«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

9 ene. 2011

Los orígenes históricos del Dinero: (I) El Trueque con los Dioses


«La vida es poco más que búsqueda de energía, para comer, movernos, construir, ..., sazonada por deseos sexuales e ilusiones intelectuales» (Antonio Ruiz de Elvira)


Parece a simple vista que el comercio en su forma más primitiva, el trueque, es un acto tan elemental y espontáneo como la vida misma: las gentes en cuyas tierras no se da algún producto, van a buscarlo a otras tierras donde sí se da, ofreciendo a cambio cualquier cosa de la que allí carecen. Craso error.

Para empezar: la cuantía de la población mundial ha oscilado entre el medio millón de individuos de hace doscientos o trescientos mil años a los seis o siete millones esparcidos al comienzo de la extensión agrícola y ganadera de hace siete u ocho mil años. Incluso al comienzo de ésta, el contacto entre tribus era un fenómeno casi casual: ni demasiado frecuente ni demasiado buscado , salvo para el puntual intercambio de mujeres, o de hombres, que solía realizarse mediante encuentros anuales en lugares como Stonehenge, y cuya huella se puede rastrear en nuestras romerías  (y por ello, no obstante, la hospitalidad era entonces, y es hoy entre los pueblos más tribalizados, la virtud más respetada y más practicada: era fundamental la utilidad de conceder asilo para poder disfrutar de él a su vez en caso de necesidad).
Para continuar: durante la mayor parte de la existencia de la humanidad, ésta siempre ha procurado establecerse de manera autosuficiente, es decir, en lugares donde hubiera de todo: caza, pesca y vegetación, o sea, con abundante agua sobre todo y ante todo; y a ser posible no demasiado lejos de afloramientos de piedra transformable en herramienta sin excesiva dificultad. En lugares donde, además de protección natural (como vemos, son condiciones bastante restrictivas) hubiera de todo… de todo menos competencia. Un territorio propio a defender y donde resguardarse, como hace cualquier animal, y del cual obtener la energía necesaria para vivir y reproducirse.

Y para concluir: ninguna especie del  orden primate, el nuestro, soporta la proximidad, cuanto menos la presencia, de individuos de otra tribu o familia que no sea la propia. Dicha intransigencia fluctúa entre la espantada y el exterminio violento sin matices. En nuestro caso, la simple tolerancia de la visión de un congénere debió consumir muchos milenios de vagabundeo entre el azar y la necesidad, y supuso un paso necesario y crucial hacia la hominización. Así pues, del trueque natural ni hablamos.

En resumidas cuentas, se puede afirmar que la economía original humana previa a la Revolución Agrícola correspondía a una autarquía generalizada en la cual el trueque (la acción de trocar) era un fenómeno excepcional, una emergencia que se practicaba rodeada de grandes recelos y extremadas precauciones, como veremos en la próxima entrega.
Trocar no significó en sus orígenes cambiar, que es su sentido actual: trocar es palabra onomatopéyica de origen incierto, como corresponde a su ancestralidad, que significa golpearchocar, y responde al choque de manos que cierra un trato. A tener en cuenta a este respecto, es que un derivado de trocar, surgido casi de inmediato, es... truco, trucar: mejor dicho, la palabra raíz es "truecar", la cual se dividió enseguida, empujada por la experiencia, que es la madre de la ciencia, en dos conceptos, trocar y trucar. Ambos derivados, trueque y truco, han condicionado siempre cualquier intercambio (y no sólo los de tipo económico) ante la gran duda: ¿...truco o trato?).




(Sobre estas líneas, derecha, Venado bramando al amanecer, de David Garnier, tremenda soledad animal, el tipo de soledad que envolvería a nuestros más antiguos progenitores. A la derecha, un rival, contraluz de Shazeen Samad)



Por otro lado, aunque una cifra mundial inferior a siete millones de habitantes no parece demasiado agobiante (hoy somos siete... mil millones), hay que tener muy en cuenta la circunstancia que acabamos de citar, la necesidad de agua corriente y abundante, la cual reduce en gran manera el territorio aprovechable: no en vano la etimología nos recuerda que rival deriva de ‘rivus’, río, y designa simplemente a los "vecinos de un mismo río", o mejor, "de la misma rivera", con lo que abarcaríamos también las costas, siempre a la greña por definición, por lo que se ve.

