«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

4 may. 2010

(III) De Escuelas y Colegios. El resplandor griego


«Hemos obligado a todos los mares y tierras a ser la carretera de nuestro atrevimiento, y en todas partes, ya sea para bien o para mal, hemos dejado monumentos imperecederos a nuestras espaldas» (Discurso fúnebre de Pericles tal y como lo recogió Tucídides –momento captado en esta instantánea)

En la entrada anterior nos dedicamos sobre todo a advertir acerca de la revolución social y personal que supuso la invención del alfabeto y el adiestramiento en su manejo por parte de los ciudadanos griegos… por más que siempre se olvide que éstos no representaban más allá del quince o el veinte por ciento de la población total (volveremos a ello al tratar sobre democracia).







Pero si el alfabeto fenicio se había irradiado por las administraciones de todas las naciones circundantes, ¿cómo es que sólo en Grecia alcanzó la literatura, en todos los aspectos de su significado, ''cosas hechas con letras'', una madurez tan granada y en tan corto tiempo?

Los fenicios llamaban "madres de la lectura" a unos indicadores adicionales que ellos usaban de forma variada e irregular para cerrar el sentido de las palabras escritas y paliar así los posibles equívocos. Hay que tener en cuenta que, incluso en fenicio, 'grm', por poner un ejemplo en castellano, lo mismo podía significar gramo que grima que grumo, al igual que ocurre con nuestro actual idioma smsol o moviliano.


Tras más de cinco siglos de extensión paulatina y soterrada de la variante fenicia del alfabeto (insistimos que tal generalización se efectuó a pesar de los propios fenicios, pues casi tardó ¡un milenio! en completarse), los griegos, que eran los que a causa de su trajín mercantil más uso hacían de él, cayeron en la cuenta de que las ''madres de la lectura'' siempre estaban asociadas a las mismas letras, esas que los especialistas de hoy llaman semiconsonantes.
Y también a base de manejo fueron los primeros en darse cuenta de que estas semiconsonantes eran unos sonidos tan elementales que se podían entonar sin más que abrir la boca, sin otra intervención fisiológica, sin empleo de otra musculatura adicional.
Eran las vocales, cuya diferencia entre sí sólo dependía de la caja bucal, es decir, de la boquita de piñón o la bocaza de buzón o demás posiciones intermedias que se adoptaran: vocal viene del latín 'vocalis', propiamente, "producido (exclusivamente) por la vibración de las cuerdas vocales", "con la voz", de 'vox, vocis', voz (a pesar del parecido entre vocal y bucal, boca deriva del latín 'bucca', mejilla (de 'maxilla', mandíbula, maxilar), al igual que bocado, bocadillo o boquerón, gran boca; buche significa ''mejilla hinchada''). (Imagen de Yvan Yuq).

Pero el resultado de tal ocurrencia fue sorprendente. Cada vocal ya netamente definida supuso una rótula intercalada en la estructura de la palabra, lo cual confirió diversos grados de libertad a las oraciones, las cuales quedaron transformadas en mecanismos flexibles y maleables.
Las vocales (y las inflexiones debidas a ellas en la cabeza y la cola de las palabras) permitieron la diferenciación de los tiempos verbales, es decir, posibilitaron la creación de los verbos; también la diferenciación del género y el número; y la adjetivación de los sustantivos; y las declinaciones; y los adverbios y conjunciones...: Crearon la gramática y la sintaxis, por decirlo de una puñetera vez.

Y los iniciadores de estas revolucionarias modificaciones fuero los sofistas, de los que a continuación trataremos.
Protágoras, en particular entre ellos, se considera que fue, en el s.-V (nació hacia el -490), el primero en distinguir los géneros gramaticales, masculino, femenino y neutro. Y en establecer la diferencia entre los diversos tipos de oración: pregunta, aserción, petición, orden... (Jesús Mosterín: La Hélade)

(Como se ve, la entrada anterior fue larguísima, pero podía haber sido mucho peor).


(Así veían los griegos el mundo en el siglo -V, fecha de irrupción de la filosofía)

«Tres son las partes del mundo, según confiesan: Europa, Asia y Libia; mas a éstas debieran añadir por cuarta el Delta de Egipto, pues ni al Asia ni a Libia pertenecen, por cuanto el Nilo, único que pudiera deslindar estas regiones, va a romperse en dos corrientes en el ángulo agudo del Delta, quedando de tal suerte aislado este país entre las dos partes del mundo con quienes confina» (Heródoto: Los nueve libros de la Historia)


 1. De la Gramática a la Filosofía
«La mente en mares de sangre se nutre; de sangre en ascendente y descendente marea; por esto, sobre todo, el pensar da en los hombres tantas vueltas; que es la humana inteligencia esa sangre que en torno al corazón rueda» (Empédocles de Agrigento, s.-V)

Y de la mano de la flexibilidad gramatical nació la flexibilidad del pensamiento, y con ella la apertura a 360º del horizonte mental. Los hombres se aficionaron a los juegos de palabras porque cada alteración gramatical sorprendía con un juego conceptual, una idea asociada, una matización reveladora, una situación inédita. Es algo que la gente de hoy podemos apreciar nítidamente en la poesía, palabra que, en concordia con lo que venimos diciendo, deriva del griego 'póiesis', creación. Y a estos aficionados a encadenar y explorar variantes de frases (encadenamientos que ellos llamaban silogismos y otras cosas por el estilo de impresionantes) en búsqueda de posibilidades diferentes se les llamó filósofos.
Sócrates, si hemos de confiar en los Diálogos de Platón, puede deducirse que fue un plasta, un malabarista de las palabras que no hizo más que aturdir y confundir a sus aún ágrafos paisanos a base de juegos sintácticos de los cuales surgían ideas, de igual modo que alterando el encaje de unas mismas piezas del Stratego salen juguetes diferentes.

De estos crucigramas polemistas nació el hombre reflexivo, igual que el perro que gira intentando morderse la cola como si ésta fuese un objeto extraño y no una parte de sí mismo. Es curiosa la lexicografía de esta palabra, reflexión, que lo mismo puede referirse a una "actividad mental meditativa" que a una "desviación de la luz, o cualquier otro tipo de onda, al tropezar con una superficie". Y es que resulta ser esta última acepción física la más primitiva, y la otra mental su metáfora: Reflexión deriva de 'reflexio', volver atrás, retroceder, que, a su vez, deriva de 'reflecto', compuesto de 're-flecto', encorvar, retorcer, siendo 'flecto' curvar, torcer.
Bueno, nos preguntamos, ¿y qué tiene que ver el acto de curvar con el de retroceder? Pues que es uno de esos términos en que la anécdota histórica aúna causa y efecto, confundiendo ambas. Resulta que en la Antigüedad suscitaba mucha expectación el efecto producido por los llamados "espejos ustorios", que consistían en una superficie brillante curvada de modo que al reflejar los rayos del sol éstos retrocedían concentrándose en un punto en el que subía la temperatura hasta poder entrar en combustión.

(Fernando Botero: Monalisa)

Se hicieron ensayos bélicos ―para variar― con tales espejos intentando quemar naves enemigas a modo de laser rural y mediterráneo, pero su cantado éxito es más bien cosa de leyenda probadamente inverosímil (se dice que Arquímedes los empleó en la defensa de Siracusa junto a las catapultas incendiarias y a los arpones que clavaba por debajo de la línea de flotación de los barcos, en aplicación práctica de su famoso Principio). En cambio, sí es verdad que se utilizaban para encender el fuego sagrado en determinados rituales, cuya llama así prendida era lo más pura posible, además de una demostración palpable del poder del dios Sol-Ra-Apolo.


