«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

27 ene. 2010

De las Once Mil vírgenes

En la entrada nº 4, relativa al Camino de Santiago, cotilleábamos acerca de san Juan de Ortega, sacándole punta a su viaje por Palestina a cuenta de los suvenires que en forma de reliquias de santos y otros personajes celestiales de allí se trajo (la lengua de uno de los Santos Inocentes figuraba en la colección). Hoy queremos recordar que entre aquellos restos necrológicos también se encontraba la calavera de una de las Once Mil vírgenes que acompañaban a santa Úrsula, un hallazgo al que adjuntábamos una nota a pie de página que hoy queremos completar y sobre todo revisar.






(Arriba, Martirio de Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes, de Rubens. Izquierda, busto relicario de santa Aurelia de Estrasburgo, s.XVI, sita en la capilla del Salvador de la iglesia de Medinaceli, Soria; la de santa Aurelia era una de las cuatro cabezas de acompañantes de Úrsula que Carlos I de España regaló a su secretario, Francisco de los Cobos, en 1521... junto con la cédula de autenticidad de las reliquias. Derecha, relicario de santa Úrsula, s.XIV, en Castiglione, Florencia. Debajo, relicario de santa Úrsula, s.XVII, perteneciente al Real Monasterio de Sahagún, en León)






1 De las Once Mil vírgenes, entre otras
«A semejanza de otros muchos héroes, se consideraba milagroso el nacimiento de Atis; su madre Nana, una virgen, le concibió al poner una almendra o una granada en su regazo.
Tenemos por cierto que en la cosmografía frigia se representaba como un almendro al padre de todas las cosas, quizá a causa de ser sus delicadas flores sonrosadas uno de los primeros heraldos de la primavera, haciendo su aparición en las ramas todavía desnudas de hojas. Estas historias de madres vírgenes son reliquias de una época de ignorancia infantil en la que los humanos no habían reconocido aún como causa verdadera de la preñez la cópula intersexual» (James G. Frazer: La rama dorada)

Parece ser que la leyenda de las Once Mil Vírgenes, "que murieron por defender su castidad", nace de un error de lectura de un manuscrito que relataba el martirio de once muchachas en la ciudad de Colonia por las huestes de Atila en sus correrías por Europa hacia el año 450.
"La tal princesa tenía por curioso nombre Úrsula, que en latín significa Osita. Quizá la llamaba así su padre, pero así se quedó", decía yo en aquella nota en un toque de pánfila ignorancia que hoy me propongo enmendar, pues tal nombre oculta una enjundia que bien merece ser puesta de relieve.
Pero recordemos primero el origen del desmedido número de vírgenes y su circunstancia, un tema menor en este artículo por más que constituya su reclamo.

Es posible que, de acuerdo con una tradición, realmente hubiera un grupo de "vírgenes" formando parte del séquito de alguna princesa inglesa que se desplazara hasta la ciudad de Colonia, por cierto, sin familia ni escolta, para casarse con un rey o reyezuelo sajón llamado Conan. Existe en Internet un serio asequible y no muy extenso relato de los vericuetos históricos de la leyenda de santa Úrsula, disponible en el artículo de Albert Poncelet, Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes.
Según se detalla en el mismo, entre otras hipótesis, el error procede «de la abreviatura XI.M.V. (undecim martyres virgines), mal interpretada como undecim millia virginum»: es decir, mil en números romanos es 'M', pero también mártir o mártires, y "XI M V" pretendía decir "once mártires vírgenes" en abreviatura, pero por estar las letras demasiado juntas lo que acabó diciendo fue "XIM V". Total vírgenes.- once mil. Naturalmente, ya puestos y por el mismo precio, junto a Úrsula canonizaron no a otras once sino a otras once mil. Papeles para todas, como se dice hoy por aquí.
Como consecuencia, en los relicarios de medio mundo se guardan cráneos órganos y pelo como para concentrar Once Millones de vírgenes el día del Juicio Final.

(Otra de las hipótesis que se barajan es que de las once acompañantes (Sencia, Gregoria, Pinnosa, Martha, Saula, Brítula, Saturnina, Rabacia, Saturia, y Paladia) la última en ser nombrada se llamaba Undecimila ―que se añadía a la lista del anterior paréntesis, para cuadrar balance―, apelativo por el cual se dedujo el abultado y erróneo número total. Pero si romano quiere parecer tal apelativo, Undecimila, ya vimos en la anterior entrada que en Roma al niño que venía tras el número diez (o sea, tras Decimito) se le llamaba Numerio o Numeriano ("numeroso"); y eso dejando aparte que para cuando Atila las niñas aún continuaban careciendo de nombre propio. En fin, dejémoslo definitivamente).

Mil años después, en 1535, Ángela de Merici (en la imagen izquierda) fundó en su recuerdo la Comunidad de Hermanas Ursulinas, que fue la primera congregación religiosa femenina dedicada a educar niñas... porque, como dice un santoral, "lo que más le impresionaba a Ángela de Merici era que las niñas de los campos y pueblos que visitaba no sabían nada o casi nada de religión, por lo que organizó a sus amigas en una asociación dedicada a enseñar catecismo en cada barrio y en cada vereda". Por algo se empieza. Al fin y al cabo, también la universidad y la imprenta se crearon con el mismo fin.


«La condición de parthenos ("virgen") que corresponde a tres de las cinco diosas mayores (Atenea, Artemisa, Hestia), podría no designar tanto virginidad física como pertenencia a culturas prehelénicas que los invasores aqueos asimilaron parcialmente al desposarse con reinas y princesas locales. Parthenos significaría entonces "indómita" (admetis), formada en tradiciones de prostitución sacra y, por eso mismo, activa en vez de pasiva sexualmente, no ceñida a lo maternal-doméstico» (Antonio Escohotado: Rameras y esposas)



2 La Úrsula nórdica
«El himen no es más que una frágil telilla cubierta de gruesas ideas» (Ifigenio Amezúa, sexólogo)

Demos de lado la guasa, más que ironía, de la pregunta literaria de Jardiel Poncela (Pero hubo alguna vez once mil vírgenes?). Dejemos también para foros más selectos el polémico concepto de virginidad (una interesante e interesada manipulación o elaboración de virgen, traducción de 'virgo, virginis', originariamente y sin más, muchacha, púber; discretamente, con el tiempo virgo ha devenido en sinónimo de himen, "repliegue membranoso que cubre la vagina virginal", del griego 'hymen', membrana). Pero en este mundo nada existe porque sí, así pues la persistencia del runrún acerca de santa Úrsula, dejando aparte su anecdótica y multitudinaria comitiva, tiene que tener unos motivos hondamente legendarios o mitológicos más consistentes cuanto más nebulosos son los históricos.
Por parte de padre, es decir, en cuanto a su territorio de origen, la imagen de Úrsula fue asimilada con la de la diosa germana Freyja o Freya, protectora de las doncellas vírgenes a las que recibía en el ultramundo si fallecían sin haberse casado. Aunque sería más razonable decir que ocurrió a la inversa: la imagen de la extinta diosa Freya se incorporó en o a Úrsula.

(Freya según una estatua de bronce del s.XI procedente de la provincia sueca de Södermanland)


Según cuentan las Eddas (recopilaciones islandesas medievales que forman el corpus de la mitología nórdica), Freya es la diosa del amor la belleza y la fertilidad. En este aspecto, y en función de determinadas variantes regionales de su nombre, como Frigg o Frija (también Brigit en Irlanda), le fue dedicado el quinto día de la semana; el que los latinos llamamos Viernes en honor a Venus (una ocurrencia del relativamente cristiano emperador Constantino para nuestros paganos días de la semana) y los nórdicos llamamos Friday en honor a Freya
Es por esto que la gente la invocaba para obtener satisfactorios coitos, asistencia en los partos y rendimiento en los campos. Igualmente era asociada con la guerra, la muerte, la magia, la profecía y la riqueza. En definitiva, era una diosa todo-terreno, es decir, había sido una ancestral diosa-madre pero con la crisis del matriarcado los nuevos patrones la habían rebajado el título y el sueldo, pero no el trabajo. Son las cosas que ocurren con las crisis en todas partes.
Dicen que Freya era también llamada Horsel o Ursel, aunque tal equivalencia podría muy bien ser una forma de nadar en aguas cristianas y guardar la ropa pagana. O viceversa.


La iconografía de Freya es bastante peculiar: como aquí vemos encima, la diosa se desplaza en un carro tirado por gatos, una representación que la vincula aún más con Artemisa, cuya diosa homóloga egipcia, aunque muy anterior a ella, era BastBastet , imagen derecha, personificada como mujer con cabeza de gato o como gato de cuerpo entero (los antiguos egipcios se quejaban con razón de que los antiguos griegos se dedicaban a copiarles descaradamente; se ve que echaban de menos una sgae, una "oficina de registro de la propiedad intelectual" o cualquier engendro de este tipo... que de haber existido hubiera hecho imposible o al menos improbable la cultura occidental tal y como la conocemos); con este vehículo, aun a riesgo de ir arrastrando los pies en los aterrizajes, Freya parece reivindicar una línea de ascendencia directa con Egipto en paridad con Artemisa.




3 La Úrsula helénica
«Artemisa, hermana de Apolo, está armada con arco y flechas como él; posee el poder de producir pestes y la muerte súbita entre los mortales y también el de curarlos. Es la protectora de los niños pequeños y de todos los animales que maman, pero también le gusta la caza, especialmente la de venados» (Calímaco: Himno a Ártemis)

Por sus atribuciones, Freya es una deidad paralela a la griega Artemisa, la cual era el ascendiente mitológico de Úrsula por parte de madre. Quizá resulte sorprendente y forzada la conexión entre la santa británica y la diosa griega, pero hay que tener en cuenta que Artemisa apenas perdió su prestigio en el mundo romano en lo tocante a los embarazos y los partos, por más que fuera Juno quien ostentara la titularidad protectora en obstetricia y ginecología. Mucho más consistente que su homóloga romana, la decorativa volátil y prescindible Diana, Artemisa era todo un carácter, y fue tan respetada en el Olimpo como temida y venerada por los helenos de todos los tiempos, y si bien no podemos decir que Úrsula fuera la hermana nórdica de Artemisa, como lo era Freya, sí podemos afirmar que era su ahijada de acuerdo a una estrecha relación que luego veremos. Además, Artemisa y Úrsula comparten un detalle iconográfico muy característico: las flechas.