Este es el motivo por el que las grandes civilizaciones de la Antigüedad siempre han florecido alrededor de los grandes ríos:
El Egipto unificado surgió de aunar la rivalidad de tres reinos preexistentes asentados previamente a lo largo del curso final del Nilo. Caldeos, acadios, sumerios y babilonios, por orden de aparición en el escenario histórico, tuvieron las ganas y el valor de rivalizar en la enfangada desangelada y expuesta cuenca del Tigris y el Éufrates, bautizada por los griegos como Mesopotamia ―'mésos-potamós', ''entre-ríos'', hoy Irak―, siempre a merced de los pueblos que eligieron civilizarse enrocándose como águilas y buitres en las alturas y desiertos circundantes: los actuales Turquía al Norte, Arabia y Kuwait al Sur, Siria y Jordania al Oeste, Irán al Este… Tela marinera de pueblos que no eran rivales sino lisa y llanamente enemigos ('inimicus' es un compuesto de 'in-amicus', o sea, no-amigos ―una prueba de que lo atávico es la amistad, y su contrario apareció muy posteriormente―, siendo amigo uno de los numerosos derivados del amor).

Para ser algo más explícitos deberíamos haber añadido las rivalidades mantenidas en la cuenca del Indo-Ganges en la India, y en la del conjunto de ríos con nombres de diferentes colores en China. Así como en otras culturas fluviales que también dejaron huella, tales como la hitita, forjadora a lo largo del segundo milenio del imperio más importante de Oriente Medio junto a Babilonia y Egipto; estuvo radicado en la cuenca del río más caudaloso de Turquía, el Kizil Irmak o Río Rojo, llamado Halys por los griegos... o el protectorado hitita más famoso, la inolvidable Troya, entre los ríos Escamandro y Simois (ver entrada sobre Los Caballos de Troya).
Y sin olvidar, ya en Europa, las intensas rivalidades de Tartessos en la cuenca media del Guadalquivir, Dordoña en la cuenca del VèzéreEtruria en el valle del Po, Cabrerets en la cuenca del Lot, Stonehenge en la del Avon, la cultura Vinça en la del Danubio, la Neandertal en el Düsel, Satani-Dar en la del Dnieper, Krasnaya-Glinka en la del Volga, o como Los Millares y El Argar sobre los ríos almerienses Andarax y Antas, Archidona sobre el Guadalhorce...


«El desarrollo de las formas de vida neolíticas no fue un proceso lineal ni irreversible. La crisis de los asentamientos pioneros de Palestina (Jericó, Sheik Alí o Munhata), en zonas donde la vida nómada experimentó un nuevo auge durante el Neolítico pleno (entre los años -6000 y -4500), el abandono final de Çatal Hüyük, tras un período en que parece haber sido la comunidad aldeana más próspera y mejor constituida del Cercano Oriente, el repentino despoblamiento de Umm Dabaghiyah, así como la posterior aparición de las aldeas neolíticas  en la hasta entonces deshabitada Mesopotamia meridional (El Obeid), revelan que el surgimiento de lo que llamamos civilización no fue el resultado de un crecimiento acumulativo y unidireccional» (Carlos G. Wagner: Historia del Cercano Oriente)

 

1 Del Trueque con los dioses

«Un día se produjo en Sición una disputa sobre qué partes de un toro sacrificado se debían ofrecer a los dioses y cuáles se debían reservar a los hombres, y se invitó a Prometeo a actuar como árbitro. Él desolló y descuartizó un toro y luego cosió su piel y formó con ella dos sacos de boca ancha que llenó con lo que había cortado. Un saco contenía toda la carne, pero ésta la ocultó bajo el estómago, que es la parte menos apetecible de cualquier animal; el otro contenía los huesos, ocultos bajo una espesa capa de grasa. Cuando ofreció a Zeus los dos sacos para que eligiera, Zeus, fácilmente engañado, eligió el que contenía los huesos y la grasa (que siguen siendo la porción divina), pero castigó a Prometeo, que se reía de él a sus espaldas, privando a los hombres del fuego. "¡Que coman las carne cruda!", exclamó» (Síntesis de textos de Hesíodo y Luciano realizada por Robert Graves)

No obstante, sin necesidad de retroceder más allá de la Edad humana en la que ya se conocía la domesticación del fuego (que se podría), y en la que los grupos humanos deambulaban sin establecer prácticamente contacto con otros grupos de congéneres (es decir a cerca del medio millón de años), es cierto que ya se puede documentar la existencia del trueque.
Pero no se trataría del trueque de un hombre con otro, sino del denominado aparché por los griegos, es decir, la ofrenda de las primicias de todos los productos obtenidos por cualquier método, aunque también se emplee el término blot que parece indicar un concepto más general de adoración sacrificial . En definitiva se trata de una operación de trueque entre la tribu y los dioses: a cambio de fertilidad vegetal animal y humana, los humanos les sacrifican en el altar los primeros retoños de cada especie, primogénitos humanos incluidos.