«Esta ocupación de la filosofía afirman algunos que tuvo origen entre los bárbaros; pues hubo magos entre los persas, caldeos entre los babilonios y asirios, y gimnosofistas entre los indios, y los llamados druidas y santones entre los celtas y los gálatas, según dice Aristóteles en su Tratado de la magia y Soción en el libro veintitrés de su Tradición. Y que Oco fue fenicio, Zamolxis tracio, y Atlante libio... Y dicen que los gimnosofistas y los druidas filosofaban al prescribir en sus enigmáticos modos honrar a los dioses y no hacer nada malo y ejercitar el valor» (Diógenes Laercio: Vidas de los filósofos ilustres)





2. De Especulaciones y otros incomprensibles
«Brotaron sobre la tierra numerosas cabezas sin cuello; vagaban brazos sueltos desprovistos de hombros y erraban ojos solitarios carentes de frente… y continuamente se iban uniendo al azar… Nacieron criaturas con dos cabezas y dos pechos, bueyes con cabeza de hombre y hombres con cabeza de buey…
La mayoría de estos engendros estaban muy mal adaptados al medio y fueron pereciendo. Sólo sobrevivieron y reprodujeron los mejor adaptados. Así se han formado todas las especies animales, incluida la humana» (Empédocles de Agrigento, s.-V, en plan especulativo evolucionista)

En cuanto a la especulación o "contemplación mental de un objeto o situación" ―tan difícil de distinguir algunas veces del espejismo, palabra de la misma raíz―, viene a ser difícil de diferenciar, así a simple vista, de la reflexión: Y no es de extrañar, porque deriva de 'speculatio', acecho, espionaje, información de un confidente, que deriva de 'speculor', mirar desde una atalaya, espiar desde lo alto, y éste, de igual forma que 'speculum', espejo, proviene de 'specio', observar, mirar.

(Espejismo: B.P.B Herrera)

Nos faltaba un simpático término contemplativo que, si bien hoy se diferencia con dificultad de los expuestos, en aquellos no tan lejanos tiempos, intelectualmente hablando, era contemplado con bastante prevención. Nos referimos a la elucubración. Elucubrar, o lucubrar, como también se dice, representaba para nuestros romanos las imaginativas ocurrencias que se nos vienen a la cabeza durante ese tipo de cavilación que llamamos "consulta con la almohada", pues 'lucubrum' ―un derivado de 'lux/lucis', luz, igual que lo es la alucinación― era como llamaban a la lucerna o lámpara de aceite que iluminaba sus duermevelas (derecha).
Aunque en el aspecto laboral lucubrar representaba algo así como el "turno de noche", en nuestro contexto viene a ser la antesala del 'insomnium' ('in-somnium'), que los bárbaros hispanos acabamos traduciendo por ensoñación o, mejor, ensueño. A su vez este 'in-somnium' era el paso previo al sueño, 'somnium', en su aspecto de "representación de sucesos imaginados mientras se duerme".
Aunque parezca lo contrario, insomnio o falta de sueño es una confusa adaptación negativa de 'hýpnos', equivalente griego de 'somnus', sueño como "acción y efecto de dormir", y que conduce ―a partir de finales del s.XIX, con el hallazgo de la hipnosis como terapia― al sutil matiz psiquiátrico del "sueño hipnótico"; aunque, como derivado de 'hýpnos', 'hypnotykós' significara simplemente soporífero o somnoliento.

Y más impensable aún, sin previa interiorización, reflexión, especulación, lucubración o ensueño es la lógica, que no es mucho más que lo representado por el griego 'logikós', lo relativo al razonamiento, literalmente, el alcance de las palabras, pues palabra es lo que significa 'logos', cuyo sentido profundo ―la búsqueda de una argumentación a partir de datos conocidos que permitiera deducciones inéditas pero correctas― obsesionaba a los griegos (origen del silogismo o razonamiento, del que nos burlábamos antes).
Nosotros los paletos de las colonias latinas, vía Roma, no aspiramos a tanto y nos conformamos con parecidos, con similares, que es lo que expresa el latín 'parabola', origen de la palabra palabra. Palabra.

En definitiva, el empleo del alfabeto supuso el paso de la aprehensión a la comprensión, y del entendimiento a la inteligencia o intelecto. Aunque "conviene no confundir el entendimiento con la facultad racional o razón; entendimiento se encuentra, en general, relacionado con intuiciones, mientras que razón lo está con pensar discursivo", dicen, muy serios ellos, algunos diccionarios.
Pero también conviene cortar estas digresiones en algún sitio ―aquí mismo, por ejemplo―, pues nuestra narración, con la etimología como herramienta y excusa, tiene muy otra decidida intención de ―poco― encubierto ''repaso'' social, no llevándonos a ningún sitio interesante las carreras tras el trapo filosófico.
Aunque no cambiaremos de tercio sin zanjar la etimología de las últimas cuestiones resaltadas en negrita. Entender deriva del mismo verbo latino 'tendere', que está relacionado con tienda. Su significado es difuso, y de ahí que viniera al pelo su adopción al proceso cognitivo: tender, extender, estirar o tensar, ya que lo mismo se aplicaba al tendido (o tensado) de un arco, que al despliegue de velas de un barco, al tendido de las redes, al templado de instrumentos musicales o al levantamiento de una tienda o un tenderete. (Como de costumbre, la etimología se ha extraído de la inmensa obra de Joan Corominas)

«Pero quienes afirman que la ocupación de la filosofía tuvo su origen entre los bárbaros, olvidan las invenciones de los griegos, por quienes ha comenzado no sólo la filosofía, sino incluso la raza humana. Porque en Atenas vivio Museo, y en Tebas Lino...
El primero que denominó a la filosofía y se llamó a sí mismo filósofo fue Pitágoras, dialogando en Sición con León el tirano de los sicionios o de los fliasios según dice Heráclides del Ponto en su Sobre la Letargia. Pues dijo que nadie era sabio más que la divinidad. Antes se llamaba ''sabiduría'', y sabio al que hacía profesión de ella, que debía destacarse por la elevación de su espíritu. Filósofo es el que ama la sabiduría. Aquellos eran llamados sabios y sofistas» (Diógenes Laercio: Vidas de los filósofos ilustres)

3. De la Audición a la Lectura
«Obtendrás: con ejercicio, memoria; con oportunidad, prevención; con modales, nobleza; con trabajos, continencia; con silencio, decoro; con sentencias, justicia; con audacia, valentía; con empresas, poder; con fama, dominio» (Bías Prieneo, uno de los Siete Sabios de Grecia)

Como decíamos en la anterior entrega, aún en el s.-VI existían en Grecia unos funcionarios civiles llamados "mnemones" (memorizadores) cuyo oficio consistía en conservar el recuerdo de las decisiones civiles y la cronología del pasado, fijando nombres y acontecimientos. El mundo civilizado estaba inmerso en una cultura oral cuyos protagonistas eran los memorizadores que se ganaban el pan recitando mitos y leyendas por plazas y calles de Babilonia y, suponemos por extrapolación, de Egipto y de Grecia. Eran los ''trovadores'' de la Antigüedad. Eran los poetas, los aedos o rapsodas, como los llamaban en Grecia, en donde se construyó un tipo especial de recinto pensado para albergar tales recitales en exclusiva: el odeón, o teatro para las odas (y luego también en Roma, y después entre los bárbaros, que construimos por doquier teatros y cines con este nombre). Es lo que hoy podíamos llamar ''auditorio'' para diferenciarlo del ''teatro'', un espacio de menor aforo que éste, normalmente próximo a él, y siempre cubierto o semicubierto.


(Ingres: Apoteosis de Homero. A derecha e izquierda un par de odeones, en Éfeso (Turquía) y N.Y.)


La escritura en Grecia desde el s.-VIII hasta el −V había sido utilizada primordialmente para ''pasar a limpio'' toda la serie de poemas voceados inmemorialmente por las calles y, desde hacía dos siglos, también en los odeones.
Aunque a finales del s.-VI y primera mitad de -V ya se escriben los primeros ensayos filosóficos o científicos, como los de Heráclito y Demócrito y los del médico Hipócrates (por citar los más conocidos), todos ellos eran de corta extensión, y solamente circulaban en ambientes restringidos de amigos y alumnos.

