo, el 'brin', a causa de su experiencia… sólo que a su edad ya no tienen bastante saliva en sus bocas desdentadas para mojar el hilo, ni siquiera masticando la tradicional pera secada en el horno; por eso se mojan los dedos en el agua contenida a tal efecto por la escudilla de hierro del morillo…» (Antoinette Cougnoux: El ajuar en Limoges).

Mucho nos tememos que en el resto de las fibras ocurriría a algo similar; por ejemplo, después de lavarlas con detergentes y carbonato de sosa, las fibras de lana presentan un aspecto muy blanco pero muy enmarañado: si hoy el cardado consiste en la utilización de cilindros con dientes de acero girando a gran velocidad, antiguamente el esta operación se llevaba a cabo con ayuda de cardos, una planta cuyo cultivo hizo la fortuna de varias zonas euroasiáticas.

«El trasgo o trasgu es un hombrecillo negro oriundo de Asturias. Pequeño, de ojos vivos y brillantes, de sonrisa maliciosa y aire burlón, es cojo además y viste traje encarnado, llevando un gorro del mismo color. El trasgu quiere fuego encendido en el hogar, y unas veces comete fechorías y otras hace servicios. Rompe cacharros, esconde objetos, revuelve la ropa, suelta y alborota a los animales domésticos, derriba los muebles y lanza gritos asustantes; pero, si alguien le agrada, limpia la batería de la cocina, ordena los cacharros, va por agua, hila el lino que la mujer de la casa ha dejado en la rueca al acostarse y enciende la lumbre» (Julio Caro Baroja: Las brujas y su mundo)




«Tiene Alcínoo cincuenta esclavas en su mansión: unas muelen el dorado fruto, otras tejen telas y sentadas hacen funcionar los husos, semejantes a las hojas de un esbelto álamo negro, y del lino tejido gotea el húmedo aceite» (Homero: Odisea)


«Entre los huzuls de las montañas de los Cárpatos, la mujer del cazador no debe hilar mientras su marido está cazando porque de lo contrario la caza dará tantas vueltas como el huso y el cazador no podrá darle alcance. Aquí también el tabú deriva claramente de la ley de semejanza.
Asimismo, en casi todos los lugares de la antigua Italia estaba prohibido por la ley a las mujeres hilar mientras transitaban por los caminos e incluso llevar husos en forma ostensible, en la creencia de que ello era perjudicial para los cultivos. Probablemente se pensaría que las vueltas del huso impedirían que los tallos de los granos crecieran erguidos». (James G. Frazer: La rama dorada)


4 Espinos y lianas



«…su esposa hizo a Helena bellos obsequios: le regaló una rueca de oro v una canastilla sostenida por ruedas de plata, sus bordes terminados con oro. Ofreciósela, pues, Filo, llena de hilo trabajado, y sobre él se extendía un huso con lana de color violeta. Y se sentó en la silla y a sus pies tenía un escabel» (Homero: Odisea)


Los pueblos más primitivos, pero también diversas especies de pájaros, son capaces de confeccionar cañizos, bolsas, mallas, cestas y cuerdas de la manera más sencilla entrecruzando paja, lianas, ramas y tiras de cuero.
El buen sentido nos lleva a admitir que su origen se hallaría en las cercas primitivas realizadas enredando ramas, lianas, cortezas o tiras de madera, destinadas a defender la entrada de los refugios bajo la roca o los límites de los campamentos.

En estos menesteres el espino prestó, en su condición de de material prefabricado por la madre naturaleza, una inestimable utilidad este que nunca fue olvidada, siéndole agradecida con la consideración de Árbol de Mayo ―en honor a la diosa Maya, patrona de la primavera― otorgada tanto al espino albar como al espino blanco, árbol sagrado a cuyo alrededor han brincado las mozas y a cuyo aceitado lomo se han encaramado los mozos de todos los pueblos europeos hasta hace bien poco.

