«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

7 jun. 2010

Del Amor y la Caza (II): Acerca del buscarse y el encontrarse




« El amor de mi bella está sobre la otra orilla / Un brazo del río nos separa. Quiero ir hacia ella / Mas el cocodrilo se tiende sobre el banco de arena / Me lanzo al agua, atravieso la corriente. Mi corazón es poderoso sobre las olas / El agua es tan firme como el suelo a mis pies / Es su amor el que me vuelve así de fuerte / para conjurar los peligros del río»
(Egipto. Poema de amor del Imperio Nuevo)


Como podemos comprobar por el poema egipcio que antecede, la estupidez amorosa es genérica y, sospechamos, universal. Pero para desesperación del espíritu romántico, es tan pasajera como universal y genérica. Por ello ya en Egipto «desde temprano quedaron señalados los deberes maritales. Las tumbas se poblaron de efigies de cónyuges. El amor de los esposos apareció repetidas veces materializado en tiernas escenas. "Si eres hombre de bien, fúndate un hogar", consignó el príncipe Hordjedef (Dinastía IV), y estos hogares se basaban en el respeto mutuo. El consejo del príncipe era el deseo de todo egipcio y podía dar pie a que un tercero realizara una buena acción: "He dado esposa al que no tenía mujer" (Anjtyfy, Primer Período Intermedio)». (Marcelo de León: El amor y la sensualidad en el antiguo Egipto).

Pero gracias a Dios también en este campo, aunque por la vía de la exploración cerebral y la psicología, ha habido avances decisivos; un estudio de la revista Psychology de febrero de 2005 ―Frank Tallis, El amor como enfermedad mental― definía el sentimiento del amor como «una enfermedad mental»; y de acuerdo con estas premisas, Liz Dawson, una psicóloga británica especializada en terapia artística, ha estado asesorando a los actores de la Compañía Teatral de Shakespeare de Londres acerca de la química del amor, a fin de que puedan imitarlo en escena del modo más realista posible:

«Miramos a los ojos de nuestra alma gemela en la obra, escuchamos su voz y seguimos atentamente sus movimientos ―comenta la coreógrafa de la compañía teatral―. En el amor real esto es muy importante, ya que un 70% de lo que nos importa de nuestra pareja es el cuerpo, un 20% la voz, y tan sólo un 10% lo que ella dice».

Liz Dawson también enseñó a sus alumnos actores ―y a nosotros, de paso― que:

«existen tres tipos de amor: a primera vista, obsesivo y romántico. Los tres son igualmente importantes, y en los tres se desata el mismo mecanismo en nuestro sistema nervioso: nuestro cuerpo aumenta la producción de adrenalina, el corazón late hasta 130 pulsaciones por minuto, sube la presión arterial máxima y producimos más glóbulos rojos que oxigenan la sangre... ». (G. González: La ciencia al servicio del teatro: El Mundo, 3-3-2005).

En efecto. Son los síntomas de una peligrosa enfermedad... como el propio nombre de su versión más celebrada (y soñada y perseguida) avisa: pasión deriva del verbo latino 'patior', padecer, sufrir, de donde surgieron también patetismo y apatía, factores directamente relacionados con la cuestión entre otros varios de parecida índole.


«Estar enamorado es una de las enfermedades más terribles y disparatadas que existen. Sus síntomas son muy parecidos a los de algunos trastornos obsesivo-compulsivos estudiados por la psiquiatría, como lavarse las manos continuamente o comprobar sin parar que una puerta esté bien cerrada. Pensar todo el día en una persona viene a ser lo mismo. Mucho se ha hablado, escrito o cantado al respecto.

Sin embargo, la prueba científicamente irrefutable de este desaguisado fue aportada por la psiquiatra italiana Donatella Marazzitti. En unos estudios realizados en 1990 demostró que los niveles de serotonina en las personas enamoradas es un 40% inferior al de las personas 'sanas', unos niveles similares a los de aquellos que padecen cuadros depresivos. La serotonina es un neurotransmisor que ejerce un efecto tranquilizante y optimista en nuestro cerebro, por lo que ya sabemos a qué se debe ese "no sé qué tengo, no sé qué me pasa" que trae consigo el amor.
Al cabo de un año, siguiendo con su experimento, la doctora Marazzitti en un nuevo análisis comprobó que los niveles de serotonina de los enamorados ya se habían normalizado. Vamos, que la fase del enamoramiento tiene, químicamente, una caducidad de un año». (Amor, sexo y química).



Menos mal: el alelamiento pasional tiene fecha de caducidad de un año a partir de su embotellado. Algo más que la leche de La Asturiana... Entonces, ¿por dónde anda el célebre ''amor platónico''?
Bueno, Platón suponía dos clases de amor, uno celeste y otro terrenal, este último es el amor común y aquel otro ''el que produce el conocimiento y lleva a él''. En cuanto al socorrido amor platónico, puede encerrarse en la siguiente descripción transcrita de Ferrater Mora, no recomendable para diabéticos:
«El cuerpo debe amar, por así decirlo, por amor del alma. El cuerpo puede ser de este modo aquello en que un alma bella y buena resplandece, transfigurándose a los ojos del amante, que así descubre en el amado nuevos valores acaso invisibles a los que no aman».(Diccionario de Filosofía).

Tremendo. Y trascripción de Ferrater Mora es también la siguiente reseña de esa pasión insatisfecha, de ese come-come denominado deseo, tan elemental como difícil de razonar, excepción hecha de Platón, claro está: «El amor es para Platón siempre amor a algo. El amante no posee este algo que ama, porque entonces no habría ya amor... Pero tampoco se halla desposeído completamente de él, pues entonces ni siquiera lo amaría».
Tremendo tremendo.


Los antiguos, y los no tan antiguos, para quienes el matrimonio era exclusivamente una transacción comercial entre familias, tuvieron muy mal concepto de la pasión; el deseo era considerado como una enfermedad capaz de dar al traste con buenos negocios ―por lo cual se dieron siempre grandes facilidades para el divorcio, que llamaban repudio―; en el latín vulgar ‘desidium’, deseo erótico, derivaba ya entonces del mucho más vetusto ‘desidia’, indolencia, pereza, y que venía a tener el sentido de libertinaje voluptuoso, conforme a la apreciación moral que culpa a la ociosidad de ser el principal incentivo de la lujuria.

No obstante, a la hora de la verdad y obligado a arremangarse la túnica y descender al barro de lo cotidiano, Platón era otro Platón y lo tenía muy claro: frecuentemente en sus escritos, con una lucidez no tan habitual como se le supone, el amor es comparado con ''una forma de caza'' ―no en vano 'bellus', lo bello, y 'bellum', lo bélico, Venus y Marte, están tan próximos tanto en el vocabulario como en el imaginario europeo―, comparación que aplica también al conocimiento, en un relámpago de clarividencia que nos tranquiliza y encaja maravillosamente en los planteamientos de nuestro texto.



«He aquí que hace siete días que no veo a la bienamada/ La languidez se abate sobre mí./ Mi corazón se vuelve pesado/ hasta mi vida he olvidado./ Si los médicos se me acercan/ Sus remedios no me satisfacen/ Los magos no encuentran recurso/ Mi enfermedad no puede ser descubierta./ Pero si se me dice: 'Hela aquí', eso me devolverá la vida/ Es su nombre lo que me reconforta./ (...) La bienamada es para mí mejor que los remedios/ Para mí es más que un recetario/ Su venida es mi amuleto/ Si la veo, recobro la salud/ Cuando abre los ojos, mi cuerpo rejuvenece/ Cuando habla, me siento fuerte/ Cuando la tomo en mis brazos, aparta de mí la enfermedad...» (Egipto. Poema de amor del Imperio Nuevo)




1. Amor por narices
«El control del comportamiento sexual de cada sexo no está en el cerebro, como se creía hasta ahora, sino que es una cuestión de narices: depende de cómo se reciben en el órgano olfativo las feromonas, esas sustancias químicas producidas por las glándulas sexuales de algunos animales para atraer a una posible pareja» (Rosa Mª. Tristan: El Mundo, 6-8-2007, El comportamiento sexual de machos y hembras, en la nariz)

Otros científicos de la Universidad Saint Andrews, del Reino Unido, autores de una investigación sobre la belleza, en la revista Proceeding of the Royal Society desvelaron otra de las explicaciones de la atracción sexual:

«La clave de la belleza femenina no está en los afeites, sino en los estrógenos, las hormonas responsables de las características sexuales de la mujer, como el desarrollo de las mamas o el ciclo menstrual. Y es en la juventud cuando la producción de estrógenos es más alta y, por tanto, los rasgos tienden a ser más femeninos. No obstante, añaden, las mujeres que de forma natural son menos atractivas pueden compensarlo mediante las máscaras de maquillaje con las que, según han comprobado también en su experimento, se pueden lograr buenos resultados frente al otro sexo».

Repetidas series de experimentos han verificado la autenticidad de estas indagaciones explorando la intervención esta vez del olfato de una manera indirecta: diferentes varones y hembras elegían el olor corporal más agradable absorbido por diferentes camisetas impregnadas por usuarios de ambos sexos: los elegidos y los correspondientes electores, según pudo comprobarse por su ADN, presentaban las mayores disparidades genéticas posibles entre sí, una circunstancia sumamente beneficiosa para la hipotética descendencia de ambos progenitores:

«Esa camiseta a la que se aferra el enamorado porque huele a la persona a la que quiere. Ese peluche con el que duerme el niño y que la madre se lleva instintivamente a la nariz porque tiene impregnado el olor de su pequeño o ese jersey que aparece olvidado en el armario y que sólo por la fragancia delata a quién lo dejó ahí. Son actitudes que identifican a un individuo sólo con la ayuda del olfato y que tienen una base científica. Investigadores estadounidenses han descubierto que el olor personal de cada uno permanece inalterable a pesar de las variaciones en el ambiente y la dieta». (Isabel F. Lantigua: La huella olorosa, 3-11-2008)

Y es que antes de que existiera el lenguaje, los antepasados de los humanos actuales utilizaban otros sistemas de comunicación, señales visuales, sonoras... y olfativas: hasta quinientas sustancias químicas distintas produce el cuerpo humano con un significado muy concreto que se percibe gracias al sentido del olfato. Se trata de las feromonas, gracias a las cuales podemos enviar mensajes seductores, detectar el momento idóneo para mantener relaciones sexuales, e incluso reconocer estados de ánimo. O eso contó en Madrid hace cuatro años el etólogo humano de la Universidad de Viena, Karl Grammer, dentro de la conferencia Feromonas humanas y comunicación. «Por el olfato podemos descubrir muchos detalles de nuestro interlocutor; si es feliz o no, si tiene miedo, si está angustiado... y naturalmente si es receptivo sexualmente o no», afirmó Grammer sin pestañear. (Gustavo Catalán Deus)


Otro interesante descubrimiento, esta vez de la ciencia sueca, puso en evidencia ya hace unos años que existe una sustancia derivada de la testosterona masculina, y presente en el sudor de los hombres, que activa de igual manera el cerebro de los hombres homosexuales y de las mujeres heterosexuales:

«Lo importante de este trabajo es que demuestra por primera vez que la respuesta del cerebro ante la atracción física depende de la orientación sexual y no del sexo fisiológico, por lo menos en hombres. El equipo que dirige Ivanka Savic en el Hospital de la Universidad Karolinska de Estocolmo comprobó también que ante el estímulo femenino, sólo los hombres heterosexuales mostraban reacción, y sin embargo todos los participantes, tanto homos como heteros, presentaban el mismo patrón de actividad cerebral. De igual manera, un estudio basado en la observación de escáneres cerebrales de 12 lesbianas ha comprobado que estas mujeres no registran ninguna actividad cerebral en aquella zona al oler la feromona masculina. No obstante, ante la presencia de la feromona producida por el cuerpo femenino, la región del hipotálamo sí se activó en su cerebro». (Miguel González Corral: elmundo.es/ ciencia, 11-5-2005).