Todavía, durante más de un siglo:
«... Discursos y conferencias eran escritas primero y memorizadas luego por el orador. Pericles fue el primero en pronunciar un discurso escrito y Protágoras en leer en público una obra, Sobre los dioses. Los sofistas tenían el hábito de, cuando pronunciaban un discurso, preparar varias copias de él para que quedara constancia y se distribuyera.
El momento en que podemos afirmar con rotundidad que la escritura está ya generalmente aceptada es el de su oficialización en Atenas, rondando el 400 a.n.e. No es exagerado afirmar que hacia mediados del siglo V el ateniense medio sabía leer y escribir, y que ya se enseñara en las escuelas la escritura. Ni tampoco pensar que esa capacidad fuera un presupuesto básico de su democracia, pues las leyes y decisiones del pueblo se escrituraban en inscripciones de piedra o mármol para su general conocimiento

En el −403 un decreto del arconte Eucleides establece, por primera vez, el Archivo de la Ciudad o Metroon, para archivar en él las decisiones públicas, normas y contratos civiles y comerciales. Lo que se corresponde con el hecho de que siete años antes, en el −410, se constituyera una Oficina de Magistrados para revisar y codificar las leyes a archivar como de interés para la ciudad...
Fijémonos que desde la introducción del alfabeto (aceptando la fecha de la copa Dipilon en el −725; imagen derecha), hasta el −390 han pasado ¡335 años! de convivencia de ambas culturas, oral y escrita, y de adaptación al nuevo medio gráfico». (José Luis Prieto Pérez: extractos de Oralidad y escritura en la Grecia arcaica)


Los nueve libros de historia es la primera obra extensa de la prosa griega, y el alcance de la empresa de Heródoto sólo es equiparable a la gran epopeya homérica. Heródoto era totalmente consciente de la época de transición que estaba viviendo. Hay fuertes indicaciones de que originalmente ofreció su obra como una colección de 28 temas, llamados en griego logos, los cuales tendrían una extensión adecuada para la recitación pública. Y también por eso comienza su obra diciendo, en tercera persona:
« La publicación que Heródoto de Halicarnaso presenta aquí de las resultas de su investigación se dirige principalmente a que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes y maravillosas hazañas así de los griegos, como de los bárbaros»

Las obras maestras que ahora leemos como textos son una textura en la que se entretejen lo oral y lo escrito. Su composición se llevó a cabo en un proceso dialéctico en el que lo que nosotros solemos ver como valor literario, se introdujo a escondidas en un estilo que se había formado originariamente a partir de ecos acústicos rítmicos y musicales. Registro que se hacía sobre plomo, piedra, mármol o papiro, y que se conservaba, como Heráclito nos lo revela, en los archivos del Estado o de los templos.

Cuando las obras se conservaban en rollos de papiro, el texto se distribuía en varios rollos de longitud más o menos similar y teniendo en cuenta su división por capítulos, pero no coincidía con la separación temática original. La tendencia era armar rollos de 6 o 7 metros, que formasen un cilindro de 5 a 6 cm de diámetro, cómodos para llevar en la mano (izquierda, imagen de Papel en blanco, muy buen blog).


«Las opiniones de carácter general de Heráclito son estas: que a partir del fuego se conforman todas las cosas y que en él se resuelven. Todo sucede según el destino y por la concurrencia de los contrarios se ensamblan los seres. Y todo está lleno de espíritus y de dáimones. Ha escrito también de todos los fenómenos que coexisten en el cosmos, y que el sol es del tamaño que se ve... De la opinión decía que era una enfermedad sagrada, y de la vista, que es engañosa.
Aristóxeno en sus Apuntes históricos cuenta que Platón quiso quemar los escritos de Demócrito, en bloque, todos cuantos lograra reunir, pero que Amidas y Clinias los pitagóricos le disuadieron, diciendo que no obtendría ningún provecho, pues los libros estaban ya en manos de muchos. Y es verosímil. Pues Platón, que menciona a casi todos los filósofos antiguos, en ningún lugar cita a Demócrito, ni siquiera donde debiera contradecirle, evidentemente porque sabía que se enfrentaba al mejor de los filósofos» (Diógenes Laercio: Vidas de los filósofos ilustres)

(sobre estas líneas, Heráclito discutiendo sus cosas con Demócrito, según la visión de Rubens...: es sólo una de las innumerables versiones pictóricas de la esdrújula pareja)



 4. Al principio fue la Secta

«Yo, dios mortal para vosotros, ya no más mortal, voy honrado por todos, tal como lo merezco, coronado con cintas y con floridas guirnaldas. Cuando llego a las villas florecientes, soy adorado por hombres y mujeres. Y me siguen a miles preguntándome dónde está el camino que lleva al beneficio, los unos requiriendo vaticinio, los otros, para las enfermedades más diversas buscan escuchar una palabra curativa, pues desde hace tiempo están atravesados por arduos dolores» (Empédocles de Agrigento, s.-V, seguidor pitagórico)

No debemos dejar de tener en cuenta el tipo de sociedad al que pertenecía el pueblo griego, o mejor dicho, los pueblos griegos (aqueos, jonios, dorios, eolios...), ganaderos nómadas hasta asentarse en su ''tierra prometida'' de la península helénica, una península próxima al continente asiático plagado de grandes imperios, es decir plagado de grandes oportunidades de hacer fortuna.
En este tipo de sociedades, aristocráticas hasta la médula, para bien y para mal, el conocimiento era, para entendernos, del selecto tipo druídico, aunque no recibiera tal nombre, propio de otros pueblos más occidentales. Eran capillitas, en comparación con las relativamente populosas aulas de los templos egipcios y mesopotámicos.

Sus inicios, por tanto, podrían ser encuadrados dentro de las sectas. Hasta la aparición de Sócrates, el primer filósofo que se lanzó a la calle a contactar con el personal, la filosofía se fue gestando dentro del capullo de unos cuantos iluminados en los que se desarrolló el maridaje de los viajes a los templos del saber orientales con la tremenda nueva herramienta todavía medio secreta de la escritura alfabética. Esa fue la circunstancia de los llamados filósofos presocráticos, y es por eso que se los mantiene en un aparte teórico y doctrinal.
Pero para poder amalgamar tal maridaje era necesario disfrutar –cómo no– de lo que se llama ''un buen pasar'', de una posición desahogada.


De posición desahogada, de los notables de su pueblo, fueron los primeros teóricos ―'theoria' en griego es contemplación y expectación―, Tales de Mileto (el primero y más famoso de los famosos Siete Sabios de Grecia, que ya es decir) y sus seguidores, Anaximandro y Anaxímenes, también del mismo pueblo, a los que Aristóteles, vengándose de su propia ausencia en la lista de los Siete Magníficos, califica un tanto despectivamente de fisiólogos o físicos, 'phisikoí', siendo la física un derivado de 'phýsis', que significa naturaleza, pero en un sentido más bien orgánico o animado, pues proviene del verbo 'phýo', nacer, brotar, crecer.
Esta denominación indica que estos investigadores no eran precisamente ateos ('a-theos', sin-dios), el delito más grave del que eran reos por parte de Platón (el primer occidental que organizó una quema de libros y una depuración de autores), sino todo lo contrario; lo que ellos buscaban hurgando en la 'phýsis' era el espíritu, el diosecillo, el genio ―de donde la palabra gen― que hacía crecer, que daba el ser a los seres. «Todo está lleno de dioses», dicen que decía el tal Tales:

«Aristóteles e Hipias dicen que él concede la existencia de almas incluso en los seres inanimados, aduciendo el ejemplo de la piedra de Magnesia de Tesalia (o piedra imán... de ahí la etimología del magnetismo) y del ámbar. Dice Pánfila que después de aprender geometría con los egipcios fue el primero en inscribir en el círculo el triángulo rectángulo, y sacrificó un buey por el descubrimiento...
Según el parecer de algunos, fue el primero que se ocupó de la Astronomía, y que predijo los eclipses de sol y los solsticios... Y demostró que en relación al tamaño del sol el de la luna es una parte setecientas veces menor, según otros...
Algunos dicen, entre ellos el poeta Quérilo, que fue el primero en afirmar que las almas son inmortales...
Cuando una vez le preguntaron que por qué no tenía hijos, dijo que por amor a los hijos. Y cuentan que dijo a su madre que le exhortaba a casarse: ''Aún no es momento oportuno''. Luego, cuando ella insistió después de pasar su juventud, contestó: ''Ya no es momento oportuno''...» (Diógenes Laercio: Vidas de los filósofos ilustres)

Digamos de paso que Pánfila significa, además del conocido despectivo (acorde, incluso fonéticamente, por otra parte, con su etimología: pan-filia, '' sentimiento de admiración de entusiasmo de fervor por cualquier cosa y por todo el mundo''; peligrosísimo), significa, decíamos, ''natural de Panfilia''; pero aquí el Laercio se refiere a Pánfila de Epidauro, erudita de la época neroniana, y autora absolutamente olvidada de muchas y diversas obras (Wikipedia en particular y Google español en general la ignora clamorosamente, cosa que no hace con el tal Quérilo), entre ellas unos monumentales Discursos de comentarios históricos diversos, dividido en 32 libros, y muy citados por este Diógenes que siempre se refiere a tal obra como Recuerdos, el muy capullo. Parece que también escribió literatura erótica y ensayos múltiples. Animamos desde aquí a nuestra admirada Isabel Barceló (en su frecuentada Italia, Pánfila es mucho más conocida) a incluirla en su nómina de Mujeres de Roma... si es que no lo ha hecho ya, en cuyo caso le pedimos disculpas, pues su biografía dicen ser muy movida y golosa (derecha, fresco pompeyano de mujer escritora, extraído de su página, la cual presenta un aire curiosamente familiar con la autora del blog).