Y la mayoría de los pueblos sacrifican y queman las primicias precisamente en el altar porque en el fuego transforma, limpiamente acompañadas por los rituales apropiados, las ofrendas en humo, el cual se eleva hasta el cielo donde están los dioses, quienes aspirándolo se alimentan. También existen pueblos que tienen una idea menos sutil de sus divinidades, y abandonan las ofrendas en las proximidades de las nidadas de buitres. Estos serán quienes se encarguen de elevar hasta las alturas celestiales las víctimas expiatorias, dotadas así de algo más de materia digerible.




(Presidiendo esta entrada, una famosa instantánea periodística del chileno Campamento Esperanza durante la espera angustiosa. Sobre estas líneas sacrificio de ganado en Nepal, foto AP. Derecha, Sacrificio de Isaac, de Alonso de Berruguete)



Con el tiempo y la caña de la costumbre agrícola y ganadera, los humanos se fueron volviendo más cicateros en sus ofrendas, hasta llegar a un punto en que «los conceptos de regalo a los dioses y sacrificio se superponen en buena medida pero no eran sinónimos. El ritual central del sacrificio antiguo es la matanza sagrada que precede a un banquete común, en el que la porción de los dioses es sorprendentemente escasa. Al final, en el sacrificio se celebra la comensalidad de los hombres en presencia de lo sagrado, mientras que los dioses reciben sobre todo las partes incomibles, los huesos y la vesícula». (Walter Burkert: La creación de lo sagrado)

La cita que abre este punto recoge la parte alusiva del mito de Prometeo elaborada con el fin de explicar la anomalía de ofrecer a los dioses solamente los fémures y la grasa del animal sacrificado. En el Génesis se explica la santidad de los fémures con la cojera de Jacob, que le infligió un ángel durante una lucha a brazo partido, según cuenta Graves en Los mitos griegos.


Para empezar a ahorrar, se decidió ir eliminando, hacia la mitad del segundo milenio, el sacrificio de los primogénitos humanos con la excusa de que tal ofrenda era un exceso que ya había dejado de gustar a los dioses (por más que la leyenda registre que en la Austria de 1715 ―sí, el país y la época de la maravillosa música de la Escuela de Viena, sí― un niño fue enterrado vivo para evitar una peste).
La muestra de desagrado divino más popular a este respecto es la conocida frase de Yahvé «Detente Abraham, no mates a tu hijo Isaac…», pero la tendencia era general:
«Parecería, ciertamente, que el sacrificio de un príncipe real en agradecimiento por una campaña afortunada era en un tiempo una práctica común —Jonatán habría sido muerto por su padre, el rey Saúl, después de la victoria en las cercanías de Michmash, si el pueblo no hubiera protestado— y que la interrupción del sacrificio de Idomeneo, como la del de Abrahám en el monte Moriah, o la del Ataníante en el monte Lafistio era una advertencia de que esta costumbre ya no agradaba al Cielo». (Robert Graves: Los mitos griegos).

Los griegos cortaron de raíz el tema pergeñando el mito de Tántalo, según nos narra Indro Montanelli con su característico gracejo:

«Tántalo era un gran pillastre que tras haberse aprovechado de su parentesco con los dioses (era hijo de Zeus) para divulgar sus secretos y robar el néctar y la ambrosía de sus despensas, creyó aplacarles ofreciéndoles en sacrificio su propio vástago, Pélope, tras haberle cortado en lonchas y hervido. Zeus, afectado en su sentimiento de abuelo, juntó de nuevo a su nietecito y precipitó en el infierno al hijo parricida, condenándole a babear de hambre y de sed ante inapresables fuentes de mantequilla y copas de vino». (Historia de los griegos).



(Izquierda, El deseo de Tántalo, de Jon Jacobsen (una penetrante mirada a la realidad virtual de nuestras vidas). Encima, fresco del Sacrificio de Ifigenia. Derecha, negativo parcial de la Sábana Santa de Turín, otro tipo de representación virtual del Sacrificio del Primogénito)