Por mucho que hablásemos aquí de la influencia de la dichosa hormona en la relación de pareja sólo podríamos tocar una ínfima parte de la realidad, una realidad que sigue sin ser descifrada científicamente en su totalidad. Pero sí puede ayudarnos a vislumbrar tal influencia la simple reproducción de estos párrafos periodísticos:

«Desde hace más de una década, científicos de todo el mundo se han afanado en definir cuáles son las diferencias biológicas entre el cerebro de los hombres y las mujeres. Ahora, las últimas investigaciones señalan que en la raíz de estas diferencias está la hormona testosterona y su papel durante la gestación. Nancy Forger, de la Universidad de Massachusetts, acaba de demostrar en experimentos con ratones que cuando los mamíferos se están gestando en el útero, la testosterona y otras hormonas similares desencadenan la muerte celular en algunas regiones del cerebro masculino, mientras que fomentan el desarrollo de otras. De este modo, van modelando la materia gris, haciendo que sus características sean diferentes en función de los sexos. De hecho, Forger ha comprobado que si se elimina o se añade testosterona a los roedores después del nacimiento, sus cerebros se desarrollan en función de la presencia de esta hormona.

Según la neuropsiquiatra norteamericana Louann Brizendine, fundadora y directora de la Clínica Hormonal de las Mujeres, de la Universidad de San Francisco, todos empezamos como fetos con un cerebro femenino, pero a las ocho semanas los incipientes testículos lanzan una descarga de testosterona y las conexiones cambian. Ya no existe el cerebro unisex. Luego, entre los 9 y los 15 años, los chicos multiplican su testosterona por 25 y el resto de la vida viven esclavizados por ella... Las niñas tienen desde la más tierna infancia una mayor habilidad para detectar la expresión de las emociones, mantener y proteger sus relaciones y evitar los conflictos. Luego llega la adolescencia, con oleadas de estrógenos y progesterona, y surge el impulso sexual de atraer a los hombres. Pero cuando ella necesita gustar, él lo que busca a esa edad es ser respetado en la jerarquía masculina…».
(Rosa Mª. Tristan: La testosterona forja la sexualidad en el cerebro (11-11-2004), y Claves hormonales del cerebro femenino (26-2-2007): elmundo.es/ ciencia)



Pero la diferenciación cerebral femenina incide en campos insospechados. En la entrada anterior, sólo con hablar de estrabismos y ojos vagos de actrices célebres como Marilyn y Audrey Hepburn estábamos rozando de manera alegremente superficial y tosca el tema, infinitamente tratado en poesía, de la misteriosa e indefinible mirada femenina. Y en castigo por menospreciar a los poetas, intentando catalogar ese misterio con la horma de términos como estrabismo y vaguería ocular, se nos escapaba la verdadera pero igualmente etérea raíz científica del sutil encanto:

«Uno de los casos más interesantes entre los que conocemos de esas diferencias en las funciones mentales ha sido puesto de manifiesto por estudios relativos al movimiento conjugado-lateral del ojo. A partir de la observación de que las mujeres no son con tanta frecuencia como los hombres giradoras a la izquierda o giradoras a la derecha (es decir, que están más inclinadas que los hombres a mover sus ojos en ambas direcciones), se ha observado que hay menos diferencia en la producción de ondas-alfa entre las mujeres que mueven a la derecha y a la izquierda que entre los hombres de ambos tipos». (Amaury de Riencourt: La mujer y el poder en la Historia)

No podía ser por menos. Resulta que andan de por medio, centelleantes, las sublimes ondas-alfa, ésas entelequias neuronales que están relacionadas al tiempo con la ensoñación y con el chisporroteo creador... Así, cualquiera!
¿Ampliamos un poquito más el interesante asunto de las diferencias cerebrales?:

«Las dos estructuras cerebrales que hoy se conocen con caracteres propios de hombre o de mujer son el cuerpo calloso y el hipotálamo. El cuerpo calloso es el conjunto de fibras nerviosas que comunican los dos hemisferios cerebrales entre sí. El cerebro trabaja como una globalidad indisociable, los dos hemisferios se influyen constantemente, transmitiendo la información entre uno y otro para conseguir un conocimiento de conjunto.
Hay cierta especialización de cada uno de los hemisferios, así el hemisferio derecho tiene mayor capacidad para las emociones, la creatividad artística y musical, mientras que el hemisferio izquierdo tiene el protagonismo de la fluidez verbal y las capacidades analíticas. El cuerpo calloso interrelaciona las capacidades de cada hemisferio a fin de conseguir la más completa personalidad del individuo.

Hay una cierta varabilidad entre mujeres y varones en lo que se refiere a las peculiaridades de los hemisferios cerebrales. Las mujeres, en general, tienen mayor facilidad y fluidez verbal, de forma que incluso se recuperan mejor cuando una lesión cerebral poco grave les afecta el lenguaje. La lateralización lingüística no es tan completa como en los varones, por ello tienen mayores recursos verbales, y son más eficaces en la mediación verbal frente a un conflicto o en la transmisión cultural a través del lenguaje. En cambio, los varones tienen mayor facilidad para la orientación y destreza visuoespacial. Probablemente estas afinidades contribuyeron, junto con otras, a que los varones desarrollaran actividades relacionadas con la exploración y la caza.
Estas variaciones entre hembras y varones se modifican cuando se perturban las influencias hormonales en el periodo embrionario. En caso de que la madre presente una alteración hormonal, puede provocar que el embrión desarrolle una estructura cerebral no acorde con su sexo genético. (José Enrique Campillo Álvarez: La cadera de Eva)





Los antiguos tenían sospechas de ese oscuro poder de las entrañas hormonales, valga la herejía. Más bien se olían que en los fluidos corporales, en los fluidos corporales femeninos específicamente, residía una fuerza a la que intentaron aproximarse muchas veces. Heródoto tiene un ''divertido'' relato, que Diodoro Sículo plagia inconsideradamente más de quinientos años después ''sin mencionar la fuente'', acerca de cierta peripecia ocurrida a uno de los faraones de nombre Sesostris (Sesoosis, según Diodoro), el cual:

« …se vio privado de la vista, bien a través del parecido genético con su padre, bien por su impiedad hacia el Nilo, contra el que , al ser víctima en cierta ocasión de una tormenta, arrojó una lanza sobre los lomos de su corriente; obligado por esta desgracia a refugiarse en la ayuda de los dioses, durante bastantes años intentó apaciguarlos con numerosos sacrificios sin obtener respuesta positiva; pero en el décimo año recibió el oráculo de honrar al dios en Heliópolis y lavarse la cara con orina de una mujer que no hubiera tenido relación con otro hombre que no fuera su marido. Aunque examinó a muchas mujeres, comenzando por la suya propia, a ninguna encontró sin culpa excepto la de cierto jardinero, a la cual desposó en cuanto estuvo sano. A las demás las quemó vivas en cierto pueblo, al que los egipcios han denominado por esta circunstancia ''tierra sagrada''» (Biblioteca Histórica)


 

2. La Belleza y el Éxito

« Labán tenía dos hijas: El nombre de la mayor era Lea, y el nombre de la menor, Raquel. Los ojos de Lea eran tiernos, pero Raquel tenía una bella figura y un hermoso semblante. Y Jacob, que se había enamorado de Raquel, dijo a Labán:
—Yo trabajaré para ti siete años por Raquel, tu hija menor» (Libro del Génesis, 29)

La fiebre de sábado noche, esta epidemia de culto al cuerpo, este tsunami de ansiosa búsqueda de la belleza en su aspecto más banal y menos espiritual que nos inunda, esta paranoia colectiva esconde una motivación más profundamente racional de lo que a simple vista parece: la constatación, avalada por las declaraciones de psicólogos y las encuestas de otros especialistas laborales, de que la gente guapa, sin distinción de sexos, consigue antes una colocación en el mundo, ya sea vía empresarial o ya sea vía afectiva, dos ámbitos equivalentes a decir de los cínicos. La gente guapa logra un lugar bajo el sol, bastante más fácilmente que la gente normalita y mucho más fácilmente que la gente feúcha, en igualdad, y usualmente en inferioridad, de las demás cualidades personales y profesionales.

Es decir, el innato interés en la belleza ―en la belleza juvenil, para más precisar― unido a la irrefrenable atracción sexual se ha convertido en una importante herramienta laboral, un factor de elección y supervivencia del más apto en la ''operación triunfo'' de la vida. La presencia estética, la apariencia en vez de la esencia, el envoltorio como contenido se ha convertido en un factor selectivo elemental, en todos los sentidos del término, en un universo mediático esclavo de la imagen.
La competencia justifica la imponente masacre que conlleva la cirugía estética con sus millones de pacientes, femeninas sobre todo, dispuestas a asumir alegremente los importantes riesgos y sacrificios físicos de implantes, mutilaciones y estiramientos, así como sus subsiguientes ''inversiones'' pecuniarias, semejantes a las de cualquier master post-grado.



«La Concejalía de la Mujer del Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón (PP) ha ofrecido un Curso de Automaquillaje a las mujeres del municipio para dotarlas de las técnicas básicas "para sacar el mejor partido a su físico". Ésta es una de las principales novedades de las actividades programadas por la citada concejalía para el mes de abril» (Servimedia, Madrid, 11-04-2010)
(a la derecha, posible policía municipal de Pozuelo tras aprovechar el cursillo)



Afirma Rubert de Ventós en una de sus entrevistas que ''en esta sociedad no ser guapo o no resultar atractivo es todavía mucho más grave que en épocas anteriores''. Discrepamos abiertamente de tal afirmación por ser una versión del aforismo tan conocido como falso que se lamenta de que ''cualquier tiempo pasado fue mejor''. Por poner un ejemplo histórico: influidos por las imágenes de los monumentos y, sobre todo, por los documentales que recrean la época, todos tenemos la inconsciente apreciación de que en el antiguo Egipto las bellezas pululaban por doquier, en palacio, en el poblado y en la calle; no sólo reinas, cortesanas, aldeanas y esclavas eran guapas y elegantes, sino que, además reinaba un ambiente de abierta permisividad amoroso-sexual basada en la generalizada sacralización de la fertilidad.