Volvamos a nuestro asunto. También empezó dando clases de matemáticas con Tales un tal Pitágoras (a la izquierda, detalle de La Escuela de Atenas; de pie, Hipatia), un chico listo nacido, según se cree, en la isla de Samos, y que creó una secta, primero, y una importante escuela, en cuanto pudo y vio la oportunidad de ello en la hospitalidad que le brindó Crotona, colonia griega situada en el cayo del dedo gordo de la bota italiana. Allí organizó una sociedad secreta con cuerda suficiente como para llegar a inspirar el montaje de todas las sectas futuras, desde los activos partidos políticos romanos a la cienciología estadounidense. No en vano Pitágoras había permanecido durante veinte o treinta años husmeando por los templos egipcios, donde aprendió muchas de las cosas que hoy le atribuimos a él, y también las ventajas de montarse en casa un chiringuito hermético, en el sentido neumático del término, que se haría famoso como Escuela Pitagórica.

Pero, a diferencia de la escuela de su maestro Tales, que intentaba explicar el mundo de una forma puramente naturalista, los pitagóricos "emplearon principios y elementos tomados del campo de los seres no sensibles, empleándose en el cultivo de la música y de las matemáticas movidos por la finalidad religiosa de purificar el cuerpo para liberarse del ciclo de las reencarnaciones", según cuentan los manuales. Pitágoras afirmaba recordar todas sus existencias anteriores, describiéndolas con detalle, y era capaz de pintar a los demás las suyas con gran colorido, una especialidad de mucho efecto y poco riesgo:

«Cuenta Heráclides Póntico que Pitágoras decía de sí mismo que antaño había sido Etálides, considerado como hijo de Hermes. Y que Hermes le dijo que eligiera lo que prefiriera a excepción de la inmortalidad. Entonces él le había pedido conservar memoria de sus vivencias tanto vivo como muerto. De manera que lo recordaba todo. E incluso después de haber muerto conservaba la misma memoria de todo lo pasado...
Afirman algunos que Pitágoras no dejó ningún escrito, pero no andan acertados en su opinión. Heráclito, el filósofo físico, casi se expresa a gritos ciertamente cuando dice: ''Pitágoras, hijo de Mnesarco, dedicóse a la investigación muy por encima de todos los humanos, y seleccionando de los escritos ajenos se fabricó una sabiduría propia, mucha erudición y ciencia engañosa''... Dice además Aristóxeno que la gran mayoría de sus doctrinas morales las tomó Pitágoras de Temistoclea, la sacerdotisa de Delfos (derecha, maqueta délfica).
Fue el primero en decir, según afirma Timeo, que ''las cosas de los amigos son comunes''. Así, sus discípulos depositaban sus pertenencias en un único montón. Durante un período de cinco años se mantenían en silencio, escuchando sólo sus palabras, y sin ver siquiera a Pitágoras hasta superar un examen. Luego ya pasaban a ser miembros de su casa y compartían su presencia...
Fue tan venerado que a sus discípulos los apodaban ''intérpretes de la voz del dios''. Además, el mismo afirma que después de doscientos siete años había regresado del Hades al mundo de los humanos» (Diógenes Laercio: Vidas de los filósofos ilustres)

Además, sus discípulos iban contando por ahí cómo le habían visto andar encima del agua y una serie de otras maravillas, parte de las cuales coincidirían mágicamente ―así como su aspecto y atuendo, melena, barba, blanca y radiante túnica― con las atribuidas a Jesucristo bastantes siglos después.



«En presencia de extraños ni pelees con tu mujer ni le hagas demasiado caso: que esto segundo es de insensatos, mas lo primero puede parecer manía.
No reprendas estando borracho a los domésticos, que parecerá más bien que los insultas.
Cásate con los de tu linaje; que si lo haces con los de superior, tendrás con ellos no allegados sino señores.
No te rías con los burladores, que te harás odioso a los burlados.
No te ensoberbezcas con los éxitos, ni te deprimas con los fracasos» (Cleóbulo Líndico, otro de los Siete Sabios de Grecia, encima)


 5. Aparecen los enseñantes profesionales
«Conviene saber que la guerra es común a todas las cosas, y que la justicia es discordia, y que todo sucede por la discordia y la necesidad» (Heráclito de Éfeso)

Los griegos ya estaban familiarizados con el perfil laboral del profesor particular, aunque sólo fuera en el terreno mitológico, lo cual no es despreciable si tenemos en cuenta la base sociológica que subyace bajo todo mito. El personaje en cuestión está integrado admirablemente en la particular cultura griega, tan dinámica y trotona ella, aunque el inmortal individuo tuviera nombre de clínica: se trata de Quirón, y era un centauro, un ejemplar de una raza a medio domesticar, hombre de cintura para arriba, y de ahí hasta el suelo un auténtico animal de herradura. Vivían en las montañas de Tesalia, pero recientes estudios del ADN mitocondrial parecen confirmar las sospechas, fundadas y extendidas, de que sus genes se encuentran donde y cuando menos te lo esperas.

Los centauros representan la brutalidad que se esconde en la siniestra cara oculta de la luna humana; no obstante, Quirón, culto, sensible, refinado, era la oveja negra de la familia equino-primate: Sin embargo, por más que Quirón fuera un precedente enquistado en el subconsciente colectivo helénico, la Prehistoria terrestre del negocio educativo (y editorial) comienza con los sofistas.
La conjunción planetaria del auge comercial y la alfabetización ciudadanas llamó la atención de unos avispados individuos que no eran ciudadanos griegos pero que se movían cómodamente en su mundo. Pronto comprendieron que ahí había pelas, o como se dice finamente, ahí había un amplio nicho de mercado (otra frase hoy en boga junto con lo de la conjunción de los planetas). (A propósito de las pelas: por aquella época hacía algo más de un siglo que en Lidia, hoy parte de Turquía, protectorado persa colindante con, y envolvente de, la Grecia jónica, se había inventado la moneda)


« Tetis se cansó pronto de su marido mortal porque envejecía, se debilitaba y cada día era más aburrido; mientras que ella, una diosa, siempre permanecía joven y vigorosa. Pero decidió hacer invulnerable a su hijo Aquiles sumergiéndolo en el Estigia, el río sagrado, cogido por un talón; y, después de esto, lo llevó a Quirón, el centauro, de quien recibió la mejor educación posible: monta de caballo, caza, música, medicina e historia» (Robert Graves: La Guerra de Troya).