A pesar de todo lo dicho, el misterio central del cristianismo descansa, precisamente, en el sacrificio ritual de un Primogénito permitido esta vez por Dios para propiciarse a sí mismo, pues no es posible ninguna otra ofrenda ni ningún otro oferente más importantes. Siguiendo a Frazer, este sería un supremo ejemplo de totemismo en el que el tótem es la Humanidad:
«En muchas tribus primitivas, especialmente entre las que se sabe que practican el totemismo, se acostumbra a que los mancebos púberes se sometan a ciertos ritos iniciáticos de entre los cuales uno de los más comunes es la ficción de matar al mancebo y resucitarle después.
Estos ritos se hacen inteligibles si suponemos que en esencia consisten en extraer el alma del joven con objeto de transferirla a su tótem, pues la extracción de su alma naturalmente presupone matar al joven o por lo menos sumergirle en un trance semejante a la muerte y que el salvaje distingue con dificultad de ella. Su restablecimiento sería entonces atribuido ya a la gradual recuperación de su sistema de la violenta emoción recibida o, más probablemente, a la infusión de una vida nueva que recibe de su tótem.

Así, la esencia de estos ritos de iniciación, en lo que tienen de simulacro de muerte y resurrección, sería un intercambio de vidas o almas entre el hombre y su tótem». (James G. Frazer: La rama dorada).
(…No sé porqué, pero mucho me temo que me he metido en un jardín de lo más sembrao, y será mejor irse de puntillas. Que no se entere nadie, pero que conste que lo dicho es una explicación captada a los pies de algún púlpito, aunque sin totemismos de por medio, naturalmente).

También hay que tener presente que en los orígenes, los dioses no eran más que la personificación de las fuerzas de la indómita naturaleza que el hombre deseaba propiciarse. No obstante, al final, en muchos casos el hombre ha quedado tan imbuido de su semejanza con Dios que se ha pensado a sí mismo dueño de la convicción divina:
«El día de Nochebuena, muchos campesinos eslavos del sur y búlgaros blanden terroríficamente un hacha contra el árbol frutal estéril, mientras otros hombres colocados ante él interceden por el amenazado diciendo: "No le cortes; él querrá dar fruto". Por tres veces el hacha corta el aire y por tres veces el golpe que amaga es evitado por la súplica de los intercesores. Después de esto, el atemorizado árbol seguramente dará fruto el año próximo…». (James G. Frazer: La rama dorada).

(Bajo estas líneas, detalle sacrificial de una de las piedras de Stora Hammars, Suecia)




«De los pelasgos oí decir en Dodona que antiguamente invocaban en común a los dioses en todos sus sacrificios, sin dar a ninguno de ellos nombre o dictado particular, pues ignoraban todavía cómo se llamasen. A todos designaban con el nombre de 'Theoi' (dioses), derivado de la palabra 'Thentes' (en latín ''potentes''), significando que todo lo podían los dioses en el mundo, y todo lo colocaban en buen orden y distribución. Pero habiendo oído con el tiempo el nombre de los dioses venidos del Egipto, y consultado el oráculo de Dodona sobre si sería conveniente adoptar los nombres tomados de los bárbaros, desde aquella época los pelasgos (véase la entrada De las Creaciones del hombre) empezaron a usar en sus sacrificios de los nombres propios de los dioses, uso que posteriormente comunicaron a los griegos» (Herodoto: Los nueve libros de la Historia)



2 Del Altar como el primer centro económico

La referencia al altar en nuestro contexto no es ociosa ni anecdótica: a causa de los citados antecedentes sacrificiales, el trueque primero y el dinero después (en metales preciosos o en monedas) permanecerán en seno sagrado como el refugio más seguro ya que su robo conlleva sacrilegio.
Como veremos en su lugar, hasta prácticamente la llegada del Imperio Romano, es decir hasta principios de nuestra Era, el Banco Central y la Casa de la Moneda de cada Estado se concentraban en el "trastero" de los templos (en el caso griego), o donde los dioses daban buenamente a entender como sitio más seguro del recinto sacro, en el resto de los pueblos; unos templos que en cualquier caso eran exclusivamente morada de la divinidad y oráculo de consulta, pero nunca jamás un lugar de reunión de fieles ni oratorio:

«La llamada Casa del Cielo, templo de Anu y de su hija Isthar, situado en Uruk, se denominaba realmente Eanna. Fechado por el C14 hacia el 2185, 'E-an-na' equivale a "almacén", "depósito". Es un hecho comprobado que los templos mesopotámicos guardaban en su recinto las riquezas y provisiones de los Estados». (Federico Lara Peinado: Notas al Poema de Gilgamesh).