Sin embargo, existe un pasaje del historiador griego Heródoto, estremecedor en su naturalidad, que supone una enmienda a la totalidad de tales apreciaciones (la belleza y la alimentación forman un binomio inseparable de la naturaleza --como hemos intentado poner de relieve en la entrada anterior al hablar de ricura y riqueza--, y la inmensa mayoría de la población de todas las épocas siempre ha estado sub-alimentada). Va describiendo Heródoto las diferentes modalidades de momificación de acuerdo a los niveles sociales, cuando de improviso irrumpe el siguiente pasaje:

«En cuanto a las matronas de los nobles del país y a las mujeres bien parecidas, se toma la precaución de no entregarlas a renglón seguido de muertas para embalsamar, sino que se difiere hasta el tercero o cuarto día después de su fallecimiento. El motivo de esta dilación no es otro que el de impedir que los embalsamadores abusen criminalmente de la belleza de las difuntas, como se experimentó, a lo que dicen, en uno de esos inhumanos que abusó de una de las recién muertas, según se supo por la delación de un compañero de oficio» (Los nueve libros de la Historia, II-89)


Tampoco las diferentes reseñas clásicas y bíblicas reproducidas en en estas entradas (en azul) acreditan la abundancia de belleza humana en la Antigüedad en general. Pero volvamos a la entrevista de Rubert de Ventós en la que (y es a lo que íbamos) cuenta la siguiente anécdota: «Cuando estudiaba en la Universidad de Berkeley conocí a un par de chicas muy simpáticas, una muy fea y una muy guapa, que se habían inventado un grupo reivindicativo contra lo que denominaban ''imaginismo''.

Empezaban por buscar en el periódico un anuncio donde se solicitara una secretaria con conocimientos de informática idiomas y demás. Iba a la entrevista la primera de ellas, demostrando su competencia en todo aquello que se pedía. A continuación iba la segunda, la guapa, que mostraba un angelical desconocimiento hasta de gramática. Y cuando, como ocurría a menudo, contrataban a la guapa, el grupo denunciaba a la empresa por estafa. Cuando las conocí ya habían ganado bastante dinero por daños y perjuicios…
De cualquier modo, cada uno mostramos el trozo de nosotros mismos que sabemos más atractivo. Ahora enseño el muslo, ahora enseño mi percepción, ahora enseño mi cultura». (Muy Historia nº13)


(No sé, pero para mí que cuando Marx dijo aquello de ''Secretarias del mundo, uníos'' no imaginaba que le harían caso... con este Congreso)


No obstante, con ser todo ello muy cierto reconocido y constatable, tampoco debemos caer en acusaciones facilonas antes de liarnos a pedradas (''a cantazos'', como llamábamos los críos en Olmedo a nuestras batallas) contra el ''empresario feroz rapaz y salaz'', porque también por nuestra causa resulta que:

« Para modelar las diferencias fundamentadas en la apariencia personal en el mercado de trabajo, se asume que en algunas ocupaciones los trabajadores atractivos son más productivos que los no atractivos. Esta ventaja puede surgir de la discriminación del consumidor, pues los clientes prefieren tratar con individuos bien parecidos; o puede haber ocupaciones en las que el atractivo físico refuerza la habilidad de los trabajadores para interactuar productivamente con los compañeros.
Una evidencia que apoya este supuesto se proporciona en un estudio de empleadores (Harry Holtzer, 1993) a quienes se les preguntó sobre la importancia o insignificancia de la apariencia física cuando llenaban una vacante. El 11% respondió que la apariencia era muy importante, mientras el 39% creyó que era importante…» (Daniel S. Hamermesh, Jeff E. Biddle: La belleza y el mercado de trabajo)



(Diario ABC: Polémica en Milán, 30-3-1999)


Y si una vez que se ha obtenido el éxito laboral, se busca redondear tal lotería con el éxito socio-emocional dentro del curro (proceder alta e inútilmente desaconsejable)…, entonces hay que mirar muy bien el jabonoso terreno en el que uno se introduce (a propósito de introducir, ¿cómo era ese refrán acerca de una olla…? Pos no m'acuerdo):

«Los tratos personales en la empresa no son una anécdota morbosa. Se trata de una cuestión más común de lo que muchos se piensan, con aspectos clave no resueltos por las compañías.
La cuestión es que las relaciones personales entre empleados, que pueden ir desde el simple flirteo hasta la mismísima boda, son más comunes de lo que se piensa, y las compañías deben encontrar un equilibrio adecuado entre la protección de sus intereses económicos y el derecho de sus empleados a la vida privada.

Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 13% de los españoles ha conocido a su pareja en el trabajo, y algunas encuestas en Estados Unidos reflejan que la mitad de los americanos se ha visto envuelto alguna vez en un ''romance de oficina''.
Este mismo estudio especializado detecta que las reacciones de las compañías ante ''los affaires amorosos, los flirteos casuales, la situación de parejas estables, cohabitación o relaciones personales no específicas'' implican medidas básicas como ''la imposibilidad de trabajar en el mismo puesto, equipo, proyecto o lugar; la de una relación de subordinación o superioridad o ser cliente'' (un buen repertorio de estas precauciones se nos ofrece en la excelente serie televisiva dedicada a la vocacional soltería del doctor House, de espaldas aquí a la derecha).

Según un informe de IRS basado en la experiencia de 60 organizaciones de Reino Unido, las relaciones personales entre empleados terminan en matrimonio en un 40% de los casos; en divorcio, en un 20%; en quejas de favoritismo por parte de otros empleados en un 17%; en un 14%, provocan denuncias de marginación una vez que la relación ha cesado; y un 10% asegura que la productividad sufre un bajón importante; mientras que en un 9% de los casos la relación termina con demandas por acoso sexual». (Ana Colmenarejo/Tino Fernández: Relaciones laborales de alto riesgo: elmundo.es/ mercados, 18-11-2007)


«Deseo y arrepentimiento se suceden en nosotros alternativamente. Pues estamos totalmente pendientes de las opiniones ajenas, y nos parece mejor lo que tienen muchos pretendientes y admiradores, no lo que es digno de alabanza y deseo, y tampoco consideramos que un camino es bueno o malo por sí mismo, sino por el gran número de pisadas entre las cuales no hay ninguna de vuelta» (Séneca: Ventajas del ocio, 3)



 3. El Matrimonio hormonal
« ¿Y alguien todavía admira las artes liberales, o concede valor a un tierno poema? El ingenio fue antaño más precioso que el oro. No tener nada es ahora gran barbarie. Aunque bien complacieron a mi dueña mis libros, permitido no me está entrar a mí donde a mis libros sí… ... ...A mí el guardián me impide que me acerque. Por mi culpa ella teme a su marido. Mas si yo previamente doy dinero, me entregarán los dos la casa entera» (Ovidio: Amores, III-8)

Claro que no siempre el éxito en la vida depende del mercado de trabajo… sobre todo si no se tiene trabajo. Pero aunque se tenga, estar emparejado es un criterio implícitamente aceptado como signo externo de éxito, por lo cual los solitarios, eventuales o empedernidos, somos observados con extrema cautela y maliciosa suspicacia.
No obstante, por mucho que nos duela a los solitarios vocacionales, no podemos culpar de nuestra situación al adocenamiento sociocultural. Por mucho que se haya escrito acerca de la soledad como conquista de la libertad y realización personales, y con independencia de que sea una conquista auténtica y dolorosa que hay que mantener y reivindicar, realmente nuestra actitud es claramente antinatura (y por ello más auténtica y dolorosa). Me explico:

Al final de la anterior entrada mencionábamos la existencia demostrada de una empatía congénita y consustancial con los individuos de nuestra misma tribu, la cual suponía una antipatía también congénita y consustancial ante los individuos foráneos (extraño, en el sentido de raro, es sinónimo de extranjero). Bien, pues otro tanto ocurre al hablar de la soledad del adulto (la soledad del niño o del adolescente debe ser seguida a distancia como síntoma de conflictividad interna o externa, tenga o no ésta fundamento y expresión).

Si, como vimos, los roedores ya demuestran antipatía ante los foráneos, otro tanto ocurre con los machos sin opción a hembra que sobrepasan la lactancia y llegan a la edad adulta en todas y cada una de las especies y razas y familias mamíferas (de ellas formamos parte), los cuales son expulsados sin consideración (sangrientamente si es preciso) de su núcleo natal. El mismo comportamiento social humano se seguía en la Antigüedad, en el Medioevo, el Renacimiento y la Edad Moderna (y en todas las tribus primitivas actuales). La soltería militante y reivindicativa es un fenómeno absolutamente moderno que aún no ha perdido su tufillo de extravagancia o de fracaso (alguien afirmaba que ''fracasar en esta sociedad supone un triunfo moral''). La Iglesia lo que hizo a lo largo de su historia fue exaltar el celibato, haciendo virtud de la necesidad, y recoger ese excedente social... siempre que el acogido en cuestión dispusiera de los medios con que corresponder a tal caridad, naturalmente:

«El mundo medieval quiere a cada uno en su lugar y no puede admitir deslices. Las mujeres tienen que ser esposas y madres, o monjas. Así, la palabra soltera, cuyo significado es "no casada", adopta unas connotacione peyorativas, cuales son suelta y "libre". Y si "libre" es una fórmula inconcebible en el imaginario de la época aplicada a una mujer, más lo es aún la de "suelta", que remite a la mujer fuera del control de sí y de los demás; libre de ejercer las inclinaciones nocivas de su naturaleza, esto es, la concupiscencia, la promiscuidad, el uso indebido de su cuerpo, lo que la sitúa en el plano de la prostituta» (Mª Teresa Arias Bautista: Barraganas y concubinas en la España medieval).

También, y a la inversa para el hombre: antes del s.XIII, soltero se empleaba para denominar al expresidiario, u hombre al que han suelto; después del s.XIII pasó a designar al hombre no casado; sobran comentarios.