Parece que Úrsula murió de un flechazo propinado por el frustrado Atila. Y si bien es cierto que en cuestión de flechas, la diosa las lanza y la santa las recibe, resulta que en iconografía el medio es el mensaje, como decía Marshall McLuhan. De hecho, aparte de la flecha de Úrsula, el único atributo de Artemisa heredado por el cristianismo ha sido el arco, el cual figura sublimado en forma de luna en ciertas vírgenes renacentistas o barrocas, como las de Murillo, por ejemplo. Se recupera paradójicamente por esa vía el carácter primigenio lunar que tuvo Artemisa y su relación directa con el menstruo, carácter que había perdido con la imposición del patriarcado, el cual transformó… su luna en arco.




«Las aves con yelmo que aparecen en las monedas estinfalias son espátulas, primas de las grullas, que aparecen en tallas medievales inglesas chupando el aliento de enfermos. Son en realidad sirenas con patas de ave, personificaciones de la fiebre. Ártemis era la diosa que tenía el poder de infligir o curar la fiebre con sus "flechas misericordiosas"» (Robert Graves: Los mitos griegos)


El culto de Artemisa estuvo profundamente imbricado en la vida íntima de las mujeres griegas, teniendo una remota tradición los de carácter específico que recibía en determinados santuarios, tales como en el de Brauron, en el Ática, en el que tenía en la propia Acrópolis de Atenas (imagen inferior), en el de Táuride y, por supuesto, en Éfeso. En cada uno de ellos se celebraban ceremoniales diferentes, muy concretos, pero unidos sutilmente por un hilo de referencia que, en ocasiones, sólo a duras penas podemos rastrear. (Pilar González Serrano: Consideraciones iconográficas sobre la Ártemis efesia)


Pero su hogar matriz ateniense estuvo en el hoy yacimiento arqueológico de Brauron (imagen inferior y siguiente izquierda), en la actualidad Vraona, a unos 40 km al este de Atenas, en la costa este del cabo Sunion y aproximadamente en la misma latitud que el Pireo, aunque en su costa opuesta.
El lugar consiste en una pequeña colina de 40 m en cuya falda norte se encuentra el santuario, que estuvo a orillas del mar en la época clásica pero que los aluviones del inmediato río Erásino han alejado unos 500 m.
El santuario está integrado por un templo y un altar, y una fuente sagrada y un pórtico con habitaciones y almacenes de ofrendas; y en una cueva derruida, la tumba de Ifigenia junto a la casa de las sacerdotisas.
Pero igualmente nos contentaremos con mencionar que también a Ifigenia (prima de Helena de Troya, hija de Agamenón y hermana de Electra y de Orestes) estaba dedicado el santuario de Brauron, en el cual murió tras de ser la principal sacerdotisa de su deidad principal, la Artemisa Brauronia.

(Los dos últimos párrafos están extractados del nº 216 de Revista de Arqueología así como los siguientes, en los que he intentado esquematizar en lo posible la información publicada).



4 La Artemisa Brauronia
«Ártemis exige a sus compañeras la misma castidad perfecta que practica ella. Cuando Zeus sedujo a una de ellas, Calisto, hija de Licaón, Ártemis observó que estaba encinta. La transformó en una osa, llamó a la jauría y Calisto habría sido perseguida y destrozada por los perros si no la hubiera acogido en el Cielo Zeus, quien luego puso su imagen entre las estrellas» (Higinio: Astronomía poética)

En particular, la fuente sagrada ha proporcionado miles de exvotos, objetos tomados de la vida de la mujer ateniense, como espejos de bronce, anillos, gemas, escarabeos, estatuillas, muñecas, vasos, casi todos datados antes del -480, protegidos bajo el barro acumulado tras una inundación del Erásino que obligó al repentino abandono del asentamiento.
Entre las piezas más importantes halladas en este lugar destacan las pequeñas crateras y fragmentos que representan misterios y ritos llevados a cabo en este lugar. En algunas aparecen niñas desnudas corriendo, en tanto que otra muestra una procesión de jóvenes en vestido corto que se dirigen hacia el altar de Artemisa en el que hay un fuego sagrado.
También se han hallado ofrendas de terracota en forma de palomas, cerdos, pasteles… todas ellas realizadas por gente humilde que no podía costearse las ofrendas auténticas. Quizá el material más interesante lo constituyan las numerosas estatuas de niños y niñas dedicadas a Artemisa e Ifigenia ya que el culto en el santuario era doble: Artemisa era venerada como protectora del crecimiento y maduración de las niñas, mientras que a Ifigenia se le ofrecían sacrificios y exvotos para propiciar los partos futuros y agradecer los exitosos.
De modo que es lógico encontrar esta serie de ofrendas escultóricas, tanto de niños como de niñas (como las que muestran las tres siguientes imágenes colaterales halladas en Brauron, entre ellas dos ositas, o como las denominarían posteriormente los romanos, dos úrsulas; también son úrsulas brauronias las dos últimas imágenes infantiles que cierran esta entrada). Son un poco mayores que el natural y están esculpidas en mármol. (Rev. de Arqueología nº216, p.p. 15-23)


(Niño con manzana y paloma, s.-IV, Museo de Brauron. Como «Señora de las Cosas Salvajes», o patrona de todos los clanes totémicos, se ofrecía anualmente a Artemisa un holocausto de animales totémicos vivos, aves y plantas)




El culto de Ifigenia parece consistir únicamente en la ofrenda de exvotos. Por el contrario, los festejos en honor de Artemisa eran más complicados y se dividían en dos celebraciones consecutivas: la primera relacionada con su advocación de diosa cazadora y la segunda con la de protectora de la mujer. Y también como celosa defensora de la castidad; el mito de Calisto, que encabeza este punto, tiene por finalidad explicar las dos niñas vestidas como osas que aparecían en el festival ático en honor de Ártemis Brauronia, y la relación tradicional entre Artemisa y la constelación zodiacal de la Osa Mayor, según nos cuenta el maestro Graves.


En el primer aspecto Artemisa es asociada con el oso, o mejor dicho, con la osa; aparte, o además, de sus similitudes antropológicas (su frecuente bipedismo, por ejemplo) ejerce una especial vigilancia y una feroz protección sobre sus crías. En otros santuarios de Artemisa se han hallado abundantes exvotos en forma de osa .
Como la osa domada o cazada, símbolo de la maternidad, la niña necesitaba una guía en su paso del estado "salvaje" de la infancia a la "doma", que significaba su entrada en la sociedad.
Es normal que los festivales cuatrienales celebrados en Brauron, de una importancia capital en el sistema democrático ateniense, fueran conocidos como arkteia, término derivado de 'arktós', oso, y las chicas consagradas a Artemisa se denominaran "osas".

Durante las arkteia las niñas atenienses abandonaban el mundo de la infancia y entraban en la esfera previa a la maduración que las llevaba directamente al matrimonio, su función en la sociedad. La representación ceremonial incluía una cacería en la que las niñas de 7-8 años, desnudas como al nacer, perdían simbólicamente su salvajismo quedando preparadas para adaptarse a su nueva situación, en el umbral de la madurez sexual.
El ceremonial femenino de Brauron era paralelo a las ephebeia celebradas por los niños, fundamentales también en el desarrollo social de los jóvenes. Y se podría decir que el ritual acentúa la aparición de la diferenciación sexual más que de la madurez.
El rito se completa con una segunda ceremonia en la que las niñas de diez años se vestían por primera vez el krokotós, un vestido ritual corto que simbolizaba el paso definitivo a la maduración que culmina en la primera menstruación.

Realizadas cada cuatro años, las ceremonias eran participadas por muchachas entre los siete y los diez años, implicándose así todas las niñas de Atenas. Pero dicho así, puede dejarnos la impresión de que estos ceremoniales resultaban ser un gesto simbólico de integración social, una una especie de puesta de largo en el salón del casino. Nada más lejos de la realidad:
«El ceremonial de la arkteia consistía, principalmente, en un baile ritual, en el que las jóvenes danzarinas iban vestidas con túnicas de color azafrán (el color sagrado en el ámbito litúrgico de la antigüedad hasta que se generalizó el uso de la púrpura) [pero que se siguió preservando en las bodas romanas] y llevaban máscaras de osas, al igual que la sacerdotisa que con un falo artificial, olisbos, se encargaba de romper el himen de las iniciadas para facilitar, posteriormente, sus relaciones conyugales.

Es posible que este ritual de iniciación se realizase ya en tiempos prehelénicos y en el interior de algunas cuevas tenidas por sagradas. En algunas de las existentes en Creta, hasta se han creído apreciar toscas esculturas, talladas en las propias rocas subterráneas y cuyas siluetas recuerdan a las de unos osos. El culto a estos animales se remonta al Paleolítico Superior, momento en el que el hombre se enfrentó a ellos por el dominio de las cuevas, por lo que no es de extrañar que su mítico recuerdo aún permanezca vivo en muchas culturas.
Su ancestral e inconsciente pervivencia en la mentalidad colectiva se pone de manifiesto en el hecho de que, aún hoy, se sigan regalando a los niños y niñas pequeños osos de trapo o de peluche, con los que muchos de ellos comparten su cama, sus sueños y temores infantiles, hasta etapas avanzadas de su infancia, resistiéndose, incluso, a su inevitable destrucción, cuando el deterioro del uso así lo exige». (Pilar González Serrano: Consideraciones iconográficas sobre la Ártemis efesia)

«Ártemis fue la hermana gemela de Apolo, y ambos, hijos de Zeus y de Leto, quien los alumbró en la isla de Delos (la brillante), después de superadas numerosas dificultades, todas derivadas de la persecución implacable a la que la sometió la celosa Hera quien, además, no consentía en enviar a su hija Ilitia, la diosa de los partos, en su auxilio.
El doble alumbramiento se produjo, por fin, en la ladera meridional del monte Cintio, bajo una frondosa palmera datilera, a la que se abrazó Leto haciendo presión en el suelo con las rodillas, para facilitar el parto. La primera en nacer fue Ártemis, quien, recién nacida, ayudó a venir al mundo a su hermano»