 
En el caso griego, el mejor conocido, gran parte de los materiales nobles del Tesoro (oro, plata, marfil, perlas, gemas…) se fundían o engastaban para conformar las diferentes partes del cuerpo de las imágenes de cada divinidad, partes que los sacerdotes cambiaban por maderas policromadas cuando las necesidades estatales apretaban, y que volvían a ocupar su lugar correspondiente cuando buenamente se podía (los enjoyados y amonedados camarines de las imágenes católicas siguen permaneciendo como resto atávico de aquellas otras circunstancias en que los amores sacros se compaginaban con las buenas razones políticas).
Incluso en el terreno jurídico: el término sacramento, 'sacramentum', significa "depósito que los litigantes dejaban en garantía en manos del sacerdote y que satisfacía como multa el perdedor del pleito". Lo cierto y verdad es que durante milenios el tejido económico se fue hilando alrededor de las necesidades del altar y el templo, y esta característica ha dejado en la cultura un sello indeleble.






(Izquierda, la Expulsión de El Greco. Derecha, camarín de la Virgen de Guadalupe, Cáceres)



Cada visita de un particular a un templo era motivada, bien por una consulta sobre un negocio o actividad, bien como petición de ayuda ante una emergencia, bien como agradecimiento por una súplica escuchada, o bien por obligación impuesta cada cierto número de años. En todos y cada uno de los casos, era conveniente granjearse las simpatías de la divinidad mediante el sacrificio del animal adecuado… animal amablemente facilitado por el personal del templo a cambio de "la voluntad", normalmente esforzada por si acaso, del visitante. Además, una vez inventada la moneda, allá por el s.-VI (como veremos), cada territorio tenía la suya propia… y los funcionarios del templo también ejercían de agentes de "cambio / change / exchange / wechsel" (las primeras palabras extranjeras grabadas en mi memoria infantil tras su alfabetización), operación imprescindible ―comisión mediante― para acceder a los animales sacrificiales (los cirios y velas que seguimos alineando a los pies de Santos y Vírgenes no son más que las reliquias de aquellas prácticas):

«Otra forma de robo general era el cambio de dinero. En todo Oriente tenían curso los dracmas griegos, los denarios y los sextercios romanos, así como las monedas asiáticas, acuñadas por las autoridades locales con la autorización de Roma. Pero la contribución para el templo de Jerusalén, que ascendía a dos dracmas, solamente podía pagarse con moneda judía o tiria. Los agentes de cambio se encontraban en el recinto del templo y pertenecían a la familia sacerdotal; además, también se encontraban en la ciudad, aunque sin ninguna diferencia, por cuanto en un sitio y en otro estafaban a los peregrinos» (Henryk Panas: El Evangelio según Judas): (Un curioso libro de asombrosa erudición, de un admirable autor polaco totalmente ignorado).

El episodio de Jesucristo expulsando a los mercaderes de los alrededores del templo (su espacio natural y ancestral) es bastante descriptivo acerca de la resistencia a la separación del ámbito físico entre mercado y templo, una separación que había empezado a producirse tres siglos antes con la consolidación del Foro y la fundación de la primera fábrica de moneda del Imperio romano, que luego mencionaremos. En las provincias tales reformas serían aún bastante relativas a pesar de la construcción por Herodes de un impresionante foro, olímpicamente ignorado por el conjunto de los judíos.
No obstante, esta es una separación de tipo digamos técnico, pues no es debida a la incompatibilidad entre una y otra esferas culturales, sino al progresivo aumento de la complejidad administrativa de ambas (de hecho las mismas familias, y a menudo las mismas personas, han desempeñado simultánea o sucesivamente cargos políticos y religiosos a lo largo de la Historia ininterrumpidamente).




Si piensan ustedes que la docena de estrellas que campean en la bandera de la Unión Europea simbolizan, al estilo de la enseña estadounidense, el número de países miembros en el momento de su fundación, se equivocan de medio a medio: El doce simboliza aquí "la perfección" con un énfasis casi esotérico: los doce signos del Zodíaco (origen de la sacralidad del doce), los meses del año (racionalidad astronómica del zodíaco), los Apóstoles, los hijos de Jacob, y todas esas historietas numerológicas redondeadas en doce para su rotunda totalidad. Pero su diseñador, el estrasburgués Arsène Heitz, ganador por unanimidad del concurso de ideas en 1955, tomó su inspiración del Apocalipsis (12-1). Según una de las visiones de san Juan de Patmos...:

«Un símbolo grandioso apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando preñada, clamaba con dolores de parto, y sufría tormento por parir».


He aquí, aunque de manera sibilina, una de las muestras más gráficas de cofesionalidad política, junto con el esotérico (masónico?) dólar USA (IN GOD WE TRUST, En Dios confiamos, ...por más que la pirámide coronada por el ojo masónico dé que pensar); patentes de perennidad de la fusión de la Economía (economía política, valga la redundancia) con la Religión.