«En estas regiones se ha introducido la costumbre detestable de que vayan a comer a casa de los prelados y Grandes las mujeres livianas, conocidas vulgarmente con el nombre de solteras y otras, que por su mala conversación y dichos deshonestos corrompen muchas veces las buenas costumbres y hacen espectáculo de sí mismas» (Concilio de Trento de 1324, cap. II: citado en el texto de la doctora Arias Bautista)

(Izquierda, arriba, ilustración de la entrada Clérigos, frailes y mancebas (del blog Final de página), que trata sobre "Quándo las mancebas de los Clérigos solteras han de estar presas, o no")


Prosigamos. Decíamos que el emparejamiento era la segunda señal de éxito social (si salud, dinero y amor son ''las tres gracias sociales'', la salud no interviene en el ranking por razones obvias). Sin embargo, tampoco vale cualquier pareja, no se vayan a creer; es un lugar común, aceptado como evidente, natural, y que además puntúa, el que en una pareja estable él sea unos años, pocos, mayor que ella. Sí, pero, ¿cuántos? ¿Y por qué? ¿… No habíamos quedado en que la atracción física, que se supone conduce al emparejamiento, era una cuestión hormonal y todo eso? Veamos qué dicen los trénicos:

«En las 37 culturas incluidas en un estudio internacional sobre la elección de pareja, las mujeres se inclinaron por hombres mayores que ellas. Si se establece una media de todas las culturas, prefieren hombres aproximadamente tres años y medio mayores, oscilando entre el mínimo de casi dos años de las canadienses francófonas y el máximo de cinco años de las mujeres iraníes.

Para comprenderlo, tenemos que examinar lo que cambia con la edad. Y uno de los cambios más constantes es el acceso a los recursos, a los ingresos, que suelen aumentar con la edad. En todas las culturas la edad los recursos y la posición social van unidos. En las sociedades tradicionales parte de esta relación puede explicarse por la fuerza física y la habilidad para cazar, así que es posible que la preferencia femenina por hombres mayores derive de nuestros antepasados cazadores-recolectores, cuya supervivencia dependía de los recursos procedentes de la caza.

Pero también puede ser que responda a razones distintas. Los hombres se vuelven algo más equilibrados desde el punto de vista emocional, más concienzudos y más fiables con la edad, y esto no ocurre hasta por lo menos los treinta años.
Las mujeres de veinte años de las 37 culturas del estudio suelen preferir casarse con un hombre sólo unos años mayor, no mucho más mayor, a pesar de que los recursos económicos masculinos no alcanzan su punto máximo hasta los cuarenta o cincuenta años. Una razón puede ser que los hombres mayores tienen más probabilidades de morir y dejarlas desamparadas. Otra razón es la incompatibilidad potencial de vivencias, fuente de divorcios y separaciones.
Así que es posible que las mujeres jóvenes se sientan más atraídas por hombres algo mayores que ellas pero con un futuro prometedor, que por hombres mayores con una posición más elevada pero con un futuro más inseguro…» (David M. Buss: La evolución del deseo)


Es decir, parece ser que todos los experimentos sensoriales alrededor de hormonas y feromonas y cucamonas se refieren a los ''amoríos sin fronteras'' pasionalmente incontrolados (amores patológicos, otro derivado de 'patior', padecer, que vimos arriba como raíz de pasión). Mas en el terreno mediático (ese que ''disfrutan'' nuestros jóvenes televidentes) todos los amores son amoríos pasionales morbosos despendolados y violentos por exigencias de captación de audiencia.
Y si habláramos de las consecuencias de la continua y desmesurada propaganda del éxito sexual como sinónimo de éxito afectivo y personal, o sea, como signo externo de éxito social (adoctrinamiento, al fin y al cabo, enfocado a la independencia emocional, es decir, consumista de los jóvenes y hasta de los niños),  sólo necesitaríamos entresacar unos breves párrafos de la prensa diaria para entrever la gravedad de sus repercusiones:

«Chico conoce a chica y se van a la cama. Esto es más o menos lo que podrían estar aprendiendo los adolescentes que pasan varias horas al día frente a la 'caja tonta'. Según un estudio, los chicos de entre 12 y 17 años que pasan más tiempo viendo contenidos sexuales en la televisión son los que antes se inician en sus relaciones sexuales.
Son pocos los programas o series televisivas donde se muestran escenas de sexo desagradables o poco atractivas, donde se expliquen los riesgos que conllevan las relaciones sin protección. Según investigadores de la Universidad de California, la mayoría de las veces, los protagonistas de estas historias se mitifican y su 'éxito' está relacionado con el número de relaciones que establecen con el sexo opuesto.

Se observó que los adolescentes que vieron más contenidos sexuales al inicio del estudio tuvieron el doble de relaciones durante el siguiente año en comparación con aquellos jóvenes menos expuestos a esas imágenes. "Ésta es la evidencia más fuerte de que el contenido sexual de los programas televisivos anima a los adolescentes a iniciarse en relaciones sexuales y otras actividades relacionadas con el sexo", explica Rebecca Coollins, psicóloga de la Universidad de California y principal autora del estudio. "El impacto de la televisión es tan grande que incluso un moderado cambio en los contenidos sexuales que ven los adolescentes podría tener un sustancial efecto en sus conductas sexuales", añade esta experta.» (Ángeles López: Conductas de riesgo: El Mundo, 13-9-2004)
(A la izquierda, otra niña prodigio cuyo nombre es Portman, Natalie Portman, muy afectada ella por sus sesiones televisivas: el resultado de estas malas influencias se pueden contemplar algo más arriba, en la imagen en la que acompaña a Scarlett Johansson)


Un efecto que no sólo repercute en los adolescentes (y en la vida y en la economía de toda su familia):

«Los hijos de madres adolescentes arrojan peores resultados en las pruebas de inteligencia: es posible que sus madres no hayan acumulado suficientes ácidos grasos de omega-3. ''En comparación con las madres que dan a luz por primera vez en una edad más avanzada, el desarrollo cognitivo de sus hijos se reduce y su propio desarrollo intelectual se ve perjudicado'', aseguran investigadores de la Universidad de Pittsburgh» (R. Dobson / R. Waite: The Sunday Times, 12-11-2007)


'' ¿Te gustan mis domingas?'' es la premiosa pregunta que en este fotograma y en español amejicanado está formulando una conocida y agraciada jovencita a los presentadores del programa… o al menos, jovencita era hace quince años, cuando se realizó esta entrevista.




«Los surcos no devuelven siempre el préstamo con interés, y no siempre la brisa presta ayuda a las naves vacilantes. Placer escaso, más bien desengaños se llevan los amantes. Que preparen su ánimo para muchos sufrimientos… Te dirán que ella acaba de salir, cuando tú casualmente la estás viendo. Tú piensa que ha salido y que es tu vista la que te ha engañado» (Ovidio: Arte de amar, II-515)


4. Belleza y envoltorio
«Ya ahora acordaos de la vejez futura:
así ningún momento se os marchará vacío.
 Mientras podéis y todavía ahora,
aparentáis los años que tenéis,
divertíos. Los años se van
igual que el agua cuando fluye…
…Esas canas que juras que tenías
cuando eras virgen aún, súbitamente
se esparcirán por toda tu cabeza.
Se desprenden a un tiempo las serpientes
de la vejez y de su fina piel,
y al caérseles los cuernos, no envejecen los ciervos.
Más nuestros dones huyen sin remedio.
Coged la flor, porque si no se coge,
por sí sola caerá, horriblemente»
(Ovidio: Arte de amar, III-60)

Y una última reflexión al respecto: Habremos de atender a una circunstancia esencial: es la tecnología, la alta tecnología informática, cibernética o como queramos llamarla, quien ha asumido el ''ser'', es decir, la inteligencia, la eficacia, la exactitud, la rigurosidad que requieren la inmensa mayoría de las operaciones que mueven la economía mundial; ella, la computerización, ha desplazado de la fábrica y el taller, y sustituido y reducido al humano común a un mero ''aparentar'' como presentador de la mercancía, y a quien únicamente se le pide una cierta habilidad para ''vender el producto'' ―un producto sin productor― y ''relacionarse'' con el cliente:
En la inmensa mayoría del mundo laboral actual la presencia es la esencia, y la inteligencia un inconveniente, un mal necesario que minimiza averías en las instalaciones y maximiza el ahorro de consumibles. Como bien saben los especialistas en selección de personal, la franja ideal es la media, y el trabajador ideal es gris… y bello.

Es la historia del progreso que empuja a la historia de la civilización hasta hacerla tambalear. Desde el paulatino progreso desde el hacha compuesto hasta la fábrica inteligente, desde el progreso de la esclavitud forzosa ―en la que, también, la belleza ya era símbolo de salud, es decir, de utilidad y placer― hasta la forzada eventualización itinerante y desarraigada del alfabetizado de usar y tirar, el hombre ha ido forjando métodos cada vez más eficientes para arrebatar parcelas de subsistencia a sus semejantes.
La historia del progreso es la historia de una especie que se devora a sí misma a la vez que al planeta sobre el que se asienta. Estamos a punto de morir de éxito.





«...Pero la caza por la persuasión se divide en dos géneros; la una es privada, la otra pública:
En la caza privada hay la que reclama un salario y la que hace presentes, como es la caza de los amantes, que tienen costumbre de hacer presentes a los que persiguen por amor; esta especie de caza privada será el arte de amar.
En cuanto a la caza privada que aspira a un salario, hay una especie en la que el cazador se atrae a las gentes por medio de caricias, o emplean el placer como cebo, sin exigir otro salario que el propio alimento; a esto lo llamaremos el arte de la adulación o el arte de producir placeres»
(Platón: Diálogos: El Sofista o Del Ser)






Sed buenos si podéis...
……………………….«...Porque no hay que burlarse ni irritarse, ni tampoco entristecerse; tan sólo intentemos comprender»


6 jun. 2010

Del Amor y la Caza (I): Acerca del quererse y el gustarse





« En la literatura y en la iconografía griegas abundan las menciones a "sirenas conductoras de almas" de los muertos desde el Hades hasta el Elíseo. También desde antiguo, diversos intelectuales propusieron simbologías místicas de las sirenas. Así, Platón defendió que eran el símbolo de la armonía de las esferas. Esta teoría platónica influiría poderosamente en el cristianismo, en que llegaron a ser consideradas, en algún excepcional escrito, como antecesoras de los ángeles, con los que tenían en común la capacidad para el canto y para la música, y el llevar las almas hasta el cielo»
(Enciclopedia Universal DVD Micronet)


Verano de 2008. El regalo de cumpleaños de la princesa Letizia deja boquiabiertos a los españoles y horrorizado a Jaime Peñafiel, detractor monárquico oficial de la monarquía hispana. El regalo en cuestión consistía en una operación de cirugía estética que suavizaba el perfil nasal de la esposa del heredero al trono; y su propósito, ''normalizar'' la acusada personalidad de las facciones de la princesa consorte de acuerdo a los cánones estéticos del momento.
En el espacio televisivo de Curri Valenzuela del 15 de septiembre una de las tertulianas de Telemadrid comentaba que tal resultado se podría haber conseguido igualmente ''con unos kilitos de más''; tal sugerencia aludía al también muy cuchicheado aspecto anoréxico que la princesa venía presentando desde largo tiempo atrás.