«Los sofistas eran magníficos oradores ellos mismos, hombres de muchos viajes, experiencias y lecturas, procedentes normalmente de pequeñas póleis que no ofrecían cauce suficientemente amplio a sus energías intelectuales. Por ello los sofistas abandonaban con frecuencia su patria –al principio a veces como embajadores de ella— y recorrían la Hélade mostrando sus habilidades, dando clases y pronunciando discursos». (Jesús Mosterín: La Hélade)

Eran los burgueses liberales de la época y el lugar (Atenas). Y considerados como los intelectuales más peligrosos y desestabilizadores de todos por parte de la derecha ilustrada más recalcitrante, cuyo representante más recalcitrante e ilustrado era Platón.
Y es que los sofistas ―un despectivo derivado de 'sophia' traducible por sabiondo, resabiado o algo así― se "centraron en el hombre y lo humano", es decir, se metieron en política. Porque, por culpa del nuevo e inaudito sistema administrativo llamado democracia, el poder político se ganaba interviniendo en los debates del Consejo, de la Asamblea, de los tribunales, hasta el punto de que el término "orador" ('retor') era equivalente a "político", por más que retórico sea un término tan desprestigiado como hoy éste: primero la retórica fue el arte de expresarse con corrección y eficacia; hoy se entiende como estilo de lenguaje afectado y pomposo, o como empleo de argumentos o razones que no vienen al caso (abajo, derecha, un típico ejemplo de retórica publicitaria moderna; izquierda, un típico ejemplo de retórica publicitaria antigua).


La visión del negocio sofista estribaba en que en el siglo –V (bendito sea) aún no se habían inventado los abogados (los romanos cargarían con el estigma para siempre), así que cada cual debía defenderse él solito. Y debían hacerlo ante un tribunal popular, como los que están fracasando en España, pero sin jueces ni correctivos ni paliativos.
Sin embargo, la educación tradicional no preparaba para semejante coyuntura a los niñatos de la aristocracia, puesto que se basaba en la música, rítmica y gimnasia. Esta tarea educadora en el arte de la retórica es la que la asumirán los avispados sofistas ―una función similar a la de nuestras academias para preparación de oposiciones―, unos extranjeros con visión del mercado que llegaron a Atenas, a enseñar el arte de la palabra a las "jóvenes generaciones" atenienses, inventando el Máster en Ágoras y demás Parlamentos acompañado de un dominio técnico del lenguaje y la flexibilidad y agudeza necesarias para derrotar al adversario.

Realmente, los sofistas, gracias al éxito de sus apuntes y chuletas, fueron los primeros en descubrir conscientemente el valor que podría tener la difusión del "libro", mejor dicho, del ''rollo'', de cara a instaurar el revolucionario tejemaneje democrático. A ellos se deben no sólo los primeros pasos en la invención de la sintaxis, como dijimos antes, sino también una decidida promoción del progreso de la palabra escrita.
Como consecuencia existía el peligro de que cualquier advenedizo que hubiera hecho un poco de pasta pirateando por ahí se apuntara a las clases nocturnas y tuviera la osadía de subirse a una tribuna―cosas de la democracia―, con el desparpajo suficiente como para enrollar a un noble ―gimnasta, pero con pedigrí―, embaucar al público y alzarse con una concejalía… circunstancia que, efectivamente, llegó a ocurrir las suficientes veces como para que un día un tal Filipo II de Macedonia se liara la manta a la cabeza y terminara de un lanzazo con todo ese rollo patatero de la democracia.

Es por esto que hoy podemos leer los sinónimos de sofista en cualquier diccionario: falsario, charlatán, falaz, hipócrita, retórico… pero sobre todo demagogo. El adjetivo sofisticado, en línea con lo expuesto, significó capcioso, falaz, artificial; hoy, no obstante, a través del inglés 'sophisticated', sofisticación se utiliza como sinónimo de complicación, de perfeccionamiento, e incluso de exquisitez.
Y sin embargo, la famosa máxima de Protágoras, uno de los sofistas más importantes, "el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son en cuanto no son", es la que mejor representa la actitud filosófica de esta escuela:
«Y en otro de sus escritos comenzó de esta forma: ''Acerca de los dioses no puedo saber ni cómo son ni cómo no son. Porque muchos son los impedimentos para saberlo: la obscuridad del tema y la brevedad de la vida humana''. A causa de este proemio fue desterrado de Atenas. Y los atenienses quemaron sus libros en el ágora, después de ordenar por medio del pregonero que los entregaran todos los que los habían comprado. Él fue el primero en exigir como paga cien minas. Y el primero que distinguió los tiempos del verbo, y destacó el poder de la oportunidad, organizó debates oratorios y aportó a los pleiteantes los trucos sofísticos. Y, prescindiendo de la razón de fondo, redujo la discusión a las palabras y engendró la raza de los disputadores erísticos, ahora tan en boga...» (Diógenes Laercio)


Tal situación no podía quedar impune. Y por fin apareció la reacción a los desmanes sofísticos. Entre el año −469 y el −322 transcurrió la vida y milagros de la santísima trinidad filosófica: Sócrates/Platón/Aristóteles, verdadero espíritu santo de la doctrina cristiana.

El primero, el ateniense Sócrates, fue antagonista declarado de la sofística, y en general de toda especulación ―cosa que encantaba a nuestros teólogos―, mirando como temeraria e inútil la ciencia que traspasa los límites de la conciencia y no tiene por objeto la perfección moral del hombre.
Sócrates centró en el alma humana el objeto de la filosofía, tema muy agradecido por permitir todo género de elucubraciones hasta el desvarío: oía una voces interiores, misteriosas y firmes, según los testimonios de Jenofonte y Platón, que le orientaban en su tarea educativa. Vamos, que fue el fundador de la moral, y el primero en afirmar que semejante cosa existía en algún lugar de la Mancha.

Tal hueso lanzado por su mano sigue siendo roído en la actualidad con gran fruición por todo tipo de escuderías civiles y religiosas a pesar de que dejó bien anotada una advertencia, la cual, por sí sola, debería haber zanjado cualquier polémica al respecto: «sólo sé que no sé nada». Por desgracia, nadie se lo tomó en serio salvo la inteligente democracia ateniense, que le invitó cortésmente a una ración de cicuta por cuenta de la casa. Pero ya era demasiado tarde (debajo, La muerte de Sócrates, de Dufresnoy).


«Porque Sócrates era formidable en la retórica, según dice Idomeneo, hasta el punto de que los Treinta le prohibieran enseñar el arte de los discursos, como cuenta Jenofonte. También Aristófanes le trata cómicamente por hacer más fuerte el argumento más débil. Pues es que fue el primero, según refiere Favorino en su Historia miscelánea, que junto con su discípulo Esquines enseño a hacer discursos.
Fue el primero en dialogar sobre la manera de vivir, y el primero de los filósofos en morir condenado en un juicio» (Diógenes Laercio)


Y de los primeros cursillos por libre impartidos por los profesores particulares sofistas pasamos a las Academias, regladas filosóficamente como Dios manda.




6. La Academia y el Liceo


«A su regreso a Atenas, Platón vivía en la Academia, que es un gimnasio bien poblado de árboles en los arrabales de la ciudad, que recibe su nombre de un cierto héroe; Hecademo... pues al comienzo se llamaba Hecademia con e... Parece que Platón fue el primero en introducir en Atenas los mimos de Sofrón, que andaban descuidados, y que dibujó caracteres a la manera de aquél. Y estos escritos fueron encontrados bajo su almohada...
También fue el primero en usar en filosofía los términos de ''antípoda'', ''elemento'', ''dialéctica'', ''cualidad'', ''número oblongo'', y entre los límites: ''la superficie plana'' y ''providencia divina''» (Diógenes Laercio)

Empezaremos dando un pequeño rodeo, que al final llegaremos antes (no siempre la línea recta es el camino más corto).
En los corrillos del ágora se murmuraba que Helena, cuando aquello de su fuga con el troyano Paris, no era la primera vez que ponía el Egeo patas arriba; anteriormente había tenido una experiencia similar, aunque parece que menos placentera para ella (por más que en el ánfora de la izquierda lo disimule bastante bien), a cargo de Teseo mientras bailaba en el templo de Artemisa. El caso es que cuando se enteraron sus hermanos, Cástor y Pólux, se pusieron a buscarla hasta debajo de las piedras, organizando tales estropicios que un ateniense llamado Academo decidió investigar por su cuenta, averiguando que la interfecta se hallaba en la fortaleza de Afidna, circunstancia que se apresuró a comunicar a los irritados hermanos, que le recompensaron con una finca, grande y muy bien situada, a orillas del Cefiso ¡y sólo a 6 estadios (2 km) al noroeste de Atenas! Al morir, Academo lego la finca a su ciudad y en ella se abrió un jardín público que fue destruido por la invasión de las legiones romanas en el -87, año en que sus árboles sagrados fueron talados para montar máquinas de guerra (el cambio climático no empezó ayer).