Pero como del origen del dinero estamos tratando, ...: "el símbolo del euro (), desarrollado por la Comisión Europea, se inspira en la letra épsilon (ε) del alfabeto griego. Se escogió este símbolo como referencia a la inicial de Europa, E. Las dos líneas paralelas hacen referencia a la estabilidad dentro del área euro", o eso afirma Wikipedia
...Y demos al César lo que es del César y a los Padres de la Patria estadounidense lo que es de los Padres de la Patria estadounidense: 
Es evidente el mimetismo del  con el $, del cual hay que admirar, por contraste, la elegancia esquemática respecto a su fuente de origen, así como su discreción y estilo... y su curioso distanciamiento de la madre Britania en tan serio simbolismo: El emblema resulta ser, según la más plausible de las hipótesis, una estilización de las Columnas de Hércules, es decir de Heracles, es decir el sucesor griego del Melkart fenicio en paralelismo con Hermes, su alter ego. Las mismas columnas que hoy figuran en el escudo del Reino de España, las mismas que aparecían en las monedas acuñadas en la Ceca de México: los "reales de a 8" llamados columnarios
Las barras verticales serían las columnas y la S seria la banda con la leyenda «Plus Ultra» que las envolvía. Un sello con esta forma se estampaba sobre los lingotes de oro y plata que viajaban en las Flotas de Indias con destino al Tesoro Real

En cuanto al nombre que lleva la emperatriz de las monedas, dólar, deriva de thaler, es decir del muy hispano tálero, y también resulta estar relacionado con el santoral, en concreto con san Joaquín, patrón de la localidad bohemia de Sankt Joachimsthal, es decir, del "Valle de san Joaquín" (el hoy Jachymov de la República Checa), famosa antaño por sus productivas minas de plata.
Fue allí donde en 1484 el archiduque Segismundo hizo acuñar por vez primera una gruesa moneda de plata por valor de 60 kreutzer, llamada Joachimsthaler por mostrar la efigie de san Joaquín (nuevamente la Virgen representada por su padre).
Joachimsthaler se abrevió de inmediato en Thaler, dejando al santo en la cuneta, y pasando de thaler a tálero, para los hispanos, y a daler para el vulgo alemán que tuvo que bregar con él (Alemania y Austria -imagen derecha- acuñaron diversas monedas de plata de gran tamaño, siguiendo su modelo, que circularon hasta 1871, año de la creación del marco; el único superviviente fue el thaler, con valor de 3 marcos, pero sólo duraría hasta 1901).
Una vez creadas las colonias inglesas de Norteamérica, tuvo allí una importante circulación el tálero español o Spanish Silver Pillar Dollar ("dólar pilar de plata español"), el cual daría lugar al dólar estadounidense, moneda oficial a partir de abril de 1792 sobre el tipo del peso español colonial (ya veremos la relación materno-filial entre las unidades de masa y las monetarias, y cómo se pasó de unas a otras)



 
A pesar de que todos sabemos que los reyes siempre han sido Reyes por la Gracia de Dios, resulta hasta divertido comprobar cómo esta íntima relación entre Economía y Religión ha sido sistemáticamente silenciada, cuando no negada abiertamente, en nuestra cultura occidental a partir del citado episodio de la violenta expulsión de los comerciantes del templo jerosolimitano. Tal renuencia se ve reforzada por la norma fiscal de Jesús de dar al César lo del César y a Dios lo de Dios… una habilidosa fórmula que en la práctica no es mucho más que otra manera de escurrir el bulto ante la venenosa cuestión planteada, ya que es una sentencia emitida como si ambos poderes no hubiesen estado inextricablemente enlazados hasta poco antes de la Edad Contemporánea en Occidente (y como lo continua estando en Oriente). A no ser que...
...A no ser que prefiramos la visión de Marvin Harris, quien toma literalmente la advertencia de Jesús ("No os traigo la paz, sino la guerra"), y opina que el Mesías realmente intentaba crear un Reino de Dios terrenal, más o menos como el que actualmente existe en aquella zona. Según esta interpretación, se debía dar al César y a Dios lo suyo, es decir: caña al César y gloria a Dios. De ahí que, fracasada la intentona, se disimulase el primitivo significado con esta cuadratura del círculo (tema desarrollado por Harris en El secreto del Príncipe de la Paz, uno de los capítulos de Vacas, cerdos, guerras y brujas).