No deja de ser llamativo que tal decisión estética ―la modificación de porte y rostro― sea tomada por una mujer situada de antemano en la cúspide social y económica internacional. Y no menos, que tal inquietud por el, en apariencia, banal aspecto físico afecte de tal manera a un ser envidiado, también, por su belleza e inteligencia naturales. Y más aún, si tenemos en cuenta que aquella preeminencia social y económica había sido conseguida, precisamente, gracias a estas previas cualidades naturales:

«A lo sorprendente e inesperado lo llamamos con toda propiedad el factor humano. Siempre defiendo la superioridad del periodismo ―o de la Historia― sobre la novela porque la realidad es mucho más emocionante que la ficción. Si alguien inventara una trama sobre una brillante profesional de la televisión que atrae a la audiencia por la personalidad de su rostro, enamora al heredero del trono de su país, se casa con él y le da dos princesitas, pero decide operarse la nariz porque anhela la perfección canónica y no se siente a gusto dentro de esa efigie tan magnética, sería dejado de lado por alterar de forma inverosímil el itinerario narrativo de los cuentos de hadas». (Pedro J. Ramírez: Obama o la nariz de Cleopatra, 7-9-2008).

A título particular nos adherimos a la lírica visión que el escritor y periodista David Torres brindaba acerca de la imagen de la presentadora televisiva Begoña Tormo (izquierda) algunos años antes del evento comentado:

«Desde luego, la nariz es el centro de esta cara, y nunca se alabará bastante el hecho de que su propietaria no haya decidido recurrir a la cirugía. Es una nariz prominente e inquietante, sí, pero indispensable, como la torre de una catedral, y a la vez, absolutamente femenina. Podría ser el avatar de uno de esos apéndices nasales que un día cambiaron la historia, la geografía, la economía y la religión: la nariz de la reina de Saba, o mejor, de Cleopatra... ».

O como terciaba otro columnista en el principesco asunto:

«Personalmente estoy en contra: me gustaba la antigua nariz, infinitamente más royal que la actual. Una frase ―probablemente apócrifa― del tipo ''Yo soy una princesa'', tendría mucho más fuerza con una altiva nariz, aquilina y aristocrática».

En alguna que otra columna se hacía una discreta alusión a ''reales'', en todos los sentidos del término, problemas respiratorios como justificación de la cosa, pero sin insistir en el tema.



« En Hollywood es tradición asentadísima que para que a una guapa le den un Oscar tiene que hacer una película disfrazada de fea. Creo recordar que la última fue Charlize Theron, pero seguro que fue la penúltima. La gente se pasa la vida yendo al cine para ver a gente guapa pasando las de Caín para que al final indulten a Abel, pero le gusta creer que no es la belleza lo que le lleva a hacer cola para gastarse el dinero en taquilla… Sólo en Al caer el sol me pareció que Paul Newman alcanzaba ese esplendor de los viejos actores guapos como Henry Fonda. Pero su mejor escena es cuando en Dulce pájaro de juventud le rompen la nariz para que no enamore a nadie más. Es imposible dudar de que estamos en el cine y de que esa nariz no puede romperse. Nunca se rompió»
(Federico Jiménez Losantos: Nacido guapo)


 1. Belleza y personalidad
« ¡Qué bien lucen tus pies con las sandalias, oh hija de nobles! Los contornos de tus muslos son como joyas, obra de las manos de un artista.
Tu ombligo es como una copa redonda a la que no le falta el vino aromático. Tu vientre es como un montón de trigo rodeado de lirios.
Tus dos pechos son como dos venaditos, mellizos de gacela»
(Salomón: Cantar de los Cantares, 7-1)

Ciertamente, si obviamos de momento la peculiaridad de la ocasión elegida para llevarla a cabo, el cambio de imagen de la princesa española es un fenómeno significativamente frecuente en personas que consideraríamos inmunes a tamaña debilidad humana. Sin necesidad de salir de la monarquía española, parece que Doña Sofía se hizo algún arreglito allá por el 2002. O, si hacemos caso de la edición de la revista Tiempo de noviembre de 1992:

«Hillary Clinton, mujer del presidente de Estados Unidos (a la izquierda su busto, expuesto en el Museo del Sexo de Nueva York), era una joven feúcha, con dientes desproporcionados, más bien oronda y miope, llevaba gruesas gafas y era morena de pelo. Ahora... su nariz es más afilada y corta y las patas de gallo, bolsas que achicaban sus ojos y ojeras han desaparecido. El pelo que luce ahora es muy rubio y ha abandonado las grandes gafas que agrandaban su cara por unas discretas lentillas de colores...»

En ámbitos más mundanos, por supuesto, la alteración quirúrgica de la personalidad es tan usual que viene a ser considerada casi como una ampliación de la manicura. Ni tan siquiera se toma a mal un cambalache que debería ser considerado como una estafa al espectador... si es que seguimos considerando al cine como "séptimo arte":

«Por ejemplo, el trasero más famoso de Hollywood es el de una tal Anita Hart. Se trata de una actriz desconocida para el gran público que ha "prestado" su culo en numerosas películas, para sustituir los de grandes estrellas, que no lo tienen tan mono, como Pamela Anderson, Liz Hurley, Cindy Crawford o Demi Moore... » (Josep Tomás: De culo, blog Cama Redonda, 19-11-2008).

La belleza está definida por el diccionario como «la cualidad de ciertos objetos de producir un sentimiento de deleite libre de toda consideración moral o utilitaria», o también, como «la armonía física o artística que inspira placer y admiración»... Lo que varía históricamente es la percepción social de la armonía: en Occidente hemos pasado de la belleza anoréxica de princesa Nefertiti conforme a la antigua moda egipcia que popularmente reconocemos, a las celulíticas y retozonas figuras mitológicas de Tiziano o Rubens, pasando por la "escultural" Venus de Milo clásica, o las Evas renacentistas italianas, para regresar a las primitivas fisonomías y transparencias egipcias que lucen las enfermizas estrellas de las pasarelas.
Son vaivenes culturales inmersos en las circunstancias sociales de cada tiempo y lugar. Y que reflejan un estilo de belleza ligado exclusivamente a la mujer de la alta sociedad de su tiempo y lugar.

Y una moda que realza tanto como somete a las féminas de cada tiempo y lugar: de los pies torturados del extremo oriente a los corsés y tacones del extremo occidente. O, las mujeres de cuello de jirafa, de la etnia kayan, de la zona central de Myanmar (antigua Birmania), cuyos collares-fórceps consideran joyas: cuanto más largos los cuellos, mayor el atractivo de la mujer, puesto que prueban su procedencia de una familia bien... aparte de resaltar la belleza de la estirada dama. O viceversa. También ocurre que con tan peculiar usanza evitaban ser raptadas por los esclavistas, como también lograban con su estilo de ''boca y orejas de plato'' las mujeres mursi de Etiopía, escapar de los inhumanos mercaderes árabes, proveedores de los inhumanos tratantes occidentales.

Pero lo que resulta innegable es la obsesiva persecución de esta armonía por parte del ser humano, algo que los artistas de todas las épocas han tratado de capturar en cánones matemáticos y geométricos... La psiquiatra y profesora universitaria florentina Graziella Magherini, allá por 1985, describió por primera vez las características clínicas del famoso ''síndrome de Stendhal'', una conmoción ante el exceso de belleza que algunos turistas manifiestan con síntomas de desvanecimiento, angustia e inicio de colapso; es un fenómeno que igualmente podemos contemplar entre los fans adolescentes de cualquier pirulí, animal o cosa que aparezca dos veces seguidas en la telecaca, fenómeno que acontece en todas las latitudes y longitudes del moribundo planeta.
Esta misma doctora se descolgó en 2005 con el "síndrome de David", unas perturbaciones, afortunadamente pasajeras, en el cerebro de aquellos que contemplan la mole de cinco toneladas y media del David de Miguel Ángel expuesto en la Academia de Florencia: desde admiración y desconcierto a envidia y deseos de destruirla, pasando por pulsiones de tipo sexual: «Casi todos los visitantes consideran la escultura el emblema de la perfección masculina, y en el David el sexo se muestra de manera palpable, en una especie de fusión entre libido y arte», añade la doctora Magherini.



« El día que su amor del instituto rompió la carta que él le había escrito, Liu Jinbao prometió que tarde o temprano sería lo suficientemente rico y poderoso para hacerla suya.
Dos décadas después, convertido en uno de los grandes magnates chinos, el banquero se dispuso a lograr su sueño.
Escogió a una de sus amantes como modelo y la hizo pasar por las mejores clínicas de cirugía estética del mundo hasta lograr una réplica lo más exacta posible de aquel primer amor adolescente»
(David Jiménez: LIU JINBAO, El 'pigmalión' del bisturí: El Mundo, 23-11-2006)



 2. La belleza y el éxtasis
« En el séptimo día, estando el corazón del rey alegre a causa del vino, mandó a Mehumán, a Bizta, a Harbona, a Bigta, a Abagta, a Zetar y a Carcas (los siete eunucos que servían personalmente al rey Asuero) que trajesen a la presencia del rey a la reina Vasti, con su corona real, para mostrar su belleza a los pueblos y a los gobernantes; porque ella era de hermosa apariencia» (Libro de Esther, 1)

Tal arrobamiento es muy semejante a lo que tradicionalmente se entiende por éxtasis, un estado anímico "caracterizado externamente por la disminución o suspensión de las funciones corporales (sentidos, respiración, circulación)". Toda una experiencia religiosa, que decía el piji-rockero.
Etimológicamente, el éxtasis es una peligrosa desviación del aconsejable equilibrio estático del cuerpo (lo estético es estático, enseñaba el ingeniero Torroja); aunque más apropiadamente podría corresponder al término griego que literalmente se transcribe como 'katharsis', y que significa "regla (menstrual)", "poda (de árboles)". Catarsis que entre los griegos tuvo a menudo un sentido religioso, ligado al orfismo y a los misterios de Eleusis... (José Ferrater Mora: Diccionario Filosófico).

La belleza fue definida por Platón desde un punto de vista metafísico y objetivista: es aquella Idea que al comunicarse con las cosas sensibles las hace aparecer como deseables; su característica es una cierta luminosidad; su función, la de despertar el eros, convirtiéndose, por esta causa, en la vía que lleva al conocimiento del Bien mismo. Aristóteles definió la belleza como armonía: la debida proporción de las partes con el todo.
Las dos posiciones límite adoptadas en la cultura occidental son la objetivista (la belleza es inherente al objeto que se reconoce como bello) y la subjetivista (la belleza de un objeto depende de la apreciación que de él haga un sujeto).