Y aquí es (ya hemos llegado al punto que queríamos) donde entra en escena Platón. Nuestro héroe, además de sentirse rabiosamente aristócrata y ser alumno de Sócrates, el de las voces, era admirador de Pitágoras, el de los milagros; su ideario político puede intuirse conociendo que su familia, de 'sangre real' y verdadera, había sido despojada por el régimen democrático, con lo que no podía ver a los republicanos ni en pintura. Pero tras una serie de frustrados ensayos en algunos gobiernos insulares ―sobre todo cuando se enteró del amargo trago que puso fin a la vida de Sócrates―, se retiró de la política activa, volviendo a Atenas donde entre tanto había invertido en una parcelita situada junto a la finca conocida como El Jardín de Academo.

En este retiro aprovechó los paseos y bancos de dicho jardín para dedicarse al negocio de la enseñanza (a la derecha, la Academia griega actual). Hacía así la competencia en el terreno que tanto había criticado a sus aborrecidos sofistas, conspirando desde allí contra ellos y la democracia mediante la prédica de sus experimentadas y respondidas teorías, pero esta vez camufladas mediante un hábil sistema doctrinal. En definitiva siguió haciendo política desde su Academia, literalmente, ''sitio en lo de Academo''. A partir de entonces, desde la fundada en Aquisgrán, (Aachen), por Carlomagno con ese mismo nombre, a la que en Hollywood concede los Oscars, academia, académico, academicismo, y demás desvaríos de 'Academo', son sinónimos de ortodoxia institucional y control del pensamiento.


Filipo II desde Macedonia designó, demostrando que sabía con quién se gastaba los cuartos, a Aristóteles (discípulo de Platón y rabioso aristócrata como él: a la izquierda, ambos charlando de sus cosas ―el del dedo es Platón―, según detalle del cuadro de Rafael que encabeza este punto, La Escuela de Atenas; con el típico doble click se obtiene una buena ampliación: gracias, Wikipedia) preceptor de su hijo Alejandro. En cuando éste se convirtió en rey y se fue a recorrer mundo en busca del título de Magno, Aristóteles regresó a Atenas donde, superando el ejemplo de su maestro, ni siquiera se molestó en comprar un local. Montó su chiringuito pedagógico en los jardines de uno de los tres gimnasios atenienses, con excelentes vistas por consiguiente, pero también muy bien situado al lado del bosquecillo y templo consagrados al dios Apolo Lykeion o ''Apolo Matador de lobos'' (a la derecha). Allí fundó una escuela que sería así conocida como Liceo.
'Lykeion' deriva de 'lykoi', lobo ―por eso a los hombres-lobo de las películas, pues el género viene de atrás, se les llama licántropos, 'lykoy-antropos'― y pasó al latín como 'Lyceum'. Se supone que fue el académico francés Jean François de la Harpe quien puso de moda su significado moderno en 1786 ―antes que lo de las Ramblas y la Caballé―, al llamar Liceo a sus cursos públicos de literatura. Poco después Napoleón eligió esta denominación para todas las escuelas centrales de enseñanza secundaria previstas por la ley de 1802.

También copió de la Academia la sana y ahorrativa costumbre de orear a sus confiados alumnos, mientras les aleccionaba, dando paseítos alrededor del templo todo el rato, por lo que los sufridos escolares eran conocidos como peripatéticos, del griego 'peripatein' pasear. No caigamos en el error de confundir el 'peripatos' con el pedagogo, 'paidagogós', compuesto de 'paidós', niño, y 'agó', conducir, del cual hablaremos algo más luego.
Del mismo origen, pero con intención ridiculizadora, proviene la palabra pedante, quizá debido a la afectación exhibida por estos empleados. Este epíteto tenía el saludable propósito de recordar a los presumidos sirvientes que su labor más importante era la de ''ir a pie''. A diferencia del alumnado de Platón, los pupilos de Aristóteles no intervenían en la vida pública ―con una monarquía hecha y derecha vigilando rebrotes democráticos se estaba mejor calladito― y sólo se interesaban en la política como tema de investigación, por si las moscas.

«El ser señor no se dice conforme a ciencia, sino por tener dominio y señorío, y de la misma manera ha de entenderse el ser siervo y el ser libre. La disciplina servil es como aquella que enseña uno en Siracusa de Sicilia adoctrinando a los criados diversos servicios, tales como el cocinar, y percibiendo emolumentos por su labor.
Pero la ciencia señoril consiste en saberse servir bien de los criados. Por esto, los que están tan sobrados que tienen ya su mayordomo, que él se encargue de esas cosas. Mientras, los señores se ocupen de la República o en los graves estudios de la filosofía» (Aristóteles: Política, I-1255)


Tras la muerte de Alejandro Magno se desató en Atenas una fuerte corriente anti-macedónica, que lógicamente afectó de lleno a Aristóteles, el cual se vio obligado a dejar la ciudad, retirándose a Calcis, tierra de su madre, donde murió a los sesenta y dos años.


«Aristóteles se separó de Platón mientras éste aún vivía. Por eso dicen que comentó aquél: ''Aristóteles da coces contra mí, como los potrillos recién nacidos contra su madre''.
Dice Hermipo en sus Vidas que estando Aristóteles de embajador en representación de Atenas en la corte de Filipo, Jenócrates fue designado escolarca en la Academia. En cuanto él regresó y vio que la escuela estaba dirigida por otro, eligió el paseo que hay en el Liceo para filosofar en compañía de sus discípulos dando vueltas hasta la hora de las unciones de los atletas. Por eso fue llamado peripatético (aunque en justicia debería haberse llamado peripatalético, pues todo fue a resultas de una ostensible pataleta aristotélica). Sin embargo, otros dicen que fue porque acompañaba a Alejandro, que se rcobraba dando paseos tras una enfermedad y charlaba con él» (Diógenes Laercio)

(Para compensar la patética humorada patalética les ofrezco mi identificación con la filosofía peripatética en particular ―derecha, Relatividad―, y con la filosofía en general ―izquierda, Paradoja―, imágenes ambas del inquietante Escher; doble click para verlas en todo su ser... o en todo su no ser)


A la muerte de Alejandro, uno de sus generales, Ptolomeo Sóter (la tradición dice que en el mosaico pompeyano de La batalla de Issos, bajo estas líneas, está representado detrás de Alejandro; el del casco), se hizo con el poder en Egipto donde fundó el Museo ―o Templo de las Musas que, por su carácter de muestrario e investigación de las técnicas conocidas patentó el nombre a perpetuidad― y la Biblioteca en Alejandría, de inspiración marcadamente aristotélica y hacia donde acudieron los acomodados aprendices de filósofo de todas partes, constituyendo propiamente la primera universidad de la historia, organizada en departamentos y provista de aulas, laboratorios, observatorios astronómicos, jardines botánicos y zoológicos y salas de disección.
Los amigos, colaboradores y discípulos de Platón y Aristóteles formaron asociaciones, cuyo propósito oficial era organizar el culto a las Musas titulares, pero con la finalidad verdadera de asegurar la permanencia de estas escuelas que eran al propio tiempo institutos de investigación.

El Estado ateniense, dirigido hacia fines del siglo -III por el filósofo Demetrio de Falera, que había participado en los trabajos de los sucesores de Aristóteles, facilitó las cosas en el plano jurídico, sin aportar de todas formas su ayuda financiera. Es probable que, obligado a exilarse y habiendo encontrado refugio en Egipto, al lado de Ptolomeo I, sugiriera a éste una fundación análoga. La institución subsistía aún en el siglo IV ya transformada en Universidad, pues sus miembros enseñaban a discípulos.