El mismo Jesucristo se preocupó de añadir oscuridad a sus ideas monetarias (aunque según Marvin Harris, todas las oscuridades evangélicas se deben a las circunstancias que acabamos de esbozar), y de dar de paso que hablar sobre sus incursiones en este terreno, al intervenir personalmente en la elección de, nada menos, un recaudador de impuestos, de un publicano, para ampliar su elenco discipular: el apóstol llamado Mateo, patrón de los aduaneros, y cuyo nombre (variante helenizada de Matías o Macías) significa... "fiel a Dios"... Y eso por no alargarnos fuera de tema con las peculiares y contradictorias formas de administrar fortunas expuestas en las parábolas conocidas como Los trabajadores de la viña y la de Los talentos.

«Lo que no encontramos ni encontraremos en los textos escolares es una compenetración de ambos órdenes, el orden laico y el orden clerical de las cosas, pues junto a su noble y esforzada función ―desbravar al adolescente― la enseñanza secundaria ha asumido tradicionalmente el compromiso de interponer un abismo entre religión y política», dice Antonio Escohotado en Los enemigos del comercio, un grueso e interesante volumen dedicado precisamente a colmatar de material histórico tal abismo.




3 Una Sociedad sin Dinero


Teniendo en cuenta las elementales condiciones descritas en los puntos anteriores, hasta hace tres mil años, en lo que afecta a la producción y el comercio, todo el mundo era capaz de fabricar sus propios utensilios (tejerse su propia ropa, endurecer su propia estaca, chascar su propio puñal de sílex o de obsidiana, enlazar su propio hacha…), objetos que, al compartir mágicamente el espíritu de su propietario, son sagrados, por lo tanto, para el resto de la tribu y enterrados con él.
El resto del utillaje es propiedad comunal: las redes de pescar o cazar, los espinos que protegen el abrigo o cueva, la gran choza tribal que cuando existe suele tener carácter estacional como corresponde al semi-nomadeo (25 personas mínimo viable)… y el fuego-altar central.
Éste estaría al cuidado, en exclusiva y a tiempo completo, de una especialista con el oficio remunerado más antiguo, que no es el de prostituta, sino el de sacerdotisa:
El oficio (contracción de 'opificium', palabra formada por 'opus', obra, y el participio de 'facere', hacer) surge como dedicación profesional dentro del templo, ejercida lo mismo como oficial de la administración que tasa una cosecha, que encabeza una tropa, o que oficia un rito, también el de tipo sexual, propiciatorio de fecundidad vegetal, animal y humana. Y que oficializa un grabado en piedra, o una rotulación en papiro o pergamino, haciendo oficial su contenido. Este elástico deslizamiento de lo sagrado a lo profano lo hemos tratado anteriormente en De Palacios y Templos.


Antes de seguir, evitemos malentendidos (aunque estos detalles se desarrollarán más adelante): Aunque en el mundo supuestamente civilizado hoy no tenemos otro dinero que el monetario, es decir, el que se mide en monedas y según la moneda, resulta que dinero y moneda no son la misma cosa: La moneda sólo es una de las muchas formas que ha adoptado el dinero a lo largo de la Historia:
Tecnicismos aparte, dinero es cualquier cosa ―cromos, cigarrillos, dólares, oro, trabajo, sexo, dignidad, amor…― que nos acepten a cambio de cualquier cosa (cromos, cigarrillos, dólares, oro, trabajo, sexo, dignidad, amor… ).

Por ejemplo, en la cita del párrafo de más abajo, cuando Montanelli cuenta que "el dinero...de que se sirven... es el acostumbrado pollo...", no significa que la gente llevase pollos en la faltriquera cuando iba al mercado para ir pagando sus compras, no. Quiere decir que el pollo era una unidad de valor contable, entre otras, para facilitar el trueque: por ejemplo, si una vaca valía, digamos, 20 pollos, y una oveja valía 5 pollos, esto ya servía para comprender que una vaca podía ser cambiada por 4 ovejas (así como un esclavo que valiese 47 pollos, podía cambiarse por 2 vacas, 1 oveja y 2 pollos..., por ejemplo).

De todas formas, la unidad contable más corriente era el saco de cereales (el "barril de crudo" de la Antigüedad), variable según la plaza, es decir "el mercado", de que se tratase, lo cual evitaba los efectos perniciosos que tiene el barril de crudo hoy. Los milenios de duración de este sistema demuestran su eficacia y flexibilidad, pues el valor del cereal a su vez dependía del resultado de las cosechas, es decir del clima de cada zona (así como el estado y valor del ganado también dependían a su vez del grano disponible, lo cual tendía a equilibrar los precios). 