«A los meteoritos se les rendían con frecuencia honores divinos, y lo mismo a pequeños objetos rituales de origen dudoso, que podían explicarse como habiendo caído igualmente del cielo, como las puntas de lanza neolíticas cuidadosamente trabajadas, identificadas con los rayos de Zeus por los griegos posteriores (como a las flechas de pedernal se las llama "proyectiles de los elfos" en el campo inglés), o con los almireces de bronce ocultos en la cofia que llevaba la imagen de la Ártemis efesia.
Las imágenes mismas, como la de Ártemis Brauronia y la de madera de olivo de Atenea en el Erecteón, también, según se decía, habían caído del cielo a través de un agujero en el techo. Es posible que la imagen de Braurón contuviera un antiguo cuchillo de obsidiana destinado a los sacrificios —la obsidiana era un vidrio volcánico de la isla de Melos— con el cual se cortaba el cuello a las víctimas» [… o se incidía en el himen de las iniciadas]. (Robert Graves: Los mitos griegos)


«El nombre del mineral leucófana es epónimo del epíteto de la Diosa Artemisa LEUCÓFANA / Leucofirena en Magnesia, Lidia.
El mineral tauriscita deriva del epíteto de la Diosa Artemisa TÁURICA / Diosa Brauronia / Artemisa Brauronia adorada en La Táuride como areolito caído del Cielo.
Los minerales auralita, auricalcita deben su nombre a las AURAS / Ninfas aéreas de la comitiva de la Diosa Artemisa»
(Francisca Martin-Cano Abreu: Epónimos femeninos de PIEDRAS)



5 Dando la Nota al pie de página
«HE SIDO DEDICADA A LA DIOSA, QUE GOZA LANZANDO SUS FLECHAS LEJOS, POR NICANDRA HIJA DE DEINODICOS DE NAXOS, LA MEJOR DE ENTRE LAS MUJERES, HERMANA DE DEINOMENES, Y AHORA ESPOSA DE FRAXOS» (Inscripción grabada en el lado izquierdo de la llamada Ártemis de Delos (Museo Nacional de Atenas), figura de la izquierda, estatua de caliza de unos 75 cm de altura, erigida como exvoto por Nicandra, la naxiana, en honor a la Artemisa de la isla de Naxos)

En definitiva, espero haber purgado mi deficiente nota a pie de página en la entrada cuarta de este blog. La tal princesa tenía por piadoso nombre Úrsula, que en latín significa Osita. Pero no porque quizá la llamase así su padre, sino porque, como todas las ositas, con toda probabilidad respondía al cumplimiento de una promesa hecha a la Virgen de Brauronia llamada Artemisa o llamada Ifigenia ―o a la Virgen Freya llamada Ursel― durante un parto o un embarazo problemático, promesa refrendada con la garantía de un retrato escultórico u otro costoso exvoto depositado a los pies de su altar, helénico o nórdico.





 Existiera Úrsula o no, la amplia extensión de su nombre, en épocas pasadas donde la elección del nombre era un asunto terriblemente serio, manifiesta la decidida voluntad subliminal de las gentes en conservar unas advocaciones que en el Norte y en el Sur les han proporcionado respuesta y consuelo desde la Era de las Cavernas.





¿QUÉ fiebres, qué cuartanas? Me destemplo,
me exalto y emociono en el paraje.
¡Viva lo franciscano y su linaje!
¿Qué nace aquí? El tipo y el ejemplo

de la dulzura convertida en templo.
¡Tú, que nos asustabas, por salvaje,
por selvatiquez! Amo este paisaje,
la madre dadivosa que contemplo.

¡Ay, amoroso engaño! ¡Besos, mimos
junto al mar! Los ex-votos son de arcilla.
son juguetes sin más, animalitos

donados por los niños. Bendecimos
tu nombre, si así llega a nuestra orilla
la mágica ternura de tus ritos.

(Aurelio Valls: ARTEMIS BRAURONIA (Templo clásico en Atica,
santuario amado de los niños, que le donaban juguetes y animalitos))
(Retorno a la poesía, Ed. Adonais)



Sed buenos, si podéis
……………….«. . . porque el pensar y el ser son una y la misma cosa» (Parménides)


10 ene. 2010

De la Familia y el Servicio


«…como cualquier herrero calvo y bajito, que, tras hacerse con un poco de dinero, acaba de salir de sus cadenas y, lavándose bien en los baños, se viste como un novio en el día de la boda, dispuesto a casarse con la hija de su amo, que se ha empobrecido y se ha quedado sin amigos. ¿Qué saldría de semejante matrimonio sino una serie de bastardos despreciables?... » (Platón, República, VI.495c)

«Constituye un lugar común pacífico entre los juristas la convicción de que la familia es una institución de derecho natural», hemos leído en la presentación de alguna tesis doctoral.
Sin embargo, actualmente vivimos en una crisis que a nosotros nos parece horriblemente profunda, aunque los historiadores del futuro ni siquiera repararán en ella. Es una crisis no tanto económica como sobre todo social. Poca cosa parece por cuanto mientras las muchedumbres siguen abarrotando estadios y playas, los pilares del capital continúan dorándose y engordando (todavía ningún banquero se ha tirado desde la ventana del Ritz; por el contrario, se han alquilado unas suites más caras y más altas). Y entre las minucias que se encuentran en entredicho parece estar la familia tradicional (levantarme siempre tarde, y un perrito que me ladre, ¡ay, la familia!).

El siniestro propósito de esta entrada es poner en evidencia desde sus más tiernas raíces la oscura genealogía de la institución, por cuanto sus antecedentes son más bien penales que angelicales.

Para empezar sólo insinuaremos que, a pesar de que actualmente nos parece una expresión entrañable y natural de toda naturaleza, el término familia ―sagrado donde los haya, con su olor, sabor y calor de refugio  de parados, separados y nietos en trasiego precario― no adquiere hasta mediados del s.XIII el significado tan obvio que a todos nosotros nos parece tener.
Tuvo que periclitar la sociedad feudal a manos del Renacimiento burgués para que fuera blanqueado el denigrante sentido original con el que Roma creó la palabra familia: "conjunto de fámulos" de un señor―fámulo, criado, derivado de 'famulus', sirviente, esclavo―, respecto del cual es su 'patronus', su patrón; patrón, un derivado de padre que sigue conservando aquel sentido en el atormentado submundo del jornalero actual.


«Familia.- etimol.: 1220-50. Tom del lat. 'familia', primitivamente "conjunto de los esclavos y criados de una persona", deriv. de 'famulus'.- sirviente, esclavo». (Joan Corominas: Breve Diccionario Etimológico)


Y dado que Roma nos legó término e institución, será de ley advertir que, para empezar, el sentimiento generalizado acerca del matrimonio ~gérmen de la familia~ entre las clases altas era el expresado por el noble, por el senador, Metelo Numídico:

«¡Ciudadanos, si pudiésemos vivir sin mujeres nos veríamos libres de una terrible carga! Pero como la naturaleza ha hecho que no podamos vivir cómodamente con ellas, ni arreglárnoslas tampoco sin ellas,  debemos considerar las ventajas a largo plazo antes que la agradable convivencia del momento...» (Aulo Gelio: Noches áticas)

Así pues habremos de creer a Tito Livio cuando en su Historia de Roma nos cuenta que en -331 unas ciento setenta mujeres de familias principales  fueron condenadas por envenenar a sus maridos... ¡Bien por nuestras abuelitas!
Sin embargo, para las clases bajas (el 80% de la población imperial, unos 50 millones de personas, ciudadanos inclusive), el matrimonio, o más bien el emparejamiento, no era una cuestión de vivencias o convivencias más o menos triviales sino de supervivencia, es por ello que ¡en pleno apogeo de paz y gloria del Imperio! el concepto de familia como conjunto de servidores del paterfamilias se adaptaba entonces a una moral de guerra asumida por todos, aunque hoy nos resulte inadmisible y por mucho que giman quienes claman que vivimos en los peores tiempos de la Humanidad:

«Para la mayoría de las clases bajas pensar a largo plazo era un lujo que difícilmente podía permitirse: encontrar dinero para el alquiler, que en ocasiones había que pagar cada día; comprar el pan diario, único alimento a menudo; conseguir trabajo... En tiempos difíciles esto podía requerir medidas drásticas: dar menos comida a las mujeres o a los niños débiles para mantener fuerte a los varones productivos, comer bellotas... o vender a uno o más hijos como esclavos o prostitutas o, peor aún, a una banda de mendigos que los mutilarían torciendo sus miembros y cortando sus lenguas con el fin de aumentar su rendimiento mendicante...» (Jerry Toner: Sesenta millones de romanos)


Llegados a este punto, nuestra sensibilidad se rebela contra la etimología: ¡Alto ahí! ―exclamamos― ¿Cómo es posible? ¿Acaso los romanos, los griegos, y de ahí para atrás, carecían de nuestro sentido familiar?, ¿de algo que parece tan evidente en toda la naturaleza animal como el sentimiento paternal, maternal, filial y fraternal?
Pues, como ya hemos visto, la familia o conjunto de esclavos personales ―origen de lo que hoy se llama empresa― conformaba el núcleo del tejido productivo romano, pero para nada era el grupo de parientes consanguíneos más próximos dentro de una tribu, ya que eso es lo que en propiedad significa el clan (del muy posterior vocablo gaélico escocés 'clann', descendencia, hijos).
Y el clan fue la formación que en el mundo antiguo sustituyó a la gens ―cuyo derivado gente nos sirve hoy, paradójicamente, para designar al grupo de personas que nos son más ajenas―, siendo el sentido de aquél término, clan, meramente biológico. Pero precisamente por ello, por su carácter biológico, sirvió sobre todo para señalar la línea de transmisión del ''patrimonio'' ―conjunto de propiedades de los padres-patrones―, así como para configurar las uniones o alianzas con otras gens mediante "matrimonio'' ―que, ¡ay!, ya no se refiere a las posesiones de la madre, sino a la unión de personas de distinta madre-matrona―, con vistas a aumentar el patrimonio (y, secundariamente, evitar problemas de consanguineidad, su función original).