También con lianas más o menos enredadas se interceptaban los ríos, para retener la pesca, y posteriormente se aplicaría el mismo principio a nasas y trampas. Estas uniones de diversos elementos se convirtieron en armazones sobre los que se extendían y fijaban pieles, ramas con hojas y manojos de hierba, antes de saberlas trenzar. Así se hicieron chozas y cabañas como las que se ven en todas partes.
Y el anudamiento constituye una de las técnicas más antiguas, por no decir la que más. Anudar pieles fue el primer modo de formar vestidos, un proceso que parece privativo del humano... hasta tanto no se descubra en algún nido de pájaro tejedor africano, o de golondrina. Mediante el anudamiento se posibilitó el invento de la red. Y del nudo deriva la costura, con la que se unen de verdad las pieles. El arte de tejer vendrá después por la simple comodidad de evitar separarlo de la cestería, a la que se halla íntimamente ligado.


Sin embargo, el "punto" es anterior al tejido, pues deriva directamente de la fabricación de las redes, en las que el entrelazamiento de los puntos podía llevarse a mano, prescindiendo del ganchillo o las agujas; con el tiempo darían lugar a la extensión de la malla en los ejércitos romanos, sobre todo dentro del cuerpo de caballería, donde los llamados catafractos vestían cota de malla de la cabeza a los pies, lo mismo que su caballo; el destacamento de los catafractos estaba compuesto por armenios y partos ―correspondientes, aproximadamente, a los persas―, aunque fueron los predecesores de los caballeros medievales. Las cotas de malla confeccionadas con acero forjado fueron de uso general a partir del s.XI, aunque en Oriente también existían desde la Antigüedad.

Al contrario que el tejido ―entrecruzamiento de dos sistemas de hilos, urdimbre y trama―, la malla es una tela de punto de un solo sistema rectilíneo de hilo, en el que cada vuelta se enlaza con la anterior mediante anillas  y que en sus orígenes, como de forma casera hoy, se tejía mediante un hilo continuo conducido por la punta de un ganchillo, de una aguja circular flexible o de dos agujas que almacenaban cada vuelta. La palabra malla viene del latín 'macula' y apareció en el s.XV, y lo mismo se usaba para mancha, para malla y maillot, que para magulladura.



Para la fabricación de útiles, la mayoría de los cuales tienen por objeto la obtención, tratamiento y cosido de las pieles, se empleaba como materia prima sobre todo el asta de ciervo o de reno, según las regiones, que se transforma en cuatro tipos principales: azagayas ―remates aguzados de armas arrojadizas―, arpones, agujas y espátulas.

En nuestro caso hemos de llamar la atención sobre las agujas, sorprendentes por sus reducidas dimensiones: su longitud no supera muchas veces los 3 centímetros, con un diámetro de ojo que no llega al milímetro. Desconocemos el tipo de material sobre el que se utilizaban, pero evidentemente contrastan con la idea tan extendida del tosco gañán paleolítico cubierto malamente de rudas pieles.
Aquel palurdo podía confeccionar ropas como las que usaban hasta hace no mucho los siberianos nativos, los esquimales y los indios americanos del Ártico o los indios cazadores de guanacos de la Tierra de Fuego. Otro de los aspectos resaltables en el desarrollo del hilado es que éste se dio en civilizaciones que no estuvieron en contacto.




He aquí los detallitos con que se puede decorar, y con que los romanos decoraban, un vulgar látigo de cuero. Ahora queda mucho más bonito.




El séptimo milenio constituye la fecha a partir de la cual ningún material procedente de las pieles aparece en las excavaciones. Esta es la fecha de datación de la lana hallada en el estrato más profundo de las excavaciones de Çatal Hüyük, en la Anatolia turca, donde ya se había encontrado trigo cultivado. Lo cual quiere decir que desde hace nueve mil años para acá, la piel y el cuero se han reservado únicamente para uso y disfrute de la nobleza y para el equipamiento militar de hombres y cabalgaduras. Naturalmente estas fechas siempre hacen referencia a los hallazgos más antiguos, que son los que marcan el ritmo y la localización geográfica del avance de nuestra cultura y civilización.


Recordamos esta circunstancia para señalar que en Europa, en cambio, las piezas de lana más antigua, encontradas en la década de 1920 en emplazamientos del norte de Alemania y sobre todo en las marismas danesas y suecas, están datadas ya en la transición hacia la Edad del Bronce, entre el 2500 y el 2000. A primera vista parecían tejidas con una mezcla de pelo de diversos animales salvajes, como renos, cabras o carneros, pero en 1938, fecha en que se lograron los primeros microscopios eficaces, se determinó que se trataba de pura lana de carnero, aunque se tratase de un carnero aún no tan "definitivo" como su ya milenario pariente del Oriente Medio.