7. La Gimnasia y la Magnesia
«Acordaos, también, de que si vuestro país tiene el nombre más grande de todo el mundo, es porque nunca se ha doblegado frente a un desastre; porque ha gastado más vida y esfuerzo en la guerra que cualquier otra ciudad, y ha ganado para sí misma un poder mayor que cualquier otro conocido, memoria de lo cual descenderá hasta la posteridad» (Del Discurso fúnebre de Pericles, tal y como la recogió Tucídides)

Dejando aparte a las niñas, cuya futura vida –en su caso sí– empeorará respecto a las niñas orientales y se reducirá a la reclusión privada, con una educación estrictamente hogareña, los varones eran enviados a la escuela bajo la vigilancia de un pedagogo, 'paidagogós', compuesto de 'paidós', niño, y 'agó', conducir: era normal que cada muchacho ateniense, por supuesto de clase alta, tuviera asignado desde niño un esclavo que lo llevara a la escuela velando por su seguridad; con el tiempo estos esclavos se fueron convirtiendo en preceptores, pero nunca en maestros, instruyéndoles en temas de comportamiento social y demás cuestiones propias de los futuros ayos.
 Pero ayo deriva, como masculino o de género, de aya, mujer de edad que cuida de los niños, y éste, de 'avia', abuela. Al detallar el circuito etimológico queremos hacer constar que aunque ayo podía perfectamente haber derivado directamente de 'avus', abuelo, no fue así por motivos sociológicos: quien cuidaba de los niños no era el abuelo, ni los abuelos, sino la abuela, primeramente, y las mujeres de edad, después y específicamente... hasta que tal ocupación confirió un cierto relieve social, en cuyo momento pasó a ser desempeñado por los hombres con el nombre de preceptor. Cosas de los simios.

El propósito de la educación en esta primera época era más moral que intelectual, preparando a los críos para ser unos buenos ciudadanos, disciplinados obedientes y patriotas, como Dios manda. Las dos principales ramas formativas eran la música y la gimnasia, una educación que a bote pronto no parece responder a la racial virilidad griega. Sin embargo, por 'mousikeé' ellos entendían lo que su etimología expresa, adiestramiento cultural e intelectual, pues música significa ''relativo a las musas'' –lo cual debería representar nueve asignaturas nada menos, una por musa… y como eran paganos no había ''marías'' entre ellas–, como museo, 'museion', ''templo de las musas''.

El profesor elemental, currante de escaso prestigio, era el 'grammatisteés', el gramático, que enseñaba 'grámmata', o sea a leer y escribir (derivados ambos de 'grámma', escrito, letra, y también ''peso equivalente a 1/24 de onza'', origen de gramo… y de anagrama, diagrama, epigrama, gramófono o programa programa programa, que exigía Anguita).

La aritmética ('arithmetike tékhne', de 'arithmós', número), si es que se enseñaba, debe de haber sido muy elemental en razón del prejuicio arcaico que las condenaba por considerar que conducían a una actividad mercantil… o al menos eso es lo que se infiere por la práctica frecuente entre los adultos de contar con los dedos ('pempázein') o con la ayuda de un ábaco ('ábax, abákion').
Tenían el problema de que la numeración griega, a base de letras, de tipo similar y precedente a la romana, sólo permitía apuntar los factores y los resultados pero no efectuar la operación.
Más tarde, parece que se instituyó cierta instrucción sistemática en dibujo y geometría, al fin y al cabo griega es la palabra geometría, de 'ge', tierra, o mejor, tierras, y 'métron', medida, es decir, geometría significaba propiamente ''agrimensura''.

Y también había sucedido que habían aprendido de los fenicios que la geometría, aparte de para hacer monerías pitagóricas, también sirve para que los barcos naveguen mejor; y de su compatriota Arquímedes, que también sirve para hundirlos mejor.
No se inquieten por la irreverencia pitagoresca; si dos mil años antes del nacimiento de Pitágoras babilonios y egipcios no hubieran conocido a su modo y manera el Teorema del Susodicho no hubieran podido construir (y terminar, como vimos atrás) la Torre de Babel ni el resto de los zigurats, ni mucho menos las pirámides.

Eso en cuanto a la música. La gimnástica comprendía lucha, carrera, salto, disco, jabalina, aparte de danza y natación, y era dirigida por un 'paidotríbes' y ejercitada en la palestra, una 'palaístra' con la vista puesta en la función esencialmente bélica del ciudadanito ('paláio' significa luchar): este es el motivo de que ejército derive de ejercicio y ejercicio derive de ejército, da igual que da lo mismo, pues ambos derivan de 'exercere', ''agitar, hacer trabajar sin descanso'', ejercitar, ejercer. Ya dijimos que el verbo 'instruere', instruir, significaba primitivamente levantar muros, proveer de armamento o formar en batalla. En definitiva, lo que en el servicio militar se sigue llamando, muy apropiadamente, "hacer la instrucción".

Por su parte resulta interesante, y da mucho qué pensar acerca de la vida íntima de los griegos, el que gimnasia signifique ''actividad que se realiza desnudo'', al derivar de ‘gymnós’, desnudo; a nosotros no nos parece que el derivado directo de gymnós, o sea 'gymnázo', signifique necesariamente y precisamente y sobretodamente ''hacer ejercicios físicos en la palestra'' (a no ser que se tome en el sentido tópicamente sueco de la expresión). Está claro que, o hay algo en las costumbres griegas que se nos escapa, o existen importantes lagunas etimológicas, o los griegos deberían haberse extinguido hace mucho tiempo (ya los romanos se burlaban tanto del afeminamiento de sus contemporáneos atenienses como admiraban a los antiguos espartanos y macedónicos, léase Alejandro y sus falanges falanginas y falangetas).

«Un griego no concebía la educación sin entrenamiento físico y éste se realizaba en el gimnasio. En el terreno intelectual, por el contrario, las ambiciones nos aparecen en la actualidad bastante limitadas. No se enseñaban, o sólo muy poco, las ciencias.
Leídos, aprendidos, recitados y copiados sin descanso, como lo atestiguan innumerables hallazgos entre los papiros egipcios, los poemas homéricos continuaban siendo la base de la educación del niño. El estudio de los poetas no se llevaba mucho más allá. Hacia el fin de la escolaridad se empezaba a introducir al alumno en la retórica.




Entre las ciencias aplicadas, sólo la medicina atraía a los estudiantes en las escuelas por otra parte bastante cerradas, fáciles de comparar a congregaciones religiosas, puesto que estaban anexas a los santuarios de Esculapio (abajo, el Esculapio de Nati Cañada). Aparte de estas escuelas, la generalidad de los futuros profesionales recibía su aprendizaje de médicos corrientes, pues el ejercicio de esta profesión era libre por completo.
Las otras técnicas no eran enseñadas en ninguna parte, en razón del prejuicio arcaico que las condenaba por considerar que conducían a una actividad mercantil. Las ciencias abstractas no estaban representadas más que por las matemáticas y la astronomía.

La filosofía tenía más éxito, beneficiándose del prestigio de que gozó durante el período clásico, especialmente hacia su final, con Platón y Aristóteles. Una manía casi general, sin embargo, llevaba las preferencias de la juventud hacia la retórica, ilustrada primero por los sofistas y enseguida por los oradores de la Atenas del siglo -IV, que habían sido también profesores de elocuencia.
Hoy día esto puede parecer corto y superficial, pero correspondía a un ideal de hombre cultivado, física y mentalmente armado para adaptarse a los trabajos más diversos que la vida pudiese imponerle. Este ideal se mantuvo, sin cambio notable, hasta el fin de la Antigüedad». (Andre Aymar y Jeannine Auboyer: Oriente y Grecia Antigua)


«No me atrevo a decir en verdad si los egipcios adoptaron de los griegos la idea que tienen de las armas y la milicia, pues veo que tracios, escitas, persas, lidios y, en una palabra, casi todos los bárbaros tienen en menor estima a los que profesan algún arte mecánico y a sus hijos, que a los demás ciudadanos, y al contrario reputan por nobles a los que no se ocupan en obras de mano y mayormente a los que se destinan a la milicia. Este mismo juicio han adoptado todos los griegos y muy particularmente los lacedemonios (o espartanos), si bien los corintios son los que menos desestiman y desdeñan a los artesanos» (Herodoto)






8. La escuela del ocio
«No niego que es útil y agradable llegar a captar la belleza y el ritmo de la pronunciación latina, el significado que entrañan los nombres, la armonía y todo cuanto hace hermoso el discurso; pero el estudio y la ejercitación en ese trabajo, como tarea difícil que es, atañe sólo a quienes tienen ocio y tiempo que dedicar a semejantes sutilezas» (Plutarco)


Hemos empezado diciendo que los primeros teóricos eran gente de posición desahogada; pero de familia bien fueron necesariamente todos los filósofos que vendrán a continuación, y todos aquellos individuos que en el mundo se han dedicado a tan caro hobby. Aristóteles ―que hablaba por experiencia― decía que solamente cuando están resueltas las necesidades de la vida, solamente cuando están cubiertas, además, todas las cuestiones concernientes al placer y la comodidad, y solamente entonces, es posible para el hombre responsable librarse del negocio y quedarse en el simple ocio.