En el mundo grecorromano no existía el término clan, ni ningún otro sustitutivo similar, y aunque la organización social primitiva romana era prácticamente la del clan, se continuó llamando 'gens' a algo que había sido alterado patentemente en su contenido social, puesto que «para que exista un clan no basta con la mera consanguineidad. Todos los miembros del clan deben sentirse unidos por un parentesco estrecho, reforzado por el hecho de que cada clan posee un nombre, un símbolo (animal, planta u objeto), sus miembros visten una prenda reconocible y emplean en el trato términos de parentesco muy próximo aun para los parientes más lejanos... Los clanes se dan en cualquier tipo de sociedad, primitiva o desarrollada, aunque es en la zona intermedia de desarrollo cultural donde se encuentran los mejor trabados a causa de su estabilidad cultural y fijación de la residencia... » (Emile Durkheim: Las reglas del método sociológico)





ÍNDICE:

1. Del gen grupal       2. Del primitivo "matriarcado" nómada al patriarcado global     
3. Del Grupo a la Familia       4. De la familia en propiedad a la familia de sangre     
5. Del cabeza de familia       6. También es Cosa Nostra    
7. Nombres y Apellidos familiares 
      






1. Del gen grupal

Como comentábamos en la anterior entrega sobre Las Bellas Durmientes, los antropólogos siguen obstinados en encontrar las partículas elementales del big-bang humano y el momento del flash en el cual nuestra mente dejó la animalidad; y también en el campo de la familia persiguen los orígenes de la pandilla perdida, es decir, la época en la cual el hombre se decidió a colaborar con sus semejantes, como si tal colaboración no fuese un hecho constatable en una gran cantidad de especies, por no decir en la mayoría de ellas, y sobre todo en nuestros primos chimpancés, los cuales no sólo cazan juntos organizadamente sino que se turnan para patrullar los límites de su territorio en grupos de dos o tres individuos.
No obstante podemos leer a Rosa M. Tristán (periodista a quien merece la pena seguir asiduamente):
«Pero lo descubierto en Olduvai, el lugar donde Mary Leakey se tropezó con los primeros restos de un Homo habilis "Nos ha permitido constatar que hace 1,2 millones de años, los seres humanos empezaron a necesitar animales muy grandes porque la carne era fundamental en su dieta y para cazarlos necesitaban una estrategia, organizar la actividad de forma colectiva, lo que implica una mayor capacidad de comunicación verbal", apunta Domínguez-Rodrigo, paleontólogo de la Universidad Complutense». (Diario El Mundo/ Ciencia/Los humanos, cazadores natos, 4-enero-2010).

Realmente, los "lobos esteparios", por citar la psicología del conocido personaje de Hermann Hesse, que prefieren campar por su cuenta y riesgo sin perrito que les ladre, constituyen la excepción de la regla asociativa general de la Naturaleza. Se conocen agrupamientos de individuos "descerebrados", esto es, sin un centro neuronal reconocible, que viven, se mueven, actúan y se realizan como si fueran un solo gran animal: algunos son seres unicelulares, pero otros son pluricelulares, y con tal división de funciones entre sus subgrupos, que los elementos que componen éstos han evolucionado de una forma diferenciada. Unos y otros se desarrollan en el agua.
Hay un cierto paralelismo con los enjambres, con la diferencia de que los organismos particulares que forman aquellos individuos simples citados no se separan ni se desorganizan nunca; de hecho se supone que de esta manera se formaron los primeros tejidos, los cuales se agruparon constituyendo los primeros cuerpos vivos propiamente dichos.
En el caso humano, hoy se sabe que tal superación de la sociedad tribal ancestral supuso importantes rectificaciones en las conexiones neuronales de nuestro cerebro.

Y Susan Dudley, bióloga de la Universidad McMaster en Ontario, Canadá, ha descubierto en la balsamina, Impatiens pallida (imagen derecha), comportamientos sociales similares a los de los animales. Estas plantas son capaces de reconocerse entre sí, y cuando están rodeadas de familiares se relajan y hacen crecer menos sus raíces, mientras que junto a plantas genéticamente extrañas las extienden al máximo.


2. Del primitivo "matriarcado" nómada al patriarcado global
«Es sabido que en Lusitania, cerca de Olisipón [la actual Lisboa] y del río Tajo, las yeguas colocadas de cara al Favonio [el Céfiro, viento cálido del oeste] conciben con un soplo fecundante y que la cría se engendra y nace extraordinariamente rápida, pero no sobrepasa los tres años de vida» (Plinio: Historia natural, VIII-166)

Por no remontarnos al origen de las especies familiares dejaremos de lado los oscuros y milenarios períodos en los cuales «la transmisión de la filiación y de la propiedad, cuando la había, se efectuaba por línea materna, lo que se llama matrilinealidad, pues la madre es la única referencia indudable que poseían los hijos acerca de su ascendencia y parentesco» (F. Engels). Simplemente recordaremos que la causa de este proceso hereditario estribaba en que primaba por entonces una forma de "familia por grupos", en la cual no podía saberse con certeza quién es el padre de cada criatura pero sí se sabe quién es la madre.
Aun cuando cada madre llama hijos suyos a todos los de la familia común y tiene deberes maternales para con ellos, no por eso deja de distinguir a sus propios hijos entre los demás. Por tanto, está claro que la descendencia sólo pudo establecerse por la línea materna, y por consiguiente, sólo se reconocía la línea femenina.

Fíjense que el párrafo que abre este punto, relativo a las famosas yeguas lusitanas, está escrito en época de Vespasiano, ya casi a finales del s.I, por Plinio el Viejo, el naturalista más reputado de la Antigüedad tras Aristóteles. También Homero, mucho antes que Aristóteles, participaba de la creencia en el poder fecundador de los vientos (el Boreal, Bóreas, había sido el favorito en la preñez para la mujer) que todavía persistía en el caso de las yeguas. Adjuntamos un par de poéticas muestras homéricas para cerrar este segundo punto igual que lo abrimos. Aclararemos al respecto que para Homero la arpía (en griego 'hárpyia') es la personificación de los vientos huracanados... por más que haya pervivido como sinónimo de mujer malísima, sólo y exclusivamente femenino, por supuesto. Podarga significa "La de veloz pie".

De la forzosa referencia a la mujer como única línea genealógica disponible proviene seguramente la leyenda del primigenio poder tribal femenino, al confundir matriarcado (poder materno) y matrilinealidad (transmisión hereditaria vía materna).
Es sabido que tenemos una comunidad genética con chimpancés y bonobos (conocidos como chimpancés pigmeos) entre el 98 y el 99%; pero resulta que los chimpancés son unos bicharracos celosos y posesivos hasta la médula, a diferencia de los bonobos, que viven en un constante intercambio sexual haciéndose el bien sin mirar con quién. Y aunque los antropólogos se preguntan de cual de ambos extremos estaremos más próximos, si algo se ha podido establecer irrefutablemente, es que los celos son un sentimiento que se ha desarrollado relativamente tarde.

Lo mismo sucede con la idea del incesto. No sólo en la época primitiva, cuando la escasa población humana hacía que los encuentros tribales fueran escasos y temidos, eran marido y mujer el hermano y la hermana, sino que aun hoy es lícito en muchos pueblos en parecidas circunstancias un comercio sexual entre padres e hijos. La Biblia recoge el incidente de las hijas de Lot en un momento de crisis:

«Subió Lot desde Segor, y habitó en el monte con sus dos hijas porque temía habitar en Segor, y moró en una caverna con sus dos hijas. Y dijo la mayor a la menor: "Nuestro padre es ya viejo, y no hay aquí hombres que entren a nosotras, como en todas partes se acostumbra. Vamos a embriagar a nuestro padre y a acostarnos con él, a ver si tenemos de él descendencia"» (Génesis, 19, 31).

Por otra parte, de todos los mamíferos carnívoros (es decir, depredadores) que han existido sólo han llegado hasta hoy aquellos que adoptaron la costumbre de expulsar de la manada o grupo familiar a todos los machos a excepción del dominante. El resto fue desapareciendo a manos de la degradación física y de la falta de inmunidad ante enfermedades, factores ambos propiciados por la endogamia o la consanguineidad excesiva (así funciona principalmente la selección natural dentro de la evolución de las especies depredadoras; de la depuración de los hervíboros nos encargamos los carnívoros). Y así ocurre con los chimpancés y demás primates, en cuyas "tribus" ya procura el macho dominante que no circule más fluido seminal que el suyo.

Tal tiranía del macho alfa beneficia a la especie por partida doble: por un lado minimiza los riesgos inherentes a la endogamia, como hemos dicho; por otro, sus cromosomas son los mejores de la tribu, pues no se llega a macho alfa primate a base de fuerza bruta exclusivamente. La testosterona es crucial en otros mamíferos menos complicados neuronalmente, sin embargo en los primates la simple brutalidad es castigada por las hembras, que buscan alianzas con machos más sensibles (es decir, más perspicaces) para aislar al bruto indeseable... un instinto que debería aflorar en la hembra humana con más radicalidad. En definitiva, en los primates no humanos el macho alfa de la tribu no acaba siendo el más macho de la tribu, sino el mejor macho de la tribu, con lo que toda la tribu sale ganando.
Y aun teniendo en cuenta que mantenerse en el poder causa un estrés que pasa factura a la salud de cualquer líder o macho alfa... «los machos alfa son menos propensos a enfermarse y se recuperan más rápidamente de las lesiones y de las enfermedades que los machos de bajo rango. Los autores sugieren que el estrés crónico, la vejez y el mal estado físico asociado con el bajo rango pueden suprimir la función inmune en machos situados en la parte baja de la pirámide social»:

«El poder envejece. Las comparativas del aspecto físico de los dirigentes políticos cuando eran candidatos y al final de sus mandatos no dejan lugar a la duda. Las canas, las arrugas y las bolsas en los ojos se adueñan con el tiempo de los rostros poderosos. Pero ser el líder también podría ser la clave para gozar de una salud de hierro, al menos así sucede en las manadas de babuinos. Un estudio realizado por las universidades de Princeton, Duke y Notre Dame (todas en EEUU) demuestra que los machos alfa (los babuinos dominantes) se recuperan antes y son menos propensos a enfermar que el resto de los machos de la manada» (Las ventajas de ser el macho alfa de la manada: elmundo.es, 22-mayo-2012)

No obstante todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Y el inconveniente de la saludable tiranía del macho alfa reside en que limita en gran manera el tamaño de la tribu. Una tribu mayor es una tribu más potente... pero menos controlable y con un mayor grado de endogamia. Así pues, por más que hoy nos resulte duro de asimilar, la tolerancia recíproca entre los machos adultos y la ausencia de celos constituirían la primera condición para que pudieran formarse grupos extensos fuertes y duraderos; únicamente en su seno podría operarse la transformación del primate en hombre...
Pero sobre todo, y para que no nos abrumemos demasiado, hemos de tener presente el hecho constatado de que los niños que se crían juntos desarrollan de mayores una aversión sentimental mutua que bloquea la endogamia y sus consecuencia; de modo que los casos de incesto que se producen suceden entre aquellos familiares que no se trataron en la infancia y se conocieron ya de adultos. Es un instinto primario mamífero que simplifica bastante las cosas al tiempo que las explica y ahorra muchos de los quebraderos de cabeza propiciados por la búsqueda del origen de la "costumbre social" del tabú del incesto (cuya raíz es el privativo latino 'in-castus').   