Treinta años después estas observaciones fueron confirmadas mediante el empleo de los medios de investigación desarrollados mientras tanto por la industria nuclear. De la incomunicación y el reducido volumen de población dominantes en el continente europeo nos puede dar idea el hecho de que todos los vestigios exhumados en los palafitos suizos de la misma época son, en cambio, de origen vegetal, desconociéndose el uso de una lana que tan bien habría venido en aquellos climas.

Hemos de hacer hincapié acerca de la recientísima datación de todos los hallazgos arqueológicos realmente fiables, así como la estrecha relación paterno-filial ―motivo recurrente hasta el aburrimiento a lo largo de nuestros relatos― entre la investigación militar y la civil, representada en este caso por la que existió entre la preparación y despliegue de la II Guerra Mundial y el espectacular avance en la tecnología de las lentes y los aparatos de observación, cuyo icono más visible ostenta la casa Zeiss... por no hablar de la perfecta datación de los restos arqueológicos posibilitados por procedimientos desarrollados a partir del "complejo militar-industrial" creado tras Hiroshima y Nagasaki y Mururoa y Siberia y...

Con el desarrollo de la agricultura, los cultivos también producen hebras naturales para confeccionar vestidos, mantas, redes y cuerdas, en particular el algodón, el lino y el cáñamo. El ganado contribuye por su parte con la lana de la oveja y el pelo de la cabra. Una de las primeras plantas cultivadas en muchas zonas de América se plantaba con fines no alimentarios: la calabaza, que se utilizaba como recipiente. Era una planta-cacharrería, o planta del chino de la esquina.





Los milenios que nos tiramos usando de la cuerda en sus diversas modalidades de trenzado, y que empezaron decorando las vasijas prehistóricas, como aquí vemos, dejaron su recuerdo en frisos y relives de piedra o mosaico, y en la decoración en general que continúa de moda.



Es en esta época de formación de los primeros rebaños, cuando algunos pueblos descubrieron que era posible confeccionar un tejido sin hilar, trenzar ni tejer, mediante el apelmazamiento de mechones del pelo de los animales. Un tejido homogéneo, de mayor o menor espesor, y lo suficientemente sólido y flexible: el fieltro. Una leyenda atribuye su invención a unos camelleros del Asia Central que tuvieron la ocurrencia de forrar sus botas con una plantilla de borra de lana, la cual acabó aglomerándose bajo la transpiración y la presión del pie.
Aunque la superficie del fieltro obtenido ―suponemos que posteriormente por medios menos aromáticos― no permitiera la confección de piezas amplias de una vez, los trozos se unían según un patrón poco preciso para formar las diferentes piezas de abrigo e incluso en el empleo mobiliario, como alfombras y tapices.

Tenemos que incluir esa otra leyenda según la cual el fieltro tuvo su origen en el pisoteo de los animales, durante la travesía del Arca de Noé, sobre el colchón de vellones de lana que éste había dispuesto para comodidad de su zoo en las tarimas del paquebote. Ya te digo.
De hecho, fieltro deriva del germánico 'filt', y así, en latín tardío era llamado 'filtrum', de donde sale filtro, pues aquél también era usado para el filtrado de líquidos. Pero ni siquiera los científicos romanos conocían los orígenes del apaño:
«Las lanas prensadas sin más también forman un tejido y, si se añade vinagre, incluso resisten al hierro, es más, incluso al fuego en la última fase de su tratamiento. De hecho, la que se saca de los calderos de los lavaderos viene a servir de colchón; es un invento de las Galias, según creo; desde luego, hoy se utilizan nombres galos para distinguir sus tipos. No podría decir fácilmente en qué época se ha comenzado a usar; de hecho, los antiguos tenían un lecho de paja, como hay todavía ahora en los campamentos» (Plinio, Historia natural)



La lana tiene una connotación estereotipada que la identifica con la vida rústico-nómada de los criadores, en tanto que el lino expresa la urbano-sedentaria de los cultivadores. De nuevo la vieja rencilla entre Caín y Abel.
Y entre la amplia descendencia tecnológica del primero, y en cada uno de los tres principales focos de civilización ―la cuenca del Tigris-Éufrates, el valle del Nilo y el del Indo―, se produce la expansión de cada una de las tres grandes fibras textiles que los caracterizan: la lana desde Mesopotamia, el lino desde el Nilo y el algodón desde el Indo. En la próxima entrega nos dedicaremos a su descripción.