(Guillermo Pérez Villalta: Artista meditando mientras contempla la luna)

Desde esa posición será desde la que nazca otro tipo de saber completamente distinto que no es ya 'tékhne', sino 'sophia'. La 'tékhne', las cuestiones técnicas, significaba en Grecia el saber concerniente a las necesidades cotidianas de comodidad y decoro, y tenía el sentido que los latinos dieron posteriormente a 'ars' ―nuestro arte―, como producción de algo que no existía, un saber hacer, una buena práctica constructiva (los jóvenes de la posguerra española que no podían permitirse el bachillerato acudían a las "escuelas de Artes y Oficios" estatales), a diferencia de la, 'epistheme', conocimiento exacto o científico, con un uso en español bastante restringido al campo de la teoría del conocimiento, o epistemología, materia de reciente aparición.
El ocio no es, para Aristóteles, el puro no hacer nada, sino las vacaciones para lo innecesario, es decir, ir hacia las cosas por las cosas mismas, saber de ellas por sólo lo que ellas son. En contraste, para los latinos 'otium' es un vocablo significativamente raíz, indicador de la relajada y descansada inactividad; la palabra negocio apareció de forma posterior a la palabra ocio, se construye a partir ella en sentido literal, y constituye su forma negativa: no-ocio, 'nec-otium'.

El saber que se logra en el ocio es el 'theorein', el examen, la inspección, el ver por ver, la elucubración teórica. Y la palabra griega que designa al ocio es 'skholé', de donde deriva el término escuela, lo cual nos revela, tras mucho rodeo, eso sí, el motivo ideológico del eterno encarecimiento de la enseñanza: La enseñanza es un lujo; no olvidemos que en las escuelas se "imparte clase", y que es un hecho innegable que ―también hoy hay clases y clases― la escuela nos confiere categoría por el mero hecho de poder permitírnosla, independientemente de la sabiduría conseguida en ella: clase deriva de 'classis', categoría social y, arcaicamente, milicia, es decir, gente con legitimidad y rango para portar armas. Tampoco dejemos de lado por no significativo que escuelas, academias y universidades otorguen títulos y diplomas (del griego 'di-ploma', ''tablilla o papel doblado en dos''… un ramplón significado oculto bajo tan campanudo nombre, origen de diplomático: el que porta los papeles).

Hemos de diferenciar ese examen propio del ocioso, un poco fuera de su contexto, del examen propiamente dicho, el cual deriva del latín 'exagium', acto de pesar algo, que a su vez deviene más significativamente aún de 'exagitare', un compuesto de 'ex-agitare': perseguir sin tregua, exasperar, irritar, atormentar, acosar, hostigar...
Que no se trata de un juego de palabras o de unas coincidencias semánticas, sino de una milenaria identidad etimológica y sociológica, será tratado en su lugar con más detenimiento. Y es un lujo que, además, perjudica seriamente la salud económica y mental, no sólo de los pobres, sino de los no ricos, cuyo deber y obligación (su responsabilidad, según hemos visto definirla certeramente a Aristóteles) es dedicarse a las cuestiones técnicas.

Dado que para un currante de clase media media para abajo esas circunstancias de responsabilidad que exigía Aristóteles para acceder al ocio sólo ocurren con suerte hacia la vejez jubilatoria, las posibilidades de un enriquecimiento mental o espiritual quedan reducidas a poca cosa si tenemos en cuenta que, a falta de una voluntad de hierro, las ventanas de aprendizaje que no se utilizan se van cerrando, ¡ay!, a lo largo de la vida.
Por si estas circunstancias no tuvieran ya su buen peso personal, habría que añadirle la circunstancia social, como es la actitud del Poder ante un tan desestabilizador invento representado por la escuela. Y es que el Estado ha mirado siempre con recelo cualquier proceso de alfabetización general, reservando la cultura, religiosa, militar o civil, a las élites y clases rectoras, es decir, para sí propio.
De hecho siempre se ha perseguido a aquellos individuos que dentro de estas minorías selectas, y presas de un ataque de compasión, generosidad o altruismo, quisieron utilizar sus conocimientos para cuestionar el sistema educativo y su exclusivismo; sistema que a ellos ―pero sólo a unos pocos como ellos― les había dotado de esas facultades para cuestionar, para pensar.



«Cuando se exponen sus teorías acerca del origen del Universo en los medios de comunicación, Sean Carroll, cosmólogo del Caltech (California Institute of Techonology) dice recibir muchas cartas de lectores indignados. "Yo no sé si tú existes, pero yo sí, y no voy a dejar que destruyas el mundo. Creo que tienes demasiado tiempo libre", le increpó un niño de 10 años en una misiva que el científico muestra con orgullo» (Tana Oshima, elmundo.es/ciencia: ¿Y si el 'Big Bang' no fue el comienzo de todo?)


y 9. Conclusión
Con los mimbres académicos griegos se tejerían los cestos romanos y etc. Pero esto queda para otra ocasión. Despidámonos aquí con este aperitivo escrito hace dos milenios, que hace referencia también a un milenio antes, y que seguimos leyendo en la prensa nuestra de cada día:
«―… Ahora bien, ese estilo hinchado, ese vano retumbar de sentencias que de nada sirven, hacen de los jóvenes que se inician en los estrados y de los escolares unos necios con soberbia de maestros, ya que de cuanto ven y aprenden en las academias nada les brinda un cuadro auténtico de nuestra sociedad. Les llenan la cabeza con fábulas de piratas que preparan cadenas para los cautivos; de tiranos cuyos brutales edictos obligan a los padres a decapitar a sus hijos…
Imbuidos y amamantados de tantas tonterías que no es extraño que resulten tal como son, pues los cocineros siempre huelen a cocina…
… ¿Quién emula ahora la perfección de Tucíclides? ¿Quién puede ahora disputarle la fama a Hispérides? No conozco ni un solo verso inspirado; todos esos abortos literarios se parecen a los insectos que nacen y mueren en un mismo día. La Pintura ha tenido idéntico fin, desde que el audaz Egipto se dedicó a ejercer tan noble arte.

Esto es lo que yo estaba diciendo cierto día, cuando Agamenón se acercó a nosotros, curioso por conocer al orador a quien con tanto interés se escuchaba. Inquieto al oírme perorar durante tanto tiempo en el pórtico cuando él en la escuela carecía de público, me dijo:
―… No son los profesores los responsables de tantos errores, ya que las cabezas huecas no pueden contener ideas, y si los maestros se empeñaran en enseñárselas iban a quedarse solos en la escuela, como decía Cicerón…
Por tanto, ¿a quién puede culparse? A los padres, que se oponen a que se eduque a sus hijos de un modo severo y viril. Comienzan a sacrificar, como todos, sus esperanzas a su ambición… De tener más paciencia graduarían mejor sus estudios, y los jóvenes inteligentes irían depurando sus gustos con las lecciones severas, e inculcarían en su ánimo sabios preceptos de composición, corrigiendo su estilo y enseñándoles cuanto es digno de imitarse…

Actualmente, los niños juegan en las escuelas, los jóvenes resultan ridículos en los foros y los viejos no quieren reconocer los errores que tuvo su educación» (Petronio: Satiricón, Caps. I-III)




Sed buenos si podéis...
……………………….«...Porque no hay que burlarse ni irritarse, ni tampoco entristecerse; tan sólo intentemos comprender»






Mis amables compañías:

Presentación

Mi foto
Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).