3. Del Grupo a la Familia
«Así, la leyenda que nos cuenta que los reyes latinos nacieron de madres vírgenes y padres divinos, se hace un poco más inteligible, porque los cuentos de esta clase, aislados de sus elementos fabulosos, significan, ni más ni menos, que una mujer ha sido preñada por algún desconocido. Y esta incertidumbre de la paternidad es fácilmente compatible con un sistema familiar que ignora la paternidad y no así con el que le da gran importancia» (James G. Frazer: La rama dorada)

Respecto al ayuntamiento grupal, es de suponer que cuanto más se descomponía el antiguo modo de vida errante y aumentaba la densidad de la población con los progresivos asentamientos agrícolas, más envilecedoras y opresivas les deberían parecer las antiguas relaciones sexuales a las mujeres (aunque seguían ostentando la titularidad del derecho de transmisión de bienes) y con mayor fuerza debieron de anhelar, como liberación, el derecho al matrimonio temporal o definitivo con un solo hombre…
Aunque a veces son propietarias de bienes, las mujeres son en general objetos de posesión, juguetes de la relación entre los hombres, a quienes ellas dejan en posesión del mando. Tener unas mujeres se hace necesario para pertenecer al grupo, para tener medios de vivir. Tener muchas es un privilegio.

Con el desarrollo de la espiral banda-hueste-tropa-ejército ―con la necesaria conformación de un Estado Mayor, núcleo del futuro Estado a secas―, y su traducción en riqueza y en influencia de la aristocracia, mayor intensidad fueron ganando estabilidad duración y extensión las relaciones monogámicas sindiásmicas (parejas temporales por "capricho", o por rapto; sindiásmico es un neologismo creado a partir de la palabra "combinación", en griego moderno 'syndyasmós') hasta convertirse en pura y sólidamente monógamas.
Y con la monogamia se introdujo en la familia un elemento nuevo: junto a la verdadera madre se había puesto al verdadero padre ―ahora sí identificable―, al cual correspondía procurar la alimentación y los instrumentos de trabajo necesarios para ello; consiguientemente era, por derecho, el propietario de dichos instrumentos y en caso de separación se los llevaba consigo, de igual manera que la mujer conservaba sus enseres domésticos. Así que el hombre era igualmente propietario del nuevo manantial de alimentación, el ganado y la tierra conquistada, y más adelante, del nuevo instrumento de trabajo, el esclavo…

Una vez que con la Revolución agrícola y su acumulación de bienes, la transmisión hereditaria pasó a realizarse por vía masculina, la gens formó la base del orden social de la mayoría, si no de todos los pueblos prehistóricos de la Tierra, y de ella pasamos en Grecia y en Roma, sin transiciones, a la Civilización. La palabra latina gens procede, como la palabra griega del mismo significado, 'genos', de la raíz aria común 'gan' (en alemán ―donde, según la regla, la 'g' aria debe ser remplazada por la 'k'― kan), que significa engendrar. Las palabras gens en latín, genos en griego, dschanas en sánscrito, kuni en gótico (según la regla anterior), kyn en antiguo escandinavo y anglosajón, kin en inglés, y künns en medio-alto-alemán, significan de igual modo linaje o descendencia (un derivado de la fina hebra conductora del lino).
Pero gens en latín o genos en griego se emplean esencialmente para designar ese grupo que se jacta de constituir una descendencia del padre común de la tribu.

«Las invasiones aqueas del siglo XIII a. de C. debilitaron gravemente la tradición matrilineal en Grecia. Al parecer, el rey se las ingeniaba para reinar durante toda su vida natural; cuando llegaron los dorios, hacia el final del segundo milenio, la sucesión patriarcal se convirtió en regla. Un príncipe ya no abandonaba la casa de su padre y se casaba con una princesa extranjera; ella iba a vivir con él, como hizo Penélope convencida por Odiseo. La genealogía se hizo patrilineal, aunque un episodio samio mencionado en la Vida de Homero del seudo Herodoto demuestra que durante algún tiempo después de que las Apaturias, o sea el Festival del Parentesco Masculino, habían reemplazado al del Parentesco Femenino, los ritos consistían todavía en sacrificios a la Diosa Madre a los que no podían asistir los hombres» (Robert Graves: Los mitos griegos).




Es significativo que el término amo fuera la versión masculina de ama, la cual le precedió, una voz del lenguaje infantil de creación expresiva, como mama, por lo que se halla en los lenguajes más diversos. Ama significaba tanto nodriza como dueña de casa, y por tanto tendría el mismo sentido de la única profesión decente para una mujer después de la de señoritahija de familia: "ama de casa" (espero que el tono y el timbre de este blog den por descontado de que se trata de ironías, tanto mías como de la vida).
La voz ama apareció a principios del s.XIII, y amo medio siglo después, derivada del hispano-latino 'amma', "madre que amamanta", a diferencia de aya, "mujer de edad que cuida de los niños", que deriva del latino 'avia', abuela.
Como ven, ama y amar, amo y amor, no tienen absolutamente nada que ver, al menos en su etimología. Si bien amo se tradujo en un principio como ayo, pronto se entendió como dueño, es decir similar a dominus pero en plan despótico (era el s.XIII y tocaba). A partir de entonces ama y dueña adquirirían un sentido subordinado que no perdieron por jamás de los jamases.
«…Es muy de notar que, aunque el primer rey de Roma, Rómulo, se decía descender de la casa real de Alba Longa, en la que el trono se consideraba hereditario por líneas masculinas, ninguno de los reyes romanos fue sucedido en el trono inmediatamente por su hijo, aunque varios dejaron hijos o nietos tras ellos. Por otro lado, uno de los reyes descendía de un rey anterior por su madre, no por su padre, y tres de los reyes, Tacio, Tarquino Prisco (el Antiguo) y Servio Tulio, fueron heredados en el solio por yernos que eran extranjeros o de linaje extranjero.
Esto hace pensar que el derecho al reino se transmitía por línea femenina y fue realmente ejercido por extranjeros que se casaron con princesas reales. Empleando lenguaje técnico, la sucesión al trono de Roma, y probablemente por lo general en el Lacio, creemos fue determinada por leyes especiales que moldearon las sociedades primitivas en muchas partes del mundo, es decir, la exogamia, el casamiento beena y el matriarcado o linaje matriarcal.
Exogamia es la ley que obliga a un hombre a casarse con mujer de diferente clan que el suyo. Casamiento beena es la ley que le obliga a dejar el pueblo de su nacimiento y vivir en el pueblo de su mujer, y matriarcado es el sistema que consiste en señalar el parentesco y transmisión de nombres de familia por la madre en lugar de por el padre». (James G. Frazer: La rama dorada)



«Para Patroclo, además, Automedonte al yugo uncía rápidos corceles, a Janto y Balio, que entrambos volaban a la par de los soplidos del viento, a quienes para Céfiro, el viento, parido había la arpía Podarga cuando paciendo estaba en la pradera al pie del Océano» (Homero: Ilíada, XVI-148)


«Dárdano, engendrado por Zeus, engendró a su vez a Erictonio, el soberano, que sin duda llegó a ser el más rico de los hombres mortales: suyas eran tres mil yeguas que en el prado pacían ufanas de sus potras retozonas. De ellas llegó incluso a enamorarse el Bóreas, en tanto que paciendo se encontraban, quien acostado tendióse junto a ellas bajo la apariencia de caballo de azuladas crines; y ellas, embarazadas, doce potros luego parieron que, cuando a galope iban sobre fecundo labrantío, corrían por encima de la punta del fruto de la espiga sin romperla» (Homero: Ilíada, XX-220)



4. De la familia-propiedad a la familia de sangre
«Como de la hendedura de un peñasco salen sin cesar enjambres copiosos de abejas que vuelan arracimadas sobre las flores primaverales y unas revolotean a este lado y otras a aquél; así las numerosas familias de guerreros marchaban en grupos, por la baja ribera, desde las naves y tiendas al ágora» (Homero: Ilíada)

«En su origen, la palabra familia no significa el ideal, mezcla de sentimentalismos y de disensiones domésticas, del filisteo de nuestra época; al principio, entre los romanos, ni siquiera se aplica a la pareja conyugal y a sus hijos, sino tan sólo a los esclavos. Famulus quiere decir esclavo doméstico, y familia es el conjunto de los esclavos pertenecientes a un mismo hombre. En tiempos de Gayo la familia se transmitía aún por testamento ('familia, id es patrimonium') . Esta expresión la inventaron los romanos para designar un nuevo organismo social, cuyo jefe tenía bajo su poder a la mujer, a los hijos y a cierto número de esclavos, con la patria potestad romana y el derecho de vida y muerte sobre todos ellos» (Engels: El origen de la familia...)

La expresión a que hace referencia Engels ('familia, id es patrimonium') tiene por elocuente traducción ''…la familia, es decir, la herencia…". También en el Código de Hammurabi (entre -1795 y -1750), una de las más antiguas colecciones de leyes que se conservan y que alude a otras aun más antiguas, encontramos disposiciones que conforman lo que los estudiosos llaman el "derecho de familia sumerio". Un derecho de familia antiquísimo que, de modo análogo al derecho romano arcaico, tiende a consagrar un fuerte sistema patriarcal. Y todavía es menos intenso que aquel, puesto que ante la muerte del patriarca su viuda ocupaba la función del finado al frente de la familia, para que de manera posterior y sucesiva fueran los hijos, en virtud del mayorazgo, quienes le sucedieran; cosa que no ocurría entre los romanos.

(Jurista romano, nacido en la segunda década del siglo II y muerto después del año 178, la principal obra de Gayo (su nombre propio es lo único que se sabe de él, dudándose incluso de su existencia real), 'Instituta', Instituciones, ha permitido un conocimiento muy completo del Derecho romano clásico, aunque se refería sólo a aspectos del Derecho privado. Estaba dividido en cuatro libros, de los cuales el primero se refería a los principios generales del Derecho; el segundo al Derecho de las personas; el tercero hacía mención al Derecho de las cosas; y el cuarto al Derecho de las acciones. Esta división se alejaba de la seguida por el resto de los juristas durante la época de los Severos, aunque fue la que tomaron las obras de época justiniana y medieval).