Entre nosotros, los españoles, el término éxtasis tenía desde luego una conexión directa con santa Teresa de Ávila en particular y con toda la mística en general. Y digo "tenía" porque hoy el catolicismo hispano se escurre a toda prisa por el sumidero del aconfesionalismo general de Occidente, antiguamente más conocido como "el materialismo que nos invade" entre nuestros más mayores.
Y es que hace ya casi un siglo se rizó el rizo de la mística con la creación filosóficamente imposible del "espíritu del éxtasis" (sería algo así como el espíritu del rapto del espíritu): “The Spirit of Ecstasi” es esa «pequeña y graciosa diosa, la dama en escorzo que exige silencio con un dedo en los labios» al decir de Raúl del Pozo, que desde 1911 corona el radiador del Rolls-Royce. Fue mediante esta pirueta descaradamente pagana y capitalista como la sublimación del amor divino pasó de golpe y porrazo a simbolizar el culmen del lujo, la belleza y el amor terrenal.




En 1910, Lord Edward Douglas-Scott-Montagu, quién además de mando militar de una unidad del ejército británico en India era editor de la revista The Car Illustrated, encargó a su amigo Charles Sykes, afamado escultor, una mascota para su Rolls-Royce Silver Ghost. Sykes utilizó como modelo para la estatuilla a la que desde 1902 era secretaria y amante secreta de Montagu, Eleanor Velasco Thornton, fallecida en 1915 y de origen español. Tal fue el origen del emblema de Rolls-Royce “el espíritu del éxtasis”, registrada en 1911. (Rolls-Royce Historia)




Y es que la belleza corporal por la belleza corporal, subrayada con los aderezos y complementos estéticos que mezclan los pijos ricos del mundo visual, goza hoy día de tan generalizado predicamento que ya hasta a nivel popular es común y corriente hablar de ''culto al cuerpo'' para referirse a toda la serie de operaciones dietas y demás barbaridades que mujeres y hombres están dispuestos a sufrir ¡Y todo, para lograr la sublime dicha de que la gente les mire por la calle... gente que no les importa en absoluto, y a la cual ni habían visto antes ni volverán a ver en su vida!

Realmente, ¿somos tan superficiales, tan banales, tan inconsistentes, tan estúpidos?
«Si un día descubres que ya no te miran... ¿qué harías para demostrar que existes?» es la frase reclamo de la película de Gerardo Herrero Una mujer invisible. «Luisa confiesa que tras toda una vida peleando porque la valoren como persona y no sólo como mujer, le fastidia que esta última casi haya desaparecido... y se pregunta si, una vez conseguido su objetivo, puede darle la vuelta a la situación y llevar a cabo un insólito juego de “des-seducción”» (Rev. Yo dona, 19-5-2007).

Pero no sólo Luisa; cualquier persona medianamente sensible se deprime ante la constatación de semejantes contradicciones; ante la constante duda entre la necesidad de autenticidad y la tentación de disfrazarse por puro ansia de gustar. Sobre todo teniendo en cuenta que para gustar basta, en teoría, con ponerse en manos de un “estilista” y en imitar las tendencias de la moda que mejor nos cuadren en cada momento del día o de la vida. En cambio, ser auténtico te introduce en un equívoco laberinto; ''ser el que eres'', como aconsejaban los griegos, no es tan fácil como aquéllos simulaban imaginar, porque, ¿quién conoce realmente su ''yo''?

Los psicólogos dicen que en cada uno se encierran y conviven malamente tres personalidades, el ser que los demás piensan que somos, el que nosotros creemos ser..., y el que somos en realidad. Pero éste resulta un desconocido que se escabulle en cuanto tratamos siquiera de visualizarlo, porque es tan variable como nuestro estado de ánimo circunstancial; nuestro yo varía con una buena comida o tras un mal sueño; no somos capaces de las mismas acciones bajo la ducha que entre la multitud de las gradas de un estadio. Todos reconocemos que cambiamos a lo largo de la vida, pero, ¡ay!, también comprobamos que seguimos tropezando en las mismas piedras de siempre.


Y ya que de máscaras y personalidades hablamos, retornemos al comienzo, al tema de la cirugía estética y su circunstancia. La palabra estética proviene del griego 'áisthesis', y significaba simplemente, sin otra connotación, facultad de percibir por los sentidos, sensibilidad, sensación, más que sentimiento (anestesia, an-estesia, sería otro derivado); a lo largo del tiempo, estética como sentimiento de percepción y estética como percepción de la belleza se han ido confundiendo.


La estética está hoy considerada una parte de la semiótica, pero de una ''semiótica no lógica''. Semio es una forma prefija del griego ‘semeîon’, signo, por lo cual, semiótica viene a ser equivalente a técnica de los signos, o a ciencia general de los signos. En la Antigüedad el vocablo semiótica fue usado con frecuencia para designar la ''parte de la medicina que se ocupaba de interpretar los signos, los síntomas, de las enfermedades'' y que abarcaba la diagnóstica y la prognóstica.


 « Respondió de nuevo la risueña Afrodita:
―No es posible ni sería conveniente negarte lo que pides, pues duermes en los brazos del poderosísimo Zeus.
Dijo; y desató del pecho el ceñidor bordado, de variada labor, que encerraba todos los encantos: hallábanse allí el amor, el deseo, las amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio a los más prudentes. Púsolo en las manos de Hera, y pronunció estas palabras:
 ―Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que tu corazón desea»
(Homero: Ilíada)



3. La belleza como forma de bondad
«A ti suplico, soberana. ¿Eres diosa o mortal? Si eres una divinidad de las que poseen el espacioso cielo, yo te comparo a Artemis, la hija del gran Zeus, en belleza, talle y distinción, y si eres uno de los mortales que habitan la tierra, tres veces felices tu padre y tu venerable madre; tres veces felices también tus hermanos, pues bien seguro que el ánimo se les ensancha por tu causa viendo entrar en el baile a tal retoño; y con mucho el más feliz de todos en su corazón aquel que venciendo con sus presentes te lleve a su casa»
(Homero: Odisea)

Pero mucho más antigua y duradera es la confusión entre la percepción de la belleza y el sentimiento de bondad. De hecho, la confusión entre lo bello y lo bueno ―dando por sentado que la sinceridad sea una forma de bondad― está profundamente arraigado en nuestra cultura y en nuestra incultura desde mucho antes de lo que podríamos imaginar: la misma palabra bello deriva del latín ‘bellus’ que tiene el sentido indistinto de lo bello, lo útil, lo bueno, lo conveniente (bonito proviene de un diminutivo de ‘bonus’, bueno: bonito significa buenito)... y nótese que la vida nos enseña que a menudo lo útil y lo conveniente están reñidos con cualquier manifestación de sinceridad. También, por ejemplo, lindo desciende del latín 'legitimus' a través del portugués 'lídimo', auténtico, legal, legítimo.

«...Es por esta neutralidad semántica que Kant llama ''estética trascendental'' a la ciencia de ''todos los principios a priori de la sensibilidad''; poco tiene que ver, por ello, con lo que en la actualidad se llama estética, ciencia de lo bello o filosofía del arte. La cuestión ya fue dilucidada en la Antigüedad especialmente por Platón, Aristóteles y Plotino, quienes, siguiendo la antigua tendencia a la identificación de lo bello con lo bueno en la unidad de lo ideal, subordinaron el valor de la belleza a valores extra-estéticos y particularmente a entidades metafísicas...» (José Ferrater Mora: Diccionaro de Filosofía)

Pero ¿por qué será que han transcurrido dos milenios y medio desde entonces, y seguimos en las mismas?, viendo, por ejemplo, cómo los peluqueros participantes en la IX Escena L’Oréal Professionnel propusieron «una vuelta a los orígenes, al espíritu de la sencillez y pureza, para evocar la belleza natural del desnudo femenino». Es decir, nuevamente Platón y sus cosas.


Sin embargo, detrás de tanta sencillez y tanta pureza hay bastante poco platonismo. Los profesores Margo Wilson y Martin Daly, de la U. McMaster, Canadá, aseguran, como los expertos en publicidad ya sabían, que una mujer es capaz de activar impulsivamente el cerebro masculino, y basta una fotografía para manipular sus centros cerebrales de decisión (Izquierda, Titania y Fondón, de Henry Fuseli, inspirado en El sueño de una noche de verano, gráfica representación del efecto inevitable del encanto femenino que tantos sudores racionalistas nos cuesta contrarrestar a algunos):

«Los publicistas saben desde hace tiempo lo que los científicos acaban de demostrar. Los hombres actúan impulsiva e irracionalmente ante la vista de una mujer hermosa. El recurso de los anunciantes no sólo tiene sentido sino que opera directamente en un área concreta del cerebro masculino que provoca modificaciones de su comportamiento... Cuando las mujeres contempladas no entraban en la categoría de sexualmente cautivadoras, los caballeros no modificaban su comportamiento... Una decisión “irracional” que contrasta con la racionalidad femenina, inalterable después de visualizar hombres guapos... Con sus cautelas “las mujeres reflejan la gran inversión que para ellas supone la maternidad... ». (María Valerio: Impulsos: El Mundo, 26-12-2003)




«Las experiencias fotográficas de Spencer Tunick, con miles de mujeres y hombres desnudos tienen, entre otros significados y consecuencias, el efecto claro de deserotizar el cuerpo. La conversión del individuo en masa transforma el cuerpo en masa también. Lo mismo pasa en las playas nudistas. La masificación del cuerpo provoca una suerte de suspensión del deseo, que no encuentra su objeto... El cuerpo se hace mera protuberancia» (Manuel Hidalgo, Rev. Yo dona, 19-5-2007)









«Fue el gran Federico Nietzsche quien analizó en su Genealogía de la moral con extraordinaria agudeza la relación entre lo malo con lo feo, lo bajo, lo plebeyo. Ese estereotipo sigue  funcionando en nuestro sistema de valores: una cosa bella tiene que ser necesariamente buena. En cambio, lo repulsivo estéticamente nos parece malo.Pero la vida real no se ajusta  a estos tópicos.
Hace un par de años, la bella y joven Amanda Knox, apodada Cara de ángel, fue condenada por un tribunal italiano a 26 años de cárcel por el asesinato de Meredith Kercher, su compañera de piso. La autopsia reveló que Kercher murió con la tráquea destrozada por estrangulamiento y la garganta parcialmente rebanada. El juicio contra Amanda Knox suscitó un enorme interés en Italia, donde un sector de la opinión pública creía que una mujer como ella no podía haber cometido un crimen tan horrendo.