Y dependía también de las plagas y las guerras que arrasaban sus campos y animales, mucho más frecuentes de lo que hoy suponemos al idealizar "cualquier tiempo pasado", hasta el punto de que Aristóteles afirmaba que "la guerra es la forma natural de adquirir"... (naturalmente, siempre que podamos olvidar el hecho de que hoy, cuando al menos la mitad de la humanidad aún no ha salido de entre la Antigüedad y la Edad Media, el peor Aristóteles sigue vigente).
Es también por todo ello, pero no sólo, que la aparición de la moneda, que hoy nos parece elemental, ha sido tan problemática como para dar lugar a miles de tratados gordísimos y a millones de divulgaciones como la presente. 


Y es que, prácticamente hasta el primer milenio anterior a nuestra Era «el dinero es solamente un medio de cambio, no un índice de riqueza, que se mide únicamente en bienes naturales, hectáreas de tierra y ganado. La única moneda que se conoce es, por lo demás, el lingote de oro, pero al que se recurre sólo en las transacciones importantes. De lo contrario se sirven del acostumbrado pollo, o la medida de trigo, o el cerdo…
Nadie es propietario de tierras a título personal. La propiedad es de la familia, el clan o la tribu, en cuyo seno rige una especie de régimen comunista… La familia en su amplio sentido se basta a sí misma aun desde un punto de vista artesano y profesional. Siempre hay un hijo albañil, otro carpintero, otro zapatero… La familia, el clan o la tribu es la que vende, compra y distribuye honores y ganancias, asignando a cada cual su tarea». (Indro Montanelli: Historia de los griegos). La descripción de Montanelli de la sociedad aquea que destruyó Troya es objetivamente extrapolable, con los correspondientes matices locales, al resto de las sociedades contemporáneas.

Pero cuando Montanelli afirma que "la familia, el clan o la tribu es la que vende, compra y distribuye", está expresando implícitamente la existencia de una autoridad que en principio sólo puede ser religiosa:
«En aquellos tiempos la divinidad que definía a un rey no era una fórmula de expresión vacua, sino la manifestación de una creencia formal. Los reyes fueron reverenciados en muchos casos no meramente como sacerdotes, es decir, como intercesores entre hombre y dios, sino como dioses mismos capaces de otorgar a sus súbditos y adoradores los beneficios que se creen imposibles de alcanzar por los mortales y que, si se desean, sólo pueden obtenerse por las oraciones y sacrificios que se ofrecen a los seres invisibles y sobrehumanos.

(Izquierda, recreación del estado en que iba quedando Egipto durante las paulatinas crecidas del Nilo. Eran unas inundaciones concedidas a los hombres gracias a la intervención de su faraón: derecha, uno de ellos, Amenofis IV (Akenatón) controlando su obra)

 Así, solía esperarse de los reyes la lluvia y el sol a su debido tiempo para conseguir que los sembrados produjeran abundantes cosechas, e igualmente otras muchas cosas. Aunque nos parezca extraña esta esperanza, está de perfecto acuerdo con los primitivos modos de pensar. El hombre primario concibe con dificultad la distinción entre lo natural y lo sobrenatural, comúnmente aceptada por los pueblos ya más avanzados. Para él, el mundo está funcionando en gran parte merced a ciertos agentes sobrenaturales que son seres personales que actúan por impulsos y motivos semejantes a los suyos propios, y como él, propensos a modificarlos por apelaciones a su piedad, a sus deseos y temores». (James G. Frazer: La rama dorada).






«La tierra misma es una diosa que produce todo y a la que se honra con regalos especiales; el nacimiento y la muerte se convierten en un gran círculo de trueque, de recibir y devolver…
El principio de reciprocidad, tanto en el trato con otros humanos como en el trato con los dioses, no sólo es una estrategia "amable" y ampliamente exitosa, sino un postulado mantenido con el objeto de crear un mundo estable, sensato y aceptable, gratificante tanto intelectual como moralmente, y salvar el riesgo de aniquilación, cosa que todavía se niega a desaparecer por completo del horizonte de ese "animal inteligente y mortal", 'zoón logikón thnetón', como definían los antiguos al "hombre"» (Walter Burkert: La creación de lo sagrado)



En la próxima entrega trataremos de visualizar cómo el ganado y los metales que caracterizaron la economía de la Antigüedad modelaron la cultura de nuestra Modernidad hasta límites insospechados.



Sed buenos si podéis...
……………………. Pero seremos mejores si no olvidamos que «La ignorancia es el infierno» (Amalric de Bène)


18 comentarios:

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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).