Ocurre que en las épocas en que nos alimentábamos de la huidiza caza desconocíamos el papel del macho en la procreación, y se suponía, por suponer algo, que las hembras eran fecundadas por los vientos y las aguas; la palabra 'pater', padre, tenía entonces el sentido de protector o defensor de la tribu aunque subordinado siempre a las diosas lunares femeninas, representadas terrenalmente por las sacerdotisas.
Sólo con la domesticación de los ganados se pudo observar detenidamente el proceso procreador animal y sacar conclusiones comparativas. Y no se encontró mejor solución para denominar al recién descubierto procreador humano que continuar asignándole el antiguo tratamiento; padre pasó así de ser genérico a ser biológico. Es ese el motivo por el que no se encuentran representaciones de ningún padre paternal. Siempre está comiéndose a sus hijos (es decir, evitando la competencia de otros machos) o lanzándoles rayos y truenos y burradas afines...: un perfil psicológico oscilante entre Dark Vader y Homer Simpson, por dibujarlo en mitológico moderno. Donde más nos acercamos a una figura paternalista es en la escultura de Laocoonte defendiendo a sus hijos de la serpiente, referente de la guerra de Troya, es decir, el padre en su anterior papel protector.

Se desprende de lo dicho que el sentido de la palabra y de la profesión de padre es bastante moderno (relativamente, claro), con una antigüedad inferior a los doce mil años, tirando por lo alto. La palabra madre, en cambio, es de origen incalculablemente remoto, tanto que deriva, simultaneamente con la palabra materia, del ario 'ma', del cual pasa al sánscrito 'maya' con el significado de "medir o construir": madre, materia y madera tienen el mismo origen inmemorial: la Tierra es la Madre Tierra.

'Filius', hijo, es una palabra engañosamente sencilla y directa, pues en su etimología confluyen, tanto un frío sustantivo ('filum', hilo) utilizado en la clasificación técnica de las especies vivas , como un tibio verbo de gratas resonancias infantiles (pero también muy adultas), 'felare', mamar (filogénesis llaman a esa materia de la clasificación de las especies, ¿recuerdan el espacio dedicado al lino, origen etimológico de linaje, en la anterior entrada?). El ansia de un hijo es el anhelo irracional que mantiene la vida en la Tierra hasta llevarla al borde de su destrucción, además de ser la principal fuente  de esperanzas y frustraciones humanas, proclamadas o ahogadas, pero entrelazadas sin remedio: es un anhelo que está en la misma esencia de la naturaleza animal.
Es por ello que solamente conocemos un término para "hijo, hija" y otro para designar a los descendientes directos de una pareja: "hermano, hermana"; pero hemos de llamar la atención sobre un detalle fundamental: si bien hijo/hija responde hoy como ayer a un único y equivalente 'filius/filia', en la Antigüedad nuestro hermano/hermana se escindía inmediatamente ya en 'frater' y en 'soror', dos denominaciones radicalmente extrañas entre sí en su evocación de mundos diferentes y separados. 'Frater' será el referente de la fraternidad y la camaradería masculinas: el hoy genéricamente indiferenciado amor fraternal o fraterno de la coral de la Novena beethoveniana deviene de un mundo extrovertido y beligerante de hombres y para hombres; en 'soror' sor y hermana en cambio atisbamos el universo inadjetivable inextensible y en penumbra silenciosa y reservada del gineceo y el claustro.
En cuanto a los demás miembros colaterales o superiores o inferiores, genealógicamente hablando, ahora veremos cómo adquieren unas denominaciones características, "primos,  sobrinos, nietos" en diferente grado, con una nomenclatura casi nunca autónoma sino generalmente referida a la "hermana"; y cómo además han ido sufriendo diversas variaciones con la paulatina transformación de la sociedad, al pasar de gentilicia o grupal a familiar estrictamente sanguínea.

Y es que resulta que los romanos, a pesar de dividirse según grupos consanguíneos similares a los nuestros, aunque encuadrados en clanes patriarcales, conservaban todavía la antigua cultura de la gens pero con una diferenciación algo caótica a consecuencia del progresivo perfil predominante que iba adquiriendo la célula consanguínea dentro de la sociedad gentilicia. (creo que el estupendo grupo Vía Augusta de la imagen nos recrea el ambiente en las gens bien avenidas)
Tuvieron así que buscar nombres nuevos sobre la marcha, especificando entre todos los 'fratres' de la familia quiénes eran los 'fratres germani' ('germani', genitivo de 'germanus', "del mismo germen o semilla") , es decir quiénes eran los "hermanos de padre y madre", los "hermanos genuinos", para diferenciarlos de los 'consobrinus primus' o primos primeros o carnales, que decimos ahora. Y es que antes heredaba toda la tribu cuando alguien moría, pero ahora se acabó el cuento, que somos muchos.
Porque 'consobrinus' es como se decía entonces a los primos hermanos; pero como luego también empezaron a llamarse así toda la secuencia de primos, se distinguió a los primos hermanos como 'consobrinus primus', primus para abreviar, llamándose sobrinossobrinus, a los primos más lejanos.

Y 'sobrinus' deriva de 'sororinus', "por parte de hermana", adjetivación de 'soror', hermana, lo que quiere decir que, de acuerdo con la primitiva matrilinealidad, la familia tenía como referencia a las madres y a las hermanas de las madres, al desconocerse aún los detonantes de la biología sexual; es por ello que se acuñara 'con-sobrinus', a fin de hacer referentes a los hombres una vez comprendida la paternidad y asentada la patrilinealidad; y no existían equivalencias para tío/tía, como veremos enseguida, pues hubieran supuesto un referente autoritario que el paterfamilias no podía consentir ni de nombre. 
Y si 'sobrinus' es como se llamaba a los primos, 'neptis', en latín vulgar 'nepta', nieta, es como se llamaba a las sobrinas y también a las nietas, indistintamente; 'neptis' deriva de 'nepos, nepotis', sobrino o nieto. No insistiremos en recalcar el barullo de parentela que se traían nuestros románicos abuelos. Nepotismo significó allá por la Edad Media y el Renacimiento "preferencia con que los dignatarios eclesiásticos favorecían a sus sobrinos". Cosas de antes; ya se sabe que ahora eso no ocurre, ni en la Iglesia ni en el Estado ni en ningún sitio.

Para acabar de enredar la madeja digamos que cuñado deriva de 'cognatus', que significa... "pariente consanguíneo" ('natus', nacido, 'con-', juntamente); en principio tenía ese sentido de pariente en general, y poquito a poco, cuando se clarificaron los demás terminos familiares, pudo concretarse como pariente político. Las malas lenguas etimológicas dicen que cuñado viene de cuña ¿o era cuñada?
El cuñado se desenvolvía en el mismo limbo familiar que el yerno, otro nudo en la madeja; es por ello que 'gener', su raíz, tenía similar sentido engañoso de "de la misma gens" que hemos visto en cuñado (generoso, igual que gener o gens, deriva de 'genus, generis' y significa "de buen género, de buena familia, de buena crianza", como los vinos caros).
Suegra en español aparece antes que suegro (quizá también porque de siempre la suegra es mucho más suegra que el suegro suegro, ustedes me entienden) y algo después de la aparición del tio, que veremos en un momento; es decir, adquiere su sentido familiar actual en pleno s.XII, pero se hace rescatando de las profundidades clásicas un término romano que ilumina el estilo y naturaleza de las relaciones entre familias (tanto de las romanas como de las medievales o renacentistas), pues viene de 'socer', un vetusto derivado de 'socius' que significa algo así como asociado o aliado, y que en la primitiva Roma era masculino o plural pero nunca femenino.

Con ir re-etiquetando a cada componente consanguíneo según su grado de proximidad al paterfamilias se buscaba diferenciar, a trancas y barrancas, la familia de la parentela, y con ello distinguir la familiaridad del parentesco (de 'parentes', "padre y madre", y éste de 'parere', parir, engendrar, y también producir, proporcionar). Para los romanos 'germanus' tenía ambos significados: "que es de la misma raza" ―como derivado que es de germen―, y también "auténtico, verdadero", adjetivo aplicable a cualquier cosa (por ejemplo, 'germanus asinus' significa "un verdadero asno"). Para nosotros en cambio es un rompecabezas, pues frater y germanus nos resultan sinónimos, y desconocemos otro significado para germanus que el de germano de Germania.
Una puntualización pertinente: el 'germanus' que les fue aplicado por los romanos a los germanos, uno de sus pueblos invadidos/invasores, era sólo la adaptación fonética, quizá irónica, del verdadero nombre que estas tribus se daban a sí mismas: 'wher-mann', hombre que se defiende, o, 'heer-mann', guerrero, o, 'gair-mann', hombre de la lanza. Decimos lo de la ironía porque se aplicaba a los bárbaros en general el germanismo 'wallah', extranjero, en variantes que acabaron denominando a galos, valones, galitzios, galindos, o a Wales, el país de Gales.



Pero donde resulta quizá más patente su concepto de familia es el término empleado para denominar a ese conjunto de "hermanos genuinos" del que acabamos de hablar. Ese grupo de hijos directos de un matrimonio, mejor dicho, de un 'pater-familias', de un padre, único titular de la familia, era designado como 'liberi', es decir, "los libres", los libres de la familia. Cualquier otro niño nacido era designado simplemente como 'natus' o 'nata', "un nacido" o "una nacida". De lo que se deduce que el resto también eran familiares aunque no fuesen libres, sino esclavos o libertos.
De igual manera, y discretamente englobados en la masa familiar como acabamos de apuntar, los tíos eran llamados 'patruus' ―algo parecido a "padrino"― si eran hermanos del padre, o 'avunculus' si lo eran de la madre; dándose la circunstancia que este término ―que es el diminutivo de 'avus', abuelo― también servía para designar a los antepasados en general. Esta indiferenciación, por no decir indiferencia, en la "etiquetación" consanguínea es una prueba etimológica más de la existencia precedente de las familias grupales mencionadas. Así como la justificación de un desapego afectivo que a nosotros, pertenecientes a otra época y a otra sociedad más humana ―en todos los sentidos de esta palabra que acabamos de despellejar―, nos resulta bastante difícil de concebir. O a lo mejor no.