…La figura de Amanda Knox y el film de Preminger ―Cara de ángel, en la que Jean Simmons induce a Robert Mitchum a cometer un asesinato― me han venido a la cabeza esta semana al ver la fotografía de Laura Gómiz, la ex presidenta de Invercaria. Gómiz es una cordobesa de 32 años, atractiva, muy guapa, con una expresión de dulzura y bondad. Nadie podría identificar esa cara con el lenguaje soez que emplea en las grabaciones que han sido divulgadas por los medios.
La escuchamos cómo ordena sin pestañear la falsificación de documentos para justificar los créditos concedidos por Invercaria, cómo amenaza con despedir a su subordinado y cómo se jacta de no tener el menor sentido de la ética...» (Pedro G. Cuartango: Caras de ángel)

«Laura conmovió al personal con su sonrisa y sus hoyuelos, aunque la grabación de sus conversaciones con Cantos era turbadora, como su expresión en la imagen de abajo. Desaparecida la sonrisa y los hoyuelos, su mirada es inquietante. "Acojona, ¿eh?", habría dicho el gran Luis Escobar, al igual que los antidisturbios en traje de faena. Pero hay en ella algo que da mucho que pensar y que explicita con apabullante sencillez en su testimonio durante el juicio a propósito de las grabaciones: "Es mi voz, pero no mis pensamientos"...» (Santiago González: Hablemos de género sin tapujos)




Tras todo lo visto y lo que nos queda por ver, es de agradecer que algún filósofo moderno nos aclarara que «la Belleza es independiente de la Bondad y de la Verdad, de modo que algo puede ser a la vez malo, falso y bello, no habiendo correlación entre tan trascendentales conceptos», una impresión que los mensajes publicitarios se empeñan en refutar constantemente, queriendo convencernos de que una cara bonita y una frase ingeniosa sólo pueden anunciar un buen producto.

Estamos tan enredados entre el ser y el parecer que tuvieron que transcurrir estos veinticinco siglos antes de que los filósofos posaran su mirada en la tierra discriminando entre lo estético, lo ético, lo pragmático… ; y consideraran que, en lo tocante al pan nuestro de cada día, la estética no es más que una técnica para producir cuerpos, gestos y ademanes (posturitas monas, se llama eso en castellano viejo) capaces de atraer la atención del ''personal'', creando así un mensaje publicitario ambulante como identidad.


Y es que realmente no confiamos en que el mundo haya cambiado tanto, desde la selva hasta hoy, como para sincerarnos en nuestra apariencia social. El ''instinto estético'' ―del que se previno Ulises al encadenar a sus marineros para poder escapar al ''canto de sirenas''― está tan grabado en nuestros genes como en los del resto del mundo animal, y usamos, como dios nos da a entender, del camuflaje para des-aparecer y del adorno para mejor parecer, pero, sobre todo, para aparecer, para hacernos visibles a los demás (a los de-más).
Y esto a pesar de las elucubraciones metafísicas que siempre han proclamado que la atracción por lo hermoso es una cualidad exclusivamente humana, olvidando el hecho de que al fin y al cabo, los pavos reales, los guacamayos y los jilgueros no están en el mundo para adorno de parques y jardines. Los pavos reales a quienes única y exclusivamente intentan encandilar mostrando su cola desplegada, es a las pavas reales, dicho sea con todos los respetos para las monarquías parlamentarias.



«El Homo sapiens es la única especie animal capaz de pintar una Mona Lisa con la única intención de recrear su belleza y, luego, disfrutar de esa imagen. ¿En qué parte del cerebro se esconde esa capacidad artística? La respuesta nos la ha dado un grupo de investigadores españoles encabezados por el profesor Cela-Conde, hijo del fallecido Premio Nobel de Literatura, que han descubierto que es la zona izquierda del córtex prefrontal del cerebro (en la parte delantera de la cabeza) la que se activa cuando una persona considera que una imagen es estéticamente bella.
La idea surgió hace cuatro años por iniciativa de la catedrática Gizelle Marty, que planteó la necesidad de saber qué zonas del cerebro son las que valoran la estética.
Para ello, en primer lugar, tuvieron que definir qué era la estética con cuatro conceptos: bello, original, interesante y agradable. Tras realizar un estudio con 400 individuos, determinaron que cuando algo es bello también cumple las otras tres condiciones» (Rosa Mª. Tristan: Las neuronas de la belleza: elmundo.es/ ciencia, 13-4-2004).




En la siguiente cita clásica, observamos de qué tipo son "todas" las cualidades de una matrona romana ejemplar. También es de notar que los ojos de color azul no eran nada del gusto romano (a pesar de que los ojos de Salvia eran azules, les salvaba el que fueran vivarachos y brillantes); ello era debido a que su abundancia entre los bárbaros, celtas galos y germanos, hacía sospechosos a sus, entonces, desdichados poseedores; algo similar a lo que ocurría con la pelirrojez, no sólo entonces sino hasta no hace mucho (rufián deriva del latín 'rufus', pelirrojo):

« ―He aquí presentes todas las cualidades de la virtuosísima Salvia, tu madre: su generosa probidad, su estatura moderada, su esbeltez deliciosa, el color delicado de su tez, una cabellera rubia y arreglada sin afectación, unos ojos ciertamente azules pero vivarachos y brillantes en la mirada, como de águila, una cara fresca totalmente y un andar elegante y ágil» (Lucio Apuleyo: El asno de oro)





(Izquierda, Wilma, la primera  recreación de una mujer neandertal, nativa de El Sidrón casualmente (... por más que parezca de la familia de Gérard Depardieu). Hecha en 2008, por primera vez se tenía en cuenta un detalle conocido gracias a un estudio de ADN: Wilma es pelirroja. Sin embargo, aún no se había descubierto que la mutación del gen que da ojos azules data del -IV milenio solamente, mientras que los neandertales se extiguieron hace unos 25.000 años, así que los ojos de Wilma no podían tener ese color)




«Durante mucho tiempo, el azul fue un color marginado. Está ausente de las pinturas rupestres neolíticas. En la antigüedad ni siquiera era considerado como un color. Sólo el rojo, el blanco y el negro tenían ese estatus. Una de las razones principales es que el azul es muy difícil de fabricar. Para los romanos era el color de los bárbaros, del extranjero. Los pueblos del Norte, como los germánicos, usaban el azul. Por entonces, los ojos azules en una mujer eran signo de mala vida. Para los hombres era una marca de ridículo. Cuando las lenguas románicas forjaron sus lenguajes sobre los colores, tuvieron que ir a buscarlos al germánico (blau) y al árabe (azraq). En griego antiguo, las palabras que lo designan son imprecisas: hay confusión entre el gris, el azul y el verde. En la Biblia tampoco existe el azul» (Michel Pastoureau)


Y es que posiblemente tales recelos tengan algo de fundamento pues, como decía un olvidado clásico (Marx, hablando sobre órgano y función), «las modificaciones experimentadas por ciertas formas provocan cambios en la forma de otras partes del organismo, sin que estemos en condiciones de explicar tal conexión. Los gatos totalmente blancos y de ojos azules son siempre o casi siempre sordos».
No obstante, para aquellos que nos resistimos a desuncir la belleza de la inteligencia y demás aburridas trivialidades, se hizo una película como Insignificancia, en la que Marilyn Monroe logra explicarle a Albert Einstein la teoría de la Relatividad de una manera más sencilla de lo que él había sido capaz de imaginar (debajo, Norma y Albert en plena faena pedagógico-forense).




  
4. Me gustas mucho, le dijo él (o ella)

«Entonces dijeron los jóvenes que servían al rey: "Búsquense para el rey jóvenes vírgenes de hermosa apariencia. Nombre el rey oficiales en todas las provincias de su reino, para que reúnan en Susa, la capital, a todas las jóvenes vírgenes de hermosa apariencia, en el harén que está bajo el cuidado de Hegai, eunuco del rey y Guardián de las mujeres; y provéase su tratamiento cosmético» (Libro de Esther, 2)
Quizá la impotencia de Platón en particular y de la filosofía en general para aislar el misterio de la belleza y explicar el seguimiento masivo y cotidiano, como hipnotizados, de las piruetas (más bien, pingoletas) de las bellezas televisivas, a pesar de las esencias de ellas mismas, resida en que la atracción por las simetrías y proporciones de la belleza es algo innato, como el vértigo o la náusea; algo inscrito en la naturaleza humana aunque no sólo humana, según lo dicho. Según explica Alan Slater, psicólogo del desarrollo de la Universidad de Exeter, otro más que nos confirma que los humanos nacen con una preferencia innata por la belleza:

«Puedes mostrar varios pares de rostros que coinciden en todo excepto en el atractivo, y los niños siempre mirarán a la más atractiva de las dos caras. Lo cual lleva a la conclusión de que los bebés nacen con una representación bastante detallada del rostro humano que les permite detectar y reconocer caras. El atractivo está ya en el cerebro de un niño recién nacido desde el mismo momento del nacimiento y probablemente antes de él»
(Este extasiado bebé en concreto se llama, o lo llamarán, Hayek, Salma Hayek)

La belleza y la bioquímica hormonal, y su sublimación en un cóctel conocido como amor, se agitan en un combinado de sensaciones que se desparraman en una pulsión ciega de posesión física y mental que no retrocede ante el asesinato, el suicidio, ni siquiera ante el infanticidio de los propios hijos, esa locura antigenética (en el próximo capítulo, Acerca del buscarse y el encontrarse, ya hablamos del amor como enfermedad mental).
Quizá la apreciación de la belleza tenga el mismo sentido instintivo que la estimación de los sabores y los olores y por eso es que nos ciega y embriaga. Quizá la sensación de belleza y fealdad para el sentido de la vista, y de armonía y disonancia para el oído, respondan a los mismos reflejos defensivos que la sensación de dulce y amargo para el paladar, o de fragante y fétido para el olfato, y a la hora de emparejarnos elijamos la apariencia física y el aroma hormonal, obviando enamorarnos de las demás cualidades interiores.


Y es que en este aspecto nos dejamos de idealismos ―querámoslo o no, comprendámoslo o no― atendiendo al sentimiento entrañable (de las entrañas, derivado del latín 'interanea', intestinos), de que la hermosura se hereda pero la inteligencia, no. Lo cual sería un indicio, entre muchos, de que estamos bastante más cerca de la entrañable animalidad de lo que nos encanta imaginar, por más que los telediarios y la sangrantemente sangrienta oferta cultural cinematográfica se obstinen en desengañarnos piadosamente.
Porque lo cierto es que ―váyase lo uno por lo otro―, si bien tampoco la estupidez de los padres tiene consecuencias de tipo genético en los hijos, sí que tiene indudables y lógicas repercusiones de tipo social por cuanto afecta al tono familiar del hogar en el que los tiernos vástagos maduran, o se pudren, y desarrollan o atrofian su personalidad.