«Cuando Arcesilao III, rey de Cirene (s. -VI), fue expulsado por sus súbditos, su madre, Feretima, se refugió en la corte de Evelton, Rey de Salamina, en la isla de Chipre; y como aquélla no cesaba de pedir a este último un ejército para restablecer a su hijo en el trono, Evelton le envió una rueca y un huso, diciendo que aquél era el regalo más propio de su sexo que podía hacerle» (Enciclopedia Micronet)


5 Huyendo hacia el futuro

«Por grande que sea en estado, y por generosa que sea en sangre una mujer, tan bien le parece en la cinta una rueca como al caballero una lanza, y al sacerdote su hábito» (Pedro de Luján: Coloquios matrimoniales, fol. XXIV).


A principios del siglo XVIII en Inglaterra, comienzan a darse los primeros intentos de mejora tecnológica, pues fue en este país donde los avances en la agricultura habían permitido elevar sustancialmente la producción de fibras como el algodón, lo cual incentivó la optimización del proceso de tejido.

¿De qué manera? Pues como el algodón no se da en la fría y no muy poblada Britania, sino en sus enormes tropicales y diversas Indias (en donde no existían fábricas, ¡las cosas necesarias siempre están en otro lado!), sobraba materia prima y faltaban trabajadores.

Por tanto, se procede a ¿subir los jornales para que los agricultores ingleses acudan al reclamo? Ni hablar, a dónde iríamos a parar: Se clausuran por ley los cultivos británicos (y se importan sus productos mucho más baratos de las colonias, y con mayores beneficios además) y se embargan ―o requisan, o confiscan, o incautan, o decomisan, o como mejor prefieran― las tierras a los campesinos; y así estos, libremente, acuden a mendigar trabajo a las flamantes hilaturas industriales urbanas (aconsejo vivamente buscar enclosures, en Google por ejemplo ―los resultados de interés vienen en español castellano, no se preocupen, que se entiende todo)... (¿han visto, o incluso leído, Oliver Twist?).

En los libros tales eventos son agrupados bajo el glorioso título de "Revolución Industrial". Los economistas lo llaman "Liberalismo Económico". Los sindicalistas te lo explican por lo bajini: "para hacer tortilla no hay más remedio que romper huevos". Y así es como funciona el Progreso.




La necesidad de dichos cambios también se vio impulsada alrededor del año 1700, cuando los textiles importados de la India empiezan a reemplazar a los europeos en los mercados internacionales, debido a su alta calidad y bajo costo. Los objetivos de los productores ingleses fueron entonces incrementar la producción y reducir los costos a través de la sustitución de procesos manuales por operaciones mecánicas más efectivas.
Y la medida más efectiva que ingeniaron por de pronto los políticos británicos responsables del "protectorado" indio, a la espera del correspondiente avance por parte de la tecnología británica, fue la requisa (o embargo, o confiscación, o incautación, o decomiso, como más les guste) sistemática y generalizada de todos los telares ruecas y husos que en manos de los habitantes de la India (uno en cada hogar), permitían subsistir dignamente a las familias del subcontinente indio, en limpia competencia internacional.

En 1733 el inglés John Key patenta, por fin, la lanzadera volante (flying shuttle), un mecanismo de palancas que empujaba la lanzadera a través de una guía, con lo cual la trama era manejada por un solo trabajador… y aquellos miles de obreros que libremente habían abandonado sus granjas confiscadas,  ahora, también libremente en un mercado libre, por supuesto, tienen que emigrar a América a crear un nuevo mundo estadounidense, todavía más libre y más moderno y más mejor. Así funciona el Progreso.