Los romanos no añadieron a su vocabulario tío/tía como parentesco, 'thius/thia', hasta el s.V, en plena marea post-imperial, en sustitución, por fin, clarificadora de los antiguos y ambiguos términos, pero sobre todo como muestra y símbolo de la desaparición de la gens patriarcal, base del Imperio. Así pues, resulta que la filosofía o el talante de nuestros tío, tía, que aparece hacia el 900, dentro ya de la familia plenamente feudal y nobiliaria, no viene de los romanos sino de los más lejanos griegos, que lo designaban como 'theios' ―relacionado íntimamente con 'theos', dios― y que también tenía, como precedente del 'avunculus', el "abuelillo" romano, un aspecto de ascendiente o predecesor con el mismo matiz sagrado o de veneración que daban los romanos a sus antepasados ―de ahí el venerable aplicado a los ancianos―, los cuales constituían sus dioses 'lares' ―de 'lar', hogar, lar― y para los que cada domicilio tenía su altar, costumbre proveniente de la época en la que se enterraba a los muertos dentro de las casas. Naturalmente, y por mucho que se diga para que la juventud no sea tan burra, los más mayores de antes no siempre eran tan tan venerados. Al fin y al cabo la edad no aporta sabiduría necesariamente. Y en el latín vulgar se usaba el término 'nonnus' para llamar viejo chocho a un venerable anciano, a sus espaldas normalmente. De ahí procede nuestro adjetivo ñoño, que hoy no es patrimonio exclusivo de la vejez, por cierto.
De esa identificación entre gente mayor y predecesores en general proviene la costumbre, sobre todo en el ambiente rural, ya en desuso como señal de "mal gusto", de designar a la gente mayor como el tío, el tío Fulano o la tía Mengana y que parece corresponde al 'thius' que también usaban indiscriminadamente los romanos postreros en una especie de revancha gentilicia. Y de donde ha quedado el otro tío, "individuo", que hoy se usa, lo mismo en sentido despectivo ("vi un tío de lo más raro") que admirativo (''estás hecho un tío"). Mención aparte merece el simultáneamente despectivo-admirativo y machista-leninista "tía buena", así como el tiovivo, que casi en el s.XX aludirá a la viveza del tío al que se le ocurrió la idea del pingüe chiringuito.
También fulano (del árabe 'fulân', tal) y mengano (del árabe 'man kân', quien sea) son pervivencias de ese fenómeno inmemorial llamado mote del que luego trataremos; perengano sería una adaptación de perencejo a la terminación 'ano' para darle el mismo valor (el valor de mengano, no el valor de ano), correspondiendo perencejo a una pronunciación descuidada de Pero Vencejo, alusión despectiva a la humilde gente labradora (Pero es Pedro, y vencejo llamaban a la cuerda enlazada con que los Peros sujetaban los haces de mies); el 'zut' de zutano parece, en cambio, ser un sustitutivo del desconsiderado siseo o chisteo (el molesto ¡sst!) usado para importunar, digo, para llamar a un desconocido de quien se ignora el nombre.
Pero aunque "la familia es la herencia", como decía el jurisconsulto Gayo, ello no significa, por supuesto, que los sentimientos personales no se dieran en estas formaciones sociales, tribu y gens. De hecho, los lazos afectivos fueron los hilos de la red "civilizante" (perdón), más que civilizadora, que lubricó, sentó y asentó definitivamente lo que hasta entonces sólo había sido una federación de formaciones tribales trashumantes en constante y normal pie de guerra. Pero el origen y razón del término familia fue la designación del conjunto de seres propiedad de una persona... transmisibles en herencia o venta mediante el mismo tipo de contrato que para cualquiera de las posesiones y pertenencias del patricio en cuestión. El amor, como aleccionan en las novelas los padres a los vástagos reacios a un matrimonio sustancioso, vendría después, con el trato. (Hay que ver, qué cosas pasan en las novelas).


Nota final al estilo colegial: Fratres es el plural de 'frater' que, como se sabe por sus compuestos (fraternal fraternidad o fraternizar... o fratricidio o fraile), se traduce por "hermano". Pero Germani es el plural de 'germanus', auténtico o "del mismo germen", que es de donde procede directamente nuestro hermano.
Es decir, de 'germen' deriva germen como "yema de planta". Sin embargo, la yema de huevo deriva de 'gemma', "botón de vegetal" y "piedra preciosa".
Fray (de 'frater') y sor (de 'soror', hermana) se conservan como tratamientos en las órdenes monásticas gracias a esa tendencia irrefrenable que tienen todas las religiones, también las clásicas, a apergaminar o amojamar incluso sus signos más externos al atornillarse en sus épocas fundacionales, evitándose así los desequilibrios e inseguridades que suponen el afrontar la evolución inherente a todas las "cosas de este mundo". 




5. Del cabeza de familia
Sin embargo, era inevitable que a lo largo del desarrollo del Imperio la familia fuera adquiriendo y ampliando su connotación afectuosa. El pater-familias fue refiriéndose a su familia con unos términos cada vez más entrañables. Fámulos y familiares, domésticos y domesticados, llegaban a sentirse, en sus momentos más líricos y tiernos, como de la familia… pero, con todo el paternalismo, más les valía no perder nunca de vista quién era el propietario el dueño y el señor: únicamente él era libre para vender ―y aún para matar― a sus hijos y para repudiar, sin mediar justificación ni trámite previo, a su mujer. Como dice Serguei Kovalioff en su Historia de Roma:
«Los esclavos nacidos y criados en casa eran muy apreciados, pues se les consideraba más fieles. Los esclavistas recurrieron incluso a la crianza especial de esclavos, uno de cuyos objetivos era el de su instrucción, el logro de una mano de obra cualificada. Catón —también, Craso— se ocupaba personalmente de la instrucción de los pequeños, vendiéndolos luego con mayores ganancias». También el buenazo de Columela se ocupa atentamente del modo en que se puede incentivar la laboriosidad de los familiares:
«...Con los esclavos que se dedican a los trabajos agrícolas, que se distinguen por su buena conducta, converso con mayor frecuencia y más confidencialmente que con aquellos que se designan al servicio del personal; viendo que el trato familiar por parte del amo les hace soportar mejor el constante trabajo, a veces bromeo con ellos, y permito incluso bromas de su parte. A veces llego incluso a pedirles consejo, como si fueran más expertos en los nuevos trabajos, y de ese modo logro conocer el carácter de cada uno y su grado de inteligencia...»

Toda una filosofía que hoy forma parte de nuestras 'Relaciones laborales' (antes, Departamento de Personal)... aunque ahora me cuentan que tampoco se llama así ya. Qué listos.


Aparte: ¿hemos reparado en que domesticar deriva de doméstico? Qué iluminador y siniestro derivado le ha salido a un término tan inocentemente hogareño. Por interpolar comparativamente, veamos cómo se percibía en el s.XVII el ámbito doméstico:
«DOMÉSTICO. Todo lo que se cría en casa, y por esta razón es manso y apacible, más de lo que se cría en el campo; y no sólo al animal llamamos doméstico, mas aún al que está obediente al padre o al señor». (Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la Lengua Española, 1611)

Es posible que ahora captemos mejor la ironía desplegada en el siguiente epigrama de nuestro asiduo caballero hispano-romano de Calatayud, Marcial:
«Quirinal no se cree en la obligación de casarse, y aunque desea tener hijos ha sabido resolver la dificultad. Hace trabajar a sus siervas y llena así su casa de pequeños esclavos-caballeros. Quirinal es un verdadero paterfamilias.» (Libro I, nº 85)





(¿Y qué me dicen de esta pequeña maravilla, mezcla de ternura y reproche?: un esclavo infantil sesteando a la espera del amo)




Como hemos dicho, el término familia comienza a tener vida propia y a tomar su sanguínea y cerrada acepción actual a lo largo de la Edad Media, cuando los campesinos de los feudos y los villanos de las villas empiezan a escapar de las turbulencias serviles de sus patronos señoriales y se refugian en las necesidades serviciales que requirieron las recién nacidas nacientes ciudades o burgos, recintos amurallados con centro en la catedral, creados por los reyes en asociación con los obispos con el fin de ponerle puertas al campo por donde campaban a sus anchas los citados turbulentos. 
Y es dentro de la protección de las murallas burguesas cuando aparece, con fines de control administrativo ―es decir, con vistas al fisco y demás cargas serviles―, el cabeza de familia, el representante de la unidad familiar; la palabra familia empieza así a adquirir su carácter autónomo al hacer referencia al conjunto de individuos que la componen, independientemente de un dueño o señor que la posea. Muy importante al respecto es advertir cómo al padre biológico se le denomina "cabeza'' de la familia, mientras que al dueño legal de esa familia completa, cabeza incluida, se le denominaba pater, es decir, integrante de la patria.

«Doméstico, h. 1440. Tom. del lat. domestǐcus "de la casa, doméstico", deriv. de domus "casa". Deriv.- Domesticidad. Domesticar, 1570 (quizá 1386); domesticación. De otros derivados de domus: Domicilio, 1490. lat. domicilium íd.; domiciliario, domiciliar.
Burgo, 1087, arrabal, barrio. Tom. del b. lat. 'burgus', y éste del germ. común 'bǔrgs' ciudad pequeña, fuerte. Derivados.- Burgués, fin s.XIII, forma readaptada a burgo, en lugar de las antiguas burgés, h. 1140, y burzés, s.XI, que se tomaron del derivado b. lat. 'burgensis'. Burguesía, 1646. (Cpt, Burgomaestre, 1548; adaptación del alem. burgmeister íd.)» (Joan Corominas, Diccionario etimológico de la Lengua Castellana, inapreciable fuente etimológica de todo este blog)



Echemos un vistazo comparativo a nuestro amigo Covarrubias (y obsérvese con atención el ejemplo con que cierra el punto):
«FAMILIA. En común sinificación vale la gente que un señor sustenta dentro de su casa, dedonde tomó el nombre de padre de familias; díxose del nombre latino 'familia' y se entendía de solos los siervos, trayendo origen de la dicción osca 'famel', que cerca de los oscos sinificava siervo. Pero ya no sólo debaxo deste nombre se comprehenden los hijos, pero también los padres y abuelos y los demás ascendientes del linage, y dezimos la familia de los Césares, de los Scipiones; ni más ni menos a los vivos, que son de la mesma casa y decendencia, que por otro nombre dezimos parentela. Y debaxo desta palabra familia se entiende el señor y su muger, y los demás que tiene de su mando, como hijos, criados, esclavos; ley 6, tít. 33 part. 7. Y hazen familia tres personas governadas por el señor, etc.»