Pero tampoco la correspondencia entre atracciones físicas y hormonas químicas es algo fijo y simple. La relación entre los rasgos que resultan atractivos y la testosterona, por ejemplo, ha sido analizada por un equipo del Laboratorio de Investigación de caras de la Universidad de Aberdeen (Reino Unido), ―hay investigaciones pa'tó― que por primera vez ha estudiado este papel concreto de la famosa hormona:

«"Dependiendo del nivel de testosterona, los participantes cobaya prefieren una u otra cara. Cuando los niveles de la hormona eran altos, los hombres se sentían atraídos por las mujeres muy femeninas y las chicas por los hombres muy varoniles. Pero cuando estos niveles descendían, los gustos cambiaban", ha declarado a la BBC el doctor Ben Jones, uno de los autores de la investigación y psicólogo del centro.
Cuando los niveles de testosterona andan elevados, las mujeres encuentran irresistibles a los hombres muy masculinos, del estilo de los actores Russel Crowe o el nuevo James Bond, Daniel Craig. Ellos, por el contrario, se decantan por las caras femeninas como las de Natalie Portman, Scarlett Johansson o Evangeline Lilly, la protagonista de la serie 'Perdidos'». (Isabel F. Lantigua: elmundo.es/ ciencia, 17-9-2008)

No en vano, el gusto (latín 'gustus', acción de catar) puede ser entendido, bien como uno de los cinco sentidos fisiológicos, o bien como la ''facultad de formular juicios estéticos''. Quizá por ello, desde los primeros análisis filosóficos del ''problema del gusto'' se han suscitado las cuestiones principales que dominarán luego todas las investigaciones al respecto: acerca de si el gusto es racional o es sensible, si es universal o individual, si seguro o arbitrario, facultad o mera apreciación.

Los antiguos afirmaban tajantemente, siguiendo a Platón, que la belleza depende exclusivamente de la apreciación de la vista y el oído; pero hoy los juicios sobre la belleza son usualmente llamados ''juicios de gusto'', una facultad ésta radicada en boca y nariz, y en muchas ocasiones en el tacto, o mejor en el con-tacto del objeto, o del sujeto, con determinadas zonas de nuestra piel.




Aunque en otras muchas otras ocasiones más bien no: a los mayas les encantaba el estrabismo, al punto de que disponían colgantes entre los ojos de sus bebés para forzar sus ejes visuales. Un estilo que de vez en cuando utilizaba, por cierto, y le quedaba muy tierno a Audrey Hepburn. Es curiosa la coquetería con que Marilyn utilizaba su ligero estrabismo de ojo vago; o que el único ojo del busto de Nefertiti no sea fruto de accidente personal o artesanal, sino un detalle aplicado ex profeso por el escultor. Luces y sombras para un equilibrio perfecto, que recomendaba Tomás de Aquino, y al que nosotros volveremos en la próxima entrada al hablar del ''hechizo'' del mirar femenino (del embrujo, como se decía antes) con algo más de rigor.




En la antigua caligrafía china el ideograma 'hermosura' se escribía superponiendo los pictogramas 'oveja' y 'corpulencia'. Sin irnos tan lejos, un bebé hermoso es sinónimo de bebé grande y sano: la consabida terneza ''qué niño tan rico'' más que un cumplido es toda una constatación socio-económica (la ''ricura'' como variedad de la ''riqueza'', rico procede del gótico 'reiks', poderoso; la preciosidad, como precio-sidad, o preciosa como variante de apreciada, o de alto precio, y como antítesis del desprecio). Recordaremos también unos pocos gráficos giros callejeros (algunos los denominan piropos): Maciza / macizo…! Tía güena / tío bueno…! (algo hemos hablado antes de la equivalencia belleza-bondad). Estás jamón…! Bombón (unidad de medida de la ricura con submúltiplos volumétricos: bomboncito, bomboncete y bombonazo)…! Estás pa'comerte…! Cosa rica…!

En fin, como botón de muestra ya está bien..., o estará bien siempre que, recurriendo a la etimología, acabemos remarcando que cruel, crudo y cruento, la crueldad mental, la crudeza de los alimentos (y de la guerra, amorosa o descarnada), son aspectos del mismo vocablo, 'crudelis', ''que se complace en la sangre''; que 'crudus' significa sangrante; y que en amor y en alimentación (esa ''carne'' con la que se ensañan nuestra religión y nuestro supermercado) 'cruor', latinajo raíz de nuestros pesares espirituales y estomacales, significa sangre (si bien esta palabra también latina, 'sanguis', tenía para los romanos el sentido de ''factor de descendencia y parentesco'' con que diferenciaban la sangre derramada violentamente de aquella otra directamente relacionada con la menstruación femenina en particular y con la existencia animal en general; era un ingrediente vital del carácter ―sanguíneo― y del combatiente ―sanguinario―; en fin, que no tenían muy claro el asunto, algo que no es de extrañar: hasta el s.XVI no llegó a descubrirse que la sangre circula por el cuerpo, así que mientras tanto venía a ser como la salsa viva de la carne, el ketchup de la vida).
Una última pregunta al aire de la noche: ¿Por qué será será, que los apetitosos labios femeninos resultan más apetitosos cuanto más rojos? (Ver Sobre historias del Beso).



Por cierto, piropo es uno de los innumerables derivados del fuego en su origen griego, 'pyrós', ese fuego que hace digerible la carne en su doble aspecto erótico-proteínico; 'pyropos' significa semejante al fuego, de color encendido; para los romanos, 'pyropus' era una aleación cobre-oro de color rojo brillante; para los hispanos del s.XV, ''cierta piedra preciosa'' sin identificar; para los hispanos modernos, la primera grosería admirativa chusca que se les viene a la boca desde los intestinos, una especie de regüeldo verbal, pero que suele tener secreto y negado éxito: un admirador siempre es un admirador.

Como vemos, el consabido axioma ''sobre gustos no hay nada escrito'' no parece excesivamente acertado, acerca de lo cual podrían asesorarnos, como hicieron con nuestra madre Eva, las serpientes, las cuales utilizan su bífida lengua como un afilado quimio-sensor que les permite seguir el rastro de las feromonas exhaladas por sus presas y sus congéneres, aromas recogidos por los receptores dispuestos en los extremos de ambas ramificaciones de la lengua, lo que posibilita al animal la localización exacta e instantánea de su objetivo, de manera similar a la localización visual binocular frontal de los restantes depredadores. Y no hay que olvidar que en ese aspecto descendemos de un antepasado común.


¿Y la amargura? Espontáneamente relacionada con la decepción, está directamente emparentada con el amargor de los alimentos en mal estado o de las substancias venenosas: Así, del brazo del gusto-facultad y del gusto-sentido aparece en escena el gusto-instinto, es decir, el amor. De hecho, nos gustan o nos dis-gustan determinados sabores, olores, colores, sonidos y texturas: feo ('foedus') y fétido ('foetidus') tienen la misma raíz etimológica.

Pero también ocurre que en la otra cara de la moneda amorosa, allí donde reinan las dulzuras de Escajolia, cuando confesamos que “nos gusta” determinada persona estamos reconociendo hallarnos atraídos por ella y próximos al enamoramiento... si es que no estamos ya tontos de remate; comportamiento éste que siempre ha suscitado en el público un sentimiento entre lástima y sospecha; debe ser por ello que al seductor masculino se le calificase con la palabra guapo, que procedente del latín 'vappa' significa…, granuja, bribón, chulo, rufián, holgazán…, propiamente ''vino insípido''. Es por ello que a los guapos se nos suele rebajar a guaperas (envidia cochina). Claro que las féminas seductoras tampoco salen mucho mejor paradas (por ejemplo, el término vampiresa como chupasangre).



Y si en el caso del gusto podíamos escurrirnos por dos vertientes opuestas pero unidas por el vértice, en el tema del amor el asunto se complica y las vertientes por las que resbalamos se multiplican como en el tejado de una torre gótica. Stendhal distingue entre el amor-gusto, el amor-pasión, el amor físico y el amor de vanidad o amor a sí mismo; no deja de ser una clasificación algo redundante y un tanto confusa, pero no hay que olvidar que Stendhal fue un gran escritor y un entusiasta experimentador en amores y amoríos, aunque no un gran filósofo: opinaba que ''la belleza es promesa de felicidad'', fíjate tú..., el probe Miguel, que hace mucho tiempo que no sale!
Para otros autores menos fogosos los amores son el afecto, la amistad, el eros y la caridad, aparte de un “amor hacia lo subhumano” ―del que son ejemplos el amor a la naturaleza, al paisaje, al arte, a la patria... ― que no sería propiamente amor sino un ''gusto por'', o 'liking', en la más eficazmente flexible lengua inglesa.


Dentro de este sosegado panorama afectivo, los científicos llaman empatía a nuestra afectuosidad más básicamente animal. Estudios recientes confirman la aparición de rasgos afines a la empatía hasta en los mismísimos roedores: ratones que han presenciado molestias o dolores en otros ratones son más sensibles al dolor propio. Se refuerza así el argumento de que la empatía se origina en mecanismos neuronales básicos elaborados en el curso de la evolución. En los primates, el interés suele centrarse en las neuronas espejo como mediadores de las respuestas empáticas.
Pero ya en los roedores se da la circunstancia de que los ratones investigados suelen aparentar una mayor empatía hacia compañeros de jaula que les resultan familiares; los machos (no así las hembras) tienden a no mostrar empatía hacia otros machos que les son extraños (Frans B. M. De Waal: La empatía en los animales).

Las filosofías y doctrinas acerca de la hermandad universal y el racismo deberían estar más atentas a descubrimientos de este estilo en aras a un enfoque más realista y menos mágico en sus dogmas y programas.




«Y es preciso dividir en dos el arte de adquirir por la fuerza: o se emplea la fuerza abiertamente y es un verdadero combate; o se emplea también la fuerza, pero ocultándose, y entonces es la caza ... La caza en tierra comprende dos grandes partes. La caza de los animales domesticados y la de los animales bravíos ...
El hombre es un animal domesticado ... Digamos, pues, que la caza de animales domesticados es doble: Con la piratería, la esclavitud, la tiranía, las artes de la guerra formaremos una sola especie y la llamaremos caza por la violencia. Pero la caza por la persuasión se divide en dos géneros; la una es privada, la otra pública.

En la caza privada hay la que reclama un salario y la que hace presentes, como es la caza de los amantes, que tienen costumbre de hacer presentes a los que persiguen por amor; esta especie de caza privada será el arte de amar.
En cuanto a la caza privada que aspira a un salario, hay una especie en la que el cazador se atrae a las gentes por medio de caricias, o emplean el placer como cebo, sin exigir otro salario que el propio alimento; a esto lo llamaremos el arte de la adulación o el arte de producir placeres»
(Platón: Diálogos: El Sofista o Del Ser)



Sed buenos si podéis...
……………………….«...Porque no hay que burlarse ni irritarse, ni tampoco entristecerse; tan sólo intentemos comprender»


Mis amables compañías:

Presentación

Mi foto
Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).