«Rueca que amas la lana, de Minerva / la glauca don, que de prudentes / hembras eres trabajo amado… A Nicias, de las gracias dulce planta, / y a ti bien trabajada hermosa rueca / de marfil, llevaremos a las manos / de la esposa de Nicias. Y con ella / acabará mil obras para vestidos / de los varones, y labores varias / para enaguas que llevan las mujeres. / Y en un año dos veces trasquiladas / las ovejas serán para Theugenis / de bellos pies, según que es hacendosa, / y ama lo que las sabias. Ni he pensado / darte a una casa ociosa y / holgazana…
Y en Mileto, la amable con los jonios, / habitarás porque en su pueblo mismo / Theugenis tenga su preciada rueca, / y le seas memoria de continuo / de su huésped amigo de cantares. / Y dirá alguno así cuando te vea: / Cierto que es gran favor de don pequeño; / pero de amigos, todo es de honor, digno»
(Teócrito de Siracusa, s.-III: Idilios, XXI: La rueca. De la composición que acompañaba al regalo de una rueca de marfil a la esposa de su amigo Nicias)



«Con una población de 100.000 habitantes la ciudad india de Sircilla es un importante centro de tejido a telar mecánico situada en el distrito de Karimnagar de Andhra Pradesh. El tejido a telar manual se desarrolló en la ciudad de Sircilla en los años 20. Con el tiempo, los hábiles tejedores desarrollaron diseños únicos y un nicho de mercado para sus productos…

En los años noventa el gobierno, con el objetivo de incrementar la producción, estimuló a los telares mecánicos para modernizar la tecnología, y se asignaron fondos para ello. También se dieron subsidios para importar telares. Pero los políticos no consideraron el asunto en su totalidad. Por ejemplo, el hilo del algodón natural extra largo cultivado en la India no es apropiado para los telares importados. Asimismo, no consideraron la disponibilidad de energía y agua que se necesitan para hacer funcionar los telares con toberas de agua…
El resultado de eso es que los tejedores no tienen trabajo, sueldos ni medios sostenibles para alimentar a sus familias o a sí mismos…

Cuando los hombres se suicidan por el desempleo y deudas, las mujeres en las familias que nunca han trabajado por un sueldo se ven forzadas, por estas adversas circunstancias, a trabajar en la industria del Beedi. El Beedi es un cigarrillo liado a mano y el ingreso mensual por hacer esto no es suficiente para alimentar a las familias y las mujeres se enfrentan al hambre y se ven amenazadas por la inanición. En Sircilla unas 5.000 viudas trabajan en la industria del Beedi» (Carta de la FIAN al Primer Ministro de Andhra Pradesh)


«Necesidad o virtud, en cualquier caso las alusiones a las funciones "propias de su sexo", identificadas con el gobierno de la casa, el coser y, de manera específica, el hilar y el devanar, el ejercitarse con el huso y la rueca, se hacen siempre presentes y estructuran un programa de vida. Así lo había expresado Erasmo, en su coloquio El abad y la erudita, al afirmar que "las armas de las mujeres no han de ser sino la rueca y el huso", y lo repetían otros autores españoles: "Y demás desto, si la casada no trabaja ni se ocupa en lo que pertenece a su casa, ¿qué otros estudios o negocios tiene en que se ocupar?''… (Fray Luís de León: La perfecta casada)».

Les costó mucho tiempo desprenderse de la vieja rueca, entre otras cosas, porque, con ella a la cintura y con el huso en la mano, podían perfectamente desempeñar otras tareas»
M. Victoria López-Cordón Cortezo: La rueca y el huso o el trabajo como metáfora)



Sed buenos, si podéis
……………….«. . . porque el pensar y el ser son una y la misma cosa» (Parménides)



2 comentarios:

LOLI dijo...

muy interesante, siempre creí que la rueca era la rueda para hilar y no la vara donde se pinchaba la lana y desde allí el fuso al rodar iba hilando.
felices fiestas de una asturiana algo novata por estos lares

Angel Molledo dijo...

Ante todo, Loli, muchas gracias por tu atención y por tu felicitación navideña. Yo también te deseo felices pascuas.
Estoy a punto de sacar la segunda parte de esta entrada en cuanto termine la selección de imágenes, un par de días, supongo. Creo que la gran mayoría de la gente piensa igual que tú. Como escribo arriba, la rueca y el huso son ya cosa de museo o de artesanía muy muy especializada. De todas formas no creas, que yo tampoco soy un experto en estas cosas. Mi interés por el hilado, o los caballos, o lo que sea, se centra en los detalles que hayan sido importantes para la forma de vivir de la gente y no sólo en su forma de trabajar. Lo cual no quita que me documente y me informe para poder tratar seriamente cada tema pese a las pequeñas bromas de las que puede que abuse en alún momento... Es una cuestión de respeto a quien tenga la amabilidad de leerme, como tú. Muchas gracias de nuevo, y mucha felicidad.

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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).