Pero, ¿de dónde viene que sea precisamente el término cabeza de familia el elegido para designar al supuestamente emancipado jefe de la familia? Veamos. Nueva mirada a la época de irresistible descenso del Imperio. Con el emperador Diocleciano ―que reinó un siglo después de Marco Aurelio, farolillo rojo de la Pax Romana― la evolución hacia un tipo de monarquía militar alcanzaba su cenit.
Naturalmente, se necesitaban medios inmensos y seguros para mantener eficiente la gigantesca máquina militar, y, naturalmente, se instrumentalizó la característica reforma fiscal para procurárselos. A este fin todo el territorio del Imperio se dividió en parcelas de igual valor imponible. Eran las 'iuga' ("yugos'' o yugadas fiscales, plural de 'iugum', yugo) y las 'capita' (cabezas, plural de 'caput'), según que la referencia fuera la unidad de tierra —un 'iugum' sería la superficie necesaria para el mantenimiento de una familia— o la cantidad de mano de obra necesaria para cultivarla: ya sabemos, una ''familia" como grupo laboral en la primitiva acepción de labrar.

El empadronamiento estaba organizado de forma que cada yugación o cada capitación ―cuyo valor variaba según la clase de suelo, la calidad del cultivo y la localización― había de proporcionar al ejército un soldado o su equivalente en metálico o especie.
El 'iugum' es unidad fiscal distinta del 'iugerum', medida agraria de superficie, de 240x120 pies cuadrados, unas 25 áreas, y que venía a representar la tierra labrada en un día con una yunta de bueyes. Deriva del griego del mismo significado 'zeugos' y sirve de denominación para la clase inferior de ciudadanía ateniense: los zeugitas (labradores capaces de costearse el armamento de un hoplita o ciudadano-soldado).


Bien, pues este es el origen y sentido del encabezamiento familiar. Pero también del término cónyuge, el cual no tiene el significado lírico-dramático de "compartir yugo'', sino el pragmático-fiscal de "compartir yugada''. Y también el de consorte: carece del poético sentido de "compartir la suerte", pues tiene el más rústico de ''compartir lote de labrantío'', porque el latinajo 'sors, sortis' tiene ambos significados, además de otros más relacionados entre sí de alguna forma, como sorteo sortija sortilegio o consorcio. Hay que tener en cuenta que en el Derecho romano el matrimonio sólo existía para los libres, es decir, para los ciudadanos romanos, y las relaciones entre no libres tenían sólo el carácter de concubinato, aun en el supuesto de su legalidad y de regirse por formalismos propios.

La utilización-manipulación del actual término ''familia real" o ''familia noble" suele tratarse de un eufemismo con tintes retóricos y fines más o menos políticos, como acercamiento al receloso pueblo por parte de las monarquías parlamentarias modernas. Los nobles nunca han presumido de tener familias, sino estirpes (inspiradas en el latín 'stirps', ''base troncal del árbol''), linajes o simple y llanamente sangre. A no ser, claro está, que Familia Real se entienda al modo romano, abarcando a todo el personal ―civil, religioso y militar― y palacios y fincas y vehículos a su servicio. Porque la familia ha sido tradicionalmente una cosa de pobres: normalmente su único refugio.
Y es sabido que los pobres no tienen sangre. Las familias pueden ser humildes ricas o de clase media, buenas familias o familias de medio pelo. Los linajes no, los linajes (tejemaneje de 'línea', que, a su vez deriva de 'lino', por el aquel de lo de fino de su hilo) tienen más o menos, menos o más, prosapia, alcurnia o abolengo. Nada que ver. De hecho el término oficial correcto es el de Casa Real en el mismo orden de cosas que era el faraón para el pueblo egipcio, para quien ni siquiera respondía a una personificación precisa, pues faraón significa "Gran Casa'' ―algo así como la democrática Casa Blanca, la mencionada y parlamentaria Casa Real o la menos dicharachera y más obsoleta Sublime Puerta turca―, en la que moraba el dios bajo cuyas órdenes estaban el dios Sol y el dios del Nilo.



«Habló Jehová á Moisés en el desierto de Sinaí, en el tabernáculo del testimonio, en el primero del mes segundo, en el segundo año de su salida de la tierra de Egipto, diciendo: Tomad el encabezamiento de toda la congregación de los hjos de Israel por sus familias, por las casas de sus padres, con la cuenta de los nombres, todos los varones por sus cabezas: De veinte años arriba, todos los que pueden salir á la guerra en Israel, los contaréis tú y Aarón por sus cuadrillas. Y estará con vosotros un varón de cada tribu, cada uno cabeza de la casa de sus padres...» (Números, 1-1)




6. También es Cosa Nostra
No podemos salir de este entorno histórico de la transición entre Roma y el Medioevo sin incluir una reseña acerca de la aparición de la mafia ―que antes se nos escabulló de rositas― y la de su jefe o capo con el nombre de padrino, otro derivado protector de aquel padre del que asimismo surge la patria ―"tierra de los padres''― como territorio bajo la ''protección'' de los padres-patrones romanos (proteger, de 'pro', para, y 'tego', cubrir, ―de ahí, 'tectum', techo; y 'tegula', tejadito, es decir, teja―). De hecho, también en el término mafia se rastrea la borrascosa genealogía de la ''familia'', pues aquella deriva del toscano 'maffia': pobreza, miseria, es decir, el ambiente natural de la sumisión.
Con la disolución de Roma, cuando los pequeños labradores no querían dejarse absorber por los grandes, la alternativa consistía en colocarse bajo la protección de algún personaje poderoso, a menudo un jefe militar, que les defendiese contra los odiosos recaudadores del fisco. Estamos hablando del apadrinamiento o patrocinio.

La primera indicación del 'patrocinium' apareció en 360. A partir de un decreto imperial de 399 puede afirmarse que el acogerse a la protección de un patrón poderoso para no pagar impuestos se había convertido en la regla general. El padrino estaba llamado a considerar a estos campesinos como hombres propios suyos; usurpaba además el derecho de jurisdicción y estaba autorizado por Valentiniano para castigar personalmente al campesino que se escapara. En 370 se decretó el castigo corporal para el campesino escapado que se colocara bajo la protección de una persona influyente, y para el padrino una multa de 25 libras de oro, además de la mitad de la cantidad que hubiese percibido por la concesión del 'patrocinium'. Las cosas llegaron en este respecto hasta tal punto que, en 388, Teodosio tuvo que intervenir para prohibir las prisiones privadas.
Un decreto de Honorio prohibía en 415 a los grandes terratenientes dar asilo a los 'convicani' fugitivos, los pequeños campesinos de los 'vici'. Sin embargo, el Estado trató en vano de combatir la nueva institución, que interfería con algunas de sus prerrogativas fundamentales. ('Vici' es plural de 'vicus', "unidad social inmediatamente superior a la familia''; podía ser, por tanto, de acuerdo al medio considerado, una manzana de un barrio populoso, o un barrio residencial, o una granja, una aldea, un poblado, etc. De 'vici' deriva vecino y sus ramificaciones. En este caso concreto, 'convicani' es origen de convecinos: 'con-vicani', donde 'vicani' es plural de 'vicinus', "habitante de un vicus'').

El decreto de Honorio dictaba nuevas medidas represivas: prohibía el establecimiento de nuevos padrinazgos en el futuro y ordenaba, respecto de los ya existentes, el pago de los atrasos de impuestos abonados por los protegidos. Pero el mismo decreto establecía que los campesinos protegidos, junto con sus tierras, fueran asignados como siervos a los patronos.
Evidentemente, de aquellos polvos, aquestos lodos.

«"Dentro de la mafia no está previsto el enamoramiento. Es desestabilizador y está prohibido. Peor aún: el amor viene interpretado como una suerte de traición a la familia mafiosa". El mafioso es un fundamentalista, un arquetipo antisocial que reniega de los valores ajenos y que atribuye a los propios un espíritu honorable, omnipotente, justo y necesario. Necesario para mantener la cohesión de la familia y para eludir los sentimentalismos. Porque el mafioso no puede enamorarse ni dejarse llevar por las pasiones. Necesita rectitud, equilibrio, puntos de referencia estables, concentración en la misión asignada.
Unos y otros matices pueden leerse entre las páginas de La psique mafiosa, ensayo que han llevado a cabo los profesores Gianluca Lo Coco y Girolamo Lo Verso». (Rubén Amon. El Mundo/ Ciencia,18-noviembre-2003)



7. Nombres y Apellidos familiares
Hasta los siglos XI-XII todo individuo era designado por un solo nombre, el nombre de pila según la costumbre de los invasores "bárbaros" que habían abolido el sistema de nombres romano. Desde el s.V, en que se desmorona el Imperio, hasta entonces, es posible que la identificación precisa fuese menos necesaria dado lo raro de los intercambios y circulación de los hombres y el escaso tamaño de las poblaciones, lo cual favorecía las relaciones de conocimiento mutuo y facilitaba la leva directa de hombres y armas y la recaudación de impuestos.
Pero al aumentar la población, demasiados individuos llevaban el mismo nombre, debido al empobrecimiento del acervo lingüístico, a la sedentarización de la nobleza y a la formación de "casas" (domus) o "villas", supervivencias romanas que atendían a una residencia común, y de la cual los nobles herederos llevaban el apelativo.

Así, introducido en la aristocracia desde el siglo XI, el nombre doble (nombre seguido de un apellido distintivo) se extendió, sobre todo en el siglo siguiente al resto de la sociedad aunque, en determinadas regiones más aisladas y rurales, el nombre único se siguió usando aún durante varios siglos.
De este modo, a partir de los siglos XI y XII, bajo la influencia de la fuerza adquirida por las ciudades bajo el poder de la Iglesia, en competencia con la encastillada nobleza campestre (esa lucha de facciones nobiliarias que se conoce como Primer Renacimiento), los individuos del común empezaron a tomar también un "apellido" ligado a un lugar determinado, quizá a una característica física, a una actividad profesional o artesanal, o a un nombre de persona noble al cual estaba sujeto.

Dado el interés que estimamos tiene este tema, hemos decidido darle el tratamiento más detallado que se merece; les remitimos por tanto a nuestra entrada titulada Origen de los nombres de las personas, los apellidos y los motes.
Sed buenos, si podéis
……………….«. . . porque el pensar y el ser son una y la misma cosa» (Parménides)



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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).